La
ruta a la Luna
«Elegimos ir a la Luna en esta década y
hacer las demás cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles;
porque ese objetivo servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras
energías y habilidades, porque ese desafío es uno que estamos dispuestos a
aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer y uno que pretendemos superar.»
John F. Kennedy
No sufrimos un castigo divino, como lo
afirmó el arzobispo Narciso Coll y Prat luego del devastador terremoto del 26
de marzo de 1812. Sin embargo, las frases telúricas, como las que pronunció el
joven Simón Bolívar en la plaza de San Jacinto, tampoco construyen soluciones. Tal
vez entonces, primeros pasos de la naciente república, servían para oponerse a
las palabras del presbítero, que de aquel suceso trató de ganar favores para la
causa realista. Apenas en diciembre del año anterior, el Congreso Constituyente
de Caracas redactó y aprobó la primera constitución de Venezuela (y de
Hispanoamérica). En febrero de ese año, procedente Puerto Rico, Domingo de
Monteverde, brigadier, desembarcó en Coro, una ciudad mayormente realista y por
ello, fiel a la Corona. Como hoy, las opiniones, los deseos y las voluntades se
fracturaban entere aquellos que el 5 de julio de 1811 celebraron en las calles
la creación de Venezuela y esos otros, realistas, fieles al rey Fernando VII,
deseosos de preservar el statu quo. La independencia tenía detractores, como
hoy los tiene el plan de tres fases propuesto por la administración de Donald
Trump, tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de diciembre.
En la década de los 60, las comunidades
afroamericanas estadounidenses pugnaban por la cesación del régimen
segregacionista imperante en los Estados del sur. El 25 de mayo de 1961, el
presidente John F. Kennedy propuso ante el Congreso llevar a la luna y traer de
vuelta a un hombre antes de que finalizara esa década. Sabemos, ocho años
después, Neil Armstrong piso suelo lunar. A pesar de la segregación racial y de
las luchas internas, asesinatos, violaciones de derechos civiles e incluso, los
asesinatos de Malcolm X en 1965 y de Martin Luther King en 1968, la NASA dejó
de lado las diferencias y prejuicios para poder cumplir exitosamente la misión
del Apolo XI. En los cálculos trabajaron personas de color, hombres y mujeres,
porque en esta tarea se necesitaban a los mejores, sin importar la raza o el
credo, su sexo y me atrevería a decir, ni siquiera sus preferencias sexuales.
La NASA reclutó a los que necesitaba.
Sabemos, los esfuerzos de la NASA ocurrieron
en medio de protestas por los derechos civiles, el inicio formal de la guerra
de Vietnam el 7 de agosto de 1964 y el desembarco de 3.500 marines en febrero
de 1965, del asesinato del Dr. King y de Malcolm X, así como de James Chaney,
Andrew Goodman y Michael Schwerner en el condado de Neshoba, Mississippi, en
1964, e incluso el del propio presidente Kennedy en noviembre de 1963. Sin
embargo, la NASA logró llevar al hombre a la Luna.
Sí podemos reconstruir al país. Por
supuesto que podemos recomponer la institucionalidad y la civilidad
democrática. Sin embargo, para cumplir ese cometido, difícil y plagado de
obstáculos, debemos emular a la NASA en esa década tan azarosa para Estados
Unidos: poner a un lado los prejuicios, los egos, el oportunismo. No obstante,
merece aclarar que los prejuicios se manifiestan de muchas formas, con variados
rostros y no solo el que sé ya se ha dibujado en la mente de algunos.
El 31 de octubre de 1958, poco más de un
mes después del alzamiento del 7 de septiembre, suerte de réplica del ocurrido
en junio, liderado por el general Jesús María Castro León, ministro de defensa
de la Junta de Gobierno, que, en palabras de Caldera, fue un hombre honesto pero equivocado, los líderes
de los tres partidos políticos más representativos entonces, URD, COPEI y, por
supuesto, AD, suscribieron un acuerdo que permitió superar obstáculos y
construir, tal vez con sus faltas, con sus fallas, un régimen democrático. Hubo
pugnas, sí. Se cometieron excesos, aun violaciones a los derechos humanos,
desde luego. Hubo alzamientos, y hubo una lucha de guerrillas. Incluso, ocurrió
un terremoto, el de Caracas, el 29 de julio de 1967. Sin embargo, se logró
cimentar un orden democrático, imperfecto, por supuesto, pero palmariamente
perfectible. Hoy, a pesar de todo, a pesar de los dos terremotos, podemos
repetir ese esfuerzo, tomando en cuenta los errores cometidos. Pero para ello,
debemos dejar de lado no las diferencias, que son alimento fundamental de las
democracias, sino los prejuicios, el mesianismo, así como el idealismo estéril
y el pragmatismo sin ética.
Como dije, los prejuicios visten
diferentes ropajes, y unos, quizás por su trajín diario, su inclusión en las
conversaciones más triviales, no los advierten. Los prejuicios son valoraciones
previas, por lo general negativas, que se forman sobre una persona o grupo sin
tener conocimiento real o experiencia directa. Se basan en ideas preconcebidas
que ignoran la individualidad y pueden derivar en actitudes de rechazo o
discriminación. Si nos atenemos al concepto, la idea generalizada de que el
liderazgo debe ejercerlo un hombre formado en las luchas populares es, sin
lugar a equívocos, prejuiciosa. Creer que, por haber nacido en el seno de una
familia pudiente, María Corina Machado es superficial y tonta es, sin dudas, no
solo un prejuicio, sino la negación de una trayectoria y un esfuerzo innegable.
Ella es un ejemplo de esos prejuicios ocultos.
En las décadas siguientes a la muerte del
general Gómez (diciembre de 1935), se daba por cierto que los civiles no sabían
gobernar y que solo los militares (tachirenses) sabían ejercer el poder y la
autoridad. Uno de los más grandes estadistas venezolanos, Rómulo Betancourt,
era civil (y nacido en Guatire). Aquello era pues, un prejuicio, aun tomando en
cuenta el gobierno del trienio populista (1945-1948), cuyas deficiencias
derivaron en lo que, de todos modos, iba a ocurrir (por ese prejuicio ya
nombrado en contra del poder en manos civiles): el derrocamiento del gobierno
democrático y civilista de don Rómulo Gallegos, un excelente literato, aunque
un político débil (desnudando otro prejuicio, como lo es que la preparación
académica forja mejores líderes).
Venezuela no necesita fórmulas mágicas,
recetas preconcebidas, que, no pocas veces, han derivado en desastres épicos,
como lo fue el gobierno tecnocrático de Carlos Andrés Pérez durante su inconcluso
segundo mandato (1989-1993), que privilegió las cifras y olvidó a la gente, esa
que, pocos años después ensalzó y eligió a un hombre conocido por su
protagonismo en el alzamiento militar del 4 de febrero de 1992. Venezuela nos
demanda sensatez y seriedad. Nos exige rescatar la verdadera política del
chiquero de la politiquería fangosa.
Creer que las soluciones pueden surgir en
laboratorios enraizados en Caracas, dirigidos por hombres y mujeres aislados en
sus cenáculos, sean cuales sean estos, es prejuicioso, mesiánico y, sin dudas,
receta para un desastre posterior. La realidad del interior difiere mucho de la
de Caracas y aun la de la gente de Catia o Caricuao, de la que se vive en
Chacao, Baruta o el Hatillo. La realidad de Caracas, de Barquisimeto, de
Maracaibo, diverge de la de un pueblo llanero, de uno merideño, de uno del
oriente. Cada región y cada localidad tiene sus propias necesidades y
características, y toda recomposición social tiene que tomarlas en cuenta. Reconstruir
La Guaira no será igual que reconstruir Caracas, Valencia o San Cristóbal. Las
realidades son distintas.
Quizás uno de los más graves errores del
segundo mandato de Pérez fue olvidar a la gente, y, en lugar de decidir
políticamente, como lo hiciera Teodoro Petkoff luego, durante el segundo
mandato de Caldera (1994-1999), o el presidente Franklin Roosevelt para
rescatar a Estados Unidos de la Gran Depresión, se decidió técnicamente. El
impacto de las medidas, opuestas a la idea que dejó correr la campaña de Pérez
–la vuelta de las vacas gordas-, no solo produjo el Caracazo en 1989, sino que
descalabró su gobierno, a los partidos políticos, al liderazgo y al propio
orden democrático (sin negar los errores y pecados de los líderes políticos
entonces). Hoy, frente a una crisis muy grave (aunque no de la magnitud que
pudieron tener la guerra de independencia o las guerras federales), no podemos
cometer los mismos errores. Urge poner de lado los prejuicios, las emociones
viscerales, el oportunismo, las ambiciones personales; y centrarnos en la
reconstrucción de las instituciones y del orden social sin olvidar el disenso, la
ética y la justicia, y desde luego, las necesidades de una nación que, una vez
más, debe recomponerse. En estos 27 años, nos guste o no, hubo una ruptura y lo
que surja a partir de hoy, será diferente.
No sufrimos un castigo divino, sino la
consecuencia de repetir errores y de dar por cierto prejuicios, de creer que el
liderazgo debe ser de un modo, proceder de un sector determinado, como lo era
pertenecer a grupos vinculados con posturas izquierdistas, o antes, al
estamento militar e incluso, de una región; de olvidarnos, por variadas razones
a lo largo de décadas, y yo diría tan antiguas como nuestras raíces coloniales,
de la gente, del ciudadano, que requiere obras, como esas que en su momento
edificó la dictadura de Pérez Jiménez y también los gobiernos democráticos
entre 1958 y 1999, pero también de la constante fortificación de las
instituciones destinadas a defender al ciudadano aun del Estado, sea este un acaudalado
miembro del Country Club, un próspero ganadero del Guárico, un médico, un
abogado o un contador, un dependiente de una tienda o una cajera de
supermercado, un humilde obrero petrolero del Tablazo o un campesino del llano
o de los Andes, un pescador artesanal de Nueva Esparta o el dueño de una
camaronera en Falcón.
El 13 de abril de 1970, un cortocircuito
provocó la explosión de uno de los tanques de oxígeno del módulo de servicio de
la misión Apolo XIII. Forzados a regresar, sin alunizar, aquel fracaso devino
en un éxito: traer sanos y salvos al comandante Jim Lovell y a los astronautas
Jack Swigert, piloto del módulo de mando, y a Fred Haise, piloto del módulo
lunar. Épico resultó su rescate, sobre todo porque el tiempo era fundamental.
En Venezuela, ahora, también lo es. La paciencia de la gente es limitada y no
tenerla presente, como un elemento más, como una necesidad más en el proceso,
es riesgoso, explosivo. En 1989, Carlos Andrés Pérez creyó que su popularidad
bastaría para imponer su plan de medidas, metido de contrabando. Solo semanas
después de aquella coronación en el Teresa Carreño, estalló el Caracazo. El
tiempo, las expectativas de la gente, mal pueden desdeñarse sin arriesgar un
conflicto social de magnitudes impredecibles.
Cuando Kennedy ofreció llevar un hombre a
la Luna y traerlo de vuelta antes de que terminara la década, a Estados Unidos
le explotaban los cohetes en tierra. Solo ocho años después, Neil Armstrong
piso suelo lunar. Los asesores estadounidenses, apoyados por algunos analistas
venezolanos, asumen que los procesos para depurar al sistema y al padrón
electoral impiden celebrar elecciones con mediana prontitud. No obstante, una
tarea titánica como lo fue llevar hombres a la Luna, se concretó dentro del
plazo previsto por el presidente John F. Kennedy, aun cuando las condiciones
sociales y políticas eran adversas. Cabe preguntarse qué impide adelantar
varios frentes a la vez, como se hizo en la NASA desde que el mandatario anunciara
que pisarían la Luna antes de terminar la década para satisfacer esa oferta.
Nos ciegan prejuicios, nos ofuscan ideas
preconcebidas, y, por qué no decirlo, sinvergüencerías, avaricia y
resentimientos. Así no se conquistan las grandes metas, las grandes obras.
Tenemos que poner de lado nuestras pequeñeces y nuestras rencillas si queremos
reconstruir a Venezuela en un plazo razonablemente breve, porque para millones,
mañana es un trecho muy largo por recorrer, una eternidad.
San Francisco de Asís decía: «Comienza
haciendo lo necesario, después haz lo que es posible y, de repente, estarás
haciendo lo imposible». Y yo agregaría, en nuestro caso, cuanto antes, mejor.
