La transición suspendida: Desmontando mitos del nuevo relato venezolano
«Si queremos que todo siga como está, es
preciso que todo cambie»
«Il Gattopardo».
Giuseppe
Tomasi de Lampedusa
Hubo destellos, luces, detonaciones. Desde
mi casa, se distinguían los fogonazos detrás del cerro, donde está Fuerte
Tiuna. Se escucharon aviones y helicópteros. Hubo explosiones y bombardeos. Decenas
de mensajes al WhatsApp y llamadas. Y, entre tanto, ante el estupor de los ciudadanos
y la sorpresa de los incrédulos, Nicolás Maduro y su esposa fueron capturados
en horas de la madrugada por soldados élite del ejército estadounidense. Lo
impensable estaba ocurriendo. Hoy, presos en una cárcel de Nueva York y con un
porvenir adverso, ven como todos les han ido olvidando a su suerte. De cara a la
nueva realidad, se ha ido tejiendo una narrativa para justificar una transición
gattopardiana.
Las narrativas no siempre se corresponden
con la realidad. Por lo contrario, muchas veces la esconden. La desarrollada
por Washington antes y después del 3 de enero de este año, haciendo eco en líderes
y analistas venezolanos, pareciera buscar tan solo excusas para la preservación
del statu quo, apelando a mitos que confunden la estabilidad real con la impunidad
y la parálisis democrática. No sería inédito.
Para honrar a la verdad, la operación
«Resolución Absoluta» no la pidió ningún venezolano (salvo exaltados sin ningún
poder decisivo), como arguyen unos, más con ánimo de impedir surgir al
liderazgo emergente que apego a la realidad. Tampoco creo que Washington vaya a
acatar órdenes de ningún líder extranjero, menos un hombre con el ego superlativo
de Trump. Pudo haber, sí, exaltaciones, declaraciones vagas, incluso a medios,
pero no una solicitud expresa de una operación militar como la ocurrida en
enero pasado y mucho menos, esta tutela que, creemos muchos, bien pudo ser
objeto de conversaciones previas a la captura de Maduro, ciertamente sugeridas
por algunos grupos de interés y, sin lugar a dudas, opacas. El ataque nació de
una narrativa estrictamente estadounidense, orientada desde el comienzo a un propósito
geopolítico claro: la imposición de una
nueva política exterior de Washington, que, volviendo sobre formas que pensábamos
superadas, se impone por medio de la agresión militar y la ocupación ilegítima.
El presidente Trump, como parte de su verdadero objetivo, su proyecto MAGA,
ejecutó, en una reinterpretación osada de la Doctrina Monroe y del corolario de
Theodore Roosevelt, una operación militar destinada a ocupar una nación con
gigantescas reservas de petróleo, grandes minas y algo que mencionan poco, la
extensa costa sobre el Caribe sur desde la cual fiscalizar las rutas hacia el
canal de Panamá. La acción militar del 3 de enero, más que la captura de
Maduro, fue un globo de ensayo para eso que han dado en llamar la doctrina
Donroe.
Algunos, con soberbia y en un tono
arrogante, incurren en el gravísimo error de comparar la ocupación de Alemania
y Japón por parte de los aliados (y no de una sola nación) al término de la
Segunda Guerra Mundial con esta tutela de escasa base legal tanto en Venezuela
como en el derecho internacional, e incluso, para la ley estadounidense. En nuestro
caso, por mucho que hable de guerra el presidente Trump, no hubo ni hay un acuerdo de rendición incondicional luego de una derrota
militar, como sí lo hubo en Alemania y Japón. De hecho, salvo el discurso
de una guerra contra el narcotráfico y algunas bandas criminales, visto lo
sucedido en estos nueve meses, la narrativa sobre una guerra carecía realmente de
fundamento jurídicamente sólido y se trató siempre de esa narrativa para
justificar el ataque. Jamás hubo un enfrentamiento armado, como ocurre, para
citar dos ejemplos, en Gaza o en Ucrania. No hubo una guerra como sí contra la
Alemania nazi y el imperio japonés. Decir lo contrario es necio, poco serio y
podría decirse, ridículo, cuando no, una idiotez. Lo dicho por Trump en la
Asamblea General de las Naciones Unidas es, sin dudas, una grosería contra el
gentilicio venezolano y una grotesca confesión de lo que este país representa
para él: un botín.
Estados Unidos ocupó Venezuela mediante
una acción unilateral que no fue consultada con el Congreso estadounidense, y, mucho
menos, con organizaciones internacionales, como la Organización de Estados
Americanos y las Naciones Unidas. No
hubo una coalición de naciones que desarrollase las acciones en suelo
venezolano bajo un mandato amparado por el derecho internacional. Por ello,
aunque incordie a muchos, la operación «Resolución Absoluta» ha sido rechazada
por distinguidos centros de estudios jurídicos de fama internacional y
universidades de prestigio. Máxime, cuando se advierte que en el ánimo de
Washington parece prevalecer la prolongación del statu quo y no la
democratización que usó como excusa para desplegarla.
Lo que, en principio, vendieron como una
ayuda a una nación sojuzgada por una dictadura narcoterrorista (esa fue la
postura estadounidense antes del 3 de enero, y a los fines de este texto, no
viene al caso analizar su veracidad), terminó siendo un negocio opaco, y, lo
que muchos temen (y con razón), un ensayo de la nueva doctrina Donroe, aplicable mañana a quién sabe
quién.
Tras el ataque estadounidense y captura de
Maduro, los mismos funcionarios designados por él continúan en sus cargos,
operando en las distintas ramas del poder público, bajo la excusa de permitir
la continuidad administrativa. Eso no
solo invalida esta tesis argüida para la intervención (erradicar un gobierno supuestamente
narcoterrorista y tiránico, como lo expresaron Donald Trump y su Secretario de
Estado, Marco Rubio, reiteradas veces y, como se dijo, cuya veracidad no es
objeto de este texto), sino que además desnaturaliza la estrategia de tres
fases planteada por el gobierno estadounidense para Venezuela. La presencia de
actores del régimen supuestamente depuesto en cargos gubernamentales es la
excusa usada por la Casa Blanca para no convocar a elecciones (dominan las
instituciones). Sin embargo, ocurre por decisión de la propia Casa Blanca. Sin
dudas, crea esto un círculo vicioso: las instituciones están cooptadas por el régimen
anterior, por eso, primero hay que depurarlas, pero las mantiene en aras de una
supuesta continuidad administrativa. Desde un punto de vista lógico, carece de
sentido. Resulta kafkiano. La tendría solo si se entiende desde esa intragable
doctrina Donroe, y que, en efecto, no buscaba –ni busca- la democratización del
país, sino la preservación tanto como sea posible del statu quo, que, bajo
coacción militar, sirve a propósitos estrictamente estadounidenses. La idea parece
ser prolongar tanto como sea posible la primera fase.
Adicionalmente, esos funcionarios, aún en
funciones de gobierno, no tendrían interés en la recuperación de las
instituciones y de la economía venezolanas, porque supondría la pérdida del
poder. Por lo menos, así se ve desde una perspectiva lógica.
El presidente Trump, un felón impenitente
incapaz de generar confianza en personas medianamente cultas, dijo
recientemente que se desean elecciones para Venezuela pronto, pero que aún no
estamos listos. Sin fechas, sin un cronograma para realizarlas, con
declaraciones vagas; en la práctica implica suspenderlas indefinidamente. Más
allá de la ofensa implícita y de que esa decisión no le compete, postergar la
reinstitucionalización solo alarga el sufrimiento de los venezolanos, y con
éste, potencia los riesgos de posibles brotes anárquicos y, entonces sí, la indeseada
inestabilidad. Por ende, en una suerte de círculo vicioso, se prolongaría la
primera fase ad-perpetuam. La preparación para celebrar elecciones no
es un hito técnico, sino una decisión política que construyen los ciudadanos
mediante el sufragio, la participación política y, en todo caso, a través
de un acuerdo marco entre los actores, o, para decirlo en palabras más que claras
para nosotros, los venezolanos, una reedición del pacto de Puntofijo.
Arguyen las autoridades de Washington que
la inestabilidad por parte de grupos disidentes, de guerrillas, de bandas
armadas, que de todos modos los habrá (existen en todos los procesos de cambio),
sería un obstáculo para la transición. Después de la caída del general Marcos
Pérez Jiménez en enero de 1958, no solo estaba presente la idea de que los
civiles no sabían gobernar y, por ello, un militarismo fuertemente arraigado
entre los líderes castrenses e incluso, entre los ciudadanos, sino además una
emergente guerrilla de extrema izquierda que tomó las armas, el camino violento.
Sin embargo, a pesar de las amenazas, incluyendo dos fallidos golpes de Estado
(el 22 y 23 de julio y el 7 de septiembre de 1958, liderado uno por el general
Jesús María Castro León –ministro de la Defensa de la Junta de Gobierno- y el
otro, por los coroneles Juan de Dios
Moncada Vidal y José Eli Mendoza Méndez), las elecciones no se
postergaron. Y, contrario al mito de la administración Trump, de mantener a
funcionarios del régimen depuesto en sus funciones para evitar el caos, nadie
pensó jamás, esa madrugada de enero, dejar a Laureano Vallenilla (un hombre,
debo decir, académicamente muy bien preparado) como presidente encargado y en
la seguridad del Estado, a Pedro Estrada (ya sé que ambos no se encontraban en
Venezuela para el 23 de enero y que no es esto más que un ejemplo sarcástico).
Valerse del fantasma de la inestabilidad
futura es una falacia para justificar la preservación del statu quo, el control
social y la dilación de libertades civiles sin justificación real en el terreno.
En todo caso, si el ejército estadounidense tutela al gobierno, o lo que sea
que entendemos los venezolanos de todo este limbo jurídico, y por ello, puede
coaccionarlo para que actúe según sus intereses; entonces puede hacer lo propio
para anular los posibles brotes violentos contra un eventual nuevo gobierno. Así
ocurrió en República Dominicana tras el asesinato de Rafael Leónidas Trujillo. Las
protestas por la permanencia en el poder de Joaquín Balaguer, un hombre
vinculado a Trujillo (era presidente títere), terminaron con un golpe de
Estado, evidenciándose que mantener estructuras viciadas es mucho más riesgosa
que relegitimar las autoridades. Habría que acordar ciertas garantías a los
funcionarios salientes, desde luego. Tragarse algunos sapos, como se dice
coloquialmente. Cabe decir, tras la crisis generada por el gobierno de Balaguer
(quien volvió a la presidencia años después, acusado no pocas veces de fraude),
se decidió instaurar en República Dominicana un nuevo Consejo de Estado,
presidido por Rafael Bonnely, quien convocó elecciones libres en un plazo
razonablemente breve. Aún más, cabe preguntarse, ¿por qué no juramentaron a
Edmundo González como se hizo con Guillermo Endara en Panamá en 1989, acaso, el
ejemplo más cercano?
Como se ha manifestado en los medios, a
pesar del ruido estridente de intereses oscuros, las grandes industrias,
petroleras y mineras, no van a invertir hasta tanto no se reinstitucionalice el
Estado. Sus declaraciones han sido destacadas en medios, aunque opacadas por la
estridencia de quienes auguran grandes negocios. Los riesgos son enormes y no
van a apostar sumas milmillonarias sin la debida seguridad institucional. Además,
no bastan esas inversiones. La recuperación requiere del concurso de ayudas de
entes multilaterales y estos tienen prohibido erogar sumas de dinero sin
suficientes garantías institucionales. Es obvio, sin inversiones, la
recuperación económica quedaría igualmente en suspenso y, desde luego, una
transición subordinada a ese inalcanzable, o cuando menos, lejano saneamiento
económico. Una vez más nos enfrentaríamos al bucle que nos mantendría ad-perpetuam en esa primera fase.
Con excusas, pretextos, como evitar la
anarquización (que puede ser una bomba de tiempo por no relegitimar las
instituciones) bajo el protocolo de las negociaciones, la mesa de diálogo en La Carlota evade la demanda de los ciudadanos,
como lo es el cronograma definitivo para la entrega y transferencia total del
poder a nuevas autoridades legítimas. Se convierte pues, este mecanismo de
supuesto diálogo, en un dispositivo de distribución de cuotas de poder y prolongación
de la cohabitación y no de una efectiva democratización.
Los inversionistas, en especial los
petroleros y mineros (recursos que no pocas veces están en países conflictivos),
no son melindrosos a la hora de hacer sus negocios. Sin embargo, tampoco son
tontos, o como diríamos en estas tierras, pendejos. El problema no es que se
trate de la atrasada monarquía saudita o de tiranos como Gadafi. Se trata de la garantía que el statu quo
pueda ofrecerles. A Gómez le llovieron ofertas para explotar petróleo,
pero, entonces, él era la autoridad (de facto) y nadie disputaba ese cargo después
de 1903. Actualmente, no existe esa
certeza en Venezuela. Hay un limbo jurídico, que, les guste o no, afecta
esa inevitable garantía que las grandes corporaciones sí van a demandar. No se
trata de Maduro, con quien los chinos y rusos hacían negocios, sino de una
tutela cuya viabilidad en el tiempo es dudosa. No olvidemos, Trump debe dejar
la Casa Blanca en enero de 2029 y, al decir del termómetro de las venideras
elecciones de medio término, es factible el retorno de los demócratas a la Casa
Blanca. Decir que los inversionistas van
a invertir sin importar quién gobierne es, de hecho, otro mito más.
Se corre el peligro real de un
estancamiento, y con este, el marasmo económico y político. Al mejor estilo gattopardiano, el poder sigue siendo de
facto, en manos de la misma élite anterior al 3 de enero, solo que amparada por
Estados Unidos, ahora dueño de Venezuela. Los ciudadanos, empero, no vemos
mejoras, y, por lo contrario, el tufo de más desgracias impregna nuestra
cotidianidad y nuestras expectativas.
El discurso de algunos grupos de interés,
negados a que los venezolanos decidamos nuestro futuro en las urnas, crea una
narrativa para disfrazar de realidad sus intereses. Una realidad que,
ciertamente, cada día más nos luce umbrosa. Entendemos que esta tutela
estadounidense, inadmisible desde cualquier análisis medianamente serio,
empieza a recordar aquellas tétricas dictaduras militares, como las de Pinochet,
Noriega, Somoza o del propio Trujillo, que, cuando menos inicialmente, y
mientras fueron útiles, contaron con el apoyo de Washington (en el marco de la
guerra fría).
No es casual. Cada vez que a Trump le
preguntan sobre Venezuela, miente y se arroga un derecho que no tiene, como lo
es decidir nuestro futuro. Su plan ha sido desde el principio sostener el statu
quo, indistintamente de lo que deseemos los venezolanos. No dudo, así se lo
plantearon intereses opacos que no tienen mayor interés en la democracia y sí
en los negocios. La lógica de sus acciones se desmorona como un castillo de
naipes, porque, a pesar de los cuentos y fábulas, su objetivo no era ni es
democratizar a Venezuela. Su objetivo siempre ha sido ocuparla.
Cabe preguntarse, ¿quién será el próximo?



