sábado, 27 de diciembre de 2025

             Noticias, opiniones y hamburguesas con queso

Hoy por hoy, resulta difícil creer. Antes, las noticias debían pasar por filtros, por verificaciones que ahora son despreciados. Sin la estructura de un medio impreso o de un canal de noticias, sea CNN o Reuters, RT o DW, y favorecidos por un teléfono inteligente que cubre las necesidades básicas para reportar en vivo y opinar sin mediación de jefes de redacción e incluso, de las restricciones legales (como la de no difamar o injuriar a otros, reconocidas ambas como delitos), los embustes, las exageraciones y los wishfull thinkings, o como lo llamaríamos quienes hablamos la lengua de Cervantes, pensamientos ilusorios, colman las redes, así como también ofensas de todo tipo.

            Muchos pretenden que no se haga. Sin embargo, nada más naíf. Sin escrúpulos, no contendrán muchos sus impulsos más ruines, como anunciar la muerte de un famoso que no ha muerto para ganar visitas a su página o revelar (supuestos) planes secretos que sin lugar a dudas ignoran. En mis días mozos, llamábamos a eso hablar paja (porque son chismes y rumores con tanto valor como lo tiene, en efecto, la paja o el heno). Conocíamos reporteros prestigiosos que cuidaban su buen nombre y gacetilleros desesperados por dar un tubazo.

            Sin embargo, en nuestros días, como reclamaba Renny Ottolina a los productores de televisión y radio, distinto de elevar el nivel de los partícipes en este contubernio que son las redes sociales, muchos periodistas han descendido a la ruindad propia de quienes buscan notoriedad. Lo sé. Sus razones varían dependiendo de la erudición (o falta de esta) de quien escribe. Muchos, sin formación profesional en el periodismo o irrespetando sus normas, usan la información noticiosa con el mismo criterio de un community manager. Solo buscan generar tráfico. Por ello, la veracidad de sus noticias importa muy poco. Otros, mercachifles y lobistas, las tergiversan para favorecerse ellos o a terceros. Y otros, soberbios, tan solo se creen mejores que los demás y portavoces de la verdad absoluta.

            No interesa qué los motiva. Su conducta es, en todo caso, reprochable.

            La opinión sesgada carece de valor, indistintamente de si quien la emite es Walter Cronkite o Christiane Amanpour, o si se trata de un gacetillero de un diario amarillista. La opinión no es verdadera ni falsa. Eso lo sé. Sin embargo, sí está bien o mal fundamentada. Se trata de reglas lógicas, no de la talla intelectual y académica de quien opina. Dar por cierta la opinión de alguien solo porque es quién es constituye una falacia ad hominem. Su trayectoria y su reputación pueden conferir valor al sujeto, o, en caso contrario, restárselo; pero, en modo alguno, se entienden como los hechos de un contexto determinado. En todo caso, la conclusión debe derivarse de las premisas, no de la buena o mala fama de quien opina.

            Unos se regodean y alardean de información de primera mano que cuando mucho llega a chisme o ilusión. Otros se arropan en su soberbia o en la necesidad de vender una idea y, como quien vende autos usados, recurre a citas e hipótesis que no necesariamente son aplicables a un contexto determinado. Ninguno de ellos, por lo que se lee en sus comentarios, fundamenta sus alegatos en premisas creíbles, en hechos constatables, aunque algunos trazan artilugios, construidos con mayor o menor cuidado, para disfrazar de premisas sus intereses o los de terceros.

            Saber qué puede ocurrir en Venezuela es, de hecho, improbable (porque imposible es un círculo cuadrado). Se especula y se crean fábulas, pero adelantar eventos, en uno u otro sentido, es osado, aventurado y, sobre todo, imaginario. A la vista no existen elementos conocidos que permitan predecirlos, salvo cartas, declaraciones, datos que van surgiendo a gotas en medio de suposiciones infundadas y narrativas fantásticas.

            La masificación de la información es un hecho. Ocurre y ciertamente no existen mecanismos efectivos para evitarla. Se puede, sí, hacer un esfuerzo para desgranar el trigo de la cizaña. La mercadería de análisis y noticias (sesgadas) solo puede compararse con el mercadeo de hamburguesas o gaseosas.

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

                                                                                                      

                                                                                                          

                                  
De guerras y genocidios

        

La paz no es un slogan. La paz es un esfuerzo cotidiano que se traduce en la tolerancia debida al que disiente, aunque no nos guste, aunque no aceptemos sus ideas.

Los asesinatos perpetrados por Hamás durante el cautiverio de los judíos secuestrados solo difieren en la cantidad con respecto a los ocurridos en Auschwitz. La crueldad y la motivación es la misma.

Portar una hiyab o una shayla en un evento público, como los premios de la Academia o los Golden Globe, no va a fomentar la paz. Eso solo ofende a las víctimas de una tragedia que ya demora demasiado.

 


Mona Juul y su esposo, Terje Rød-Larsen, lograron lo que para muchos parecía imposible. Aun, impensable. No hablo solo del acuerdo de paz entre la OLP e Israel (que fracasó por la intolerancia de unos y otros), sino de un hecho trascendental en la historia de un conflicto que pronto cumplirá ochenta años: el reconocimiento recíproco. Finalmente, un grupo con la legitimidad para hablar en nombre del pueblo palestino, la OLP, por medio de Yasser Arafat, aceptó que Israel tiene derecho a existir. Por su parte, en voz de su presidente, Israel igualmente aceptaba que el pueblo palestino merece un hogar al que puedan llamar su nación.

El asesinato de Yitzhak Rabin el 4 de noviembre de 1995 por un fundamentalista israelí (que los hay, desde luego, y que rechazan la tesis de los dos Estados), así como las fracturas internas entre los grupos palestinos (cuyo clímax fue la expulsión de Fatah de Gaza por Hamás) dieron al traste con un acuerdo que alcanzó hitos impensables. Sin embargo, esa semilla sigue ahí.

Ese acuerdo creó la Autoridad Nacional Palestina (ANP), suerte de gobierno provisional, encargada de administrar los asuntos civiles y la seguridad interna en las áreas palestinas de Cisjordania y la Franja de Gaza. Históricamente, la OLP, ente reconocido por Israel como vocero legítimo de Palestina, y la ANP han sido dominadas por el partido laico Fatah (cuyo líder es Mahmud Abás, en sustitución de Yaser Arafat). A pesar de ser Gaza la sede del Consejo Legislativo Palestino (CLP), este no ha funcionado con normalidad. No ha podido. No porque Israel lo impide, sino porque Hamás expulsó a Fatah y ejerce de facto la autoridad sobre Gaza.

El territorio palestino y la autoridad regente están divididos. Cisjordania (antes conocida como West Bank) y la franja de Gaza. Políticamente, en diversas facciones que se disputan el poder. Como se dijo, Hamás expulsó a Fatah de Gaza en 2007, y, por ello, la ANP ya no ejerce control en la región. Radicalizado, el grupo Hamás rechaza los acuerdos de Oslo y postula como principio fundamental la aniquilación del Estado judío.

El 7 de octubre de 2023 llevó a cabo un ataque contra Israel. Asesinó a 1219 personas y secuestró a otras más. Se coordinaron desde la franja de Gaza (que, como ya se dijo, la organización terrorista controla desde 2007). Obviamente, Israel respondió.

En 1933, Paul Hindenburg nombró canciller a Adolfo Hitler. Esperaba el viejo militar prusiano, usar la popularidad del cabo austriaco (que por una ley alemana le permitía postularse a cargos políticos) para fortalecer un gobierno autoritario que lograra recomponer la crisis generada durante la República de Weimar. Quien luego fuese llamado mein Führer (mi líder) se valió de la crisis económica heredada de un proyecto político fallido, la propaganda violenta y la inestabilidad para consolidar su poder, culminando en una dictadura totalitaria con la aprobación de la Ley de Habilitación en marzo de 1933 y la posterior abolición de los derechos civiles.

El 1 de septiembre de 1939, tras una escalada diplomática muy agresiva, destinada a ocupar territorios, amparados en una deformación geopolítica del principio, originalmente geográfico y biológico, conocido como espacio vital (Lebensraum), propuesto por el geógrafo Friedrich Ratzel a fines del siglo antepasado y que sirvió de excusa para la agresión japonesa en Asia e italiana en Abisinia (ahora Etiopía), comenzó oficialmente la Segunda Guerra Mundial. Berlín debió soportar por ello bombardeos constantes, primero del Reino Unido y luego, de los aliados. Al momento de entrar los rusos (y dos meses después, los estadounidenses y británicos), la ciudad estaba asolada. Destruida.

El 6 de diciembre de 1941, el Imperio Nipón atacó a la base estadounidense de Pearl Harbor en Hawái. El 6 de agosto de 1945, Hiroshima fue arrasada por un bombardeo atómico, seguido en Nagasaki (tres días después). El 15 de agosto siguiente, el emperador Hirohito proclamó la rendición incondicional. El 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri, Japón suscribió el correspondiente instrumento. Tokio estaba destruida. Tal vez tanto como Hiroshima y Nagasaki.

¿A dónde quiero llegar? Veamos…

No lo dudo, la respuesta israelí tras el ataque del 7 de octubre de 2023 pudo ser brutal. Despiadada. No obstante, la autoridad que de facto controla la zona – y ejerce el papel de gobierno – atacó a Israel. Se entiende que desde el punto de vista del derecho que rige la guerra (si es que tal cosa es creíble y, sobre todo, ejecutable), ese ataque justificó la respuesta militar israelí (casus bellis). Insisto, de parte de Israel hubo una réplica cruenta e incluso, exagerada. Sin embargo, hablar de genocidio sería reconocer que en el curso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los aliados también perpetraron genocidio. Y bien sabemos, no fue así. Cabe decir, en ese conflicto, en esos seis difíciles años, murieron 55 millones de personas, entre ellas, más de seis millones de judíos asesinados sistemáticamente solo por su raza (incluyendo a Santa Edith Stein (o por su nombre religioso, Santa Teresa Benedicta de la Cruz), nacida judía y una vez que acogió el catolicismo y tomados los hábitos, fue canonizada en el seno de la Iglesia Católica por San Juan Pablo II). Envenenada con Zyclon B en una de las cámaras de gas de Auschwitz, murió en parte por ser judía (de raza) y en parte, por su fe católica, el 9 de agosto de 1942, y por ello se le reconoce como mártir.  

El ataque del 7 de octubre se fundamenta en razones que, sin dudas, parecen nacer del ideario nazi. No olvidemos, esa agresión ocurrió dentro de un contexto esencialmente xenófobo: Más que la construcción de un Estado palestino, como lo pretendieron Rabin y Arafat tras los acuerdos de Oslo, Hamás persigue la destrucción del Estado judío, y, como lo han manifestado voceros islamistas y a pesar de que en Occidente muchos se rasguen las vestiduras (cuyo significado bíblico, incurso en las ancestrales tradiciones judías, es una manifestación externa y exagerada de dolor, duelo, pena o indignación), también el de esta civilización.

En lo particular, considero a Benjamín Netanyahu un radical. Su partido, Likud (de derecha, sí, pero no estriba en este hecho su obstinación), se opone a la solución de dos Estados, como se propuso en 1947, y que los ya citados acuerdos de Oslo respetaban y, sobre todo, reconocían. Sin embargo, aunque repudie al personaje, acusarlo de genocida sería tan absurdo como acusar a los aliados por los bombardeos sobre ciudades alemanas y japonesas o, incluso, a Putin por la agresión rusa a Ucrania (que es, de hecho, una disputa territorial y, por lo tanto, una guerra convencional).  

Brutal y despiadada, aun cruenta, pero mal puede decirse que sea un genocidio. Sí hubo crímenes de guerra y violaciones al derecho internacional humanitario, y los hubo en ambos bandos. Hamás dista mucho de ser víctima y a juicio de muchos, es el causante de la desgracia de miles de palestinos, que, no lo dudo, tanto como los judíos, solo desean vivir sus vidas tranquilamente. Y sí, lo sé, tristemente, bien viene al caso recordar las palabras de Oriana Falacci sobre ese conflicto: mal puede haber paz si ambos bandos – en realidad sus líderes - se odian a muerte («Entrevista con la historia». 1976). 

martes, 10 de junio de 2025



         


El crisol de Trump: De McCarthy al magnate neoyorquino

Del amor al odio hay solo un paso…

En la década de los 50’s, auge del boom estadounidense, el senador Joseph McCarthy lideró una cruzada anticomunista. Ejerció su cargo en el Congreso desde 1947 hasta 1957. El autor Arthur Miller escribió su obra «The crucible» (traducida como «Las brujas de Salem») en esos años (el estreno de la obra tuvo lugar el 22 de enero de 1953). En ella, el dramaturgo hace referencia a los juicios por brujería en Salem en 1692, en principio, pero es una clara alegoría del macartismo.

         En 1954, el abogado Joseph Welch asestó unas duras palabras durante las audiencias Ejército-McCarthy que defenestraron la carrera del senador. Censurado por sus propios colegas y abandonado por el partido Republicano, murió poco tiempo después. El periodista Edward Murrow terminó de demoler su credibilidad en un programa «See it now» del 9 de marzo de 1954.

         Tal vez no sean los comunistas, aunque Kamala Harris fue acusada por algunos necios de serlo. Para Trump, animado por su racismo (y no cabe duda de ello), no se trata de los rojos, desbancados tras la disolución de la URSS en 1991, sino de inmigrantes… de inmigrantes hispanos, de inmigrantes de colores extraños, como diría Rubén Blades. Su cruzada ha llevado el macartismo a un nivel superior. Si bien las audiencias y juicios contra ciudadanos eran delirantes en tiempos del senador, hubo entonces, cuando menos, la pantomima de un proceso. En cambio, a los inmigrantes – legales e ilegales, como hemos visto – se les niega incluso ese derecho, el de un juicio, lo que supone una violación al derecho a la defensa.

         En su momento, McCarthy fue popular. Sin embargo, de la noche a la mañana, como lo señala un documento del senado estadounidense (https://www.senate.gov/about/powers-procedures/investigations/mccarthy-hearings/have-you-no-sense-of-decency.htm), su gloria se desvaneció. Murió tres años después, solo y frustrado (a broken man, reseña el texto original en inglés). El presidente Trump goza de popularidad. Por ahora. Ganó con un margen suficientemente cómodo (a diferencia de la primera vez, contra la senadora y ex primera dama Hilary Clinton, quien ganó en esa ocasión el voto popular). No obstante, su gestión, sin dudas, caótica, comienza a fastidiar. Sus políticas sobre inmigración y aranceles están teniendo un costo – económico y moral – importante para Estados Unidos. Por mucho que los supremacistas blancos deseen una «América para blancos protestantes» (aunque la primera dama Melania y la vocera de la Casa Blanca son católicas, así como el vicepresidente J.D. Vance), el porrazo en sus bolsillos bien puede recordarnos un viejo adagio: amor con hambre no dura.

         En un sinfín de reveces, el último, con su otrora «mejor amigo», el milmillonario Elon Musk, puede tener tanto peso como aquellas palabras que defenestraron la carrera política del senador McCarthy. Expuesta su crueldad e imprudencia, Welch asestó una estocada mortal a aquel toro embravecido. Murrow lo remató. Ante la delirante política del presidente Trump, que, no lo dudo, podría resultar dañina para el GOP, este vería con buenos ojos la destitución del presidente y tal vez escuche los chismes del dueño de Tesla. Su credibilidad como organización política – seguramente la más fuerte en Estados Unidos – importa más que seguir a un cruel e imprudente hombre, cuyos vicios saltan en la infinidad de juicios en su contra. Algunos sentenciados desfavorablemente para él.

         McCarthy pagó sus tropelías con el olvido, el ostracismo al que fue relegado por propios y extraños. Su cruzada es vista hoy como una cacería de brujas (como lo señaló, en efecto, Arthur Miller en su obra). No me sorprendería que, ante la delirante – y contraria a la ley – conducta del presidente Trump, termine destituido y con menos suerte que Richard Nixon (que gozó del indulto de su sucesor, el presidente Gerard Ford). Cuando menos, el protagonista del escándalo Watergate, ciertamente deshonesto, fue, no obstante, un buen mandatario y su política exterior, indudablemente exitosa. 

         Imagino que hoy, unos cuantos meses después de la toma de posesión, muchos estadounidenses, gente honesta y trabajadora que creyó las patrañas de un felón (no sería inédito en este viejo mundo que ya ha atestiguado muchas cosas), como la senadora por Florida y cofundadora de «Latinas for Trump», Ileana García, se sientan defraudados y en secreto, en esas tareas que hasta los reyes hacen solos, podrían pensar que Kamala Harris hubiese sido una mejor elección.  

jueves, 29 de mayo de 2025

 

Ayer fue ayer y mañana será mañana: lo importante es leer lo que leer se debe

Se yerra, se acierta, se sigue

 

Ayer, 25 de mayo, la ciudadanía habló (detesto el término pueblo por su deformación en boca de politiqueros). Según las autoridades electorales, participó el 42,66 % del padrón electoral (21,4 millones). Según otras fuentes, la votación no superó el 15 %. Eugenio Martínez ya ha señalado la inconsistencia de la cifra ofrecida por el CNE. Por lo visto en redes y medios, hubo muy poca participación ciudadana. La gente no acudió a las urnas.

     Tal vez sea pronto para adentrarse en análisis, pero, cabe decirlo, y, de ser necesario, repetirlo hasta el hartazgo, lo de ayer fue un acto de desobediencia civil. Si es beneficioso o no, aún es pronto para saberlo. 

Quizás, unos no estén de acuerdo, y no por ello, son sinvergüenzas, tarifados (aunque, no lo dudo, entre esta variopinta oposición se esconden traidores). Sin embargo, su discurso no caló en la gente. Es ese, el punto. Si van a culpar por lo ocurrido, pues señalen a quién deben: al pueblo (recurro al término, a pesar de lo dicho, porque uso su significado político y jurídico, es decir, el depositario de la soberanía nacional). Los ciudadanos eligieron abstenerse.

Si erraron o no, está por verse. No lo sabemos. No obstante, el liderazgo que ha defendido el voto sin más estrategias que ir a votar masivamente, debe leer bien lo ocurrido. Debe escuchar el regaño. El primer jalón de orejas lo tuvo en el 2023, cuando María Corina Machado, para unos, una mujer malcriada, radical y obstinada, recibió el apoyo del 93 % de quienes votaron en esas primarias (que, como muestra estadística es bastante significativa). Su llamado a participar en las elecciones del 28 de julio fue acatado, y sus acciones posteriores dejaron en la ciudadanía la sensación de que sabe lo que hace, de que tiene una estrategia y planes alternativos. Por eso, Rosales perdió el Zulia y a Henrique Capriles lo tildan de alacrán (tal vez injustamente).

No quiero acusar. Solo deseo significar que hoy por hoy, María Corina Machado sigue liderando, porque, pese a que su estrategia pudo no haber dado el resultado esperado (por ahora), demostró que no se conforma con participar en circos, que busca opciones efectivas. Los ciudadanos han visto, en cambio, que, salvo acudir eventos electorales como borregos al matadero, el liderazgo que ayer resultó derrotado dentro de la propia oposición no ha planteado jamás un plan alternativo. En el 2023 se lo cobraron. Quieran o no, esa es la lectura. Poco importa si a algunos le parece injusto.  

Entiendo que Machado pueda caerles mal a unos. Rómulo Betancourt no era precisamente Miss Simpatía. Tampoco lo era Rafael Caldera. Sin embargo, no podemos dudar de su liderazgo de su impronta. No se trata de pasiones viscerales, muchas de ellas, no lo dudo, fundadas en el origen familiar y social de la dirigente, sino de un liderazgo que sea faro, y no meros espejismos en el desierto, cuya única oferta es votar una y mil veces, esperando que, por alguna iluminación providencial, cambien las cosas. Lo siento, pero no veo menos mágico esa mirada del voto que un sahumerio de tabaco barato y escupitajos de ron.  

Mi exesposa decía que la gran tragedia de Venezuela era la falta de verdaderos líderes, como lo fueron tantos ayer, y a quienes debemos aquella democracia imperfecta pero perfectible. María Corina Machado se nos presenta como alguien capaz. Si es verdad o no, corresponderá a la historia decidirlo. Nosotros, los ciudadanos, por los momentos y dentro de lo que podemos, ayer decidimos a quién seguir y a quién no. 

viernes, 16 de mayo de 2025

 


     El otro lado de la razón

          Ayúdennos y ayúdense a construir puentes (primeras palabras de Su Santidad León XIV)

Unos y otros alegan argumentos. Unos buenos, otros mejores y desde luego, algunos deficientes, pero, en tanto son opiniones, no son verdaderos ni falsos. Unos llaman a votar, otros, a abstenerse. Para unos, la negociación es la ruta y para otros, otras vías. Coincido con Su Santidad León XIV, en todo caso, la paz debe ser el camino. La verdadera paz.  

     Esa tan anhelada paz no supone la imposición de un pensamiento por encima de otros. Implica la conciliación de ideas, de opiniones y de algo que normalmente omitimos, las experiencias propias de cada uno. Alguien dijo alguna vez – en esa ocasión para justificar falencias y procacidades - que los venezolanos no somos suizos, y, ya lo sabemos todos, no lo somos, como ellos, tampoco venezolanos. Esto, que parece tonto, obvio, encierra una verdad inobjetable: el mundo es, si se quiere, un crisol donde se funden culturas, ideas, creencias, puntos de vista, valores, tradiciones... El mundo tiene tantas verdades como habitantes.

     No me gustan los refranes, algo que copié de Saramago, pero bien puede decirse que, en efecto, cada cabeza es un mundo, o lo que describe mejor esa frase, el mundo se define como un sinfín de realidades, construidas sobre cada individuo y sus circunstancias particulares e inigualables. Lo que es verdad para un tibetano, budista creyente, que espera alcanzar el Nirvana luego de transitar incontables reencarnaciones para purgar sus karmas, no lo es para un estadounidense, seguramente un presbiteriano laxo, ciudadano de una nación primermundista que da por sentado muchas cosas que aquel tibetano, no. Cada uno, ensimismado en su propia visión parroquiana (aun cuando viva en París, Nueva York o Londres), no puede experimentar la cotidianidad del otro, sea un berlinés o un vecino de una aldea pastún en Afganistán.

     La política está llamada a tener esta verdad presente en cada decisión. No puede obviar las distintas realidades, que se mezclan y se entrelazan. Hoy, especialmente, cuando todo queda a la distancia de un clic.

     Por ello, si de verdad queremos construir una sociedad mejor, en Venezuela o Estados Unidos, o, con suerte, mucha suerte, en este mundo nuestro, debemos aceptar que la verdad del otro no es menos verdad que la nuestra. El diálogo, a veces utópico, urge, porque, queramos o no, desvanecidas las fronteras, las personas, sea una mujer marroquí o un joven japonés, una estadounidense y un venezolano, intercambian su cotidianidad diariamente en ese otro mundo, el que existe detrás del teclado. Unos ofrecen a otros sus valores, sus creencias, sus experiencias, sus vidas, e inevitablemente se acrisolan.

     Si deseamos una paz fuerte, permanente, tenemos que escuchar al otro más que a nosotros mismos. Ese eco sordo, estridente, ese ruido que crea nuestro ego no puede, ni debe, acallar la voz del otro, ni podemos ser tan arrogantes para despreciar la vida cosmopolita del neoyorquino o la rural de un pastor de cabras yemení. Cada uno tiene algo valioso que aportar. No caben dudas de ello. Desde la ruidosa sazón que enriqueció a la gastronomía estadounidense hasta los celulares que, en manos de monjas, retrataron al papa León XIV en su primera aparición en la plaza de San Pedro. Desde el rol de la mujer en la fe musulmana hasta las fiestas rocieras. Desde la mirada de un budista hasta la de un católico, o, por qué negarlo, de un ateo. Decía el ganador del premio Nobel Mario Vargas Llosa de este fenómeno, la globalización; que, lejos de imponer la cultura de una nación sobre otras, haría prevalecer las riquezas particulares de cada una. 

     Si queremos construir una Venezuela mejor, o, si somos más ambiciosos, un mundo más humano, el primer gran paso es ese, reconocer la verdad del prójimo. Aceptar sus diferencias, abrazarlas, y, como seres racionales que somos, en una gran mesa redonda - como la del rey Arturo, donde nadie preside y todos tienen voz – conciliar las hermosas diferencias que nos hacen únicos, sea que lo hagamos durante la cena familiar o en los comités para decidir las grandes políticas públicas.

jueves, 13 de marzo de 2025

 


     Esto no es Macondo

Votar y elegir pueden coincidir en un mismo acto, pero, sin lugar a equívocos, no son lo mismo.

En medio de voces, de argumentos, de pro y contras, de peleas innecesarias, de ofensas y divisiones peligrosas, aun nocivas, toca pues, hablar de derecho. En primer lugar, debe decirse, aunque sea una verdad de Perogrullo: los derechos no son entelequias, sino garantías reales que requieren de condiciones de hecho propicias para su ejercicio o, de ser el caso, su defensa.

     El sufragio, además de una institución destinada a la toma de decisiones colectivas (con sus serias deficiencias, y las tiene, sin dudas,), es, desde luego, un derecho ciudadano. Tal vez, uno de los más notorios, mas no de los más importantes en una Democracia (como lo es, el respeto por el Estado de derecho). Su ejercicio, expresado en el voto, urge de condiciones mínimas para ser efectivo. Si no, su esencia se pierde y queda reducido a un tinglado, como aquel de la antigua farsa.

     El derecho, como la posibilidad de exigir algo, aun por medios coactivos (judicialmente), no es una ficción capaz de existir fuera de su contexto ni de la realidad (esa que se manifiesta en hechos concretos, palpables). Por ello, si el derecho, cualquiera que sea este, no puede hacerse eficaz, queda pues, vaciado de contenido y, por lo tanto, no se tiene realmente.

     El derecho no puede deslindarse de su expresión real como lo es, en el caso del sufragio, el acatamiento de la decisión manifestada en las urnas.

     En todo caso, podrían tenerse presente otras condiciones, otro contexto, y servir el voto a fines distintos al que ontológicamente está destinado. Por un lado, legitimar – o lo que sería más preciso, darle visos de legitimidad – a un régimen autocrático, o, igualmente, como una estrategia para desnudarlo, pero ni en uno u otro cumple su función cardinal: dirimir las diferencias colectivas, permitirle a la ciudadanía decidir. En el último caso, como táctica en la lucha por el poder, se debe tener, obviamente, un plan ulterior. Sin este, el voto quedaría igualado a una suerte conjuro, de encantamiento capaz de alterar el statu quo. Se sabe, empero, tal cosa es, de hecho, propio del pensamiento mágico. La realidad no es Macondo, donde la magia lo explica todo.

     Ir, votar, y luego esperar que ocurra lo que bien sabemos no va a suceder, como ya se ha visto no una sino suficientes veces, es, de hecho, tan tonto como hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes (para algunos, definición de insania mental o, lo que creo yo, memez). No ocurrió en Sudáfrica ni en Chile, no sucedió tampoco en Polonia. Esos procesos fueron consecuencia de otras circunstancias fácticas que concedieron valor a los procesos electorales y que, por ello, justamente, los hicieron eficaces. Hubo elecciones poco competitivas, ciertamente, pero, a pesar de las trampas, del ventajismo, hubo reconocimiento del resultado, no por el sufragio en sí mismo, sino debido a causas más allá del mismo. No podemos imaginar que una epifanía va a resolver nuestra crisis. No obstante, puede que, como sospecho, haya en toda esta gradería de polichinelas, colombinas y arlequines, consideraciones de otra índole, ciertamente ajenas a la genuina aspiración de los electores.

     Claro, dejamos atrás lo que, en derecho, supone el sufragio, y nos adentramos en consideraciones de orden pragmático. Y, en ese ámbito, corresponde a los líderes ver qué hacen y qué ofrecen a los ciudadanos, y a estos, votantes, al fin de cuentas, decidir a quién seguir. Yo, en cambio, me limito a explicar lo que como abogado me atañe.

jueves, 7 de noviembre de 2024

 

  

Arde la pradera


 

El triunfo de Donald J. Trump, más que un desastre, que puede o no serlo, es una llamarada en la pradera que nos llama a la necesaria reflexión.

 

Anaranjado, como un orangután. Recubierto por ese bisoñé espantoso, ridículo. Bronceado, creo yo, a juro, bajo lámparas y no por el estridente sol floridano, el otrora propietario del Miss Universo, ese concurso necio que cosifica a la mujer, saludó a sus electores, luego de anunciar, él mismo, su victoria en las elecciones del pasado 5 de noviembre. Desde el presidente Groover Cleveland a fines del ochocientos, ningún otro mandatario había sido reelecto de modo no consecutivo. Ganó, sí. No significa ello, desde luego, que sea provechoso, sino que, por el contrario, reseña graves fracturas de una sociedad que no comprende la contemporaneidad y que, justamente por ello, se refugia en la espectacularidad circense voceada por los autócratas.

     Harris, una mujer mejor preparada política y académicamente que el magnate neoyorquino, cuyo único mérito, parece ser el de tener dinero, mucho dinero, ganó en las grandes ciudades, aun en esos Estados adjudicados a Trump, pero prevaleció el voto rural y, tratándose de una elección de segundo grado, obtuvo el otrora presidente ahora reelecto, el número mágico. Al igual que en el 2016, desde la profundidad de los Estados Unidos, donde la vida no se asemeja a la de sus compatriotas citadinos, emergió un grito, una potente voz que desnuda miedos restañados. Animados pues, por sus creencias, heredadas muchas de sus antepasados cuáqueros, lo que resulta común y necesario para los citadinos, sobre todo los de las grandes urbes, como Nueva York y Los Ángeles, no lo es para ellos.

     En las últimas décadas, tres o, cuando mucho, cuatro, límites que creíamos imbatibles acabaron siendo rebasados. Los paradigmas que hasta recién explicaban la realidad ya no funcionan. Los asideros a los cuales aferrarse, se quebraron. La gente, habituada al orden existente hace menos de medio siglo, no encuentra razones para creer en el modelo democrático, que, construido sobre diálogos y concesiones diarias, cotidianas, en su mayoría discretos, apartados de las redes sociales, parece hoy, a tantos, débil e ineficaz.

     Lo es, en cierta medida. El liberalismo y el capitalismo, en principio triunfadores de la diatriba ideológica del siglo pasado, no logran resolver problemas graves, reales, concretos, que la sociedad contemporánea experimenta. Las brechas no se han aminorado, y aunque apelemos a eufemismos, crecen las diferencias de todo tipo entre el mundo desarrollado y el que se va rezagando del desarrollo. Aun en sociedades primermundistas, como la estadounidense, aumentan dramáticamente las diferencias entre las grandes ciudades y las pequeñas, en su mayoría rurales, así como entre los más afortunados y aquellos cuyo ingreso se les va de las manos, como el agua entre los dedos. Por ello, de cara a unos modelos acusados de ser pusilánimes e inútiles, la vocería estridente de los autócratas cala hondo, enamora a incautos.

     La victoria de Trump es una amenaza, sí. Sin embargo, es más una clara advertencia de lo que ocurre, del grave debilitamiento de las democracias frente a los tiranos, los caudillos autoritarios, lo caudillos gritones, que proclaman aquellas apetencias de tantos, aun cuando solo sean quimeras. Ignoro si el control que, a través de la rendición del GOP a sus pies, ejerce sobre el congreso, dominado por los republicanos, debilite y empobrezca gravemente a las instituciones estadounidenses. No obstante, sí desnuda una realidad de nuestros días: la decadencia de la democracia y el auge de las autocracias, de los caudillos, de los jefes de montoneras, que, como latinoamericano que soy, bien sé de su perversidad.