miércoles, 29 de julio de 2026

   


La ruta a la Luna

«Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer las demás cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles; porque ese objetivo servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer y uno que pretendemos superar.» John F. Kennedy 

 

No sufrimos un castigo divino, como lo afirmó el arzobispo Narciso Coll y Prat luego del devastador terremoto del 26 de marzo de 1812. Sin embargo, las frases telúricas, como las que pronunció el joven Simón Bolívar en la plaza de San Jacinto, tampoco construyen soluciones. Tal vez entonces, primeros pasos de la naciente república, servían para oponerse a las palabras del presbítero, que de aquel suceso trató de ganar favores para la causa realista. Apenas en diciembre del año anterior, el Congreso Constituyente de Caracas redactó y aprobó la primera constitución de Venezuela (y de Hispanoamérica). En febrero de ese año, procedente Puerto Rico, Domingo de Monteverde, brigadier, desembarcó en Coro, una ciudad mayormente realista y por ello, fiel a la Corona. Como hoy, las opiniones, los deseos y las voluntades se fracturaban entere aquellos que el 5 de julio de 1811 celebraron en las calles la creación de Venezuela y esos otros, realistas, fieles al rey Fernando VII, deseosos de preservar el statu quo. La independencia tenía detractores, como hoy los tiene el plan de tres fases propuesto por la administración de Donald Trump, tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de diciembre.

      En la década de los 60, las comunidades afroamericanas estadounidenses pugnaban por la cesación del régimen segregacionista imperante en los Estados del sur. El 25 de mayo de 1961, el presidente John F. Kennedy propuso ante el Congreso llevar a la luna y traer de vuelta a un hombre antes de que finalizara esa década. Sabemos, ocho años después, Neil Armstrong piso suelo lunar. A pesar de la segregación racial y de las luchas internas, asesinatos, violaciones de derechos civiles e incluso, los asesinatos de Malcolm X en 1965 y de Martin Luther King en 1968, la NASA dejó de lado las diferencias y prejuicios para poder cumplir exitosamente la misión del Apolo XI. En los cálculos trabajaron personas de color, hombres y mujeres, porque en esta tarea se necesitaban a los mejores, sin importar la raza o el credo, su sexo y me atrevería a decir, ni siquiera sus preferencias sexuales. La NASA reclutó a los que necesitaba.

      Sabemos, los esfuerzos de la NASA ocurrieron en medio de protestas por los derechos civiles, el inicio formal de la guerra de Vietnam el 7 de agosto de 1964 y el desembarco de 3.500 marines en febrero de 1965, del asesinato del Dr. King y de Malcolm X, así como de James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner en el condado de Neshoba, Mississippi, en 1964, e incluso el del propio presidente Kennedy en noviembre de 1963. Sin embargo, la NASA logró llevar al hombre a la Luna.

      Sí podemos reconstruir al país. Por supuesto que podemos recomponer la institucionalidad y la civilidad democrática. Sin embargo, para cumplir ese cometido, difícil y plagado de obstáculos, debemos emular a la NASA en esa década tan azarosa para Estados Unidos: poner a un lado los prejuicios, los egos, el oportunismo. No obstante, merece aclarar que los prejuicios se manifiestan de muchas formas, con variados rostros y no solo el que sé ya se ha dibujado en la mente de algunos.

      El 31 de octubre de 1958, poco más de un mes después del alzamiento del 7 de septiembre, suerte de réplica del ocurrido en junio, liderado por el general Jesús María Castro León, ministro de defensa de la Junta de Gobierno, que, en palabras de Caldera, fue un  hombre honesto pero equivocado, los líderes de los tres partidos políticos más representativos entonces, URD, COPEI y, por supuesto, AD, suscribieron un acuerdo que permitió superar obstáculos y construir, tal vez con sus faltas, con sus fallas, un régimen democrático. Hubo pugnas, sí. Se cometieron excesos, aun violaciones a los derechos humanos, desde luego. Hubo alzamientos, y hubo una lucha de guerrillas. Incluso, ocurrió un terremoto, el de Caracas, el 29 de julio de 1967. Sin embargo, se logró cimentar un orden democrático, imperfecto, por supuesto, pero palmariamente perfectible. Hoy, a pesar de todo, a pesar de los dos terremotos, podemos repetir ese esfuerzo, tomando en cuenta los errores cometidos. Pero para ello, debemos dejar de lado no las diferencias, que son alimento fundamental de las democracias, sino los prejuicios, el mesianismo, así como el idealismo estéril y el pragmatismo sin ética.

      Como dije, los prejuicios visten diferentes ropajes, y unos, quizás por su trajín diario, su inclusión en las conversaciones más triviales, no los advierten. Los prejuicios son valoraciones previas, por lo general negativas, que se forman sobre una persona o grupo sin tener conocimiento real o experiencia directa. Se basan en ideas preconcebidas que ignoran la individualidad y pueden derivar en actitudes de rechazo o discriminación. Si nos atenemos al concepto, la idea generalizada de que el liderazgo debe ejercerlo un hombre formado en las luchas populares es, sin lugar a equívocos, prejuiciosa. Creer que, por haber nacido en el seno de una familia pudiente, María Corina Machado es superficial y tonta es, sin dudas, no solo un prejuicio, sino la negación de una trayectoria y un esfuerzo innegable. Ella es un ejemplo de esos prejuicios ocultos.

      En las décadas siguientes a la muerte del general Gómez (diciembre de 1935), se daba por cierto que los civiles no sabían gobernar y que solo los militares (tachirenses) sabían ejercer el poder y la autoridad. Uno de los más grandes estadistas venezolanos, Rómulo Betancourt, era civil (y nacido en Guatire). Aquello era pues, un prejuicio, aun tomando en cuenta el gobierno del trienio populista (1945-1948), cuyas deficiencias derivaron en lo que, de todos modos, iba a ocurrir (por ese prejuicio ya nombrado en contra del poder en manos civiles): el derrocamiento del gobierno democrático y civilista de don Rómulo Gallegos, un excelente literato, aunque un político débil (desnudando otro prejuicio, como lo es que la preparación académica forja mejores líderes).

      Venezuela no necesita fórmulas mágicas, recetas preconcebidas, que, no pocas veces, han derivado en desastres épicos, como lo fue el gobierno tecnocrático de Carlos Andrés Pérez durante su inconcluso segundo mandato (1989-1993), que privilegió las cifras y olvidó a la gente, esa que, pocos años después ensalzó y eligió a un hombre conocido por su protagonismo en el alzamiento militar del 4 de febrero de 1992. Venezuela nos demanda sensatez y seriedad. Nos exige rescatar la verdadera política del chiquero de la politiquería fangosa.  

      Creer que las soluciones pueden surgir en laboratorios enraizados en Caracas, dirigidos por hombres y mujeres aislados en sus cenáculos, sean cuales sean estos, es prejuicioso, mesiánico y, sin dudas, receta para un desastre posterior. La realidad del interior difiere mucho de la de Caracas y aun la de la gente de Catia o Caricuao, de la que se vive en Chacao, Baruta o el Hatillo. La realidad de Caracas, de Barquisimeto, de Maracaibo, diverge de la de un pueblo llanero, de uno merideño, de uno del oriente. Cada región y cada localidad tiene sus propias necesidades y características, y toda recomposición social tiene que tomarlas en cuenta. Reconstruir La Guaira no será igual que reconstruir Caracas, Valencia o San Cristóbal. Las realidades son distintas. 

      Quizás uno de los más graves errores del segundo mandato de Pérez fue olvidar a la gente, y, en lugar de decidir políticamente, como lo hiciera Teodoro Petkoff luego, durante el segundo mandato de Caldera (1994-1999), o el presidente Franklin Roosevelt para rescatar a Estados Unidos de la Gran Depresión, se decidió técnicamente. El impacto de las medidas, opuestas a la idea que dejó correr la campaña de Pérez –la vuelta de las vacas gordas-, no solo produjo el Caracazo en 1989, sino que descalabró su gobierno, a los partidos políticos, al liderazgo y al propio orden democrático (sin negar los errores y pecados de los líderes políticos entonces). Hoy, frente a una crisis muy grave (aunque no de la magnitud que pudieron tener la guerra de independencia o las guerras federales), no podemos cometer los mismos errores. Urge poner de lado los prejuicios, las emociones viscerales, el oportunismo, las ambiciones personales; y centrarnos en la reconstrucción de las instituciones y del orden social sin olvidar el disenso, la ética y la justicia, y desde luego, las necesidades de una nación que, una vez más, debe recomponerse. En estos 27 años, nos guste o no, hubo una ruptura y lo que surja a partir de hoy, será diferente.

      No sufrimos un castigo divino, sino la consecuencia de repetir errores y de dar por cierto prejuicios, de creer que el liderazgo debe ser de un modo, proceder de un sector determinado, como lo era pertenecer a grupos vinculados con posturas izquierdistas, o antes, al estamento militar e incluso, de una región; de olvidarnos, por variadas razones a lo largo de décadas, y yo diría tan antiguas como nuestras raíces coloniales, de la gente, del ciudadano, que requiere obras, como esas que en su momento edificó la dictadura de Pérez Jiménez y también los gobiernos democráticos entre 1958 y 1999, pero también de la constante fortificación de las instituciones destinadas a defender al ciudadano aun del Estado, sea este un acaudalado miembro del Country Club, un próspero ganadero del Guárico, un médico, un abogado o un contador, un dependiente de una tienda o una cajera de supermercado, un humilde obrero petrolero del Tablazo o un campesino del llano o de los Andes, un pescador artesanal de Nueva Esparta o el dueño de una camaronera en Falcón.

      El 13 de abril de 1970, un cortocircuito provocó la explosión de uno de los tanques de oxígeno del módulo de servicio de la misión Apolo XIII. Forzados a regresar, sin alunizar, aquel fracaso devino en un éxito: traer sanos y salvos al comandante Jim Lovell y a los astronautas Jack Swigert, piloto del módulo de mando, y a Fred Haise, piloto del módulo lunar. Épico resultó su rescate, sobre todo porque el tiempo era fundamental. En Venezuela, ahora, también lo es. La paciencia de la gente es limitada y no tenerla presente, como un elemento más, como una necesidad más en el proceso, es riesgoso, explosivo. En 1989, Carlos Andrés Pérez creyó que su popularidad bastaría para imponer su plan de medidas, metido de contrabando. Solo semanas después de aquella coronación en el Teresa Carreño, estalló el Caracazo. El tiempo, las expectativas de la gente, mal pueden desdeñarse sin arriesgar un conflicto social de magnitudes impredecibles.

      Cuando Kennedy ofreció llevar un hombre a la Luna y traerlo de vuelta antes de que terminara la década, a Estados Unidos le explotaban los cohetes en tierra. Solo ocho años después, Neil Armstrong piso suelo lunar. Los asesores estadounidenses, apoyados por algunos analistas venezolanos, asumen que los procesos para depurar al sistema y al padrón electoral impiden celebrar elecciones con mediana prontitud. No obstante, una tarea titánica como lo fue llevar hombres a la Luna, se concretó dentro del plazo previsto por el presidente John F. Kennedy, aun cuando las condiciones sociales y políticas eran adversas. Cabe preguntarse qué impide adelantar varios frentes a la vez, como se hizo en la NASA desde que el mandatario anunciara que pisarían la Luna antes de terminar la década para satisfacer esa oferta.

      Nos ciegan prejuicios, nos ofuscan ideas preconcebidas, y, por qué no decirlo, sinvergüencerías, avaricia y resentimientos. Así no se conquistan las grandes metas, las grandes obras. Tenemos que poner de lado nuestras pequeñeces y nuestras rencillas si queremos reconstruir a Venezuela en un plazo razonablemente breve, porque para millones, mañana es un trecho muy largo por recorrer, una eternidad.  

      San Francisco de Asís decía: «Comienza haciendo lo necesario, después haz lo que es posible y, de repente, estarás haciendo lo imposible». Y yo agregaría, en nuestro caso, cuanto antes, mejor.

     

      

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