sábado, 24 de enero de 2009

Las reglas del juego

Bajo la mirada del Libertador, como si estuviese dignificado por éste, Chávez arengó a las masas. Ignoro la cantidad de asistentes, pero sé que pocos no serían. No soy ingenuo y por ello, conozco bien la fortaleza del liderazgo popular del teniente coronel. Sin embargo, no son mayoría ni su liderazgo es democrático. ¿Cómo puede serlo? Cual majadero, asegura que mientras más le pidan que marche, menos lo va a hacer.
Su discurso – maniático – versa ahora sobre la enmienda. Sus acólitos le juran que se constriñe a la institucionalidad. Otros, aseguran la inconstitucionalidad de cualquier reforma que trate los temas consultados en el referendo del 2 de diciembre de 2007. A mi juicio, modesto desde luego, se trata de un fraude a la ley. No obstante, no pretendo fastidiar a nadie con explicaciones jurídicas. Prefiero limitarme a decir que el meollo de la enmienda en sí mismo y lo que supone son contrarios a los principios republicanos y democráticos, consagrados desde 1776. Porque a pesar de lo que Chávez pueda pensar de los estadounidenses, fue su independencia la que propugnó mejor los ideales de la ilustración. Claro, eso es otro asunto que maliciosamente traigo al tema.
La alteración de las normas esenciales, ésas que regulan las relaciones entre gobernantes y gobernados, no pueden ser objeto de innovaciones, cualquiera sea la forma de éstas, cada vez que los detentadores del poder lo deseen. Una diferencia realmente plausible entre Hugo Chávez y quienes le precedieron en Miraflores estriba en el hecho de que ninguno de ellos intentó reformar la constitución para alargar su mandato. Rómulo Betancourt, de hecho, asumió desde su triunfo electoral en diciembre de 1958, que su mandato comenzaba a partir de 1959, a pesar de que la constitución no se sancionó sino hasta 1961. Aun más, nunca ellos imaginaron siquiera reformar las reglas que regulan la relación entre gobernantes y gobernados, a pesar del riesgo implícito en la victoria de Hugo Chávez en diciembre de 1998.
Significa mucho que entre 1958 y 1999, la constitución de 1961 sufrió reformas ligeras pero ninguna afectó negativamente las reglas relativas al ejercicio del poder. Este gobierno, en cambio, no titubea para acomodar las normas a su conveniencia. Esto no es democrático. Aunque los acólitos del comandante se rasguen las vestiduras en defensas vehementes.
El carácter dictatorial de este régimen parece bastante claro. El frenesí de Chávez por componer las reglas para su provecho define su vocación autocrática. Desde que asumió el poder, ha ido robándose las instituciones, con el fin de adecuar todas las normas a su antojo revolucionario. Por eso, un parlamento sumiso legisla a su medida y, en caso de dudas, jueces subordinados interpretan favorablemente las normas confusas. Eso, por favor, no puede considerarse democrático.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra

lunes, 20 de octubre de 2008

La amoralidad como fin

No deseo adentrarme en explicaciones acerca del futuro previsible para Venezuela. Me voy a referir, en cambio, a la naturaleza ética de este gobierno. Por eso, poco interesa a los fines de estas palabras la popularidad del gobierno y de su comandante (y no es casual que use un calificativo tan repugnante). No se trata de si es o no popular. Se trata de si es moralmente aceptable o no. Tamaña diferencia ¿no?
Necesito robarme unas palabras de Manuel Caballero (por lo que le pido excusas al ilustre historiador, quien obviamente es mucho más culto que yo). Él dice que la dictadura nazi no fue mala porque haya cometido atrocidades durante la guerra (porque en todas se cometen). Lo fue porque asesinó sistemáticamente a más de seis millones de judíos. Es decir, porque perpetró el delito de genocidio (término acuñado después de la Segunda Guerra Mundial).
Con el régimen nazi cayó también el fascista. 46 años después cayó el comunismo. Sus regímenes, sobre todo los dos primeros, no admiten discusión acerca de su inmoralidad y falta de ética. Del último, aún existen ingenuos que le ven bondades. Por ello, he de limitarme sólo a los dos regímenes totalitarios depuestos en 1945. Hecha la aclaración he de referirme pues a las razones morales que a mi juicio fundamentan su inmoralidad o ¿amoralidad?
Volviendo al tema del genocidio, podemos decir que los regímenes nazi y fascista no sólo torturaron y asesinaron a sus detractores, como no pocas dictaduras de éste y aquél lado del Atlántico. Su afán totalizador asesinó además la disidencia. No se tome esta frase a la ligera. No es una metáfora o mera retórica. Es la esencia de su inmoralidad porque uno y otro perseguían extirpar toda forma disidente y crear un pensamiento único. Debería citar en este momento el razonamiento que O’Brian le ofrece a Philip Smith durante su tortura (por esas cosas de los ignorantes, me refiero desde luego a la obra “1984” de George Orwell). Es muy extenso. Sin embargo, expone magistralmente lo que significa aniquilar toda forma de disidencia en función de algo más allá de las personas que en un momento puedan ostentar la jefatura del Estado, aun si ésta vitalicia.
Se anula al ser humano y se exalta al Estado. La infelicidad de todos importa muy poco comparado con el bienestar del Estado, entendido como algo ajeno o ¿superior? a las personas. Y me pregunto, ¿qué carrizos es el Estado si no su gente (además de un territorio y sí, un poder político)? De hecho, ¿de qué sirven estas dos últimas si la gente no es feliz? El territorio sería una cárcel y el poder político, una forma brutal de policía (sin que pretenda hacer comparaciones odiosas con el régimen cubano). Entonces, ¿no es esto una forma de genocidio? Uno que incluso no distingue siquiera entre disidentes y convencidos.
Esta anulación del ser humano, de sus ambiciones, de sus sueños, sus gustos, ¿no es un asesinato sistemático de todo el mundo? ¿Y ésta no es, asimismo, una forma brutal de violencia? ¿O el abuso en las acusaciones infundadas sobre magnicidios y golpes de Estado que, al parecer, sólo existen en la mente del caudillo y que pueden costarles la libertad a ciudadanos inocentes (al menos de ese crimen)? Yo creo que sí. Y creo que su violencia además es sistemática… Más bien un fin.
Volvamos a Venezuela. Regresemos además a este momento. Se dice que aquí hay una oposición. Pero al parecer sólo sirve de marioneta para ofrecerle una burda apariencia de democracia a este proyecto. Cada vez que puede, Chávez arremete con violencia contra todo aquél que pueda hacerle sombra. Sea Miguel Henrique Otero, con su movimiento 2-D (acaso porque le recuerda insistentemente que el pueblo le dijo que no a su reforma constitucional y, sobre todo, a su reelección vitalicia), a todos los candidatos, opositores y revolucionarios críticos (que para Chávez son la misma ralea de vendepatrias), a los gobernadores de su propia secta que, creyendo poseer un liderazgo propio, se le han vuelto díscolos… Esto se parece tanto a la aniquilación de toda disidencia pretendida por los regímenes nazi y fascista que mal puedo evitar compararlo. Significa entonces que el actual gobierno ejerce el genocidio como fin político. Eso lo hace, pues, amoral. Y es por ello que interesa poco, muy poco, si es popular o no. Dudo que seamos minoría. Pero de serlo, de todos modos ¡tenemos la razón!

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
C.I. 9.120.281
Abogado

miércoles, 15 de octubre de 2008

Una mirada a nosotros mismos

Hablar de la salida de Chávez sirve lo mismo que una calabaza si no aceptamos las causas que hicieron posible tal desatino. Se dice mucho que el caudillo barinés es una consecuencia. Y lo es, claro. Pero resulta inaceptable la banalización de ese argumento. Sobre todo porque se afirma como si fuese ajeno a nosotros, a todos.
Chávez puede ser la encarnación de nuestros defectos exacerbados. En lo personal creo que lo es. El liderazgo no es ajeno a su pueblo. Siempre resulta ser una consecuencia de lo que se es colectivamente. Los alemanes no son ajenos al asesinato sistemático de más de 6 millones de judíos. De hecho, ellos alimentaron al nazismo y permitieron que se extendiera como una epidemia aun más allá de las fronteras impuestas por el Tratado de Versalles. El chavismo se impuso, en primer lugar, y se extendió luego como una peste en el territorio nacional porque nosotros lo permitimos.
Siendo muy débil la oposición entonces, un grupo de amas de casa y de profesores de colegio, lograron contener uno de los pasos necesarios para imponer este modelo, que como las democracias populares de Europa del este, tiene – o tenía – mucho de popular y muy poco de democracia. Me refiero al decreto 1.011. Quizás haya simplificado el movimiento que impidió la ideologización de nuestros muchachos, por lo cual pido excusas a sus dirigentes. Sin embargo, la oposición sí era entonces débil y, sobre todo, minoritaria (lo cual no justifica desde luego su aniquilación). Aun así ese grupo reducido de opositores contuvo al gobierno.
El decreto 1.011 entró por ello en suspenso. Meses después, también lo hizo el cuerpo de normas aprobadas en septiembre de 2001. De esa exasperación surgió el movimiento masivo, la oposición creciente que el 11 de abril de 2001 obtuvo dos grandes éxitos. Se hizo sentir, como una fuerza capaz de reunir a casi un millón de personas en una protesta en una misma ciudad (que de paso posee una población aproximada de 4 millones de personas). Y también logró el pronunciamiento militar que, al menos por unas cuantas horas, separó a Chávez y al resto de sus secuaces del poder. Maniobras oscuras ocurrieron después y dieron al traste no sólo con el esfuerzo de una masa pacífica que sólo exigía la renuncia del presidente, sino que banalizaron la muerte de 19 personas y las lesiones a más de un centenar. De eso, somos culpables todos, tiros y troyanos por igual.
Quizás sea éste el pivote de lo que sucede y la banalización de todo cuanto nos ocurre nos haya llevado a este sendero incierto, donde las autoridades se hacen de la vista gorda con la voluntad del pueblo, expresada el 2 de diciembre pasado, sin que la gente se haga respetar. Antes que el ministro Izarra salga al ruedo y me acuse de sedición y de querer hacer apología del delito, no me refiero desde luego a un alzamiento miliar, sino a la fórmula sagrada de la democracia: el pueblo decide. Cuando el pueblo votó por Chávez, la oposición aceptó sus derrotas. Ahora le corresponde a él aceptar la voluntad soberana. Pero, de vuelta al tema, la discusión superficial de los temas nacionales han hecho de la contemporaneidad un carnaval grotesco.
De lado y lado surgen voces sonsas que no ven la profundidad y gravedad de lo que ocurre y, peor, de lo que va a ocurrir, porque a pesar de que al ministro Izarra (y quién sabe si a Vanessa Davies) les parezca una invitación a delinquir, decir que va a llover no trae la lluvia… mutatis mutandi, latinazo que tanto agrada a Carlos Escarrá, decir que los militares puedan dar un golpe de Estado no invita a que lo den. Conspirar, y de eso sabe bastante el caudillo, es algo mucho más complejo.
He aquí entonces el dilema. La banalización de los acontecimientos nacionales por parte de opositores y seguidores distrae la atención y, por ende, las medidas saludables para corregir eventuales fallas. Por ejemplo, desconocer la voluntad popular (que no es concha de ajo) puede conducir a unos pocos por derroteros indeseables. Pero, insisto, el echo de que yo – y conmigo la mayoría – no deseemos salidas de este tipo no supone que no sucedan. Los europeos en 1939 no deseaban la guerra pero negar la inevitabilidad de ésta era una idiotez. Algo parecido sucede hoy en Venezuela. Si el gobierno insiste, como muchachito malcriado, con su afán socialista (de Estado), rechazado por la mayoría (80% al decir de las encuestas), las consecuencias serán trágicas. No sólo para ellos, sino para todos.
En ese delirio continental (siguiendo acaso la postura trotskista), Chávez – y, de paso, sus acólitos más allegados, socialistas (de Estado) o no - están corroyendo gravemente la economía nacional. El dinero se agota y sin dinero, los chulos, las meretrices y otras formas mercenarias del afecto desaparecen. Aun el de su mentor, que ha hecho de Cuba una mendiga y por ende, dependiente de quien le dé (sé que suena – o se lee – duro, pero no por ello es menos cierto). Ni hablar de quienes fronteras adentro han afanado empeño y lealtades no para impulsar un modelo socialista (de Estado), sino para usurpar – como resulta manido en las revoluciones de aquí y allá – a quienes desde 1958 ejercen la titularidad como los Amos del Valle.
Mientras discutimos si Raúl Baduel es una quinta columna o no, si Chávez es demócrata o no, si se es delincuente porque se anuncien posibilidades que en muchos casos, al menos el mío, escapan de nuestra capacidad para provocarlos o evitarlos; los hechos van perfilando desenlaces, aun indeseables. Dudo que Hitler aceptara la realidad en los primeros días de marzo de 1945, pero era innegable que Alemania perdía la guerra y que el régimen nazi encaraba el juicio del mundo por sus crímenes. Seis años antes, Arthur N. Chamberlain no aceptaba la inminencia de la guerra y tuvo que declararla.
No traigo el ejemplo nazi por casualidad. En primer lugar, porque este gobierno, al igual que el nazi, está al tanto de sus violaciones a valores fundamentales, aunque se excusen en una legalidad cascorva. En segundo lugar, porque nuestro führer criollo se parece mucho al caudillo nazi. Sobre todo en su prepotencia. Ignora que su delirio le está conduciendo al degolladero (figurativo, desde luego, para que el ministro Izarra no se asuste). Pero también nos atañe a nosotros el ejemplo, porque inmersos en discusiones tontas, no nos detenemos un instante para idear un después, porque con o sin Chávez al frente de la primera magistratura, este desaguisado va a terminar pronto. El puño del mercado (nótese que escribo mercado, en virtud de que poco tiene que ver con la intervención estadounidense), que sí existe y es poderoso, va a imponerse.
Dicho de un modo vulgar, nos van a pillar con los pantalones abajo. La crisis, que puede ser muy grave (así parece, a pesar de las medidas acogidas por los gobiernos del mundo desarrollado), nos va a vapulear. No lo dice este opinador amateur, lo dicen expertos economistas, que de eso saben y yo, en cambio, no. Cuando eso ocurra ¿en los meses por venir?, este tinglado se desplomará inevitablemente, tal como los ranchos cuando las lluvias arrecian. Chávez o quien le sustituya en Miraflores deberá encarar medidas repugnantes que bien pueden asemejarse (si no igualarse) a las acogidas por Carlos Andrés Pérez en su segundo mandato… y bien sabemos como acabó (de nuevo, insisto, no estoy invocando un golpe de Estado, sólo expreso lo que podría ser).
En lo personal, quisiera que Chávez terminase su mandato en enero del 2013, como le corresponde. Que entonces entregue el poder a su sucesor, electo democráticamente. Sin embargo, también quisiera que los mecanismos e instituciones democráticas ejerzan sus fuerzas para contener este proyecto, que lejos de perseguir un porvenir próspero, parece un río desbordado, destruyéndolo todo a su paso. ¿Será posible?

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado
C.I. 9.120.281

sábado, 20 de septiembre de 2008

El discurso de los necios

Un necio arengó. Voceó simplezas, majaderías carentes de fundamento académico, propias de la vieja ralea comunistoide, indigestada con frases manidas y sofismas. Cual verdulero, iracundo, echó chocarreramente al embajador de quien a pesar de todo, aún compra alrededor del 80% de nuestro petróleo, mandándolo a un lugar que sólo conocemos los hispanoparlantes, acusándolo de yanqui sin mayores atributos que sus semejanzas con el excremento humano.
El país escuchó de ese necio, que hoy ejerce un cargo para el cual carece de las habilidades requeridas, palabrotas, tacos, maldiciones y, sobre todo, amenazas que seguramente no podrá concretar, aun si quisiera. El país quedo atónito, ante la vulgaridad de quien ejerce la primera magistratura nacional. Algunos podrán creer que simplemente enloqueció, aunque nadie le vio comer de aquello que según las doñas de antaño, sólo los locos comen.
Puede que esté enardecido, en parte porque de verdad se creyó esa fábula imbécil de la izquierda revolucionaria (que loa a Cuba pero vive en París) acerca de los Estados Unidos, pero lo está en mayor parte porque el futuro, como lo refiere Argelia Ríos, le apuró al paso. Cual Pedro, gritando que viene el lobo, descubre que sus necedades son desoídas por las masas que en vez de creerle sus clamores de auxilio, claman soluciones efectivas.
Como todo aquél que miente oficiosamente, se encuentra enmarañado en un embrollo de embustes, discursos maniqueos, perspectivas distorsionadas o convenientes de la realidad. Y como todo aquél que miente oficiosamente, termina por encontrarse desnudo, incapacitado para ocultar las partes pudendas de su proyecto político. Y lo que el pueblo ve resulta en verdad grotesco.
Ahora se desespera. Como los necios, aprendió sólo a medias y hoy, cuando su discurso ya resulta tedioso, se desespera ante la imposibilidad para convencer a sus congéneres, porque hace rato que muchos ya no le creen y ni hablar de quienes jamás le creímos. Mira con horror el porvenir inmediato: la derrota plebiscitaria de noviembre próximo y especialmente, la consecuencia irremediable de su desdén hacia los temas económicos.
Su proyecto se va por el desaguadero como las aguas puercas.
El entorno radical perderá más de lo que parece. Una corriente creciente de críticos del gobierno, procedentes de la revolución, puede ganar espacios junto con los candidatos opositores, reduciendo formidablemente la radicalidad. Una vez ocurra esto, la revolución y los extremistas, seguidores de esa idiotez de “patria, socialismo o muerte”, sufrirán derrotas semejantes a la que ya ellos mismos padecieron en 1962, 1963, 1967 y, mundialmente, en 1991.
Cuando estalle el caos económico, inevitable a estas alturas, la radicalidad enfrentará la realidad cruda. Ese populacho, timado (como lo ha sido el pueblo de Cuba durante medio siglo), se echará al medio de la calle, frenético, anárquico, tal como lo hizo en febrero de 1989. No sabemos si el ejército se atreva a echarse al hombro, otra vez, ese bacalao podrido.
La radicalidad ya suma dos períodos constitucionales de los anteriores, desgobernando, destruyendo… A estas alturas, ya se le acabaron las excusas y los chivos expiatorios. ¿Qué hará entonces?
A los radicales ya se le hizo tarde.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra

Juegos riesgosos

Ignoro si un panfleto cuartelario citaso por Noticiero Digital existe o no, pero podría ser cierto. Por lo menos, cabría la posibilidad de que en efecto, un número desconocido de nuestros soldados estén descontentos. Siempre he creído que las Fuerzas Armadas no difieren gran cosa del resto del país y, al igual que muchos, rechazan la idea de Estado que esta “revolución” pretende crear, aun a espaldas de la voluntad popular.
Infiero que antes los oficiales, suboficiales y tropa profesional mantuvieron una postura neutra mientras el gobierno no hizo alardes tan burdos de saltarse a la torera la constitución y las leyes, como viene haciéndolo desde su derrota el 2 de diciembre pasado. Tal vez en el pasado creyeron que en el peor de los casos, se trataba tan sólo de un gobierno malo más. Probablemente ahora temen que eso sea mucho más grave, si el panfleto es verdadero, claro.
El líder de esta revolución perdió el norte después del fracaso de su “proyecto de reforma constitucional”, instrumento perfecto para conferirle poder absoluto sobre todos nosotros. Desconozco las causas del jefe de este tinglado deplorable para comportarse tan torpemente. Pero, sea cual fuere la razón de su error, Chávez luce desesperado. No dudo, desde luego, que integrantes de las Fuerzas Armadas se opongan a la idea de ser fantoches de un hombre, cuya conducta emula peligrosamente al führer, sobre todo en sus aspiraciones totalitarias.
A pocos días del triunfo opositor frente al proyecto de reforma constitucional el 2 de diciembre, Chávez lo llamó “victoria de mierda” y amenazó con una ofensiva para adelantar el proyecto, como lo dijo Miguel Henrique Otero durante la presentación del Movimiento 2D. Veamos un instante de qué se trata todo esto.
En 1793, los jacobinos franceses encontraron un escollo enorme para el triunfo de la revolución. Cinco ejércitos extranjeros ocupaban Francia y confluían hacia París. 60 de los 84 departamentos se encontraban en rebelión contra el poder central. Al oeste se desarrollaba una cruenta guerra civil campesina. Por último, aparece la presencia poderosa de los contrarrevolucionarios. El barón de Montesquieu había previsto este peligro medio siglo antes. Los jacobinos enfrentaban el reto de crear al “nuevo hombre” y el terror parecía ser la única manera de instituir “la virtud”. A partir de entonces, los soviéticos rusos, los fascistas italianos y los nacionalsocialistas alemanes, así como las otras formas totalitarias (en su mayoría comunistas), repitieron la misma fórmula. Ésta redunda en ese modelo que no sólo acabó con los jefes jacobinos – en su mayoría guillotinados -, sino con los otros regímenes que han empeñado el odio y la inquina para imponerse.
El afán de Chávez por reformar el currículo educativo desde el inicio de su mandato en 1999 persigue “crear al nuevo ciudadano” y, de haber logrado la imposición del decreto 1.011 entonces, otro hubiese sido el resultado del referéndum del pasado 2 de diciembre. Su inefable maestro lo hizo en Cuba. El apoyo soviético, traicionando así los “ideales” revolucionarios, apuntaló al régimen castro-comunista. Y ése es el escollo que su pupilo no ha logrado superar. El jefecito de este tinglado carece de una potencia desarrollada que le ayude a apuntalar su proyecto.
¿Qué le queda? ¿Cómo actuar? Sus alianzas suramericanas no lucen fiables. Los gobiernos de Chile, Uruguay, Brasil y Argentina responden a sus conveniencias más que a un compromiso con el credo de Chávez. Ecuador, Nicaragua y sobre todo Bolivia carecen de la fuerza suficiente. Bolivia se encuentra al borde del caos por el referéndum del próximo 4 de mayo. El país andino ha experimentado en el curso de su historia republicana alrededor de 200 golpes de Estado. Dudo que Daniel Ortega o Rafael Correa puedan ayudar mucho. Su gran aliado chino tampoco parece muy interesado en seguir su discurso ideológico, menos después que aprobara la propiedad privada de los bienes a fines del año pasado.
Casi todos los gobernantes suramericanos proceden de la izquierda. Pero la gran mayoría responden a esa visión inteligente, incompatible con la borbónica que propone Chávez. Y, para colmo de males, Castro, enfermo, ve como su propio hermano echa la revolución al desaguadero. Entonces, ¿qué puede hacer? Acaso, ¿suceder a Fidel Castro como adalid antiimperialista? Seguramente.
En el ámbito doméstico, Chávez enfrente crisis harto peligrosas. Una de ellas, la corrupción galopante, descompone la idea que sus seguidores tienen de él y desde luego, de su proyecto. Quizás no tanto por la corrupción de los funcionarios, sino por la ostentación de personajes muy cercanos a él e incluso, la suya propia. Otra de las amenazas que este tinglado enfrenta es el deterioro económico y la incapacidad de los jefes revolucionarios para ofrecer soluciones reales al decaimiento de la calidad de vida de la clase media. Por último, la fragmentación del PSUV, engendro neonato del MVR tratando de sobrevivir, puede extinguir la hegemonía presidencial sobre los gobiernos regionales y su “geometría del poder”. Sobre todo, si la oposición respeta su acuerdo de ofrecer candidaturas unitarias.
El caudillo, que no ha tenido pudor para mostrarnos sus miedos paranoicos, debe estar aterrado frente al escenario por venir. Seguramente cree a pie juntillas que Estados Unidos orquesta su defenestración. En especial porque en sus delirios escucha a gente que aprovecha sus miedos irracionales para venderle teorías conspirativas absurdas. Por eso, su jugada en los próximos meses puede ser peligrosísima.

Ensillando al burro

No soy experto comunicacional. Sin embargo, descubro o, ¿intuyo?, una diferencia formidable en el lenguaje cotidiano de los medios. No me refiero al verbo inteligente y siempre corajudo de Milagros Socorro o de otros, que como ella, se resisten a doblegar su voz. Me refiero al cronista medio, ése que desde el 2004 hasta hoy, se limitaba a un discurso políticamente correcto. Leo la prensa caraqueña y provincial y encuentro un discurso mucho más contundente. Más pugnaz.
Los desvaríos del presidente son enunciados sin tapujos ni reservas por los cronistas políticos. Cada vez con mayor desparpajo se expresan no sólo las quejas, sino además la necesidad de contener esto e incluso, de la inminencia del fin. Como ocurre en esas películas trilladas, donde uno intuye el momento de inflexión hacia el desenlace.
Chávez se apuesta todo. Apura un modelo rechazado por un 80% de los venezolanos, que, de ser ciertas las encuestas, arroparía a los que aún creen las pendejadas del dueño de este circo. Quizás por eso, las voces opositoras hayan entendido cuál es el juego verdadero del comandante. Aunque lo hayan hecho tardíamente.
El lenguaje de los medios dejó de ser taimado. Las críticas surgen sin pudor ni piedad. Se le ataca sin misericordia… me recuerda mucho la víspera del 11 de abril de 2002.
No creo que se reedite del mismo modo. Sin embargo, de aquel momento, ceo que dos cosas pueden repetirse: la actuación reactiva de la oposición y la salida de Chávez… Si vuelve o no, no lo sé.
Creo que Chávez desea un golpe de Estado. Infiero varias razones para jugarse esa carta tan riesgosa. En primer lugar, la crisis económica que se avecina y que, después de una década gobernando, mal puede adjudicársela a otros. Si lo destituyen del cargo, no sólo lo victimizan, sino que además, le ahorran tener que enfrentar a un pueblo arrebatado. Otra razón puede ser que, de ocurrir un golpe de Estado malogrado, podría instituir un estado de excepción indefinido. Más que imponer su reforma, burlaría así la fecha cierta de salida que hoy gravita sobre él.
Claro, una cosa dice el burro y otra quien ha de ensillarlo.

Unas palabras por la paz

No quiero hablar de Chávez. Prefiero reflexionar sobre la paz necesaria para impulsar el desarrollo nacional. Leyendo una biografía de San Francisco de Asís, de quien mi madre tomo el nombre para mí, encontré algo bien interesante – y hermoso – acerca de la paz. Ésta no se limita a la ausencia de conflictos. La paz comprende además de una relación cercana y cotidiana con Dios, una sociedad justa y misericorde. Quienes no profesan credo alguno, al menos podrán coincidir sobre esto último.
Sobran los voceros que pregonan la paz y la justicia social. Sin embargo, no escatiman las agresiones. Y, sin llegar a la idiotez de banalizar la necesidad de una sociedad justa y pacífica, creo que, como colectivo, debemos poner aparte las diferencias entre aquéllos que siguen al presidente, quienes, como yo, le adversamos, y los que son indiferentes al tema político, y esforzarnos por construir una patria y un mundo mejor.
En uno y otro bando debemos perdonar, de corazón y realmente, las agresiones. Éstas no conducen a nada. Los indiferentes deben asumir una posición más responsable. Sólo así podremos dar el paso necesario: pasar la página y seguir adelante. Sin embargo, la paz empieza con el ejemplo. E insisto, no hablo de la banalización del discurso pacifista. Me refiero a la convicción interior de cada quien sobre lo que queremos como sociedad y actuar, cada uno, dentro sus posibilidades para que es sea realidad. La paz y la justicia social no son un fin. Son un tránsito interminable en el que siempre surgirán obstáculos. Una vez que asumamos eso, podremos sobrellevar la carga que comporta la construcción de una sociedad justa.
No creo que se trate de seguir modelos impuestos, endiosando a seres humanos, cuyo comportamiento resulta por lo menos, dudoso. No se trata tampoco de imponer éste o aquel modelo político, sino de asumir el desarrollo como algo íntimo. El desarrollo nacional vendrá por añadidura. Dudo que sacrificarse, como los ascetas, ayude a hacer de éste un país mejor. Gozar de bienes materiales no ofende a Dios - y por ende, no debe ofender al hombre – si su origen es honesto. Así mismo, carecer de ellos tampoco debería insultar al Señor, si no se debe a la pereza. La verdad es que cada cual es amo de sus decisiones y lo que importa – al Creador, para quienes creemos, y a los hombres, para los ateos – es que esas decisiones sean honestas.
Quiero un país y un mundo mejores. Creo que para lograrlo, no urgen revoluciones y mucho menos, eventos violentos. Anhelo que en efecto, lo logremos como resultado del amor, sincero y desinteresado, y, obviamente, de la decisión responsable y honesta de hacer lo que se desea y poseer lo que se causa.