martes, 18 de junio de 2024

 

   

    
                                                                                                                                                                    

El día después

Al término de las guerras, la paz finalmente silencia los cañones y las bombas, pero de los escombros, cansaos y hambrientos, toca reconstruir ciudades y vidas.

Nos dice Damián Alifa en un trino, que el mensaje del gobierno es que solo la jefatura revolucionaria puede garantizar la paz. Otros se aventuran a preferir, y cito sus palabras, «una paz autoritaria» (algo así como el gendarme necesario). Ya antes, algunos analistas y comentaristas aseguraban que la oposición no era capaz de preservar la gobernabilidad y que, por ello, mejor mantener el statu quo, aunque fuese bajo la oprobiosa sombra tiránica. Razonamiento este, sumamente desangelado y pobre. En su comentario, dejaba entrever este analista que precisamente por ello algunos podrían temer, en estos momentos, el repliegue de los mandos medios del ejército y la población chavista descontenta alrededor de Maduro en las elecciones del próximo 28 de julio. Sabemos, no obstante, que, en el estado actual de cosas, el voto es importante, mas no decisivo.

     Se congregan muchos, entre ellos destacados estudiosos e importantes voceros de diversos sectores, en torno a un proceso electoral cuyo resultado, por lo visto, ya estaría cantado a favor de Maduro. Al parecer, en un afán por parecer eruditos, o por otras causas menos honestas, algunos de ellos le hacen la tarea al gobierno. Debe decirse, sin embargo, que las transiciones no ocurren porque la gente vote o deje de votar, lo cual puede ayudar, pero en modo alguno, determinar acontecimientos cuya materialización pareciera depender de otros actores distintos al electorado. Ocurren pues, porque el statu quo cambia. Así sucedió en el este europeo, no obstante, en la mayoría de esas naciones, el instrumento de cambio haya sido el sufragio (en Rumania no lo fue).

     Las colosales expresiones de apoyo a María Corina Machado en las calles de ciudades, pueblos y caseríos, que benefician al candidato Edmundo González, no son solo eso, mítines impresionantes. En medio de una deformación del sufragio, reducido en estos veinticinco años a un circo deplorable, cada vez más desgraciado, y que, en todo caso, no deja de ser un mero instrumento, en algunos foros y círculos de personajes influyentes se obvia – consciente o inconscientemente - la trascendencia de las primarias pasadas, y lo que realmente ocurrió ese día. Ese apoyo masivo, indiscutido y extraordinario resquebrajó las columnas de la revolución como un terremoto, las columnas de un edificio. Dirán unos que la oposición es incapaz de mantener la paz (más como un slogan publicitario que como un hecho constatable). Sin embargo, no parecen convencidos los factores de poder de la oferta chavista, y me refiero pues, a esos grupos de interés que en efecto motorizan los cambios, y, en nuestro caso, reemplazarían a las instituciones en la defensa del voto y, sobre todo, de sus verdaderos resultados, anunciados por la mayoría de las encuestadoras del país con una brecha suficientemente amplia. Por lo visto, esos grupos de interés ahora creen que, de mantener las cosas, entraríamos en un proceso de inestabilidad mucho más costoso de lo que sería propiciar la transición. El statu quo cambió, y, consecuentemente, el voto bien puede ser hoy la herramienta provechosa que en el pasado ciertamente no fue.

     Sé de la inquina de algunos periodistas y analistas hacia la ingeniera Machado. Contestes con una falsa matriz de opinión avivada en parte por el discurso del gobierno y en parte por prejuicios (por ser mujer y perteneciente a lo que ridículamente llaman mantuanaje caraqueño), se hacen eco, conscientes o no, de una campaña de desinformación para asegurarle a la élite su impunidad ante lo que avezados estudiosos, encuestas y el sentido común ya vaticinan. No es un secreto la necesidad de una aparente legitimidad para un eventual nuevo mandato de Maduro. Otra cosa es, sin embargo, que, pese a ese esfuerzo por anticiparse a un resultado adverso, la élite logre mantenerse en el poder.

     Me inquieta pues, esa ojeriza contra María Corina Machado, no por algo distinto al quiebre de la unidad tan necesaria para lograr la transición efectivamente. Ojeriza fundada mayormente en fábulas y mitos, obsesiones de un liderazgo misógino y prejuicioso. Animados por esa inquina pues, se prestan voces influyentes para desnaturalizar un proceso que, sin lugar a dudas, trasciende con creces al sufragio, y, de ese modo, limitan un proyecto mucho más grande que las elecciones. No olvidemos, la naturaleza del sufragio no deja de ser la de una herramienta que, como un martillo, puede ser útil o no, según el contexto. No hay menos magia en esa mirada pueril del voto que en aquellos que esperan de Trump, una invasión (sin lugar a dudas, indeseable).

     Las declaraciones de altos funcionarios del gobierno, ampulosas y virulentas, demuestran su indisposición a la transición y su desespero por afianzarse en el poder, de cara a un escenario hostil. El peso de esos personajes, empero, puede no ser tan decisivo, y que su fanfarronería no deje de ser tan solo un bluf. Rezan en los pueblos, que una cosa dice el burro y otra muy diferente, quien ha de ensillarlo (o arrearlo). Podemos entonces intuir la conducta del gobierno frente a las venideras elecciones, pero otra cosa es, sin dudas, su posibilidad real de hacerlo. Y por ello, apelan a esos analistas, que se prestan a lavarle el rostro y aparentar una legitimidad intragable. No deseo aventurarme en las razones que motivan a esos eruditos.

     Insisto, tal vez lo que suceda el 28 de julio próximo sea irrelevante, si tomamos en cuenta que, al parecer, la sociedad ya tomó una decisión. Si la nación – e incluyo necesariamente a los factores de poder, animados por las necesidades y la presión ciudadana – decidió transitar hacia otros modelos políticos y económicos; las maniobras del chavismo podrían resultar estériles, y, en todo caso, alargar la agonía de muchos, mas no asegurarle su permanencia en el poder, y, sin dudas, achicarle sus posibilidades para una eventual negociación. No sería una novedad ni en nuestro país ni en otros.

     Sin embargo, nada es seguro, salvo ese beso dulce que a todos habrá de darnos la Muerte. No podemos pues, dormirnos. La apatía es la peor enemiga de las naciones, y también de las democracias, como se lo escuché hace muchos años a un profesor de la facultad de Derecho de la UCAB, Reinaldo Chalbaud Zerpa. Debemos activarnos como ciudadanos, no como pueblo aborregado. Debemos movernos, defender los votos, cobrar el triunfo, desde luego... pero tenemos que ser siempre activos en la defensa de las instituciones, porque estas siempre están asechadas por las bestias. Sobre todo, porque después del 28 de julio, sea lo que sea que pase, el juego continúa.

domingo, 9 de junio de 2024

 

     Del optimismo, del pesimismo, la realidad y las verdades a medias

Dudar es de sabios; hacerlo de los seres humanos, necesario.

No es realista el exceso de optimismo. Tampoco, el pesimismo desmedido. Las opiniones no definen la realidad. En todo caso, apenas intentan explicarla. Según algunos analistas, jefes de las firmas encuestadoras y politólogos, Maduro crece en la intención de voto. El pulso callejero, sin embargo, vocea otra cosa.

     Si nos apegamos a las evidencias, las que podemos recoger a través de las redes, mientras María Corina Machado concentra multitudes a su paso por ciudades, pueblos y caseríos, el candidato del Psuv, pasea solo, y, como lo expuso en un trino la cantante Soledad Bravo, asemeja al oso que baila en un circo pobre, desangelado y sin audiencia. Cabe preguntarse, ¿por qué se afanan en mostrar unos números tan ajenos a lo que los ciudadanos vemos? ¿Son traidores, caballos de Troya que buscan deformar la realidad para anticiparse a un fraude electoral? ¿Son honestos y solo pretenden alertar a los jefes de las organizaciones políticas?

     No lo sé... En este país, descreído y polarizado, resulta difícil saberlo. Sin embargo, si estudiamos su conducta antes y después del 22 de octubre, hallaremos datos que bien podrían ilustrar sus intenciones y, consecuentemente, acercarnos a una respuesta.

     Antes de las presidenciales, cuyo éxito fue menospreciado desde antes que tuvieran lugar, primero se mostraban cautos, demasiado; y luego, escépticos, aun irónicos. No apostaban mucho por la participación ciudadana en ese proceso. La comisión encargada de celebrarlas, presidida por un hombre serio, Jesús María Casal, estimó alrededor de un millón novecientos mil votantes. Votaron unas dos millones y medio de personas, a pesar de las limitaciones. Si bien se esperaba su triunfo, jamás se creyó que la ingeniera Machado obtendría más del 90 %. Gente que hasta recién la acusaba de divisionista y extremista votó por ella. Sin dudas, si bien no su triunfo, sí sorprendió el número.

     En su discurso, algunas encuestadoras y uno que otro analista la han acusado, aun antes de ser el portento político que es hoy, de propiciar la división y la abstención, y de querer imponerse sobre los demás candidatos. Me pregunto yo, si en el pasado no congregaba ni al cuatro por ciento, mal pudo ser ella la causa de la abstención que le endilgaban y que, supongo, debió originarse en una decisión de cada ciudadano (seguramente desconfiado y desesperanzado). Ahora repiten lo mismo, y de nuevo, le endosan infinidad de pecados, aunque sí, con más cuidado. Cabe preguntarse entonces, como un derecho ciudadano, si esas encuestadoras son honestas o si las mueven otros intereses menos cristalinos, como, por ejemplo, favorecer una cohabitación beneficiosa para algunos sectores. Por lo tanto, bien puede uno plantearse si sus cifras no se originan en una animadversión hacia la dirigente de Vente Venezuela o en la necesidad de crear un ambiente propicio para legitimar lo que a la vista del más lerdo luce improbable.

     Materializado el triunfo abrumador de María Corina Machado el 22 de octubre, comenzó una campaña para promover una candidatura distinta a las propuestas en las primarias, porque la de ella, y cito una frase muy usada entonces, no era potable para el régimen (confesión de la propia pusilanimidad o desvergüenza). Además, no escatimaron en ofensas y suposiciones que ella fue derribando una a una. Se le acusaba de su excesivo deseo de protagonizar, y, después de acuerdos, en los que su peso, por supuesto, primó (con un respaldo del 93 %, no cabía esperar otra cosa), se eligió, primero, a Corina Yoris, desechada caprichosamente por las autoridades, sin que mediara explicación de ningún tipo; y, de esos estudiosos del ámbito político venezolano, pocas quejas y reclamos ante una conducta desfachatada e inaceptable. Luego, al diplomático Edmundo González, milagrosamente (o por presiones de quién sabe quiénes) actual candidato de la oposición. Se advierte pues, todas las imputaciones en su contra se han ido desmoronando.

     Demostrada la popularidad de la dirigente, aclamada – y léase este término en su genuina acepción - en cuanto lugar visite, y tras un breve silencio, no sé si para repensar sus análisis, vuelven en su contra los sospechosos habituales. Ahora le atribuyen una actitud triunfalista. Cualquier seguidor de ella – y de los demás líderes de la Unidad comprometidos con la campaña – puede constatar que tal afirmación es falsa. Si bien exaltan las concentraciones, y con sobradas razones, tanto para animar la contienda como por su innegable espectacularidad, no son escasos los llamamientos al trabajo por la defensa del voto y a cuidarse del triunfalismo.

     No acuso. Dios me libre de tamaña insensatez, de tal despropósito. Sin embargo, no soy lerdo y en mi vida he leído algunos cuantos libros distintos a los que exigía y exige mi profesión (el derecho), y por ello, puedo decir que tengo criterio propio. Así como señalan algunos, y se apoyan entre ellos; yo puedo hacer mi análisis particular y sacar mis propias conclusiones, y, en lugar de repetir lo que otros dicen (cuya honestidad no es un hecho notorio, exento de pruebas), resaltar conductas – o lo que vendría a ser lo mismo en este caso, hechos – que me permiten opinar como lo hago. Debo recordar, en honor a mi oficio, el del abogado, las opiniones no son verdaderas o falsas. Son solo eso, opiniones.

     Al parecer, hubo y hay una inquina - si no otros intereses más oscuros e inconfesables - de algunos analistas y líderes en contra de María Corina Machado, acompañada de imputaciones, que bien sabemos carecen de fundamento. Tanto su conducta como la de quienes la acompañan así lo demuestran. Quizás hubo y hay, en algunos sectores, temor a la transición y por ello, prefieren estos, una inaceptable cohabitación que mantenga el statu quo. Por ello, mis dudas, como las de cualquier otro ciudadano, no son análisis de botiquines ni tonterías de la galería.   

 

jueves, 30 de mayo de 2024


 

     Vientos de cambio

     «Conozco bien los múltiples disfraces de la fortuna, hasta el punto de prodigar fingidamente sus blandas caricias a los mismos a quienes intenta engañar, para luego abandonarlos repentinamente, sumidos en una insoportable desolación» (Boecio, filósofo romano).

 

Según Vilfredo Pareto (ingeniero, sociólogo, economista y filósofo italiano), el 80 % del resultado procede del 20 % del esfuerzo. Esto se conoce como el principio de Pareto. Tiene infinidad de aplicaciones, pero me interesa su destino político. Se sabe, una minoría detenta la mayor riqueza y, consecuentemente, el poder (entendido como esa capacidad para obrar y generar resultados, sean buenos o malos). Mientras, la minoría se reparte la menor porción y, por ello, su participación en la toma de decisiones es menos influyente (su poder es mucho menor). Asumimos pues, que el esfuerzo de la mayoría no se traduce necesariamente en cambios, aun cuando esta la desee, en tanto la minoría no esté de acuerdo con los mismos. Eso ya lo hemos vivido.

     En Venezuela se perturbó el andamiaje del poder, o, dicho de otro modo, mutaron las correlaciones de fuerzas. Si ayer beneficiaban a la élite regente, hoy parecen favorecer a otros actores. Esto se traduce en una alteración del contexto, y, en principio, es esta la que puede – y así parece ser – reconfigurar la realidad. En otros textos aseguré que una elección sería provechosa si y solo si se lograba la alteración del statu quo, de modo que los factores decisores optaran por otros resultados, que, en el caso que nos atañe, no es otro que la derrota de la revolución y la anhelada transición. Al parecer, finalmente ocurre.

     Puede decirse entonces, que el sufragio es ahora una herramienta ventajosa porque su resultado real puede ser garantizado a pesar de la inexistencia de instituciones que lo garanticen. Los factores de poder, entre los cuales se cuentan otrora defensores del proceso revolucionario están contestes en la necesidad de transitar de una nación colapsada a un modelo más eficiente, capaz de reconstruir la institucionalidad democrática y de generar progreso sustentable. Por ello, prefieren apoyar otras opciones distintas a la desgastada élite revolucionaria. Antes, no lo era. Y, debe decirse, lo es hoy no porque la cabeza de la oposición sea María Corina Machado, sino porque la esperanza que ella representa suma voluntades, incluso en sectores que hasta recién la despreciaban y que, sin dudas, pesan en la creación de una realidad adversa al gobierno.

     Tenemos pues, por primera vez en mucho tiempo, una recomposición efectiva de las circunstancias sociopolíticas, de las relaciones entre los distintos grupos, así como de las facciones de poder. El voto puede ser la herramienta que en estos veintitantos años no pudo ser.

Cabe destacar la importancia de la defensa del voto antes, durante y después de las elecciones, como lo han venido haciendo algunos dirigentes y organizaciones no gubernamentales. Sin embargo, encaran ellos, los mandamases, una verdad al parecer inobjetable. Aun si la revolución hurta la voluntad de los ciudadanos, como lo hizo Pérez Jiménez en noviembre de 1957; sin pecar yo, de triunfalista e irreal optimismo, todo parece indicar que, invariablemente, el fin de la revolución es una decisión inapelable. Tal vez, como una excepción al principio de Pareto, necesaria para corroborarlo, sean las masas el fuego que en esa fragua que son las minorías, se forje la decisión y se concrete otra realidad.   

     Creo yo, que el gobierno está al tanto de su precariedad y que su derrota es solo cuestión de tiempo, sea que lo reconozca en julio próximo o se vea forzado a ello después. Esta es la causa no solo de sus pasmosos desaciertos, sino también de la ferocidad de algunos de sus militantes más tenaces. Ya no encaran una oposición fragmentada y torpe, como en otros años, sino, a un fenómeno político (no electoral), que ha revuelto todos los cimientos del gobierno bolivariano. Lo he dicho antes y lo repito, al tanto está la jefatura revolucionaria de la potencia de este tipo de fenómenos. He ahí la génesis de su enorme temor.

     Las élites, más allá de los mandamases, entendieron que resulta más barato pues, la transición que la conservación del statu quo. En el pasado, vaya uno a saber por qué (aunque lo intuimos), esa minoría decisora se mantenía si no fiel al orden revolucionario, al menos, sí apática y permisiva (aunque todavía hoy, algunos siguen pensando que una posición pasiva es mejor). En cambio, visto el desarrollo de la campaña electoral en ciernes, impulsada por un portento que arrastra voluntades como lodo y barro, un deslave; opta por sintonizarse no con las masas, sino con esa voluntad de cambio que ya luce irrevocable tanto como urgente.

     Al parecer, a la revolución perdió el afecto de los dioses y hoy la rueda de la fortuna no parecer favorecerla con sus mimos.          


lunes, 15 de abril de 2024

 

                


Pelea de Gallos. Leopoldo Méndez. 

Ex dolore ruina ad unitatem redimendam

(Del penoso colapso a la unidad redentora)

 

En medio de una de las más horrendas crisis que hayamos padecido los venezolanos, la oposición se fractura no sin la ayuda de analistas que, aquejados de viejas taras, desprecian la candidatura de quien resultara electa casi por unanimidad el pasado 22 de octubre. Sus razones encierran pusilanimidad o motivaciones inconfesables, o, si les otorgamos el beneficio de la duda, preñadas de un pragmatismo monstruoso. Todavía más, la nación se fractura en pugnas mezquinas, estériles, justo cuando necesita mayor unidad. La incapacidad de liderazgo para conciliar acuerdos perjudica a los ciudadanos, que, a diario, se ven forzados a sortear calamidades y desgracias de todo tipo. Más allá de sus diferencias naturales, que son saludables y en principio nutren las ideas y las propuestas, está la tozudez de todos, el dogmatismo yermo y la intragable soberbia. Conscientes de sus propias deficiencias o no, le hacen la tarea al gobierno.

     Unos y otros, acaso sin percatarse de ello, obvian la esencia de todo esto: la transición. En la mayoría de los casos, muchos se limitan a rascar la superficie, a reflotar en el estanque como los sapos y los nenúfares. No ahondan. Reducen todo a eventos formales cuya realización podría ser estéril, y así lo creemos muchos, o a alucinaciones, como invasiones que no van a ocurrir o golpes de Estado, posibles, desde luego, pero ciertamente indeseables. La transición no depende de la forma como se manifieste, sino de los hechos que ciertamente la materialicen. Las formas son adjetivas a un propósito sustantivo. Votar es tan solo un medio, que, de no asegurarse su finalidad ontológica, como lo es la aplicación efectiva de la decisión de los ciudadanos, quedaría restringido a un acto árido, a un sainete.

     La transición implica más que el cambio de autoridades, lo cual es, evidentemente, un paso más entre muchos otros. Supone una reformulación de la relación entre el gobierno y los ciudadanos, de modo que el Estado pueda cumplir sus fines naturales. No basta acudir a un circo, en el que, eventualmente (no podemos negar que en todo caso es una posibilidad), puedan resultar reelectas las actuales autoridades, y con ello, prolongarse la agonía de los ciudadanos y de la nación. Aunque no nos guste y aunque contraríe la justa causa por la reinstitucionalización del país, esa probabilidad existe.

     El trabajo de la oposición es precisamente ese, aunar esfuerzos y reunir voluntades, aun si tal cosa implica ceder intereses particulares para construir espacios comunes, y ofrecerle a la ciudadanía la anhelada transición (su genuino deseo). Los ciudadanos no desean simplemente votar, sino transitar desde este colapso general hacia un modelo realmente democrático (conforme a la definición académica del término y no a lo que caprichosamente califiquen como tal). Desean sí, que, de ser factible, ese cambio se dé mediante el sufragio. Aunque pueda prestarse a confusión (por un análisis superficial), no es lo mismo ni conlleva las mismas consecuencias.

     Para un sector, basta llegar a unas elecciones, votar, aunque no elijamos, y esperar unos resultados, posiblemente amañados, que, lo más seguro, preserve el statu quo, para que, mágicamente, ocurra un milagro. Entraña ello convertir al sufragio en un rito, en una suerte de conjuro que de la noche a la mañana va a hermanarnos, cuando bien sabemos que seguramente ahonde aún más las diferencias y la perniciosa polarización. Para otro, la única salida es un alzamiento militar y la acción del hombre fuerte, que, de ocurrir, y Dios sabe que esa no es una eventualidad improbable (aunque   indeseable), sería un riesgoso salto al vacío, cuyos resultados, además de desconocidos, podrían empeorar profundamente nuestra ya compleja realidad. En ningún caso, se ha labrado el terreno para cosechar instituciones robustas, y, por ende, desarrollo y prosperidad.

     Debemos todos pues, esforzarnos por reunir al mayor número de actores, que no dudo, aun en las filas del PSUV, estarán preocupados por el colapso de la nación e interesados en su reinstitucionalización (más allá de las diferencias ideológicas). Solo congregados en torno a las coincidencias, aunque sean mínimas, podremos trazar un futuro mejor para nosotros mismos y nuestros hijos y nietos.

     Sin ánimo de parecer parcializado (aunque, lo reconozco, todos, incluido yo, tenemos nuestras afinidades y simpatías), en este momento, el liderazgo de María Corina Machado representa ese fenómeno que bien podría desarticular institucionalmente y sin violencia – al menos de parte de las fuerzas opositoras, y no dudo, de buena parte de los simpatizantes del gobierno – las aspiraciones hegemónicas de un grupo minoritario, radicalizado, ciertamente nervioso (y por ello, sumamente peligroso).

Deben las fuerzas interesadas en el cambio, depurarse, desechar la hierba mala y cosechar voluntades ganadas por un genuino cambio, así como fortalecer no la candidatura de Machado (que no puede deslegitimarse bajo una burda inhabilitación contraria a principios fundamentales del derecho y a la debida juridicidad y a un inaceptable pragmatismo cobarde), sino la voluntad de los ciudadanos, que vieron en ella un liderazgo comprometido más allá de unas elecciones, e incluso, del propio sufragio.

No puedo concluir sin advertir que lo que para unos es una realidad ineludible, para otros es solo pusilanimidad. Que rezongar y ofrecer ofensas no va a ganar votos, sino, por el contrario, agrandar el rechazo y fomentar una abstención que, en estos momentos, no está planteada por los actores políticos relevantes, aunque no falten dedos para señalar a Machado (y a quien critique la solución que alguien cuyo nombre no quiero repetir llamó paz autoritaria). Aceptar las reglas del gobierno, que allende la trampa y el fraude, conculcan el derecho al voto y vacían de su contenido a la institución del sufragio, mal puede llamarse realista. Se traduce solo en una actitud cómoda (ymedrosa ), cuyos resultados trasteamos penosamente los ciudadanos, severamente castigados por el colapso.

Cabe preguntarse, como la mujer del coronel hambreado que nos cuenta García Márquez, qué carajos hacemos los venezolanos mientras de sainete en sainete, de pelea de gallos en pelea de gallos, pasan los días y los años, los malditos veinticinco años de desgracia revolucionaria que cargamos a cuestas, como sus miserias, el coronel y su mujer. Y, lo más crudo, ¿y si pierde el candidato? ¿Mierda? ¿Tan solo mierda?

 

 

lunes, 19 de febrero de 2024

 


 

         

El oro de los tontos

Muchos gambusinos, hombres que abandonaron todo en busca de oro y riquezas, fracasaron en su empeño. Deslumbrados por el falso brillo, no advirtieron que era pirita y no oro su hallazgo.

La verdadera genialidad no refulge, como sí chillonamente las burdas imitaciones del oro. No resplandece. La brillantez solo subyace en la belleza incalculable de las respuestas bienintencionadas y en la humildad de quien las ofrece. En cambio, la mediocridad se nutre del resentimiento viscoso de la escoria humana y la necesidad de la loa y la adulación. Tristemente, mientras unos llevan una vida sin el ruido de los lujos y la aclamación de sus iguales, otros no solo venden su alma al diablo por estas bagatelas, sino que ceban sus egos como el granjero al puerco que matará el sábado.

     En Venezuela abundan los mediocres, y, huelga decirlo, no se requieren para la titánica tarea de reconstruirla. Sin embargo, en un reino plagado de necios banales, solo basta parecer inteligente para descollar. No obstante, sí existen voces verdaderamente sabias, y desde sus modestas tribunas pregonan verdades, esas que avalan los hechos y la contundente realidad. Sin embargo, son opacadas por el ruido estridente de los sandios. Tal vez sea tiempo de decirlo, no necesita nuestro país, inmerso en una profunda crisis, vendedores de humo urgidos del halago. Necesitamos hombres y mujeres que, sin detenerse en melindres propias de quien cuida más sus propias arcas que ofrecer soluciones, tracen derroteros creíbles, ciertamente posibles. Las quimeras, quimeras son.

     Cegados por un cortinaje feo, barato, propio de los tinglados de pueblo, como el de la triste farsa de la que hablaba don Jacinto Benavente, los ciudadanos se deslumbran con el oro de los tontos. No necesitamos piedras de pirita pues, sino genuino oro. Y este es caro precisamente porque no abunda.

 

     De viejos abogados, colegas a quienes ni siquiera imagino tener con qué emularlos, aprendí que antes de responder, es de sabios meditar las respuestas. Las palabras, como la leche, no pueden recogerse una vez derramadas. Y de mi madre, que rectificar, más que sabio, es un acto de honestidad. Sin embargo, a diario hallo en las redes, reducto informativo de los venezolanos, voces precipitadas, irreflexivas y tercas, ciertamente soberbias. Nuestra crisis es grave, profunda y sus raíces trascienden en gran medida a este periodo, sin dudas el pináculo de viejos y graves vicios. Por ello, su genuina solución no puede limitarse a un evento, que, invariablemente, no deja de ser tan solo una herramienta entre otras muchas. Ahondar en la necesaria transición exige sumergirse en las aguas profundas, porque el día siguiente de una virtual victoria de la oposición en las urnas será apenas el comienzo de un camino difícil y azaroso. Las bestias acecharán por doquier para dar su zarpazo, su dentellada.  

 

     Se dice que el hombre, y solo este, tropieza dos veces con el mismo obstáculo, y digo yo, que lo hace porque es, a diferencia de otros animales, el único que peca de soberbia. Los ensayos fallidos más que errores, son enseñanzas. Sin embargo, como los avaros y los pródigos en el infierno de Dante, unos culpan a otros por fracasos que, sin dudas, nos empapan a todos. Es tiempo de meditar, de reflexionar y reconocer humildemente que no hay amos y señores de la verdad y que esta no se resguarda solamente en sus matacanes. Es hora pues, de hermanarnos en una causa común: hacer de Venezuela una tierra de gracia.

     Es tiempo pues, de repensar estrategias, de construir derroteros que nos lleven más allá de unas elecciones, de un evento que, como el humo, puede desvanecerse en la ventisca. Nos alcanzó la urgencia de abandonar posturas obstinadas. Nos corresponde diferenciar la pirita del genuino oro.

 

       

lunes, 29 de enero de 2024

 

Nadie dijo que sería fácil

El liderazgo debe ser faro, luz, pero en modo alguno, caudillo autoritario. Quienes se llaman líderes democráticos mal pueden aspirar a una sociedad aborregada.

Ocurrió. El TSJ sentenció en contra de María Corina Machado. No faltan los necios que, impregnados de una soberbia intragable, se ufanan de haberlo predicho. Nada novedoso ni demostración de superioridad alguna. La propia candidata lo dijo en una entrevista que le concediera a Patricia Janiot en su canal de YouTube. Sobre esto y la repetición cansina de posturas pusilánimes, al parecer escasas (no dudo yo, por el aluvión de votos obtenidos por ella en las primarias), y quién sabe si preñadas de qué otros pecados, vienen al caso algunas consideraciones, necesarias de frente a una lucha compleja.

El 22 de octubre, la ciudadanía expresó mucho más que su preferencia por la dirigente de Vente Venezuela como candidata para las elecciones de este año. En ese deslave de votos, alrededor del 93 %, se lee entre líneas el hartazgo de la gente, su orfandad de cara a una tragedia sin precedentes en la historia reciente de nuestro país, azotado impíamente por variopintos caudillos y jefes de montoneras. Sin embargo, algunos líderes y un grupo de analistas, ungidos por ellos mismos como representantes del pueblo (no su acepción socio-política, sino esa cosa intangible tan manoseada por populistas y demagogos), acusan a otra parte del liderazgo político, tildado de extremista y básico, de haber animado la abstención en el pasado, como si los ciudadanos fuesen tan solo borregos, carentes de criterio propio. Olvidan ellos pues, que la gente no es estúpida y se abstuvo por decisión propia. Arrinconados por una manifestación contundente del electorado, prefieren culpar a otros de la desmotivación que ellos mismos nutrieron hasta el cansancio, y aún hoy lo siguen haciendo con su actitud tan distante de la realidad.  

En una declaración criticada en las redes sociales, en especial en la del pajarito, reducto de la libertad de expresión donde los medios han sido silenciados, dos notorios dirigentes empresariales argumentaban que la transición política no era importante, y, supongo yo, que sí hacer sus negocios. No digo con esto que sean estos sucios, roñosos, cercanos a la ilegalidad. No obstante, sí la encuentro contraria a la ética y a la dignidad humana. Millones de venezolanos sobreviven en la miseria y, por ello, han huido alrededor de ocho millones de personas, mayormente en condiciones deplorables. Mientras dirigentes y líderes trazan sus propios derroteros, la gente repite día tras día un agobiante viacrucis. Por ello, el 22 de octubre pasado, más allá de votar por la ingeniera Machado, el electorado expresó su rechazo, no solo al gobierno, sino a un liderazgo que le dejó huérfano, que le traicionó y le olvidó en un charco de miserias. Y poco importa si es real o imaginario, si es justo o no.

Sin embargo, soberbios, tercos, cebados por sus propios egos, no reconocen sus errores ni haberles fallado a sus seguidores.

Sin la más mínima consideración de las esperanzas ciudadanas y de su voluntad expresada en las urnas, con todas las lecturas subyacentes, se limitan a sugerir otro candidato, sin detenerse en lo obvio: todo aquel capaz de disputarle realmente el poder a la revolución será anulado por cualquier medio, y cuando digo cualquiera me refiero a eso, cualquiera. El gobierno solo permitirá que la candidatura recaiga en un mamarracho incapaz de animar el voto, y por más que griten y llamen a votar, el electorado no lo hará. Esa es una verdad tan patente como lo era la ratificación (inconstitucional) de la inhabilitación de María Corina Machado. E insisto, no culpen de ello a quien carga el fardo, sino a aquellos que perdieron el norte.  

Sabemos, al menos quienes conocemos la ley y como se interpreta adecuadamente, que la inhabilitación para ejercer cargos públicos (una jefatura sectorial en un ministerio, por ejemplo), sanción que en todo caso debe seguir a una sentencia previa de un tribunal en ejercicio de sus funciones y de acuerdo a la legislación vigente (porque cercena derechos, y por ello, de interpretación restrictiva), no es igual a la incapacitación para ser elegido, porque, y en especial en el caso de Machado, sin un proceso penal previo (que ya no se realizó yese hecho no puede subsanarse) no puede cercenarse su derecho a ser elegida ni el de sus votantes a designarla para cargos de elección popular. En todo caso, sin lugar a equívocos y a pesar de las arengas de mercenarios del derecho, la inhabilitación política es una pena accesoria. Sin la pena principal (como, por ejemplo, la que hubiese recaído sobre Hugo Chávez por la sedición de febrero de 1992), no procede ni puede existir la accesoria. Es como una hipoteca sin que haya una deuda que aquella garantice (y lo peor, se pretende ejecutarla). Sobre eso no hay espacio para discusiones.

Cabe aclarar ahora que, en efecto, la ilegal e inconstitucional ratificación de la inhabilitación de Machado era predecible, sobre todo visto el paisaje trazado los días precedentes por altos voceros del gobierno. Su agresividad anunciaba lo que ya hemos advertido. Se ha impuesto el ala radical. Pero, huelga decirlo, nadie dijo que sería fácil. Así las cosas, como dicen los comentaristas deportivos, el juego acaba cuando acaba. Y para seguir con el símil deportivo, he atestiguado peleas en las que un pugilista aporreado hasta los huesos propina un contundente nocaut (Muhammad Ali vs. George Foreman, Zaire, 1974, para citar un ejemplo famoso).

Al contrario de las ofertas pusilánimes y estériles de quienes invocan la convocatoria de un relevista (posiblemente, un candidato flojo, que sin dudas anime la abstención), debe la oposición – y el resto de la sociedad sensata – cerrar filas para crear estrategias eficientes, así como reunir fuerzas que realmente obliguen al gobierno a negociar más que unas elecciones, que serían solo una herramienta entre muchas otras, una transición pacífica en la que participen la mayoría de los sectores y grupos de interés, incluido los líderes del PSUV que reconozcan la necesidad de devolverle a la nación los valores genuinamente democráticos y estén dispuestos a participar en un nuevo pacto para la gobernabilidad y la reinstitucionalización del país.

Dirían algunos, tanto nadar para morir ahogados en Puntofijo.     

domingo, 14 de enero de 2024

 

     




Las meninas al pie del sultán enamorado

Una nación de primer mundo la construyen ciudadanos primermundistas.  

Dieciséis piezas, evocación de las Meninas, ataviadas con elementos propios de nuestra cultura (en especial celebro el homenaje a Deyna Castellanos, una excelente atleta), decoran al municipio Chacao. Sé que, para muchos, el dispendioso gasto contrasta con una ciudadanía depauperada (aun en ese municipio, uno de los más prósperos), y que para otros no se trata de arte. Confieso, mi parecer sobre la creación artística atraviesa varias visiones, varias ideas, y angustiosas contradicciones, la intervención de una obra preexistente, si bien para mí no lo es, otros, artistas verdaderos, sí lo es. En cuanto al gasto dispendioso, si bien reconozco las penurias de tantos, también creo en la capacidad civilizadora del ornato urbano.

     La reducción de nuestra ciudad – soy caraqueño, de esos que por la eterna odalisca y su sultán enamorado siento un ambiguo sentimiento de amor y odio – a una terreno yermo, baldío, plagado de basura y alimañas nos ha rebajado a meros pobladores, y nos hemos olvidado de la condición de ciudadanos e incluso, hemos llegado al extremo de desdeñarla y, acaso, odiar esa cualidad. Caracas, la otrora urbe de los techos rojos, hoy bosque nublado de cemento y hormigón en esta grieta a mil metros sobre el nivel del mar, se ha ido ranchificando y de ser la sucursal del Cielo, no es más que una zanja maloliente entre cerros plagados de casas de cartón. Aquellas urbanizaciones ornadas por apamates, samanes, araguaneyes, jabillos, son ahora meras barriadas malolientes, desdibujadas en un no sé que son.

     Realzar su belleza y, por qué no, a los hijos que con orgullo podemos llamarlos venezolanos (desde el sonero mayor Oscar D’ León y la inigualable Yulimar Rojas hasta la grandiosa pianista Gabriela Montero, indistintamente de sus filiaciones políticas), bien podría recordarnos valores cardinales para el desarrollo de una sociedad del primer mundo: esfuerzo, trabajo, tesón, dedicación, amor propio, entre tantos otros que hicieron de ellos los hombres y mujeres exitosos que recogen su provechosa cosecha.  

     Mientras escribo esto, escucho el Canon de Pachelbel y el Adagio de Albinoni (dos piezas musicales de excepcional belleza), y no puedo obviar el alimento del alma. Mientras unos, necios, deliran con obras ciclópeas que por lo general quedan en promesas incumplidas, pequeñas cosas bien pueden embellecernos la vida y, lo crean o no, civilizarnos cada día un poco más. Si a usted le agrada su casa bonita, limpia y ordenada, ¿por qué no su ciudad y su país? Tal vez resulte odioso para muchos, pero de nada sirve la espectacularidad del Ávila (me resisto a darle ese nombre politizado, que más persigue un fin proselitista que la reivindicación genuina de nuestra identidad nacional), si a sus pies yace una porqueriza.

     Sé de las grandes carencias de una ciudad y de un país gestionados para arruinarlos, pero reconozco el poder civilizador del ornato público, y aunque detesto las dictaduras, y por ello la del general Pérez Jiménez (sin ser tan obtuso para no reconocer los beneficios de tan deplorable régimen), convengo que la transformación del espacio físico civiliza y hace de la gente ciudadanos.