El general López Contreras se sentó al lado
de Rómulo Betancourt en un sitial de honor en los días posteriores al
derrocamiento del general Pérez Jiménez. Hoy merecemos los venezolanos, ver en
los líderes, la misma gallardía.
Ella ganó su liderazgo a pulso. Ignorarla en
todo este entramado, más que injusto, luce torpe.
Si volvemos la mirada a Puntofijo y la caída
de la dictadura militar en enero de 1958, encontramos semejanzas, muchas, con
este proceso, que, con sus diferencias, nos invita a reflexionar y aprender.
Miguel Otero Silva escribe que los centenares de muertos durante la dictadura
militar fueron resultado de una oposición ciertamente heroica pero dividida. En
estos 27 años, no ha sido menos valiente, menos aguerrida, y tampoco, más
unida. Por lo contrario, confundiendo sus egos con posturas políticas, no han
sabido construir una oposición fuerte desde sus diferencias.
Meses después del derrocamiento de Pérez
Jiménez, finalmente, se reúnen en Puntofijo los líderes que hasta recién no
lograban unirse. En un pacto de largo alcance, contienen las conjuras en las
urbanizaciones, en los sectores de la clase media y en los bloques obreros,
como lo recoge el dramaturgo, poeta y diplomático colombiano José Umaña Bernal.
Sin embargo, están presentes en la residencia de Caldera líderes reales,
genuinos portavoces de la ciudadanía: Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y el
mismo Caldera.
Hoy, 68 años después, nos encontramos
desunidos, inmersos en pugnas mezquinas, mientras el gobierno, ciertamente golpeado,
intenta sobrevivir la tutela estadounidense. La transición podría haber
comenzado con la mesa de negociaciones, no lo sé. Sin embargo, frente a la
oportunidad de construir un acuerdo para la gobernabilidad post-transición,
liderazgos desgastados, sin apoyo ciudadano y manchado por dudas, sospechas,
carecen de la fortaleza para engendrar un pacto robusto.
Excluir a María Corina Machado de una mesa
estrictamente política ha sido un grave error. Las decisiones, si se enrumban
hacia la consolidación no solo de un orden democrático, sino ciertas medidas
inmediatas, que requieren solidez y, sobre todo, compromiso de este interinato
y de los gobiernos post-transición para cumplirlos, debe contar con un piso
político sólido. No contar con el respaldo del liderazgo natural –ese que
realmente reúne a los ciudadanos- los debilita y, en medio de este limbo
institucional y jurídico, les hace anulables, si unos tribunales verdaderamente
independientes deciden conforme a derecho. No es que deba ocurrir o que se
desee echar por tierra acuerdos beneficiosos, sino que, sin autoridades
legítimas, la fragilidad de los acuerdos es evidente.
Una Asamblea que no legisla (sea porque no
la dejan o porque su término venció) y otra que, sin reconocimiento de un
importante grupo de países, lo hace, mal pueden acordar legítimamente acuerdos
que comprometerán a la nación durante años, aun décadas. Reconozco que,
políticamente, los diputados de la Asamblea electa en 2025 representan a un
sector de la ciudadanía. Minoritario pero existente, y en todo caso, detentador
del poder. El otro, por razones que pueden ser incluso injustas, carece de
apoyo, de respaldo. La ciudadanía ya no se siente representada por ellos. Tal
vez hace diez años, sí. Pero hoy, no.
En enero de 1958 había también recuerdos
dolorosos: intentonas fallidas y presos, torturados, asesinados. Había un sabor
amargo, pero, aquellas horas previas, herido fatalmente el gobierno de Pérez
Jiménez, no hubo miedo. Hoy puede ocurrir de nuevo, dado el hartazgo, dada la
desesperación, dada la desesperanza. Los eventos no se repiten, pero hacen eco
en el presente, y no es de sabios tentar al diablo. Hoy, de cara a una
transición complicada y plagada de amenazas, debemos unirnos, no en un
pensamiento único, sino en un propósito común. El orden naciente debe surgir
del disenso, del respeto, de la sumatoria de ideas, no de la discusión estéril
ni de la soberbia mezquina.
En Venezuela hubo un quiebre, una ruptura.
Cuando menos, una fractura importante, que, acaso, merece, emulando a esas que
señalan los edificios dañados tras el doble terremoto del 24 de junio, etiqueta
roja. Eso es innegable. Columnas resquebrajadas, estructuras frágiles al borde
del colapso. Así está el gobierno. Debilitado y en principio, forzado a pactar
la transición que no ha deseado ni desea, busca lidiar con un liderazgo
debilitado, presa de su propia mezquindad.
Creo que lo mejor para todos, incluso para
el PSUV, sería un acuerdo político que asegure la civilidad democrática y el
respeto mutuo, sin obviar la necesaria justicia para que la paz florezca, como
en Alemania en esa década en la que nuestra democracia eclosionaba, la década
de los 60. No obstante, la gente debe estar presente, y su presencia ocurre a
través de los liderazgos naturales, no de cónclaves, de encerronas entre
personajes mal vistos, de los malqueridos.


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