viernes, 17 de noviembre de 2023

  

   Adentrándonos en aguas agitadas

Se podrá decir de alguien cualquier eufemismo que justifique sus errores y vicios, pero sus actos siempre se explican por sí solos.

Quizás, no hemos abordado la crisis debidamente, y, como los cometas errantes alrededor de los planetas, solo orbitamos en torno a la crisis. No deseo empero, descalificar otras opiniones, en tanto que, aunque mejor fundamentadas unas que otras, son solo eso, y, por lo tanto, tonto sería tenerlas como verdades, y por ello, me atengo, dentro de lo posible, al análisis de los hechos.

     Sabemos bien que la esencia del gobierno revolucionario (epíteto endilgado por sus más altos jerarcas) es un tema controvertido. No voy a incluir a quienes abiertamente abrazan la causa. Me limito a quienes, dentro de los diversos grupos opositores, creen que es tan solo una gestión deficiente, acaso envilecida por una depredación escandalosa de los dineros públicos, y quienes, tildados por ello de radicales, lo consideran una dictadura e incluso, una con vocación totalitaria.

     Viene al caso pues, zanjar esta incógnita. Sé que para muchos pensarán que se reduce a meras opiniones, y que, por ende, apegado a planteamientos lógicos, carece de solución. Sin embargo, si leemos el enunciado de la Declaración de Independencia estadounidense, veremos que sí es posible calificar un régimen político objetivamente, y que de esa valoración depende su legitimidad y el derecho ancestral a desconocer su autoridad (razón que justifica de iure la independencia de los pueblos americanos). Si nos hacemos pues, las preguntas pertinentes, entonces podremos resolver esta interrogante.

     Las crisis políticas son como los tonos grises, que varían entre el blanco y el negro. Si bien unas se originan en la gestión negligente o errada del Estado, pero que en modo alguno representan una amenaza para la alternabilidad democrática (prevista en la constitución como uno de los elementos definitorios del gobierno), otras tienen su origen en la voluntad autocrática de los jefes, que con maniobras ilegítimas no solo cercenan la posibilidad de alternar al gobierno, sino que concentran el poder político (uno de los atributos del Estado) en una persona o grupo.

En el primer caso, aun cuando la popularidad del mandatario decaiga estrepitosamente, no perderá su legitimidad y en todo caso el propio sistema ofrece mecanismos razonablemente eficaces para generar cambiar a los gobernantes. En el segundo, la actividad del gobierno se orienta esencialmente a la preservación del poder, sin importar si sus actos son ilegales y aun criminales, y, por ello, no solo pierden la legitimidad que eventualmente pudieron tener por su origen democrático, sino que la gestión gubernamental y la respuesta del Estado a las exigencias ciudadanas pierde interés, con el resultante colapso de las funciones propias del Estado y del gobierno.  

En uno y otro caso, el tratamiento no puede ser el mismo, ni las estrategias para resolver la crisis, las mismas.

Antes de continuar, viene al caso aclarar que el derecho es una ciencia y por ello, está subordinada al método científico. Tiene reglas y formas, tiene principios bajo los cuales se interpreta el Estado de derecho. No basta pues, que un organismo, aun si se trata de uno de los tres poderes públicos convencionales, en nuestro caso, la cabeza del Poder Judicial (el TSJ), emita dictámenes y decrete medidas, sino que, como órgano técnico, está subordinado a la juridicidad y, desde luego, al Estado de derecho. Podemos decir por ello, que el respeto por ambos concede la legitimidad indispensable al gobierno para ejercer la autoridad.   

Viene entonces al caso hacerse preguntas cardinales, cuyas respuestas deben ceñirse a las circunstancias, y, en modo alguno, a las opiniones. Distinto del periodo comprendido entre enero de 1958 y febrero de 1999, con sus faltas, el Estado de derecho se respetaba dentro de márgenes razonables, hoy por hoy, cualquier examen jurídico de la actividad gubernamental de los últimos veintitantos años desnudaría la violación sistemática del Estado de derecho, de la ley y de las mínimas normas de convivencia democrática.   

¿No existe un juicio ante la Corte Penal Internacional por la perpetración de delitos de lesa humanidad? ¿No se suman los informes de variadas comisiones multinacionales sobre violaciones sistemáticas de los derechos humanos? ¿No se ha cuestionado gravemente en los foros internacionales competentes la independencia de los distintos Órganos del Poder Público? ¿No han migrado, por variadas razones, millones de venezolanos, aun por caminos inadecuados? ¿No se han violado normas procesales penales en los juicios contra los presos políticos, y no se cuentan alrededor de 300 personas acusadas de sedición y traición a la patria sin que medien un mínimo de evidencias para procesarlos? Son más, y estas, solo unas cuantas preguntas. No puede responderlas el gobierno con un repugnante positivismo, semejante al que permitió las Leyes de Núremberg.

Para unos, entre ellos medio centenar de gobiernos verdaderamente democráticos (cuya definición como tales tampoco procede del capricho de los intérpretes), las respuestas a esas preguntas, basándose en los hechos, deben responderse afirmativamente, y, por ello, el régimen revolucionario perdió su legitimidad de origen. A la luz del derecho contemporáneo, el gobierno venezolano ha violado sistemáticamente tratados internacionales suscritos por la República sobre Derechos Humanos y principios democráticos (Carta de San Francisco, Carta de Bogotá y un largo etcétera que incluye el Estatuto de Roma), y que por ello se tiene como ley aplicable en Venezuela.

No podemos concluir sin hacer mención al colapso causado por políticas erráticas, el dogmatismo, la política internacional del compadrazgo y, desde luego, el descarado y ciclópeo latrocinio, acaso comprable con el que manchó al régimen liberal amarillo durante la segundad mitad del Siglo XIX.

Entiendo que los altos funcionarios del gobierno defiendan su legitimidad y su derecho a ejercer la autoridad. Sin embargo, no podemos los venezolanos, ignorar estas interrogantes, estas consideraciones de hecho, que, en todo caso, justifican y legitiman el allanamiento de una solución cuanto antes sea posible, porque, y he aquí un hito determinante en este asunto, la alternancia no solo peligra realmente, sino que, en lo que parece ser una estrategia para hegemonizar el poder, el gobierno aspira eliminarla de facto, aunque de iure exista (apenas como una probabilidad ciertamente remota).

No creo que el atajo del golpe de Estado sea pertinente, como sí lo creyó en su oportunidad el expresidente Chávez. Por lo contrario, me opongo al mismo, porque más que una solución a la crisis, es un salto al vacío, que por lo general acaba en órdenes mucho peores. Sin embargo, a diferencia de tantos, no solo considero al voto tan solo como una herramienta para dirimir diferencias colectivas, sino que además la tengo como una bastante deficiente (aunque la mejor de cuantas hay, o, para hacer uso del sarcasmo de Winston Churchill, la menos mala). Creo pues, que el sufragio, y no el voto, es una institución eficaz dentro de un contexto jurídico-político favorable.

Hoy, emerge un fenómeno político potente, poderoso, que, como no ocurría en años, despierta la esperanza y, dadas sus características particulares, propicia el reacomodo de fuerzas, la alteración del statu quo, y, por ende, las circunstancias políticas para que, distinto de otras ocasiones, el sufragio cumpla su cometido, si se hace, por supuesto, el trabajo necesario, que es ciertamente azaroso, pero hoy mucho más factible que antes.   

miércoles, 8 de noviembre de 2023

 

     Las horas oscuras

     La luz siempre brilla en algún lugar, pero, a ratos, no queremos verla porque su destello es tal que hiere los ojos.

Sordos, aturdidos por el ruido de sus arengas, no entienden la realidad. Necios, ignoran los jefes su exigüidad de frente al encono de una sociedad agobiada. Ciegos, no advierten los nubarrones acerados que anuncian tempestades, y que, desamparados, sufrirán la inclemencia del clima. No enmudecen y, hundidos, vociferan arengas estériles. No asumen pues, que hay tiempo para festejar, pero también para el luto que impone el fracaso, y que la rueda de los dioses no se detiene jamás, y como en un momento se goza de las mieles del triunfo, en otras, se deben tragar los frutos más amargos.

     Sus obras, más desesperadas que lógicas, se pierden en un oleaje fuerte, poderoso, una marejada indetenible. El hartazgo desenamoró a sus seguidores, y aunque les resulte doloroso, una cuchillada trapera en las sombras, hoy se reúnen alrededor de una nueva esperanza. Su brillo enceguece a los mandamases, que, en sus concilios, traman sus fullerías y como las vacas el forraje, rumian sus desgracias.

     El peso irremediable de sus acciones se vuelve contra ellos, y en sus delirios, culpan a los otros, piden clemencia. Señalan con el dedo inquisitivo sin darse cuenta que están frente al espejo, que sus escupitajos, viscosos, los regresa el viento. Ya no convencen. Por lo contrario, sus promesas, vacías, solo despiertan la ira de quienes ayer les creyeron y hoy vagan como espantajos en un erial. Su tiempo pasó, y perdido el afecto que otrora les prodigara el pueblo, ya solo les resta aplastar, fusil en mano. 

     Aconseja mal esa ambición colmada por el resentimiento y el revanchismo, por esa sucia necesidad de vengarse. Por ello, como las bestias arrinconadas, son ahora más peligrosos. Su ceguera y sus lazos les impide entender que es tiempo de retirarse, antes que sus condiciones sean aún menos favorables. Su hambre insaciable, su avidez y su odio hacia un sector les enrarece el alma y, en las horas difíciles, les hace aflorar su pequeñez, y con esta, sus más oscuros manejos. Al final del camino, cuando mengua todo y todos huyen como las ratas del barco zozobrante, los jefes, desesperados, se niegan a ver la luz.

     De su soberbia y de su dogmatismo, de su desidia para gobernar y de su apuro por adelantar una revolución, resta el colapso, despojos de una promesa hecha jirones por la fiereza de quienes, sin interesarse por la solución de los males, solo saciaron su afán de venganza y su rencor. Cosechan pues, las tempestades que sembraron.   

 

     Como la coz del burro

La señora Rosario Murillo, esposa del dictador nicaragüense, se autoproclamó como cabeza del tribunal supremo de ese país. Si no fuese trágico, sería una bufonada. Desnuda pues, la progresiva separación de la realidad de quienes detentan el poder hegemónicamente. Inmersos en sus propias mentiras, no solo llegan a creérselas, sino que se alienan. Le ocurrió a Gadafi y también a Hussein. Le ocurrió a Hitler y a Mussolini. Y ninguno de ellos sobrevivió a sus delirios.

     El liderazgo venezolano, y en especial el que rige a la nación desde hace un cuarto de siglo, no es ajeno a ese embeleso. Si bien no han alcanzado los niveles grotescos de la dictadura nicaragüense, ya enseñan sus desvaríos. Si es cierto o no, lo ignoro, pero un periodista reportaba en estos días del severo reproche de Maduro contra personajes de su entorno por judicializar las primarias. Tal vez, seguros de su poder, y de los medios para infundirle terror a la ciudadanía, algunos hayan llegado a creer que la hegemonía es real y no lo que ciertamente es, un espejismo, una ilusión pasajera que tarde o temprano se desvanece.

Repudiados por una ciudadanía que creyó en ellos y hoy se siente defraudada, estos malqueridos recurren al terror para asegurarse su preeminencia en el poder, como Hamás lo hace para infundir miedo en la gente. Sin embargo, bien porque hartos y sin mucho que perder se olvidan del miedo o porque advierten los ciudadanos su superioridad numérica frente a los mandamases, en algún momento alzarían sus voces en una queja contundente. Eso fue justamente lo que ocurrió el 22 de octubre y ninguna sentencia puede borrarlo.

Hubo un grito ensordecedor, pacífico y civilizado, pero también rebelde e iracundo. Ese hecho, por más que deseen revertirlo con decisiones absurdas, ocurrió, y lo sensato, sin lugar a dudas, es su cabal entendimiento. No hacerlo, a estas alturas, ya resuena como los aullidos de un loco, uno que anuncia su propio fin.

Dicen unos que puede decretarse la suspensión de los efectos de ese evento, pero, en este caso, no es menos insensato que suspender la demolición de una casa que ya se derrumbó. No se trata pues, de un acto administrativo, como lo sería la designación inconstitucional de un funcionario por parte de un ente manifiestamente incompetente, sino de un hecho, cuyos efectos no son jurídicos, sino políticos, con todo lo que ello supone.

Intenta un sector del gobierno, entomizarse, sin asumir, como no lo hicieron sus predecesores en 1998, el hartazgo de la sociedad hacia un liderazgo rancio. Tanto como entonces, la ciudadanía desea un cambio significativo en la conducción del país, y, nos guste o no, sea bueno o no, de hacerse los sordos, el estruendo será de tal magnitud que no podrán desentenderse, que no podrán acallarlo. No entienden ellos que estas son horas para retirarse, porque los dioses ya no les son favorables y la buena fortuna ya no les acompaña. Si realmente fueran demócratas, ya sabrían que en la oposición también se tiene poder.

Se alejan de la realidad y se encierran en sus fantasías, pero aquella siempre acaba por patear, tan duro como la coz de un burro o el patadón de un canguro. Intentan borrar los hechos, como si tal cosa fuese posible. Tal vez digan que no llueve, o que el calor abrasador no es tal. Sin embargo, por más que intenten transforma en verdad una mentira dicha mil veces, las escorrentías calle abajo no cesan ni dejamos de sudar.  

Reconocer la derrota no denota debilidad, sino sabiduría.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

 

     Por las trochas que llevan al desbarrancadero

Somos amantes de la improvisación y del atajo, tanto como de la grandeza alcanzada sin esfuerzo, sin sacrificio. Miramos de lado las menudencias, esas que, pese a su pequeñez, se acopian como los modestos ladrillos de la más portentosa muralla. Nuestros líderes, espejo de nuestra índole, arengan epopeyas, y, tanto como nosotros, desdeñan el trabajo tesonero. Somos pues, hijos de la molicie y fervorosos devotos del boato.  

     Por ello, las arengas de un gárrulo artero no solo calaron hondo en una población tan dada al milagro, al obsequio inmerecido de los dioses, cualesquiera que sean, sino que deformaron las mentes de quienes hasta recién hacían del conocimiento un instrumento al servicio de la inteligencia. Encantados por palabras huecas, elevaron a los más altos cargos de la República a felones, cultores de alevosos personajes, cuyas vidas grandiosas siempre han importado más que todo y que todos. Merecedores del rechazo, en lugar del desprecio, bañaron muchos sus egos minúsculos con loas repugnantes, y les hicieron creer pues, que eran ellos, caudillos providenciales.

     En estas horas, servidas en lujosas copas, como suele servirse el veneno, se acobardan unos, y ocultos en sofismas, nos emponzoñan con sus aguijones. Hay pues, días para el diálogo, y como hiciera Nuestro Señor en el templo, tiempos para el enojo, la indignación y el reclamo airado. Atentos a sus arcas, confunden la civilidad con la pusilanimidad. Y yo, en este rincón solitario, me atrevo a conjeturar que sus razones hieden.

     Enseñan sus dientes filosos, sus garras, y, sin embargo, muestran su miedo. Se aferran al poder, como garrapatas cebadas al cuero del ganado, porque en la intimidad de sus secretos, saben que, entre todos los lujos, ese es, justamente, el que no pueden pagar. Ignoraron una verdad de Perogrullo, y afanados por hegemonizar, olvidaron que también se tiene poder en la oposición. Su miedo, real y patente, no se debe a la eventual pérdida del poder, sino a la posibilidad cierta de su extinción. Rarezas como el peronismo argentino son solo eso pues, singularidades.  

     Ante el inminente encontronazo, inevitable si realmente deseamos superar esta crisis, mientras el gobierno aterroriza como Hamás al mundo, parte del liderazgo ignora el poderoso ariete con el cual cuenta para demoler las murallas tras las cuales se esconde, y, acobardado por las bravuconadas de un perro viejo, opta por el inaceptable sometimiento, acaso uno de los rostros más execrables de la violencia.

     No son estos tiempos fáciles, y, queramos o no, en el horizonte se avizoran nubarrones acerados, y los destellos violáceos en sus recovecos, como el estribillo del himno de los liberales, anuncian la tempestad por venir. La sabiduría está pues, en ese discurso seductor, que, como el canto de las sirenas, incite a la revolución a preferir naufragar en las aguas de su intolerancia que a desvanecerse como el humo breve de una fogata. Seguramente, los sobrevivientes podrán hacer de la causa algo mucho más sabio, más provechoso.

     Lo sé, no es este, el atajo, el sendero fácil que tanto desean algunos. Sin embargo, es el mejor para garantizar, más allá del trágico presente, una plataforma robusta para impulsar el desarrollo y la prosperidad que anhelamos.

martes, 24 de octubre de 2023

 

     El ariete de los ciudadanos

Las murallas de Troya las levantó el mismo Apolo, y un hombre, Odiseo, halló el modo de sortearlas.

Necesitados de creer, voceros del gobierno minimizan el rugido de la ciudadanía. Sin cualidad para ello, alegan fraude, y según uno de sus más procaces portavoces, solo participaron unas 600 mil personas. No obstante, como otras tantas veces la realidad coceó a los sectores opositores, en esta ocasión le correspondió a la revolución recibir su zurriagazo.

     No lo dudo, intenta el gobierno, con arengas vacías, contener el daño mediático, y hacerle creer a una minoría que la oposición no se ha robustecido y que María Corina Machado no es el portento que ciertamente es. No creo que las acusaciones se materialicen y que la cháchara sea más que solo eso, contención de daño frente a una audiencia mermada. No creo pues, que se busquen complicarse las cosas más de lo que ya las tienen.

     La votación rebasó los dos millones de votos (se estima alrededor de 2.3 millones), mucho más de lo esperado por la Comisión Nacional de Primarias (vale felicitar y reconocer su encomiable esfuerzo y su abnegada dedicación). Buena parte de esa participación ocurrió en zonas populares, tanto en Caracas como en el interior. Ya sabemos que la dirigente de Vente Venezuela obtuvo más del 90 % de los votos, lo que la posiciona como la líder indiscutible de la oposición. No es buen augurio para el gobierno, que hoy debe enfrentar no solo una voz potente, contundente, sino, además, un fenómeno político. Saben los revolucionarios, de primera mano, lo poderosa que es esa conexión emocional.

     No se requiere ser un experto en asuntos políticos y sociales para comprender las causas de su éxito. Aborregado el liderazgo, por pusilánime o desvergonzado, ensoberbecido y tozudo, y sin dudas rechazado por los ciudadanos, recoge ella pues, la esperanza ciudadana de recuperar la libertad. Representa pues, el profundo rechazo hacia la gestión revolucionaria y al comportamiento mostrenco del liderazgo opositor. Negarlo no solo resulta tonto, sino también explosivo.

     Venezuela pisó fuerte, gritó a voz en cuello y exigió ser escuchada por líderes sordos, encerrados unos en su desmedida necesidad de preservar el poder, y otros, en los libros, en sus ensayos y en sus egos abultados, cuando no, en sus mezquindades. Hoy, no solo se impone el liderazgo de María Corina Machado, sino que, frontal como es, no será ella un contendor cómodo, sumiso, aborregado, como el que desean. No representa ella a un liderazgo alienado, que, excusado en un pragmatismo nauseabundo, solo ofrece acatar las exigencias del gobierno, porque es esa la cruda realidad. Encarna ella esa voz estridente, silenciada por mercaderes políticos, esa voz acallada por tanto tiempo y que el pasado 22 de octubre se manifestó pacífica y cívicamente, pero también con rebeldía y coraje. Esa voz que sin lugar a equívocos ordenó reacomodar las fuerzas.

     No soy tan ingenuo y bien sé que en las filas revolucionarias su nombre les causa escozor, cuando no, un encono viscoso. Sé que harán lo indecible para silenciar ese rugido poderoso, atemorizante. Y no dudo que los náufragos de siempre, parásitos que consumen los recursos de los venezolanos, se sumen en esa campaña inmunda. No obstante, tras la firma del acuerdo de Barbados, y lo más importante, las oportunas aclaratorias del Secretario de Estado estadounidense, cabe preguntarse si la revolución puede pagar el precio.

     Vienen días difíciles. El gobierno, por primera vez en muchos años, encara riesgos reales de perder el poder, quizás el único lujo que no puede pagar. Los náufragos, esos que desnudó tan bien Mirtha Rivero en su libro, participarán del convite revolucionario, y no lo neguemos, algunos necios que, prejuiciosamente, la desprecian por la cuna en la cual nació, sin mirar el trabajo tesonero que existe detrás de su triunfo, no demorarán para apalearla. No podemos pues, quienes aspiramos más a la libertad que a defender nombres, abandonarla. Ella puede ser, y ciertamente es, ese ariete que derribe las murallas tras las cuales se ampara la revolución.  

    

      

martes, 3 de octubre de 2023

 

                La banalidad perversa

A veces, el avieso ni siquiera sabe que lo es.

     Abruma la superficialidad de unos, si es que, concediéndoles el beneficio de la duda, son realmente triviales. Amparados en un pragmatismo nauseabundo, exigen de la ciudadanía una conducta ofensiva para quienes su vida se ha transformado en un viacrucis. No somos muchos lo suficientemente indolentes como para olvidar el sufrimiento de tantos. Su poquedad pues, repugna.

     Calificándose como neutrales, y, ensoberbecidos, ungidos por un aura imaginaria que les hace creerse superiores, recurren a eufemismos, sofismas y otras engañifas, para falsificar la verdadera naturaleza del gobierno revolucionario. No se trata de opiniones, que podrán estar mejor o peor sustentadas, pero en modo alguno considerarse verdades inobjetables, sino del inocultable colapso nacional y de las denuncias concretas sobre la violación sistémica de los derechos humanos y la depredación de las arcas públicas y. Son ellos pues, voces sombrías que, tras un discurso maniqueo, esconden su incuestionable malignidad.

     Priman sus propios intereses, y, parafraseando a Lenin (que, en eso, tenía algo de razón), optan por ganar dinero, aunque para ello deban negar las satrapías, y, de algún modo, venderle al verdugo la soga con la cual habrá de ahorcarlos. Inmersos en un culto repulsivo al dinero, a quien lo tiene y a la apariencia de ser exitoso, solo cuidamos cuánto se colman las arcas, y no los medios para hacerlo, por lo que, si es sucio, por las razones que sean, poco importa. Solo interesa que un sector pueda hacer sus negocios, aunque estos no redunden en beneficio de todos, como, ciertamente, ha ocurrido y ocurre.

     Venezuela colapsó, y en medio de la desolación y las ruinas, la ciudadanía padece penurias indecibles. La pobreza salpica a casi todos y, a pesar de las palabras de algunos, no son las sanciones su origen ni las causas principales de su agravamiento. El deterioro nacional contrasta con la obscena ostentación de dinero de una minoría. Pero no es solo la miseria que ha empujado a casi ocho millones de personas a huir por caminos peligrosos, sino la destrucción del Estado de derecho, y la consecuente institución de prácticas horrendas, cuyo perdón se le hace a muchos ofensivo.

     Sin embargo, no faltan voces que, animadas por la palabrería barata de charlatanes, apelan al pragmatismo, y con este, a esa cohabitación siniestra. Con frases rebuscadas, aparentemente preñadas de bondad y sensatez, se vende un régimen corrupto, una conducta propia de leviatanes. Para que unos pocos puedan hacer negocios, enriquecerse y ostentar su éxito, que otros carguen la pesada cruz de un país perdido en su propia banalidad perversa y en la cruda miseria. Que otros lloren a los muertos, a los torturados y que sean otros a quienes el hambre les muerda las tripas.

     Asombra y repugna la idiotez maligna de quienes vuelven la espalda a millones de venezolanos cuyo futuro se fue por el caño, y que, demoradas las urgentes medidas para superar la crisis por la mezquindad de unos cuantos, deberán pagar con mayores sacrificios el pesado fardo de una gestión fallida y corrupta.

      

    

miércoles, 27 de septiembre de 2023

 

                Del pragmatismo a la complicidad

 

     Sin un mínimo de empatía por los deudos de las víctimas y sin calzar las sandalias desgastadas del que atraviesa su viacrucis, no pocos analistas incitan a la mansedumbre servil. Se nos dice, en trinos muy ilustres, bien redactados, palabras más, palabras menos, que importa un bledo la opinión de las mayorías, y que nos aborreguemos a la voluntad de ellos, élite signada por la buena fortuna. Ajenos a las desgracias que millones de ciudadanos aquejan cotidianamente, son ellos, el gran elector de antaño.

     Más de siete millones y medio de venezolanos han huido, y muchos lo han hecho en condiciones deplorables. Si se prolonga esta tragedia que ya suma un cuarto de siglo, ese número crecerá más. Mucho más. El resto, más que resilente, apaleado y exhausto, sobrevive entre los escombros de una promesa. Desmantelado el Estado de derecho, del Estado solo queda un terreno yermo, un lodazal plagado de espantajos. Sin embargo, detrás del pragmatismo, subyace un discurso cobarde. Si son duras estas palabras, mucho más lo es la mala vida de tantos, similar a la de los personajes de las novelas distópicas.

     Sin pudor, con la desvergüenza de las rameras, se le pide a una población que ha dado tanto a cambio de tan poco aceptar las infames e infamantes condiciones de quienes han sodomizado al país. Se nos pide renunciar, de antemano, a la mejor oportunidad en años, y que nos conformemos con aquel que el mandamás desee, con ese que, sin lugar a dudas, se rendirá mansamente, en aras de una paz deforme como Calibos o el titán Polifemo.

     ¿Son yerros los suyos pues, o, acaso, son sus pecados aún más oscuros?

     Los números de aquí y de allá nos revelan una fuerza avasallante que, usada adecuadamente, podría ser ese deslave que arrase los cimientos de la revolución. No crea que llamo yo a revueltas callejeras y disturbios sangrientos, sino a una potente voz que, tronante, penetre el ánimo de quienes han apuntalado este desvergonzado proceso revolucionario. No crea que es esto, un delirio, porque, azuzados por ese caudal de reacciones bioquímicas que determinan sus emociones, el miedo, la vergüenza e incluso, el temor reverencial a la Muerte, que indefectiblemente nos besa a todos, han lavado sus pecados a través de actos redentores.

     Se desea una salida pacífica y, preferiblemente, electoral. Ahora cuentan las fuerzas opositoras con un ariete, un torpedo que golpee a la revolución por debajo de la línea de flotación. Sin embargo, las mezquindades de unos y las trapisondas de otros podrían destruir esa ventaja real que hoy se cimienta sobre el apoyo de una incuestionable mayoría. Cómplices, ocultan detrás del pragmatismo, plagado de moscas zumbonas, su deseo inconfesable de alentar una cohabitación repugnante. Sabrán ellos sus razones.