martes, 12 de julio de 2011

Romeo y Julieta socialistas

            Siempre se ha dicho, y creo yo, justamente, que no tiene corazón quien de muchacho no haya congeniado con el socialismo, pero, del mismo modo, quien sigue aviniendo con esa ideología después de viejo, carece de cerebro. Y esta frase, más bien máxima popular, encierra una verdad irrefutable, como muchos refranes, el socialismo es muy bonito, y bonito es sólo si lo vemos, claro, como Shakespeare describe el amor de Romeo y Julieta. Vale decir, inmaduro, pueril.  
            Puede que resulte loable vender la idea de justicia e igualdad. Pero nada hay en este mundo más injusto que el socialismo, que, conceptualmente, reparte lo que ni es suyo ni le pertenece, y, de paso, desconoce la individualidad de la persona humana. No hay pues, injusticia mayor que hacer del ser humano sólo una pieza más de un proceso económico, como aquel personaje de “Tiempos modernos”, que, además, es sumamente ineficiente, porque, emulando a los socialistas, que se afincan en la historia para justificar sus patrañas, desde un punto de vista histórico, ese modelo ha fracasado contundentemente. Nadie puede discutir, al menos con la seriedad debida, que se vive mucho mejor en Miami o Londres, desde una perspectiva socio-económica, claro, que al fin de cuentas, el Estado nos debe proveer confort pero la felicidad nos la tenemos que procurar nosotros mismos. Y ése es uno de los grandes embustes de este socialismo, la venta de una felicidad que no puede ofrendar.  
            ¿Qué ha sido de Cuba después de 52 años de socialismo? La isla antillana mira con horror la muerte de la revolución bolivariana tanto como el granjero arruinado ve espantado la enfermedad de la única vaca que le resta en el establo. ¿Puede llamarse logro a eso, a vivir, como las putas viejas, de algún ingenuo al que despojan de lo suyo con caricias baratas? Uno ve esa hermosísima película francesa “El concierto” y descubre, con un dejo de tristeza sin lugar a duda, la miseria que legó el socialismo a los rusos. Ver a un pueblo que ha heredado una tradición cultural tan importante, sobreviviendo, me luce triste y lamentable. En oposición a esta desgracia, que por tal debemos tener la miseria en la que viven millones de seres humanos, en los países, mal llamados imperialistas, se vive inmensamente mejor, a pesar de las crisis, aún graves, que puedan experimentar de vez en cuando. 
            He leído, con horror, en “The telegraph” (edición del 12 de julio de 2011), como en Corea del Norte, la gente está arrancando raíces y grama para saciar el hambre, mientras su presidente, hijo del presidente eterno, mentor del socialismo juche, gasta fortunas en un necio programa nuclear, al parecer, para defenderse de una agresión de su vecino del sur, que, como se sabe, cuenta con el apoyo estratégico de Estados Unidos (razón por la cual ese programa resulta necio). Y yo pregunto, ¿en qué país, de esos calificados como capitalistas, un gobernante puede hacer eso sin que lo echen a patadas? Sólo en países donde no hay gobiernos, sino caudillos (en el sentido nazi), esas miserias ocurren impunemente.
            Sé que hay ingenuos, personas que todavía creen posible el sueño socialista. Sin embargo, lamento decirlo, pero no sirve un modelo económico cuya escasa viabilidad se basa en el uso de la fuerza y la violencia contra los ciudadanos, uno que castiga la disidencia y prohíbe al individuo atestiguar la vida cotidiana más allá de sus fronteras y sus embustes, para evitar comparaciones odiosas. Hoy por hoy, norcoreanos huyen a China, a pesar de que el régimen chino dista mucho de ser democrático, pero al menos hay una promesa de no pasar hambre. Miles de cubanos se han ahogado o deshidratado (una muerte horrenda) tratando de huir a la Yuma.
            Nadie duda de la ayuda que algunos puedan necesitar y de medidas tendentes a aminorar sus carencias, pero la erradicación de la pobreza no puede fundarse sobre la extirpación de la prosperidad y la riqueza como pretende el socialismo, tanto aquél del siglo veinte como éste, novedoso y supuestamente inédito, del siglo veintiuno. Una cosa es ayudar, crear condiciones favorables para que la persona busque su destino como mejor le parezca y otra muy diferente, fomentar la mendicidad y la holgazanería. Quien crea que el socialismo es humanitario, ignora la suprema miseria y la indignante esclavitud a la que fueron sometidos los ciudadanos de las naciones que siguieron ese modelo. 

martes, 14 de junio de 2011

Dicho sin tapujos

La ineficiencia es muy peligrosa. Siempre acaba por estallar en las manos. Y eso es lo que justamente le ocurre al gobierno ahora. Después de doce años sin ningún logro cuantitativo, más allá de la propaganda (en estricto sentido), la gente comienza a ver el tinglado. De ahí a la arrechera madre es sólo cuestión de tiempo.
No vale la pena enumerar todo lo que hace crisis en este momento, porque importa más llegar al tuétano de este asunto. Esa razón (o sinrazón) de la gente para haberse dejado engañar por un caudillo, uno más que promete sandeces, castillitos de naipes y, sobre todo, resentimiento, odio, violencia. Esa ceguera torpe del venezolano, que prefiere votar por un resentido social que ofrece joder al rico, sin importarle, aún a sabiendas, de que él también saldrá jodido. Pero así es el tozudo, no se detiene a mirar si su furia va contra sí mismo. Y esa causa no es más que una suerte de maldición que sobre nosotros ha echado esa ralea de taitas, de jefes de montoneras: el caudillismo, el mesianismo y esa nefasta des-responsabilidad del venezolano frente a sí mismo.
No hay ni vendrá un mago a solucionar nuestros problemas, cuya solución urge del concurso de cada uno de nosotros, haciendo lo que deba hacer, en su ámbito, para que entonces, todo el país gane. Y el liderazgo político, sobre todo el emergente, que el otro parece viciado, tiene mucho que ver con esto. Sé bien que son ellos venezolanos como cualquiera otro y por ello, de sus mismos vicios y virtudes adolecen.
Llegó la hora de sentarse a conversar, que en juego hay, debe decirse, mucho más que unas elecciones, cuyo resultado, en uno u otro sentido, podría desatar una crisis mucho peor. No es un eufemismo, el país puede sumirse en otra estúpida guerra civil. Unos y otros no pueden seguir jugando a la política barata. No se trata de quien gane, sino de cómo superar esta crisis, que no sólo engloba este marasmo, concierne la concepción misma que como sociedad tenemos del Estado, sus fines, del gobierno y su razón de ser, de lo que supone pues, vivir democráticamente, que no es retórica de unos oportunistas, sino lo que académicamente es. Basta de sueños imposibles, de frases rebuscadas. Basta de esa falta de seriedad que tan cara nos ha costado.
Los opositores no van a desaparecer, tampoco los chavistas, pero el país es de todos y aquí cohabitamos todos, sin importar el color de la tolda política. El atracador, la falta de alimentos, de medicinas, el alto costo de vida y la infame prestación de servicios nos afecta a todos, sin distingos. La corrupción del poderoso roba por igual al opositor y al seguidor. Somos ciudadanos de un mismo país, por supuesto con visiones diferentes, a Dios gracias, busquemos juntos pues, los puntos coincidentes. La verdadera revolución sería ésa: sentarse a dialogar, no para excusar lo inexcusable, sino para hallar soluciones. 

jueves, 9 de junio de 2011

Un movimiento continental

Escribo esto porque Ollanta Humala ganó, desde luego. Sé que la opción de la senadora Keiko Fujimori espantaba a muchos, entre ellos el escritor Mario Vargas Llosa y al expresidente Alejandro Toledo. Creo que, de paso, con razones suficientes para ello. No pretendo, tampoco, dármelas de sabiondo, conocedor de la realidad peruana mejor que estas dos personalidades. Pero, por aquello de guardarse de los mogotes cuando uno ha sido mordido por una culebra, me permito dudar, que acá en este país, un encantador de serpientes ya hizo lo propio, de decir una cosa y hacer otra.
            No dudo que tenga buenas intenciones, el señor Ollanta Humala. Hugo Chávez también pudo tenerlas, pero hoy, que está más comprometido con su proyecto que con la gente de este país, las cosas han cambiado. Supongo, o más bien me temo, que algo parecido ocurrirá con Humala en Perú y, una vez liberado de las camisas de fuerza que por ahora le impiden loar al comandante de la revolución bolivariana y este socialismo trasnochado, sacado de algún cuarto de cachivaches, se irá robando todos los espacios institucionales y, poniendo en práctica políticas económicas suicidas, acabará por arruinar la bonanza económica que ha mostrado Perú los últimos años.
            Y es esta bonanza peruana la que hace resultar extraño que ganara Humala las elecciones presidenciales. Sobre todo por su discurso, muy parecido al del caudillo venezolano. Distinto del presidente electo peruano, Hugo Chávez ganó en un contexto diferente. Política y económicamente, Venezuela estaba en crisis. En el Perú de hoy, no puede hablarse de crisis, al menos, no desde el punto de vista económico. Salvo que, al igual que en el caso venezolano entonces, las medidas adoptadas para corregir las distorsiones económicas no hayan llegado a las masas, por falta de tiempo, en primer lugar, como ocurrió en estas tierras, pero además, como también ocurrió antes en este país, por la codicia de una parte de los sectores productivos, que, inmersos en todas las distorsiones causadas por un prolongado rosario de políticas erráticas, no advirtiesen el panorama en perspectiva y limitasen sus visión a las ganancias inmediatas.  
            El riesgo de que el actual proyecto socialista – rechazado incluso por teóricos del neocomunismo, como Heinz Dieterich – se incruste en la región no depende sólo de los líderes políticos, de los empresarios, sino de todos. Al fin de cuentas, somos dueños de nuestro propio destino y así debe ser. No podemos seguir pensando irresponsablemente, como si el problema no fuera de nuestra incumbencia.
            Tal vez haya dos izquierdas, como se dice. Una borbónica y otra inteligente. Una comprometida con la realidad actual y por ello, visionaria de un futuro próspero e incluyente, y otra torpe, creyente de una utopía. Aquélla cree, distinto de los trogloditas, que el desarrollo se construye de la mano del capital privado, aunque se adopten algunas medidas sociales. Pero no para regalar, sino para incluir a los más pobres, no para crear una masa ingente de mendigos, sino una ciudadanía responsable, capaz de hacerle frente a sus propios desafíos.
            América Latina es una región de contrastes, donde abundan recursos de toda índole, pero también pobres, excluidos, los olvidados por todos. Por una parte, existe en la región un potencial enorme, pero igualmente, desigualdades abisales. Esperemos que Alejandro Toledo y Mario Vargas Llosa estén en lo cierto y que el gobierno de Humala sea de amplitud democrática para beneficio del pueblo peruano. Sin embargo, antes de que ocurra algo semejante a lo ocurrido en la tierra de Bolívar, mejor que la comunidad internacional y en especial las naciones del subcontinente estén atentas, que no devenga esta esperanza en otra facción más de este socialismo trasnochado, anacrónico y, sobre todo, inviable. Yo, que no soy más que un ciudadano entre muchos más, sin mayores créditos académicos, me permito no obstante, mantenerme escéptico. 

Un triángulo cuadrado

Definamos al totalitarismo, que, por argumento en contrario, sabemos, como una verdad de Perogrullo, se contrapone con la democracia (que dicho sea de paso, es hija expósita y, por ello, carece de apellidos). Raymond Aron lo definió, palabras más, palabras menos, como un medio para avasallar a la sociedad toda a través de un partido político único, que impone una ideología única e irrefutable. Pero suele venderse, incluso a sabiendas del error, lo que supone mala fe, que no es, el socialismo, totalitario. Y, de hecho, si seguimos al pie de la letra a Hanna Arendt y su obra “Los orígenes del totalitarismo”, sólo serían totalitarios los regímenes estalinista y nazi.
No voy a arrogarme una sapiencia que no tengo, contrariando a quien se le considera la más notoria autoridad sobre totalitarismo, pero si vemos el socialismo como debe ser visto, encontramos en éste características conceptuales propias del totalitarismo. Puede verse incluso en las formas más modernas que la preeminencia del partido único no se requiere en estricto sentido y la existencia de otras organizaciones políticas no desnaturaliza de hecho al modelo totalitario, si el partido alcanza erigirse como uno poderoso y, lo más importante, por ser, desde luego, el partido gobernante, llega éste a confundirse con las instituciones del Estado. De hecho, la existencia de otros partidos políticos, menores e infinitamente más débiles, sería aún beneficiosa. Se conoce bien la animadversión general hacia los partidos únicos, no sólo por el ensayo fascista y nazi de la primera mitad del siglo pasado, sino del partido comunista todopoderoso en las naciones que alguna vez optaron por el socialismo de Estado.
Creo pues, humildemente, sin que pretenda yo ofender ni considerarme más que Hanna Arendt, que el aspecto ideológico constituye una de las características más notorias del totalitarismo, que, imbuido de un dogmatismo cuasi-religioso, atribuye al partido un dominio sobre la verdad y, entonces, puede éste dominar a la sociedad bajo un estricto canon dictado desde el Estado, entendido a su vez como una organización destinada al control de la sociedad incluso por medios violentos. Como corolario de esto, el estado estaría inseparablemente unido al partido gobernante – sea único o no - que ostenta el monopolio de la verdad. La ideología del partido se convierte en la ideología del Estado y, consecuentemente, aparecen dos sentimientos dominadores del colectivo: la fe y el miedo. La fe impulsa a los militantes del partido dominante y el miedo mantiene al resto paralizado. Todavía más cuando las faltas a la ideología del Estado se criminalizan y se persiguen. En uno y otro caso, sea por lealtad o por miedo, el Estado controla.
Si asumimos como ciertas las diferencias que Hanna Arendt propone entre dictadura y totalitarismo, entenderíamos necesariamente que la base fundamental de la primera es el pragmatismo, que carece de fundamentos ontológicos, y, en el caso del segundo, la ideología. En los modelos totalitarios, sea el comunismo o el fascismo, se advierte una clara ideologización del modelo político, con claras vistas al ejercicio absoluto del poder, de modo que el desacato a la ideología dictada desde el partido sea contrario a los fines del Estado, por ello, contrario a la sociedad toda y por tanto, debe ser tipificada como delito de lesa majestad. En los modelos totalitarios se castiga pensar de modo diferente, aunque en la práctica pueda variar ese castigo, que podrá materializarse a través de diversas formas que van desde el confinamiento a un campo de concentración (y posible muerte) hasta la estigmatización peyorativa del disidente, que no es más que una variante del apartheid. En todo caso, resulta inaceptable.
No son opuestos el fascismo y el socialismo, como pretenden afirmarlo algunas veces portavoces, ciertamente interesados en la distorsión de la verdad con propósitos de propaganda. Éstos, socialismo y fascismo, terminan pues, siendo substancialmente lo mismo. Son opuestos, en cambio, a la democracia. Por eso, no se miente al asegurar que el socialismo no es democrático. No lo es. Tampoco puede llegar a serlo desde un punto de vista conceptual. Sé que saldrán al ruedo los argumentos sobre el socialismo noruego, para citar uno a los que inexacta y comúnmente se hace referencia. Y yo me anticipo. Mal puede ser socialista un país cuyo jefe de Estado es un rey, un monarca que ejerce su cargo por derechos dinásticos, un país donde variadas fuerzas políticas y corrientes del pensamiento conviven y participan en la  de la toma de cisiones. Podrá ser, seguramente, una sociedad más o menos ganada por ideas “sociales”, sin embargo, conceptualmente hablando, jamás un Estado socialista (que difiere, fundamentalmente, de un gobierno socialista). No se debe confundir al socialismo, en estricto sentido, con las democracias sociales, la centro-izquierda y las políticas sociales. Son éstas variadas expresiones y visiones de un mismo modelo, la democracia. Mientras que el socialismo, ése que define teóricamente al Estado, como ya hemos dicho, no puede ser democrático, como no puede ser cuadrada una figura con tres lados solamente. 

lunes, 23 de mayo de 2011

Una mirada al 2013

           Todos hablan del 2012. Como una suerte de presagio, de hito, o peor, como si tal fecha fuese un destino, cuando no es más que el comienzo de un derrotero. En verdad importa el 2013, ese año, primero, si se quiere, de un ciclo nuevo. Importan los meses y años por venir después que aquél que salga triunfador en las elecciones presidenciales deba echarse al lomo el pesado fardo de una economía hecha mierda. No será pues, ese gobierno resultante, uno fácil ni pacífico. Decir estas realidades sin lastimar las heridas de los líderes puede ser espinoso, sobre todo porque algunos no desean escuchar las verdades que urgen desnudarse, sin remilgos, para enfrentar, lo mejor posible, un futuro adverso, complicado y, por qué negarlo, pugnaz. Entonces, mejor decirlas sin tapujos.
            Si gana un candidato opositor, lo cual está por verse, no empezará su mandato con los problemas resueltos y todos felices, como si se tratara de un cuento de hadas. Al contrario, el escenario puede que se complique aún más. Seguramente así será. Esta nueva burguesía no va a perder sus prerrogativas sin dar la pelea. Va a vender caro el poder, que creen suyo por derecho popular, o divino, que para ellos viene a ser lo mismo. Cuando no por esas razones inconfesables, que algunos de ellos saben bien que les aguardan procesos judiciales. No nos engañemos, muchos han pecado lo suficiente para granjearse enemigos y no lo dudo, los habrá magnánimos, pero también quienes ignoren la indulgencia debida hacia el caído, que se sabe, tal inmundicia no es extraña en la naturaleza de algunos hombres.
            Se sabe, los problemas legados por este gobierno serán muchos y, aún más, muy graves y profundos. La solución de esas dificultades puede que no sea agradable, que suponga medidas purgantes que a la gente, embebida de esperanzas frustradas, le van a resultar intragables. Y se sabe, igualmente, pronto olvidará la gente de quien es la culpa de tamaña ruina cuando la crisis, ciertamente inevitable, golpee vigorosamente a las clases más débiles. Reconocido es su oficio y, por ello, sabrán estos revolucionarios encender la calle, con su verbo falso y sus promesas quiméricas. Y que no quepa la menor duda al respecto, con qué hacerlo, ya hemos dicho, habrá de sobra. No perderán ellos la oportunidad para intentarlo, que incluso por medios violentos, buscarán ellos el camino de regreso al poder.
            No crea sin embargo que el escenario sería mejor de ganar Chávez. El pueblo no tardará en abrir los ojos, arrecharse pues, que puede ser ingenuo, aún pendejo, pero un día se le despierta la bravura de otros tiempos y se echa a las calles a reclamar lo que le ha sido ofrecido e incumplido, una y mil veces. Que falso es, que una mentira se haga realidad por repetirla hasta la saciedad. Un pueblo expectante es peligroso, sobre todo si sus expectativas no son satisfechas. Un día verá que las obras de este gobierno apenas si existen en vallas publicitarias y shows televisados que en nada envidian a un programa de variedades mayamero. Que recuerde Chávez de qué trata la novela de Mary Shelley, Frankenstein. Cuando eso pase, que el pueblo se arreche, Chávez querrá haber hecho las cosas de un modo distinto, pero será tarde para ello, desde luego.
            No miremos pues el 2012. Miremos, seriamente, más allá de las elecciones, que son tiempos muy duros, complejos, violentos, de muchas contradicciones y de muchos sacrificios lo que nos espera a partir de enero de 2013. 

miércoles, 18 de mayo de 2011

Más de lo mismo

            Nadie discute que el presidente Chávez haya ganado numerosas elecciones en el pasado, pero, lo sabemos todos, perdió una que, para su proyecto, era trascendente. Más que trascendente, vital. En diciembre del 2007, con un triunfo que, sin pudor, en cadena nacional de radio y TV, él mismo calificó como una mierda, la sociedad venezolana dijo no al proyecto socialista (si este enredijo militarista y populista puede calificarse como tal) propuesto desde altas instancias del gobierno, al amparo de una supuesta reforma constitucional. No obstante, a pesar del rechazo popular, consultado el electorado vía referendo aprobatorio y anunciado, entonces y ahora, hasta el hartazgo, por encuestas variopintas, se ha venido imponiendo, ilegalmente claro. Habría que ver, sin embargo, cuándo esa disociación entre el discurso oficialista y las demandas populares se tornará explosivo.
            Esta derrota de Chávez – la primera desde que ganó en 1998 - desnudó variadas explicaciones, vinculadas muchas de ellas a esa forma tan particular de ver las cosas que tenemos los venezolanos. Sobre todo porque luego, sus números mejoraron y cuando se planteó, ilegal e inconstitucionalmente, la enmienda para la reelección indefinida de los cargos de elección popular, especialmente la del presidente, triunfó de nuevo (cosa ésta que, dicho sea de paso, no exime la nulidad e ilegalidad de la fulana enmienda). Resulta obvio, como una primera lectura de este fenómeno, que la ciudadanía rechazó – y aún rechaza - el modelo desarrollado en la que sería la primera reforma de la constitución aprobada en 1999, para adecuarla a los postulados socialistas, que, se sabe, disienten conceptualmente de los principios democráticos. Podrán imponerla entonces por ley, a juro, por las malas, la reforma rechazada popularmente, birlando la legalidad y el Estado de derecho, pero el soberano, consultado concretamente sobre ese particular, expresó su rechazo, y esa brecha entre lo que el gobierno pretende imponer y lo que la gente común y corriente quiere se ampliará lo suficiente, de no rectificar el liderazgo regente, hasta causar, eventualmente, el colapso. Esta es una verdad de Perogrullo y, como diría la sabia conseja popular, allá el necio que no quiera verla.
            Otra lectura sería la base mágico religiosa del liderazgo de Chávez. A pesar de las ventajas abusivas que le ha concedido el poder, no hay duda posible acerca de todas las veces que este caudillo ha logrado derrotar a la oposición en unas elecciones, salvo aquéllas que  no contemplaron una consulta sobre su liderazgo, sino que involucraron un modelo mayoritariamente rechazado por la gente, o, en el caso de las pasadas elecciones parlamentarias, que no cuestionaban el liderazgo del caudillo, sino del poder legislativo, relegado a un segundo plano en un país sobradamente presidencialista como éste. Sí revelaron al oficialismo, no obstante, una peligrosa mayoría opositora (52% de los electores votaron por los candidatos de la MUD, aunque, por manejos poco claros, el oficialismo se haya hecho de una mayoría en la AN), pero fueron éstas elecciones, ya se ha dicho, sobre candidatos distintos al presidente, aunque éste les hubiese alzado la mano.
            Podrá haber muchas lecturas, y las hay, en efecto. Todas pivotan no obstante sobre una visión mágico-religiosa de la realidad por parte de la gente, disfrazada tal vez de tesis de variada índole pero, a la postre, pruebas todas irrefutables de un mesianismo reciamente arraigado en la mentalidad del pueblo venezolano, causa de muchos de sus incontables males y desventuras. Ése es, a juicio de este humilde servidor, el verdadero enemigo a vencer, que derrotada esa des-responsabilidad de la gente hacia sí mismo, su desarrollo individual y su bienestar, no habrá caudillo que pueda venderles fantasías y, como ellos mismos critican de los colonizadores españoles, cambiarles espejitos por oro, ahora ése bituminoso. Este socialismo quimérico puede venderse bien entre los que se abandonan y entregan su vida y sus decisiones a un caudillo. Sin embargo, a pesar de la crudeza de esas verdades que ciertamente deben ser dichas, no deben interpretarse estas palabras como alcahueteo de una eventual insensibilidad del liderazgo emergente hacia las urgencias de la gente, que se sabe, sobradamente, son muchas las carencias creadas por este (des)gobierno, o agravadas, que algunas, no puede negarse, las heredó.
            El reto del liderazgo emergente será ése, crear una sociedad no de masas, sino de ciudadanos, responsables de sus propias vidas, pero que no olvide a los que, víctimas del embeleco desvergonzado, del maniqueo inmundo, ahora ven cuesta arriba salir del atolladero. Sobre todo hoy, que el mundo se ha hecho mucho más competitivo y, por qué negarlo, en cierto sentido, más cruento., No serán sin embargo las dádivas de un gobierno irresponsable, derrochador impúdico del dinero público, las que asistirán a la creación de una nación verdaderamente próspera. El reto está por lo tanto, en esa ayuda inaplazable que pueda dársele a gente para revalorizarse, para conectarlas con su lado creativo, para que entonces, cada quien explote lo mejor de sí para sí mismo, que con eso ya es suficiente para que el país todo gane. 

martes, 17 de mayo de 2011

Los gobernantes no son marcianos

           Oscar Schemel aseguró, en un programa nocturno, que Chávez es derrotable, lo cual es una verdad de Perogrullo, por supuesto. Pero, y esto es lo grave, que aún no está derrotado, que, eventualmente, podría ganar de nuevo. Luis Vicente León ha dicho algo parecido. Sus números, los del caudillo, ciertamente pueden variar hasta la celebración de las elecciones en diciembre del 2012. Sin embargo, qué trasfondo hay para que este mandatario, ciertamente uno de los más ineficientes de cuantos haya tenido este país, aún convenza a miles de seguidores.
            Hay sólo una respuesta imaginable: la ignorancia. Sé que es doloroso para muchos que no han tenido acceso a una educación mejor, e incluso, mal visto por los defensores de lo políticamente correctos. Pero la verdad es que en este país, sin lugar a dudas desventurado, en vez de ciudadanos, infortunadamente, existe eso que los políticos - ¿o politiqueros? - llaman pueblo. Una masa ingente, cegada por esperanzas mágico-religiosas, por las falsas promesas del taita de turno, que se cree ungido y que bien puede llamarse Juan Vicente Gómez o Cipriano Castro, pero también Hugo Chávez. No hay pues, ente la gente corriente, consciencia clara de la realidad y mucho menos de la contemporaneidad. Y no puede tenerla porque de tiempo en tiempo, bien se ha ocupado el gobernante de turno de desdibujarla a su favor, para presentarse a sí mismo como un héroe, comparable con los próceres de la independencia. No advierte este pueblo, ciertamente aturdido por infinidad de ofertas incumplidas, el enorme espejo que le han plantado en las narices, para que no mire al futuro, desde luego, sino al pasado, constantemente, a un pasado que, además, muestra más atisbos de fábula que de historia.
            No habrá modo de derrotar, no a Chávez o al chavismo, que serían en todo caso temporales, sino a este comportamiento irresponsable del venezolano, si no se derrota primero la ignorancia fomentada desde siempre por el liderazgo y, como corolario, a las respuestas simplistas que de aquélla dimanan.  Luego de décadas de rupturas abruptas del orden instituido, el venezolano se ha desinteresado en su porvenir, para dejarlo en manos de caudillos, de iluminados y ungidos que desde hace mucho sólo han sembrado la desgracia en esta tierra de Dios, que de país, ya va degenerando en poco más que un terreno habitado, al que, de paso, le cayó bachaco.
            Debe decirse, como explicación posible al triunfo sistemático de la clase política imperante, que los gobernantes no son alienígenas venidos de otros mundos, marcianos pues, si prefiere la moda del cine Sci-Fi de los ‘50. Son ellos, gente corriente, tanto como cualquier elector, que, al igual que éstos, en mayor o menor medida responde a la idiosincrasia nacional. Así ocurre por igual en el mundo postindustrial y en éste, en vías de desarrollo o subdesarrollado. Ahí se puede hallar también la diferencia entre unos y otros países. De esto habló el Dr. Uslar y nadie quiso escucharle. Por eso, cuando se habla de temas ontológicos, los gobernantes venezolanos no entienden las instituciones muy distinto de cómo las comprende Juan Bimba (personaje denigrante de nuestro gentilicio, inventado por los adecos durante el trienio que, en principio, representa al venezolano ordinario y con ese fin se usa en este texto). El irrespeto por las leyes, por los principios y las instituciones, ese afán renovador que impide la consolidación y maduración de los fundamentos democráticos se repite por igual en los electores y en los líderes. Eso hay que cambiarlo, si se desea una nación próspera. 
            Este discurso pseudosocialista pregonado desde el alto gobierno responde en parte a una visión panfletaria y dogmática de un modelo agotado, propuesto por una minoría que nunca aceptó una verdad que bien lo comprendió Betancourt a principios de los ’30 y que explica el fracaso ad-initium de la guerra prolongada de guerrillas en las áreas rurales del país entre 1964 y 1967, que, dicho también sea de paso, fue lo que tardó la jefatura comunista venezolana para admitir que estaban derrotados, militar y políticamente, y que este país, este pueblo, jamás ha congeniado con el socialismo. Por otra parte, y es esto mucho más grave, responde asimismo, ese falso afán socialista de buena parte del liderazgo, no a creencias ideológicas, que podrían justificarse, y, desde luego, deberían respetarse, sino a ese oportunismo delincuente que se ha repetido en Venezuela desde los días de las guerras federales. No en balde, salvo uno que otro viejo reducto de la izquierda insurgente, sacado de algún armario atiborrado de cachivaches, la mayoría de quienes hoy se rasgan las vestiduras por el socialismo y el caudillo, que dicen ser socialistas, rodilla en tierra y comprometidos con esa ideología hasta la muerte, militaron en AD y COPEI hasta recién. Son sólo oportunistas que buscan medrar, hacerse de dinero fácilmente y con éste, al igual que otros antes, comprar su status social. Al final de cuentas, como lo decía Duverger, no es más que el cambio de una burguesía (en el sentido socialista) por otra y el disfrute por unos de las prebendas de otros.
            El mundo postindustrial y superdesarrollado no lo es porque sus ciudadanos hayan sido suertudos, porque alguna causa providencial les hizo ser primer mundo. Son ellos potencias desarrolladas porque se han esforzado para ello. Japón va a reponerse del tsunami (como lo hizo de los dos ataques atómicos de 1945) no porque sea un país superdesarrollado, sino por su gente, que es la que, precisamente, ha hecho del Japón la superpotencia postindustrial que es. Por argumento en contrario, estos países en vías de desarrollo (o subdesarrollados, que lo primero no es más que un eufemismo) no son lo que son por su mala suerte, ni porque Estados Unidos sea maligno, sino porque su gente no asume responsablemente su propio destino. Siempre, como el muchacho flojo, mal estudiante, espera salir airoso como por arte de magia y cuando no ocurre, le endilga sus pecados y culpas a otros, al maestro que lo aplazó, al jefe que le ve con malos ojos, pero jamás a ellos mismos, que, sin lugar a dudas, son los verdaderos y únicos responsables del deterioro de sus propias naciones y, desde luego, de su miseria personal. Esa verdad hay que asumirla y digerirla para avanzar hacia el futuro y no seguir regodeándose en el pasado, aunque lo primero sea mucho más difícil.
            Los problemas venezolanos son sumamente serios, complejos, que ciertamente no van a resolverse mágicamente, ni gracias al caudillo de turno, que por lo general sólo los agrava. Para que este país funcione, no basta que se arengue, que se prometan infinidad de cosas, de milagros que no van a cumplirse, sino que, verdaderamente, se hagan las cosas necesarias. Urge pues, la voluntad de hacer de este país uno en verdad próspero, aunque resulte azaroso, porque sin lugar a dudas, será azaroso. Y hacer esas tareas, por lo demás impostergables, no sólo costará dinero, mucho dinero, requerirá además de tiempo, sobre todo porque luego de doce años, este gobierno ha destruido lo que había y en su lugar, nada ha edificado sobre la tierra arrasada. Debe decirse, para esperanzar, ahí hay, no obstante, posibilidades notables para generar empleo, que, con la aplicación de políticas coherentes, ayude a crear prosperidad y bienestar, que es lo único que realmente puede y debe ofrecer un Estado. El tema no obstante, más que hacerlo, es convencer a la gente de que ése es el derrotero, como lo demostraron Perú y Colombia. 
            No será fácil. Claro. Como aquél que acude al augur, los venezolanos esperan soluciones mágicas y cuando no las obtiene, se aferran a ilusiones, simplemente porque es mucho más fácil y, quizás, menos doloroso. Decirle a la gente que este hombre, este caudillo, sólo ofrece castillos de naipes, propaganda que nunca solucionará realmente sus problemas, no será fácil. Sobre todo, será espinoso y cuesta arriba convencerlos de que no hay soluciones mágicas. No van a querer escuchar una voz que les diga que ése no es el camino, que amodorrado en un chinchorro bebiendo aguardiente y jugando a los caballos, no se progresa. Pido desde ya disculpas por ser tan rudo, pero la situación no está para andar con guantes de seda.
            El primer reto es, precisamente, quebrar la resistencia popular a admitir que este gobierno es ineficiente, incapaz de ofrecerle soluciones. Que su oferta nunca ha dejado de ser ni será jamás más que propaganda. Una ficción anunciada costosamente a través de los medios. Para ello, sin embargo, no basta decirlo, que por decir, se puede oficiar un tedéum en la Catedral de Caracas, hay que ofrecer, además, sin lugar a dudas, un programa alterno, coherente, y, por supuesto, comunicarlo ampliamente a las masas, con un lenguaje llano, sencillo. Hay que ofrecerle a la gente, un proyecto, uno que enganche, desterrando de las primeras planas la sandia verborrea oficial. Pero ese proyecto, no sólo debe enganchar, debe proveer soluciones viables, factibles, fácilmente digeribles, sin que genere falsas expectativas, que las promesas son con el boomerang, de la habilidad del lanzador dependerá que no golpee el rostro a su regreso.
            Hay que construir un nuevo liderazgo, rápidamente, pero eso sólo se logrará si se reconocen los errores y se enmienda. Si la sociedad está dispuesta a asumir otro modo de comprender la política y a seguir un nuevo modelo de liderazgo. Una nueva sociedad engendrará necesariamente un nuevo liderazgo. La tarea del liderazgo emergente es ser el faro, la luz que guíe.