viernes, 14 de agosto de 2026

                

Los Malqueridos

El general López Contreras se sentó al lado de Rómulo Betancourt en un sitial de honor en los días posteriores al derrocamiento del general Pérez Jiménez. Hoy merecemos los venezolanos, ver en los líderes, la misma gallardía.

Ella ganó su liderazgo a pulso. Ignorarla en todo este entramado, más que injusto, luce torpe. 

 

Si volvemos la mirada a Puntofijo y la caída de la dictadura militar en enero de 1958, encontramos semejanzas, muchas, con este proceso, que, con sus diferencias, nos invita a reflexionar y aprender. Miguel Otero Silva escribe que los centenares de muertos durante la dictadura militar fueron resultado de una oposición ciertamente heroica pero dividida. En estos 27 años, no ha sido menos valiente, menos aguerrida, y tampoco, más unida. Por lo contrario, confundiendo sus egos con posturas políticas, no han sabido construir una oposición fuerte desde sus diferencias.

      Meses después del derrocamiento de Pérez Jiménez, finalmente, se reúnen en Puntofijo los líderes que hasta recién no lograban unirse. En un pacto de largo alcance, contienen las conjuras en las urbanizaciones, en los sectores de la clase media y en los bloques obreros, como lo recoge el dramaturgo, poeta y diplomático colombiano José Umaña Bernal. Sin embargo, están presentes en la residencia de Caldera líderes reales, genuinos portavoces de la ciudadanía: Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y el mismo Caldera.

      Hoy, 68 años después, nos encontramos desunidos, inmersos en pugnas mezquinas, mientras el gobierno, ciertamente golpeado, intenta sobrevivir la tutela estadounidense. La transición podría haber comenzado con la mesa de negociaciones, no lo sé. Sin embargo, frente a la oportunidad de construir un acuerdo para la gobernabilidad post-transición, liderazgos desgastados, sin apoyo ciudadano y manchado por dudas, sospechas, carecen de la fortaleza para engendrar un pacto robusto.

      Excluir a María Corina Machado de una mesa estrictamente política ha sido un grave error. Las decisiones, si se enrumban hacia la consolidación no solo de un orden democrático, sino ciertas medidas inmediatas, que requieren solidez y, sobre todo, compromiso de este interinato y de los gobiernos post-transición para cumplirlos, debe contar con un piso político sólido. No contar con el respaldo del liderazgo natural –ese que realmente reúne a los ciudadanos- los debilita y, en medio de este limbo institucional y jurídico, les hace anulables, si unos tribunales verdaderamente independientes deciden conforme a derecho. No es que deba ocurrir o que se desee echar por tierra acuerdos beneficiosos, sino que, sin autoridades legítimas, la fragilidad de los acuerdos es evidente.

      Una Asamblea que no legisla (sea porque no la dejan o porque su término venció) y otra que, sin reconocimiento de un importante grupo de países, lo hace, mal pueden acordar legítimamente acuerdos que comprometerán a la nación durante años, aun décadas. Reconozco que, políticamente, los diputados de la Asamblea electa en 2025 representan a un sector de la ciudadanía. Minoritario pero existente, y en todo caso, detentador del poder. El otro, por razones que pueden ser incluso injustas, carece de apoyo, de respaldo. La ciudadanía ya no se siente representada por ellos. Tal vez hace diez años, sí. Pero hoy, no.

      En enero de 1958 había también recuerdos dolorosos: intentonas fallidas y presos, torturados, asesinados. Había un sabor amargo, pero, aquellas horas previas, herido fatalmente el gobierno de Pérez Jiménez, no hubo miedo. Hoy puede ocurrir de nuevo, dado el hartazgo, dada la desesperación, dada la desesperanza. Los eventos no se repiten, pero hacen eco en el presente, y no es de sabios tentar al diablo. Hoy, de cara a una transición complicada y plagada de amenazas, debemos unirnos, no en un pensamiento único, sino en un propósito común. El orden naciente debe surgir del disenso, del respeto, de la sumatoria de ideas, no de la discusión estéril ni de la soberbia mezquina.

      En Venezuela hubo un quiebre, una ruptura. Cuando menos, una fractura importante, que, acaso, merece, emulando a esas que señalan los edificios dañados tras el doble terremoto del 24 de junio, etiqueta roja. Eso es innegable. Columnas resquebrajadas, estructuras frágiles al borde del colapso. Así está el gobierno. Debilitado y en principio, forzado a pactar la transición que no ha deseado ni desea, busca lidiar con un liderazgo debilitado, presa de su propia mezquindad.

      Creo que lo mejor para todos, incluso para el PSUV, sería un acuerdo político que asegure la civilidad democrática y el respeto mutuo, sin obviar la necesaria justicia para que la paz florezca, como en Alemania en esa década en la que nuestra democracia eclosionaba, la década de los 60. No obstante, la gente debe estar presente, y su presencia ocurre a través de los liderazgos naturales, no de cónclaves, de encerronas entre personajes mal vistos, de los malqueridos.  

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