lunes, 15 de abril de 2024

 

                


Pelea de Gallos. Leopoldo Méndez. 

Ex dolore ruina ad unitatem redimendam

(Del penoso colapso a la unidad redentora)

 

En medio de una de las más horrendas crisis que hayamos padecido los venezolanos, la oposición se fractura no sin la ayuda de analistas que, aquejados de viejas taras, desprecian la candidatura de quien resultara electa casi por unanimidad el pasado 22 de octubre. Sus razones encierran pusilanimidad o motivaciones inconfesables, o, si les otorgamos el beneficio de la duda, preñadas de un pragmatismo monstruoso. Todavía más, la nación se fractura en pugnas mezquinas, estériles, justo cuando necesita mayor unidad. La incapacidad de liderazgo para conciliar acuerdos perjudica a los ciudadanos, que, a diario, se ven forzados a sortear calamidades y desgracias de todo tipo. Más allá de sus diferencias naturales, que son saludables y en principio nutren las ideas y las propuestas, está la tozudez de todos, el dogmatismo yermo y la intragable soberbia. Conscientes de sus propias deficiencias o no, le hacen la tarea al gobierno.

     Unos y otros, acaso sin percatarse de ello, obvian la esencia de todo esto: la transición. En la mayoría de los casos, muchos se limitan a rascar la superficie, a reflotar en el estanque como los sapos y los nenúfares. No ahondan. Reducen todo a eventos formales cuya realización podría ser estéril, y así lo creemos muchos, o a alucinaciones, como invasiones que no van a ocurrir o golpes de Estado, posibles, desde luego, pero ciertamente indeseables. La transición no depende de la forma como se manifieste, sino de los hechos que ciertamente la materialicen. Las formas son adjetivas a un propósito sustantivo. Votar es tan solo un medio, que, de no asegurarse su finalidad ontológica, como lo es la aplicación efectiva de la decisión de los ciudadanos, quedaría restringido a un acto árido, a un sainete.

     La transición implica más que el cambio de autoridades, lo cual es, evidentemente, un paso más entre muchos otros. Supone una reformulación de la relación entre el gobierno y los ciudadanos, de modo que el Estado pueda cumplir sus fines naturales. No basta acudir a un circo, en el que, eventualmente (no podemos negar que en todo caso es una posibilidad), puedan resultar reelectas las actuales autoridades, y con ello, prolongarse la agonía de los ciudadanos y de la nación. Aunque no nos guste y aunque contraríe la justa causa por la reinstitucionalización del país, esa probabilidad existe.

     El trabajo de la oposición es precisamente ese, aunar esfuerzos y reunir voluntades, aun si tal cosa implica ceder intereses particulares para construir espacios comunes, y ofrecerle a la ciudadanía la anhelada transición (su genuino deseo). Los ciudadanos no desean simplemente votar, sino transitar desde este colapso general hacia un modelo realmente democrático (conforme a la definición académica del término y no a lo que caprichosamente califiquen como tal). Desean sí, que, de ser factible, ese cambio se dé mediante el sufragio. Aunque pueda prestarse a confusión (por un análisis superficial), no es lo mismo ni conlleva las mismas consecuencias.

     Para un sector, basta llegar a unas elecciones, votar, aunque no elijamos, y esperar unos resultados, posiblemente amañados, que, lo más seguro, preserve el statu quo, para que, mágicamente, ocurra un milagro. Entraña ello convertir al sufragio en un rito, en una suerte de conjuro que de la noche a la mañana va a hermanarnos, cuando bien sabemos que seguramente ahonde aún más las diferencias y la perniciosa polarización. Para otro, la única salida es un alzamiento militar y la acción del hombre fuerte, que, de ocurrir, y Dios sabe que esa no es una eventualidad improbable (aunque   indeseable), sería un riesgoso salto al vacío, cuyos resultados, además de desconocidos, podrían empeorar profundamente nuestra ya compleja realidad. En ningún caso, se ha labrado el terreno para cosechar instituciones robustas, y, por ende, desarrollo y prosperidad.

     Debemos todos pues, esforzarnos por reunir al mayor número de actores, que no dudo, aun en las filas del PSUV, estarán preocupados por el colapso de la nación e interesados en su reinstitucionalización (más allá de las diferencias ideológicas). Solo congregados en torno a las coincidencias, aunque sean mínimas, podremos trazar un futuro mejor para nosotros mismos y nuestros hijos y nietos.

     Sin ánimo de parecer parcializado (aunque, lo reconozco, todos, incluido yo, tenemos nuestras afinidades y simpatías), en este momento, el liderazgo de María Corina Machado representa ese fenómeno que bien podría desarticular institucionalmente y sin violencia – al menos de parte de las fuerzas opositoras, y no dudo, de buena parte de los simpatizantes del gobierno – las aspiraciones hegemónicas de un grupo minoritario, radicalizado, ciertamente nervioso (y por ello, sumamente peligroso).

Deben las fuerzas interesadas en el cambio, depurarse, desechar la hierba mala y cosechar voluntades ganadas por un genuino cambio, así como fortalecer no la candidatura de Machado (que no puede deslegitimarse bajo una burda inhabilitación contraria a principios fundamentales del derecho y a la debida juridicidad y a un inaceptable pragmatismo cobarde), sino la voluntad de los ciudadanos, que vieron en ella un liderazgo comprometido más allá de unas elecciones, e incluso, del propio sufragio.

No puedo concluir sin advertir que lo que para unos es una realidad ineludible, para otros es solo pusilanimidad. Que rezongar y ofrecer ofensas no va a ganar votos, sino, por el contrario, agrandar el rechazo y fomentar una abstención que, en estos momentos, no está planteada por los actores políticos relevantes, aunque no falten dedos para señalar a Machado (y a quien critique la solución que alguien cuyo nombre no quiero repetir llamó paz autoritaria). Aceptar las reglas del gobierno, que allende la trampa y el fraude, conculcan el derecho al voto y vacían de su contenido a la institución del sufragio, mal puede llamarse realista. Se traduce solo en una actitud cómoda (ymedrosa ), cuyos resultados trasteamos penosamente los ciudadanos, severamente castigados por el colapso.

Cabe preguntarse, como la mujer del coronel hambreado que nos cuenta García Márquez, qué carajos hacemos los venezolanos mientras de sainete en sainete, de pelea de gallos en pelea de gallos, pasan los días y los años, los malditos veinticinco años de desgracia revolucionaria que cargamos a cuestas, como sus miserias, el coronel y su mujer. Y, lo más crudo, ¿y si pierde el candidato? ¿Mierda? ¿Tan solo mierda?

 

 

lunes, 19 de febrero de 2024

 


 

         

El oro de los tontos

Muchos gambusinos, hombres que abandonaron todo en busca de oro y riquezas, fracasaron en su empeño. Deslumbrados por el falso brillo, no advirtieron que era pirita y no oro su hallazgo.

La verdadera genialidad no refulge, como sí chillonamente las burdas imitaciones del oro. No resplandece. La brillantez solo subyace en la belleza incalculable de las respuestas bienintencionadas y en la humildad de quien las ofrece. En cambio, la mediocridad se nutre del resentimiento viscoso de la escoria humana y la necesidad de la loa y la adulación. Tristemente, mientras unos llevan una vida sin el ruido de los lujos y la aclamación de sus iguales, otros no solo venden su alma al diablo por estas bagatelas, sino que ceban sus egos como el granjero al puerco que matará el sábado.

     En Venezuela abundan los mediocres, y, huelga decirlo, no se requieren para la titánica tarea de reconstruirla. Sin embargo, en un reino plagado de necios banales, solo basta parecer inteligente para descollar. No obstante, sí existen voces verdaderamente sabias, y desde sus modestas tribunas pregonan verdades, esas que avalan los hechos y la contundente realidad. Sin embargo, son opacadas por el ruido estridente de los sandios. Tal vez sea tiempo de decirlo, no necesita nuestro país, inmerso en una profunda crisis, vendedores de humo urgidos del halago. Necesitamos hombres y mujeres que, sin detenerse en melindres propias de quien cuida más sus propias arcas que ofrecer soluciones, tracen derroteros creíbles, ciertamente posibles. Las quimeras, quimeras son.

     Cegados por un cortinaje feo, barato, propio de los tinglados de pueblo, como el de la triste farsa de la que hablaba don Jacinto Benavente, los ciudadanos se deslumbran con el oro de los tontos. No necesitamos piedras de pirita pues, sino genuino oro. Y este es caro precisamente porque no abunda.

 

     De viejos abogados, colegas a quienes ni siquiera imagino tener con qué emularlos, aprendí que antes de responder, es de sabios meditar las respuestas. Las palabras, como la leche, no pueden recogerse una vez derramadas. Y de mi madre, que rectificar, más que sabio, es un acto de honestidad. Sin embargo, a diario hallo en las redes, reducto informativo de los venezolanos, voces precipitadas, irreflexivas y tercas, ciertamente soberbias. Nuestra crisis es grave, profunda y sus raíces trascienden en gran medida a este periodo, sin dudas el pináculo de viejos y graves vicios. Por ello, su genuina solución no puede limitarse a un evento, que, invariablemente, no deja de ser tan solo una herramienta entre otras muchas. Ahondar en la necesaria transición exige sumergirse en las aguas profundas, porque el día siguiente de una virtual victoria de la oposición en las urnas será apenas el comienzo de un camino difícil y azaroso. Las bestias acecharán por doquier para dar su zarpazo, su dentellada.  

 

     Se dice que el hombre, y solo este, tropieza dos veces con el mismo obstáculo, y digo yo, que lo hace porque es, a diferencia de otros animales, el único que peca de soberbia. Los ensayos fallidos más que errores, son enseñanzas. Sin embargo, como los avaros y los pródigos en el infierno de Dante, unos culpan a otros por fracasos que, sin dudas, nos empapan a todos. Es tiempo de meditar, de reflexionar y reconocer humildemente que no hay amos y señores de la verdad y que esta no se resguarda solamente en sus matacanes. Es hora pues, de hermanarnos en una causa común: hacer de Venezuela una tierra de gracia.

     Es tiempo pues, de repensar estrategias, de construir derroteros que nos lleven más allá de unas elecciones, de un evento que, como el humo, puede desvanecerse en la ventisca. Nos alcanzó la urgencia de abandonar posturas obstinadas. Nos corresponde diferenciar la pirita del genuino oro.

 

       

lunes, 29 de enero de 2024

 

Nadie dijo que sería fácil

El liderazgo debe ser faro, luz, pero en modo alguno, caudillo autoritario. Quienes se llaman líderes democráticos mal pueden aspirar a una sociedad aborregada.

Ocurrió. El TSJ sentenció en contra de María Corina Machado. No faltan los necios que, impregnados de una soberbia intragable, se ufanan de haberlo predicho. Nada novedoso ni demostración de superioridad alguna. La propia candidata lo dijo en una entrevista que le concediera a Patricia Janiot en su canal de YouTube. Sobre esto y la repetición cansina de posturas pusilánimes, al parecer escasas (no dudo yo, por el aluvión de votos obtenidos por ella en las primarias), y quién sabe si preñadas de qué otros pecados, vienen al caso algunas consideraciones, necesarias de frente a una lucha compleja.

El 22 de octubre, la ciudadanía expresó mucho más que su preferencia por la dirigente de Vente Venezuela como candidata para las elecciones de este año. En ese deslave de votos, alrededor del 93 %, se lee entre líneas el hartazgo de la gente, su orfandad de cara a una tragedia sin precedentes en la historia reciente de nuestro país, azotado impíamente por variopintos caudillos y jefes de montoneras. Sin embargo, algunos líderes y un grupo de analistas, ungidos por ellos mismos como representantes del pueblo (no su acepción socio-política, sino esa cosa intangible tan manoseada por populistas y demagogos), acusan a otra parte del liderazgo político, tildado de extremista y básico, de haber animado la abstención en el pasado, como si los ciudadanos fuesen tan solo borregos, carentes de criterio propio. Olvidan ellos pues, que la gente no es estúpida y se abstuvo por decisión propia. Arrinconados por una manifestación contundente del electorado, prefieren culpar a otros de la desmotivación que ellos mismos nutrieron hasta el cansancio, y aún hoy lo siguen haciendo con su actitud tan distante de la realidad.  

En una declaración criticada en las redes sociales, en especial en la del pajarito, reducto de la libertad de expresión donde los medios han sido silenciados, dos notorios dirigentes empresariales argumentaban que la transición política no era importante, y, supongo yo, que sí hacer sus negocios. No digo con esto que sean estos sucios, roñosos, cercanos a la ilegalidad. No obstante, sí la encuentro contraria a la ética y a la dignidad humana. Millones de venezolanos sobreviven en la miseria y, por ello, han huido alrededor de ocho millones de personas, mayormente en condiciones deplorables. Mientras dirigentes y líderes trazan sus propios derroteros, la gente repite día tras día un agobiante viacrucis. Por ello, el 22 de octubre pasado, más allá de votar por la ingeniera Machado, el electorado expresó su rechazo, no solo al gobierno, sino a un liderazgo que le dejó huérfano, que le traicionó y le olvidó en un charco de miserias. Y poco importa si es real o imaginario, si es justo o no.

Sin embargo, soberbios, tercos, cebados por sus propios egos, no reconocen sus errores ni haberles fallado a sus seguidores.

Sin la más mínima consideración de las esperanzas ciudadanas y de su voluntad expresada en las urnas, con todas las lecturas subyacentes, se limitan a sugerir otro candidato, sin detenerse en lo obvio: todo aquel capaz de disputarle realmente el poder a la revolución será anulado por cualquier medio, y cuando digo cualquiera me refiero a eso, cualquiera. El gobierno solo permitirá que la candidatura recaiga en un mamarracho incapaz de animar el voto, y por más que griten y llamen a votar, el electorado no lo hará. Esa es una verdad tan patente como lo era la ratificación (inconstitucional) de la inhabilitación de María Corina Machado. E insisto, no culpen de ello a quien carga el fardo, sino a aquellos que perdieron el norte.  

Sabemos, al menos quienes conocemos la ley y como se interpreta adecuadamente, que la inhabilitación para ejercer cargos públicos (una jefatura sectorial en un ministerio, por ejemplo), sanción que en todo caso debe seguir a una sentencia previa de un tribunal en ejercicio de sus funciones y de acuerdo a la legislación vigente (porque cercena derechos, y por ello, de interpretación restrictiva), no es igual a la incapacitación para ser elegido, porque, y en especial en el caso de Machado, sin un proceso penal previo (que ya no se realizó yese hecho no puede subsanarse) no puede cercenarse su derecho a ser elegida ni el de sus votantes a designarla para cargos de elección popular. En todo caso, sin lugar a equívocos y a pesar de las arengas de mercenarios del derecho, la inhabilitación política es una pena accesoria. Sin la pena principal (como, por ejemplo, la que hubiese recaído sobre Hugo Chávez por la sedición de febrero de 1992), no procede ni puede existir la accesoria. Es como una hipoteca sin que haya una deuda que aquella garantice (y lo peor, se pretende ejecutarla). Sobre eso no hay espacio para discusiones.

Cabe aclarar ahora que, en efecto, la ilegal e inconstitucional ratificación de la inhabilitación de Machado era predecible, sobre todo visto el paisaje trazado los días precedentes por altos voceros del gobierno. Su agresividad anunciaba lo que ya hemos advertido. Se ha impuesto el ala radical. Pero, huelga decirlo, nadie dijo que sería fácil. Así las cosas, como dicen los comentaristas deportivos, el juego acaba cuando acaba. Y para seguir con el símil deportivo, he atestiguado peleas en las que un pugilista aporreado hasta los huesos propina un contundente nocaut (Muhammad Ali vs. George Foreman, Zaire, 1974, para citar un ejemplo famoso).

Al contrario de las ofertas pusilánimes y estériles de quienes invocan la convocatoria de un relevista (posiblemente, un candidato flojo, que sin dudas anime la abstención), debe la oposición – y el resto de la sociedad sensata – cerrar filas para crear estrategias eficientes, así como reunir fuerzas que realmente obliguen al gobierno a negociar más que unas elecciones, que serían solo una herramienta entre muchas otras, una transición pacífica en la que participen la mayoría de los sectores y grupos de interés, incluido los líderes del PSUV que reconozcan la necesidad de devolverle a la nación los valores genuinamente democráticos y estén dispuestos a participar en un nuevo pacto para la gobernabilidad y la reinstitucionalización del país.

Dirían algunos, tanto nadar para morir ahogados en Puntofijo.     

domingo, 14 de enero de 2024

 

     




Las meninas al pie del sultán enamorado

Una nación de primer mundo la construyen ciudadanos primermundistas.  

Dieciséis piezas, evocación de las Meninas, ataviadas con elementos propios de nuestra cultura (en especial celebro el homenaje a Deyna Castellanos, una excelente atleta), decoran al municipio Chacao. Sé que, para muchos, el dispendioso gasto contrasta con una ciudadanía depauperada (aun en ese municipio, uno de los más prósperos), y que para otros no se trata de arte. Confieso, mi parecer sobre la creación artística atraviesa varias visiones, varias ideas, y angustiosas contradicciones, la intervención de una obra preexistente, si bien para mí no lo es, otros, artistas verdaderos, sí lo es. En cuanto al gasto dispendioso, si bien reconozco las penurias de tantos, también creo en la capacidad civilizadora del ornato urbano.

     La reducción de nuestra ciudad – soy caraqueño, de esos que por la eterna odalisca y su sultán enamorado siento un ambiguo sentimiento de amor y odio – a una terreno yermo, baldío, plagado de basura y alimañas nos ha rebajado a meros pobladores, y nos hemos olvidado de la condición de ciudadanos e incluso, hemos llegado al extremo de desdeñarla y, acaso, odiar esa cualidad. Caracas, la otrora urbe de los techos rojos, hoy bosque nublado de cemento y hormigón en esta grieta a mil metros sobre el nivel del mar, se ha ido ranchificando y de ser la sucursal del Cielo, no es más que una zanja maloliente entre cerros plagados de casas de cartón. Aquellas urbanizaciones ornadas por apamates, samanes, araguaneyes, jabillos, son ahora meras barriadas malolientes, desdibujadas en un no sé que son.

     Realzar su belleza y, por qué no, a los hijos que con orgullo podemos llamarlos venezolanos (desde el sonero mayor Oscar D’ León y la inigualable Yulimar Rojas hasta la grandiosa pianista Gabriela Montero, indistintamente de sus filiaciones políticas), bien podría recordarnos valores cardinales para el desarrollo de una sociedad del primer mundo: esfuerzo, trabajo, tesón, dedicación, amor propio, entre tantos otros que hicieron de ellos los hombres y mujeres exitosos que recogen su provechosa cosecha.  

     Mientras escribo esto, escucho el Canon de Pachelbel y el Adagio de Albinoni (dos piezas musicales de excepcional belleza), y no puedo obviar el alimento del alma. Mientras unos, necios, deliran con obras ciclópeas que por lo general quedan en promesas incumplidas, pequeñas cosas bien pueden embellecernos la vida y, lo crean o no, civilizarnos cada día un poco más. Si a usted le agrada su casa bonita, limpia y ordenada, ¿por qué no su ciudad y su país? Tal vez resulte odioso para muchos, pero de nada sirve la espectacularidad del Ávila (me resisto a darle ese nombre politizado, que más persigue un fin proselitista que la reivindicación genuina de nuestra identidad nacional), si a sus pies yace una porqueriza.

     Sé de las grandes carencias de una ciudad y de un país gestionados para arruinarlos, pero reconozco el poder civilizador del ornato público, y aunque detesto las dictaduras, y por ello la del general Pérez Jiménez (sin ser tan obtuso para no reconocer los beneficios de tan deplorable régimen), convengo que la transformación del espacio físico civiliza y hace de la gente ciudadanos.

viernes, 17 de noviembre de 2023

  

   Adentrándonos en aguas agitadas

Se podrá decir de alguien cualquier eufemismo que justifique sus errores y vicios, pero sus actos siempre se explican por sí solos.

Quizás, no hemos abordado la crisis debidamente, y, como los cometas errantes alrededor de los planetas, solo orbitamos en torno a la crisis. No deseo empero, descalificar otras opiniones, en tanto que, aunque mejor fundamentadas unas que otras, son solo eso, y, por lo tanto, tonto sería tenerlas como verdades, y por ello, me atengo, dentro de lo posible, al análisis de los hechos.

     Sabemos bien que la esencia del gobierno revolucionario (epíteto endilgado por sus más altos jerarcas) es un tema controvertido. No voy a incluir a quienes abiertamente abrazan la causa. Me limito a quienes, dentro de los diversos grupos opositores, creen que es tan solo una gestión deficiente, acaso envilecida por una depredación escandalosa de los dineros públicos, y quienes, tildados por ello de radicales, lo consideran una dictadura e incluso, una con vocación totalitaria.

     Viene al caso pues, zanjar esta incógnita. Sé que para muchos pensarán que se reduce a meras opiniones, y que, por ende, apegado a planteamientos lógicos, carece de solución. Sin embargo, si leemos el enunciado de la Declaración de Independencia estadounidense, veremos que sí es posible calificar un régimen político objetivamente, y que de esa valoración depende su legitimidad y el derecho ancestral a desconocer su autoridad (razón que justifica de iure la independencia de los pueblos americanos). Si nos hacemos pues, las preguntas pertinentes, entonces podremos resolver esta interrogante.

     Las crisis políticas son como los tonos grises, que varían entre el blanco y el negro. Si bien unas se originan en la gestión negligente o errada del Estado, pero que en modo alguno representan una amenaza para la alternabilidad democrática (prevista en la constitución como uno de los elementos definitorios del gobierno), otras tienen su origen en la voluntad autocrática de los jefes, que con maniobras ilegítimas no solo cercenan la posibilidad de alternar al gobierno, sino que concentran el poder político (uno de los atributos del Estado) en una persona o grupo.

En el primer caso, aun cuando la popularidad del mandatario decaiga estrepitosamente, no perderá su legitimidad y en todo caso el propio sistema ofrece mecanismos razonablemente eficaces para generar cambiar a los gobernantes. En el segundo, la actividad del gobierno se orienta esencialmente a la preservación del poder, sin importar si sus actos son ilegales y aun criminales, y, por ello, no solo pierden la legitimidad que eventualmente pudieron tener por su origen democrático, sino que la gestión gubernamental y la respuesta del Estado a las exigencias ciudadanas pierde interés, con el resultante colapso de las funciones propias del Estado y del gobierno.  

En uno y otro caso, el tratamiento no puede ser el mismo, ni las estrategias para resolver la crisis, las mismas.

Antes de continuar, viene al caso aclarar que el derecho es una ciencia y por ello, está subordinada al método científico. Tiene reglas y formas, tiene principios bajo los cuales se interpreta el Estado de derecho. No basta pues, que un organismo, aun si se trata de uno de los tres poderes públicos convencionales, en nuestro caso, la cabeza del Poder Judicial (el TSJ), emita dictámenes y decrete medidas, sino que, como órgano técnico, está subordinado a la juridicidad y, desde luego, al Estado de derecho. Podemos decir por ello, que el respeto por ambos concede la legitimidad indispensable al gobierno para ejercer la autoridad.   

Viene entonces al caso hacerse preguntas cardinales, cuyas respuestas deben ceñirse a las circunstancias, y, en modo alguno, a las opiniones. Distinto del periodo comprendido entre enero de 1958 y febrero de 1999, con sus faltas, el Estado de derecho se respetaba dentro de márgenes razonables, hoy por hoy, cualquier examen jurídico de la actividad gubernamental de los últimos veintitantos años desnudaría la violación sistemática del Estado de derecho, de la ley y de las mínimas normas de convivencia democrática.   

¿No existe un juicio ante la Corte Penal Internacional por la perpetración de delitos de lesa humanidad? ¿No se suman los informes de variadas comisiones multinacionales sobre violaciones sistemáticas de los derechos humanos? ¿No se ha cuestionado gravemente en los foros internacionales competentes la independencia de los distintos Órganos del Poder Público? ¿No han migrado, por variadas razones, millones de venezolanos, aun por caminos inadecuados? ¿No se han violado normas procesales penales en los juicios contra los presos políticos, y no se cuentan alrededor de 300 personas acusadas de sedición y traición a la patria sin que medien un mínimo de evidencias para procesarlos? Son más, y estas, solo unas cuantas preguntas. No puede responderlas el gobierno con un repugnante positivismo, semejante al que permitió las Leyes de Núremberg.

Para unos, entre ellos medio centenar de gobiernos verdaderamente democráticos (cuya definición como tales tampoco procede del capricho de los intérpretes), las respuestas a esas preguntas, basándose en los hechos, deben responderse afirmativamente, y, por ello, el régimen revolucionario perdió su legitimidad de origen. A la luz del derecho contemporáneo, el gobierno venezolano ha violado sistemáticamente tratados internacionales suscritos por la República sobre Derechos Humanos y principios democráticos (Carta de San Francisco, Carta de Bogotá y un largo etcétera que incluye el Estatuto de Roma), y que por ello se tiene como ley aplicable en Venezuela.

No podemos concluir sin hacer mención al colapso causado por políticas erráticas, el dogmatismo, la política internacional del compadrazgo y, desde luego, el descarado y ciclópeo latrocinio, acaso comprable con el que manchó al régimen liberal amarillo durante la segundad mitad del Siglo XIX.

Entiendo que los altos funcionarios del gobierno defiendan su legitimidad y su derecho a ejercer la autoridad. Sin embargo, no podemos los venezolanos, ignorar estas interrogantes, estas consideraciones de hecho, que, en todo caso, justifican y legitiman el allanamiento de una solución cuanto antes sea posible, porque, y he aquí un hito determinante en este asunto, la alternancia no solo peligra realmente, sino que, en lo que parece ser una estrategia para hegemonizar el poder, el gobierno aspira eliminarla de facto, aunque de iure exista (apenas como una probabilidad ciertamente remota).

No creo que el atajo del golpe de Estado sea pertinente, como sí lo creyó en su oportunidad el expresidente Chávez. Por lo contrario, me opongo al mismo, porque más que una solución a la crisis, es un salto al vacío, que por lo general acaba en órdenes mucho peores. Sin embargo, a diferencia de tantos, no solo considero al voto tan solo como una herramienta para dirimir diferencias colectivas, sino que además la tengo como una bastante deficiente (aunque la mejor de cuantas hay, o, para hacer uso del sarcasmo de Winston Churchill, la menos mala). Creo pues, que el sufragio, y no el voto, es una institución eficaz dentro de un contexto jurídico-político favorable.

Hoy, emerge un fenómeno político potente, poderoso, que, como no ocurría en años, despierta la esperanza y, dadas sus características particulares, propicia el reacomodo de fuerzas, la alteración del statu quo, y, por ende, las circunstancias políticas para que, distinto de otras ocasiones, el sufragio cumpla su cometido, si se hace, por supuesto, el trabajo necesario, que es ciertamente azaroso, pero hoy mucho más factible que antes.   

miércoles, 8 de noviembre de 2023

 

     Las horas oscuras

     La luz siempre brilla en algún lugar, pero, a ratos, no queremos verla porque su destello es tal que hiere los ojos.

Sordos, aturdidos por el ruido de sus arengas, no entienden la realidad. Necios, ignoran los jefes su exigüidad de frente al encono de una sociedad agobiada. Ciegos, no advierten los nubarrones acerados que anuncian tempestades, y que, desamparados, sufrirán la inclemencia del clima. No enmudecen y, hundidos, vociferan arengas estériles. No asumen pues, que hay tiempo para festejar, pero también para el luto que impone el fracaso, y que la rueda de los dioses no se detiene jamás, y como en un momento se goza de las mieles del triunfo, en otras, se deben tragar los frutos más amargos.

     Sus obras, más desesperadas que lógicas, se pierden en un oleaje fuerte, poderoso, una marejada indetenible. El hartazgo desenamoró a sus seguidores, y aunque les resulte doloroso, una cuchillada trapera en las sombras, hoy se reúnen alrededor de una nueva esperanza. Su brillo enceguece a los mandamases, que, en sus concilios, traman sus fullerías y como las vacas el forraje, rumian sus desgracias.

     El peso irremediable de sus acciones se vuelve contra ellos, y en sus delirios, culpan a los otros, piden clemencia. Señalan con el dedo inquisitivo sin darse cuenta que están frente al espejo, que sus escupitajos, viscosos, los regresa el viento. Ya no convencen. Por lo contrario, sus promesas, vacías, solo despiertan la ira de quienes ayer les creyeron y hoy vagan como espantajos en un erial. Su tiempo pasó, y perdido el afecto que otrora les prodigara el pueblo, ya solo les resta aplastar, fusil en mano. 

     Aconseja mal esa ambición colmada por el resentimiento y el revanchismo, por esa sucia necesidad de vengarse. Por ello, como las bestias arrinconadas, son ahora más peligrosos. Su ceguera y sus lazos les impide entender que es tiempo de retirarse, antes que sus condiciones sean aún menos favorables. Su hambre insaciable, su avidez y su odio hacia un sector les enrarece el alma y, en las horas difíciles, les hace aflorar su pequeñez, y con esta, sus más oscuros manejos. Al final del camino, cuando mengua todo y todos huyen como las ratas del barco zozobrante, los jefes, desesperados, se niegan a ver la luz.

     De su soberbia y de su dogmatismo, de su desidia para gobernar y de su apuro por adelantar una revolución, resta el colapso, despojos de una promesa hecha jirones por la fiereza de quienes, sin interesarse por la solución de los males, solo saciaron su afán de venganza y su rencor. Cosechan pues, las tempestades que sembraron.   

 

     Como la coz del burro

La señora Rosario Murillo, esposa del dictador nicaragüense, se autoproclamó como cabeza del tribunal supremo de ese país. Si no fuese trágico, sería una bufonada. Desnuda pues, la progresiva separación de la realidad de quienes detentan el poder hegemónicamente. Inmersos en sus propias mentiras, no solo llegan a creérselas, sino que se alienan. Le ocurrió a Gadafi y también a Hussein. Le ocurrió a Hitler y a Mussolini. Y ninguno de ellos sobrevivió a sus delirios.

     El liderazgo venezolano, y en especial el que rige a la nación desde hace un cuarto de siglo, no es ajeno a ese embeleso. Si bien no han alcanzado los niveles grotescos de la dictadura nicaragüense, ya enseñan sus desvaríos. Si es cierto o no, lo ignoro, pero un periodista reportaba en estos días del severo reproche de Maduro contra personajes de su entorno por judicializar las primarias. Tal vez, seguros de su poder, y de los medios para infundirle terror a la ciudadanía, algunos hayan llegado a creer que la hegemonía es real y no lo que ciertamente es, un espejismo, una ilusión pasajera que tarde o temprano se desvanece.

Repudiados por una ciudadanía que creyó en ellos y hoy se siente defraudada, estos malqueridos recurren al terror para asegurarse su preeminencia en el poder, como Hamás lo hace para infundir miedo en la gente. Sin embargo, bien porque hartos y sin mucho que perder se olvidan del miedo o porque advierten los ciudadanos su superioridad numérica frente a los mandamases, en algún momento alzarían sus voces en una queja contundente. Eso fue justamente lo que ocurrió el 22 de octubre y ninguna sentencia puede borrarlo.

Hubo un grito ensordecedor, pacífico y civilizado, pero también rebelde e iracundo. Ese hecho, por más que deseen revertirlo con decisiones absurdas, ocurrió, y lo sensato, sin lugar a dudas, es su cabal entendimiento. No hacerlo, a estas alturas, ya resuena como los aullidos de un loco, uno que anuncia su propio fin.

Dicen unos que puede decretarse la suspensión de los efectos de ese evento, pero, en este caso, no es menos insensato que suspender la demolición de una casa que ya se derrumbó. No se trata pues, de un acto administrativo, como lo sería la designación inconstitucional de un funcionario por parte de un ente manifiestamente incompetente, sino de un hecho, cuyos efectos no son jurídicos, sino políticos, con todo lo que ello supone.

Intenta un sector del gobierno, entomizarse, sin asumir, como no lo hicieron sus predecesores en 1998, el hartazgo de la sociedad hacia un liderazgo rancio. Tanto como entonces, la ciudadanía desea un cambio significativo en la conducción del país, y, nos guste o no, sea bueno o no, de hacerse los sordos, el estruendo será de tal magnitud que no podrán desentenderse, que no podrán acallarlo. No entienden ellos que estas son horas para retirarse, porque los dioses ya no les son favorables y la buena fortuna ya no les acompaña. Si realmente fueran demócratas, ya sabrían que en la oposición también se tiene poder.

Se alejan de la realidad y se encierran en sus fantasías, pero aquella siempre acaba por patear, tan duro como la coz de un burro o el patadón de un canguro. Intentan borrar los hechos, como si tal cosa fuese posible. Tal vez digan que no llueve, o que el calor abrasador no es tal. Sin embargo, por más que intenten transforma en verdad una mentira dicha mil veces, las escorrentías calle abajo no cesan ni dejamos de sudar.  

Reconocer la derrota no denota debilidad, sino sabiduría.