lunes, 27 de marzo de 2023

 

     Ad tergum Roman

(de vuelta a Roma)

No ha sido el desarrollo humano un camino plácido. Por lo contrario, mucha sangre, mucho sudor y muchas lágrimas enlodan un camino indeciso, que, zigzagueante, busca ascender por pendientes escarpadas.

     El gran salto de la vida nómada a la sedentaria alteró el curso de la historia, y con esto significo el del desarrollo del hombre como especie, aun en aspectos tan básicos como su alimentación. Si antes colectaban variedad de bayas, vegetales y frutos, y cazaban distintos animales; con el sedentarismo, redujeron su dieta a lo que cultivaban y criaban en sus comarcas, a las cuales estaban atados. Sin restarle importancia a este hecho y tomándolo solo como ejemplo, las transformaciones en la vida cotidiana de los seres humanos cambiaron drásticamente toda su existencia. Los asentamientos humanos, si bien forjaron la civilización, y trazaron un sendero para el florecimiento del conocimiento, encadenó al hombre a sus tierras, y por ello, al concepto de nación. Crecieron pues, aquellas primeras colonias, no muy distintas del campamento pasajero de alguna tropilla de cazadores y recolectores, hasta convertirse en ciudades y reinos e incluso, los grandes y poderosos imperios.

     Hoy por hoy, se nos habla de cambios, de modificación de paradigmas (como lo fue el nomadismo frente al sedentarismo hace una centena de siglos), pero no asumimos, pese a la literatura existente y su difusión por destacados analistas, la magnitud de estos ni de sus consecuencias, así como tampoco su vertiginosidad. Alvin Toffler no solo advertía que los cambios eran sólo comparables con aquellos resultantes del advenimiento de la civilización («El shock del futuro». 1970), sino, además, su creciente aceleración. Por su parte, el historiador israelí Yuval Noah Harari se atreve a afirmar que el homo sapiens podría encarar el fin de su supremacía como especie («Homo Deus». 2014).

     Parece duro, y lo es. Sin embargo, luce inevitable. 

     En algún momento del siglo pasado, seguramente las décadas siguientes al término de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1945, la humanidad dio un salto cuántico, uno que antes sucedió, en efecto, pero demoró cientos de miles de años, pero que ocurrió para nosotros con tal rapidez, que una misma generación la ha experimentado. Somos pues, los que estamos vivos, testigos de transformaciones que, más o menos de la misma trascendencia, en otras épocas tardaron decenas y cientos de miles de años.

Si miramos atrás, la aparición del hombre pensante demoró cientos de miles de años de evolución. Desde entonces hasta la revolución agrícola y el inicio de la civilización transcurrieron unos 60 mil años. La antigüedad pudo extenderse por unos cuatro o cinco mil años, desde las primeras civilizaciones políticamente organizadas hasta la caída de Roma en occidente, en el 476 d.C. La Edad Media duró mil años. Sin embargo, la edad moderna no superó los 500... Sea como sea, el desarrollo, si bien no ha sido lineal (ni plácido), ha ido acelerándose vertiginosamente, y hoy, quienes nacimos antes de 1980 nos encontramos frente un mundo tan distinto de aquel en el cual crecimos, que podríamos sentirnos como los miembros de una tropilla de cazadores y recolectores inmersos de súbito en alguna ciudad de la antigüedad. Por eso, no entendemos nuestra propia realidad, y tercamente nos aferramos a aquella que, aunque muerta, es la única que conocemos y nos ofrece seguridad.

     A esa vertiginosidad de los cambios nos cuesta adaptarnos, y es por ello que advertimos una obstinada resistencia a lo inevitable: la muerte de la permanencia y la certidumbre, y el advenimiento de una realidad cambiante, dinámica y, sin dudas, incierta. Poco importa si la queremos o no, si nos gusta o no. No es en gran medida, esta civilización nuestra, un acto de la voluntad, sino, el resultado inesperado de un descollante desarrollo tecnológico que pareciera superarnos.

     Si queremos armonizar las relaciones humanas, tenemos que repensar sobre qué paradigmas se edifica esta nueva realidad, inédita e inhóspita, y, para muchos, émulo de aquel Nuevo Mundo que encontraron los conquistadores europeos en el siglo XVI. No será fácil ni incruento. Para infinidad de personas, aun el mundo desarrollado, es esta incapacidad para adaptarnos, una enfermedad, una que Alvin Toffler llamó «el shock del futuro» (Ob. Cit.). Y como el individuo estertóreo que se resiste a su inminente muerte, no son pocos los que con fiereza se aferran a un pasado igualmente moribundo.

      Nos aferramos pues, millones de seres humanos, a un cadáver insepulto, que, como todos, acabará putrefacto y agusanado.

     Ese mundo feneció, y, pese a lo desagradable y desconcertante que nos resulte, hoy nos encontramos perdidos en una realidad que podría ser para muchos de nosotros, distópica.

     Creo yo, que, entre tantos paradigmas emergentes, uno destaca sobremanera: la transformación del concepto íntimo de nación y la relación del sujeto con su nación.

     Dijo Ortega Y Gasset, «soy yo y mis circunstancias». Somos pues, todos nosotros, hijos de una cultura y una familia que arrastran tradiciones, lenguajes, creencias, valores... Son referentes pues, que en cierto modo nos definen como individuos, como forjadores del progreso cultural. Sin embargo, el desarrollo de medios de comunicación masivos, como la TV global y el internet (y con este, las redes sociales); el mundo, otrora un lugar inmenso, devino en lo que Marshall McLuhan llamó «aldea global». El mundo es hoy eso, una aldea, un villorrio minúsculo en el cual las personas se desplazan a la velocidad de un «clic».

     Las migraciones no son novedosas. Roma cayó por esas invasiones bárbaras que de a poco fueron penetrando los limes del Imperio, solo que hoy, a diferencia de aquellas, ocurren tanto física como virtualmente, y a una velocidad mucho más atropellada. Las fronteras que hasta recién resguardaban culturas de la «contaminación extranjera» se desvanecieron como el humo en la ventisca. Y esas oleadas humanas arrastran su cultura a un nuevo espacio, como los bárbaros, a la antigua Roma y los moros, a España. Ya lo dijo Mario Vargas Llosa en una entrevista hace ya algunos años, la globalización amalgamará los elementos valiosos de cada cultura en una suerte de civilización planetaria. No podemos negarlo, son las redes sociales grietas en esas murallas nacionalistas, y, a través de sus resquicios, cada vez más grandes, se ve la intimidad de los pueblos. Se conocen mejor – y directamente – sus verdaderos valores, y a ratos, algunos seducen con sus innegables encantos, como la libertad que ha venido pregonando, con éxito, Europa.

     Decía John Lucaks que el nacionalismo había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial («The end of the Twentieth Century and the end of the Modern Age. 1992), y los eventos posteriores a su término así lo evidenciaron. Sin embargo, podemos afirmar que no resistió la aparición del internet. Lo que no pudo la bomba atómica, con su fuerza devastadora, lo pudo el internet. Vemos jugadas nacionalistas, como la de Putin y la de China, y la resistencia a lo que bien llamó Francis Fukuyama «el fin de la historia» (frase que el filósofo estadounidense tomó de Hegel), pero resulta indiscutible el triunfo de occidente. Y si bien Occidente también se transformará y recibirá influencias de otras culturas, es irrefutable la presencia occidental en la configuración de esa «supercivilización» que, emulando al antiguo imperio romano, podríamos llamar ecuménica. El verdadero triunfo de Occidente, creo yo, se materializará cuando la humanidad se amalgame en una sociedad que, sin desdeñar las tradiciones y valores de cada pueblo, reconozca algunos universales sobre los cuales construir un orden ecuménico, y todo apunta a que son esos los que Hegel anunciaba como el gran triunfo liberal después de la batalla de Jena (14 de octubre de 1806).

     He aquí pues, el busilis de este asunto. Si bien encaramos retos trascendentales, para empezar, nuestra propia supremacía como especie, el cambio climático y sus riesgos implícitos (entre los cuales, no cabe descartar una guerra global), la dignidad del ser humano, creo yo, que uno de los más notorios, y quizás cardinales, sea la decisión entre la civilización ecuménica y la fragmentación cada vez mayor en minúsculas naciones. La paz planetaria depende de ello.

     Por un lado, pulsan las fuerzas egoístas presentes en toda comunidad para fragmentarse en naciones más pequeñas, localistas y provincianas, ciegas a l realidad del mundo contemporáneo, y, con ello, la posibilidad de guerras menores que vayan escalando a otras de mayor escala hasta quizás, aquellas impensables; y por otro, la creciente necesidad de reconocernos como una sola nación, la humana, y la consecuente configuración de un orden ecuménico, como el que, sin dudas, han perseguido infinidad de pensadores desde el colapso de Roma en el 476 d.C. Por un lado está el fantasma de la guerra y con este, la llegada de las miserias que siempre trae consigo, y por otro, la renuncia al concepto tradicional de nación, fuertemente arraigado en el ideario de cada persona en este vetusto planeta, pero, a ciencia cierta, un camino confiable para garantizar la paz.

miércoles, 8 de marzo de 2023

 

                Falsos mesías

Empezó la Cuaresma. Con cenizas en la frente, aceptamos que somos sólo polvo, un instante en la inmensidad del todo. Y es pues, esta época del año, propicia para reflexionar sobre nuestra pequeñez. Aun la de aquellos que se creen intocables.

     Cada uno de nosotros, y en especial los católicos, tenemos la obligación de mirarnos en ese espejo que es la propia consciencia sobre uno mismo, sobre lo que somos, nuestros defectos y debilidades y también nuestras virtudes. Es tiempo para volcarnos hacia nosotros mismos, y en la Pascua de Resurrección, renacer desde nuestras cenizas como mejores personas.

     Ignoro si el liderazgo político venezolano cree o no en alguna confesión religiosa. Sin embargo, indistintamente de la fe, es propio este tiempo para meditar sobre los errores, los desaciertos, las opacidades y las maquinaciones de espaldas al ciudadano, y asumir la cuota de responsabilidad que en todo este tinglado bufonesco, aunque ciertamente trágico, recae sobre sus hombros. No es mentira que ellos, encerrados en sus dogmas, han crucificado a la mayoría de los ciudadanos, y estos, descalzos, a diario, salen con sus cruces a cuestas.

     Soy hombre de fe. Soy católico, y en la medida que me lo permiten mis debilidades, practicante. Por ello, entiendo esa conversión del espíritu. Y si bien no deseo, ni debo, señalar a nadie, exijo de ese liderazgo, ese que dice representarme (aunque no sea así), se avoque a la resolución de un conflicto que ya ha consumido vidas, unas que se han ido apagando por la desidia para atender sus dolencias y sus necesidades básicas como Dios manda y la justicia reclama, otras asesinadas impíamente, y otras más que en la soledad de sus mazmorras se han ido enamorando de la Muerte. Reclamo pues, una conducta coherente, y, sin lugar a dudas, ética.

     Este tiempo de conversión e introspección debería invitarnos a todos a reconocer la trágica realidad en la que viven millones de personas, azotadas por las miserias que la estupidez y la desvergüenza han sembrado, y los más débiles, cosechado. Ayunemos – y por esto me refiero a abstenernos de alimentar al ego – para lavarnos de un pecado capital que nos consume: la soberbia. Seamos humildes, y no solo nosotros, que a diario nos enfrentamos a una crisis de dientes filosos y grandes garras, que de la esperanza hace jirones, sino ese liderazgo que espera del ciudadano sumisión. Por un momento, calcemos los zapatos del prójimo, y sigamos sus huellas, para reconocer que son muchos los que padecen miserias indecibles.

     Estas horas son tristes, luctuosas. Lloramos a los caídos, para recordarlos, algunos ciertamente arrancados de este mundo demasiado pronto, pero también para tener presente la malignidad reinante, donde las víctimas son olvidadas en sus sepulcros y en sus gayolas, mientras la fiesta de unos pocos escandaliza y, sobre todo, ofende. Lloramos para recordar que el tiempo, para muchos, es un lujo impagable.

     Es tiempo pues, para meditar sobre los errores, y desde luego para enmendarlos. La soberbia solo ofrece placeres mundanos, esa fama que, así como viene, también se marcha. La soberbia solo aviva la polarización y la pugnacidad entre hermanos. Sin embargo, cegados como están todos por sus dogmas y la inmensidad monstruosa de sus egos, no verán sus pecados, sino los del otro, y sobre una ciudadanía agobiada por la crisis, arrojarán las culpas y demandarán de ellos, fidelidad carente de criterio.

     Tal vez sea tiempo para buscar otras luces, que, en medio de una noche oscura y borrascosa, sirva de faro. Quizá sea el tiempo de desnudar falsos mesías.       

jueves, 16 de febrero de 2023

 

                Las aguas profundas

Se anunciaron la fecha para la celebración de las primarias en el seno de la oposición. Se llevarán a cabo, si es que no recrudecen los encontronazos entre las distintas facciones, el 22 de octubre de este año. Según una encuesta informal – y recalco este hecho – llevada a cabo por la periodista Shirley Varnagy en la red Twitter, María Corina Machado y Benjamín Rauseo se alternaban en la preferencia de los votantes. Capriles y Rosales aparecían definitivamente rezagados en ese sondeo. No le doy mayor crédito, justamente por su natural informalidad (no pretende ser un análisis serio de la intención de voto), pero números más, números menos, se corresponde con otras realizadas por firmas especializadas. No me sorprende. Sobre todo, si tomamos en cuenta que en otros estudios que la toman en cuenta, la opción «ninguno de los anteriores/no me gusta ninguno», es justamente la que las encabeza. Acerca de esto, Moisés Naím en su ensayo «La revancha de los poderosos» decía que la antipolítica se nutre de sí misma y encierra a las sociedades en un círculo vicioso del que resulta difícil salirse.

     En todo este tinglado, semejante más al de la antigua farsa que nos recitara don Jacinto Benavente que al debate político serio que ciertamente necesitamos los venezolanos, la verdad subyacente, desde las elecciones de 1998, suerte de causa inmediata de una muerte anunciada por una enfermedad crónica de vieja data, es que en estas tierras se arraigó la antipolítica como la maleza en las haciendas arrebatadas a sus dueños por la revolución.

     En 2019, bajo el clamor popular manifestado en las calles por una muchedumbre deseosa de cambios, se inició el interinato. Después de un intento fallido para deponer al gobierno en 2017, si es que lo hubo realmente, Juan Guaidó, electo presidente de la Asamblea Nacional (electa en 2015 y entonces vigente, aunque anulada de facto) para el último período de la misma, fue designado presidente interino. No nos interesa si ese argumento era o no válido, aun cuando para muchos sí lo era. Interesa ese magma bullente que espera transformaciones profundas, pero que, bajo un aura de honorabilidad e inteligencia (todavía sin demostrarse manifiestamente), han sido pospuestas por razones que lucen opacas, y por ello, para muchos serían la fuente de una profunda y viscosa decepción.

     Para bien o para mal, no lo sé, la ingeniera Machado emerge desde su trinchera como la única voz coherente en todo este circo de payasos decadentes y animales hambreados. Como lo reseñó Ramón Piñango en una entrevista concedida a «Prodavinci», estaría por verse si cumple o no, si no se encierra en un coto de adulones y escucha a quienes le asesoren honestamente y sin miedo a perder su favor. A los fines de este texto, eso no es relevante. Lo es, sin dudas, la razón subyacente del incremento en su popularidad, como lo es el hastío hacia una dirigencia vista como complaciente, si no cómplice de un gobierno fallido, pero, sin dudas, consolidado en su dominio. Ya ocurrió, aunque con sus diferencias, en la última década del siglo pasado, con el intento de golpe de Estado de 1992 y la llegada de la revolución a una jefatura construida sobre un discurso demagogo y violento, mentor de la polarización que hoy nos mantiene fracturados como nación, y a una demoledora campaña de mitos, fábulas y verdades a medias, que en definitiva es otra forma de mentir.

     No vemos más allá de las elecciones, y, aferrados a la idea de que son estas un rito mágico capaz de hermanarnos de la noche a la mañana (lo cual es una quimera propia de majaderos), no nos adentramos en las aguas profundas. Si bien la revolución no inventó nada nuevo, son estas autocracias de nuevo cuño, innovadoras en cuanto a los métodos de perpetuarse, y si bien no desdeñan las viejas mañas, ya conocidas por todos, se valen de las nuevas tecnologías, y de la masificación de la información para sembrar bulos, no con el ánimo de alterar la realidad (lo cual no es simple ni factible en muchos casos), sino con la intención de confundir, de borrar esa línea divisoria entre el mundo de las fábulas y las pendejadas, y ese otro, verdaderamente constatable donde residen la crisis y sus funestas consecuencias.  

     Yo no sé si las dictaduras salen o no con votos, lo cual estaría por verse, pero sí sé que no habrá una genuina transición sin alterar primero el statu quo, de modo que se reconstruya el vínculo entre el liderazgo y la ciudadanía y, desde luego, se civilice la lucha política entre las distintas facciones, para que el diálogo, herramienta cardinal de la democracia representativa, retome su protagonismo sobre el respeto a la disidencia y, en todo caso, al Estado de Derecho, piedra angular de todo orden democrático.

martes, 17 de enero de 2023

 

         ¡Qué se vayan todos!

La antipolítica no solo gana terreno, sino que pareciera sustituir la política tradicional. Ocurre en Venezuela tanto como en otras naciones, aun aquellas más desarrolladas y, en principio, con instituciones más robustas. Ocupó el discurso en países primermundistas como Gran Bretaña e Italia, donde extremistas opuestos al establishment calaron hondo en el electorado: Silvio Berlusconi y Boris Johnson. Este lado del mundo no ha estado exento de la diatriba antipolítica. Estados Unidos pareciera atestiguar una eventual decadencia de su liderazgo con un partido Republicano más atento a hacerse del poder que resolver los serios problemas que atañen a Estados Unidos, mientras la vocería demagógica del ala extremista del partido Demócrata comienza a seducir jóvenes para quienes la Guerra Fría y la extinta URSS lucen muy distantes. Otro claro ejemplo es la popularidad del presidente Nayib Bukele, que, en su lucha contra las maras, al igual que Duterte en Filipinas, ha ganado el afecto de los salvadoreños, aun cuando defeca sobre el Estado de derecho.

En Venezuela la antipolítica igualmente sedujo al electorado, exhausto como estaba de los decadentes partidos del estatus. La malsana simbiosis que desde siempre ha existido entre el sector productivo y el gobierno de turno y un creciente descontento por la depauperación de la población más allá del umbral tolerable, así como el afán reeleccionista y el retorno a Miraflores de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera (este último montado justamente en la antipolítica) sacó del anonimato no solo a un caudillo sin mayores calificaciones para gobernar, sino a grupúsculos extremistas que jamás aceptaron la pacificación y la vuelta al espacio político civilizado del liderazgo que, animados por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, había optado por la lucha de guerrillas como ruta para acceder al poder.  

Si Caldera pateó a su propio partido para venderle al electorado la idea de que los partidos tradicionales traicionaron al pueblo (término desfigurado por todos los populistas), con lo cual obtuvo el triunfo en medio de una votación repartida entre cuatro candidatos sin que ninguno arrastrase a las masas; su gobierno reforzó el liderazgo de un hombre que, distinto de él, protagonista indiscutible del llamado «puntofijismo» (cuya defenestración fue clave esencial de aquel movimiento emergente), sí era un genuino outsider, y portavoz del antisistema. Chávez reunió el descontento y sin dudas un profundo resentimiento alrededor de un discurso devastador, basado en la oposición irracional e injustificada a todo lo que representaba – y lo que no, también – el pacto de Puntofijo, a su juicio, génesis de un contubernio perverso para expoliar al pueblo. Si bien hubo aciertos, y muchos, notorios intelectuales, con el doctor Arturo Uslar Pietri como principal vocero, demolieron la credibilidad no solo de un liderazgo corrompido y pusilánime, sino del propio orden democrático construido sobre ese pacto, demonizado por el otrora jefe de la insurrección militar del 4 de febrero de 1992.

Chávez adelantó y reculó durante su mandato. Sin embargo, sus políticas no ocultaron su voluntad de aniquilar a todo el viejo estamento político y empresarial, ni lo que realmente perseguía esto último, su deseo por entronizarse en el poder. Sin dudas, derrocó en 1998 al viejo liderazgo, ciertamente desviado de la ruta trazada el 31 de octubre de 1958 en la residencia del fallecido expresidente Rafael Caldera en Las Delicias, Puntofijo; y, con maniobras opacas y celadas arteras, también al emergente que hoy, envilecido por un discurso ambiguo y una legalidad confusa, tanto como él mismo, obvia los más elementales principios jurídicos y políticos, y, aun ingenuamente, ayudaron a destruir no solo al Estado de derecho, sino a sí mismo. Para ello se valió de la polarización de las ideas, que, como hemos visto, dividió a la nación en dos bandos, los que le apoyaban y los disidentes, y fragmentó a estos últimos al extremo de impedirles articularse en una verdadera fuerza unitaria capaz de contenerle y, eventualmente, despojarle del poder. Esta polarización no hubiese sido posible si primero no aturdía y aletargaba a la ciudadanía con peroratas cuyo único fin era crear una narrativa conveniente a sus necesidades políticas. Podemos decir que en eso fue exitoso.

         Bien sabemos que Maduro heredó de su predecesor no solo ese discurso populista, sino una nación inmersa en una mitología vaga y confusa, collage de ideas y proyectos políticos diversos, aun irreconciliables, y, sin lugar a dudas, polarizada al extremo de hacer inviable cualquier solución política a una crisis que, fundamentada en una narrativa delirante y propuestas quiméricas (como ese dislate del pago de una deuda social inexistente, que condujo a la ruina nacional), se nos hace cada vez más azarosa y dolorosa de superar.

Sin embargo, asumir que el régimen bolivariano blindó su hegemonía es un gravísimo error, del propio gobierno tanto como de la población en genera.

No es un secreto el colapso de Venezuela y, hecha escombros, empuja a millones de sus ciudadanos a huir a otros países, y los que aún residimos en estas tierras desoladas, enfrentamos a diario la ruina nacional. Tampoco lo es que la antipolítica puede degenerar en una espiral de repeticiones, y, desde luego, la aparición de nuevos caudillos, que, montados en ese mismo discurso, enamoren a los votantes. Por ello, deben todos – debemos – ver los riesgos reales de no obrar inteligentemente y tan pronto como la urgencia nos exige. La antipolítica se nutre de sí misma. 

El grito se escucha en todo el mundo: ¡Que se vayan todos! Las fuerzas de la antipolítica obran por doquier. Mientras unos partidos, otrora vigorosos, se postran y obran improvisadamente, y, como hemos visto en Venezuela, se vacían de contenido; ascienden al poder otros personajes, radicales e inexpertos, y solo entonces caemos en cuenta de que no es todo este alud de desventuras algo pasajero, y que la antipolítica es como una droga altamente adictiva, y que, para sentirse segura en medio de la incertidumbre, la ciudadanía demanda dosis cada vez más fuertes.

miércoles, 16 de noviembre de 2022

 

            De juicios draconianos y la manía de creerse Dios

En estos días reventó un escándalo por la atención psiquiátrica ofrecida en una clínica caraqueña al cantante Chyno Miranda. A través de su presidente, la Federación Médica Venezolana exigió la liberación de los profesionales detenidos por el caso. Por lo visto, la acusación inicial de ejercicio ilegal de la medicina es falsa. Por otro lado, no obstante, diversos testimonios han denunciado el trato inhumano ofrecido a los pacientes en ese centro clínico.

            ¿Quién tiene la razón?

            Tal vez sí ostenten el título, y, en efecto, no practiquen la medicina ilegalmente, como lo señala el presidente de la Federación Médica Venezolana. Sin embargo, no podemos obviar las serias acusaciones hechas por pacientes ahí recluidos, que refieren de un trato cruel. Sobre esto no podemos dejarnos arrastrar por la polarización imperante. Si hubo delitos, que podrían ir más allá de la práctica ilegal de la medicina, debe investigarse y, de ser el caso, condenarse a los imputados en un juicio justo. 

            Las muchedumbres por lo general actúan irracionalmente. Sin embargo, la ley no puede caer en ese tumulto insensato. Su deber es, dentro de lo posible, hallar la verdad (esa que, según la propia ley, logre demostrarse en un juicio). Por ello, ordenar la captura de estos médicos por la presunta comisión de uno más delitos para aquietar a las masas es, de hecho, un atentado a la juridicidad. Los órganos competentes deben investigar y, de ser el caso, los jueces ordenar la detención preventiva de los imputados, garantizándoles siempre los derechos que la ley les concede. Si no, estamos en presencia de una justicia tumultuaria. Esta no es, en modo alguno, aceptable en sociedades civilizadas.

            La degradación de las instituciones y de las más elementales reglas de convivencia social nos ha descendido a este despropósito social que es Venezuela hoy por hoy, y, por ello, reina el caos y la anomia. Ese desdén por las reglas y, sobre todo, por las normas básicas sobre las cuales se cimienta toda sociedad civilizada, nos ha impedido ver más allá del chafarote de turno, del caudillo iluminado, ejecutores de las desgracias nacionales.

            Ignoro si son culpables o no esos médicos, hoy detenidos. Hay historias controvertidas cuyos hechos deben contrastarse en un proceso ajustado a derecho. No es esa tarea de los medios, cuyo trabajo se limita a informar los hechos, sino de los jueces, dentro de un cuerpo de normas que más allá de garantizar los derechos ciudadanos, definen la civilidad de una sociedad que aspira al desarrollo. No podemos arrastrar a este país al lodo mefítico en el que la sensatez y el buen juicio se corrompen bajo oleadas de moscones zumbones. Por lo contrario, debemos rescatar esos valores, esos principios, esas reglas, no solo para juzgar legítimamente a los responsables de delitos, sino para construir un Estado realmente democrático, capaz de generar progreso y de construir ciudadanos, no una masa frenética.

            En medio de la lucha descarnada entre diversos bandos (más de dos, si somos realmente honestos), no nos escuchamos, y, como las masas irracionales, apelamos a los más primitivos instintos, entre los cuales se suma ese de creerse amo y señor de la verdad. Somos pues, jueces y verdugos, y en nuestra limitada visión de los hechos, emitimos sentencias draconianas, sin posibilidad de alzada en otras instancias…  porque cuando nos creemos Dios, es imposible errar.      

viernes, 11 de noviembre de 2022

 De la kristallnacht al asalto a Capitol Hill 

La noche del 9 para el 10 de noviembre de 1938, la comunidad judía recibió el ataque de fanáticos nazis, instigados por el ministro de propaganda Joseph Göebbels. La «kristallnacht» fue una demostración de cuan ruin puede llegar a ser el hombre y de cuanto pueden manipularse las masas. La mañana del 6 de enero del 2020, de nuevo, instigada por la voz irresponsable de un megalómano envilecido por pasiones miserables, como, en efecto, al parecer así lo indican las investigaciones pertinentes, la muchedumbre asaltó el Congreso de los Estados Unidos de América. 

El fanatismo es una potente fuerza subyacente en todas las sociedades, indistintamente de su nivel de desarrollo. No es difícil azuzarlo. Se ha hecho infinidad de veces. Donald Trump lo azuzó en el 2016, y, por ello, ganó las elecciones, y lo incitó de nuevo cuando vencido, quiso revertir esa derrota para él infamante. A lo largo de la historia del hombre, alrededor de cinco o seis mil años si nos reducimos al tiempo que la escritura ha registrado sus quehaceres, líderes y jefes de todo tipo han incendiado el alma de sus seguidores, excitando resentimientos restañados y rencores bien acunados en lo más hondo de sus corazones. 

Chávez lo hizo. Si bien existía entonces una sensación de agobio y agotamiento frente a un sistema liderado por mandamases decadentes, el otrora jefe de este desatinado despropósito político se valió de sentimientos mezquinos y de ese desasosiego generalizado para cimentar sobre tan ruines pedestales su infame liderazgo, y, de hecho, su triunfo en las últimas elecciones confiables, aquellas que ganó en diciembre de 1998. 

Su reinado, porque no puede calificarse de otro modo, se construyó sobre el rencor y el resentimiento, y, desde luego, sobre su hija bastarda: la polarización superficial que hoy aqueja gravemente a la sociedad venezolana (aunque, debo decirlo, también las de otras naciones). Ese mal endémico debe ser sanado, y cuanto antes, mejor… mucho mejor. 

Quizá nos hayamos alejado de alguna solución a la crisis justamente por la perniciosa polarización. En nuestro caso, agravada por la exagerada fragmentación en grupúsculos sordos a toda forma disidente. Cree ser cada quien pues, amo y señor de la verdad y, salvo aquellos que comulgan con sus ideas, no permiten que otras profanen sus torres de marfil. Si no entendemos el juego político de un modo saludable, diáfano, abierto al debate, podrán cambiar los nombres en las puertas de los despachos gubernamentales, pero no habremos resuelto el problema. 

No hay un mesías redentor que venga a rescatarnos de la vorágine revolucionaria. De surgir otro caudillo, como claman tantos, sin dudas sería más de lo mismo, cuando no, una versión mucho más dantesca. Debemos asumir que el diálogo debe plantearse entre todas las facciones, aun aquellas que han ido apartándose del proyecto revolucionario y los que, puertas adentro del propio movimiento, albergan sentimientos parecidos. No solo porque una de las condiciones mínimas para superar esta crisis es la sumatoria de voluntades, sino porque a pesar de la pérdida del afecto popular, aun representa la organización a un número de ciudadanos, a los que, sin dudas, no podemos obviar. 

Aborrezco la expresión «nuestro líder», tan semejante a la repugnante forma nazi de referirse al jefe de aquel despropósito incivilizado, mein führer (mí líder). Y la escucho repicar ruidosamente en el discurso político dominante. Poco importa si se trata de Maduro, de Henry Ramos o Juan Guaidó. En cambio, creo más en una reconciliación con las bases y las voces sensatas dentro y fuera de la revolución que en un redentor, que, como bien sabemos, pronto será una versión más del mismo chafarote que desde hace tanto se pasea por estas tierras.

domingo, 2 de octubre de 2022

 

            Una opinión taimada

Sé que a muchos, a la inmensa mayoría del país, todo triunfo del régimen causa indigestión. Sin embargo, si algo debemos conservar ahora es la calma y la cordura y la disposición a tragar sapos.

Liberaron a los dos muchachos presos. Un intercambio por siete prisioneros estadounidenses. Al parecer, cinco son exfuncionarios de Citgo, y otros dos, uno acusado de participar en actos de terrorismo y el otro detenido en enero de este año, como lo refiere una nota de EFE (recogida por Noticiero Digital). Mucho se ha especulado sobre esto, aun cuando es muy pronto para realizar análisis serios. No obstante, sin pensárselo mucho, la mayoría lo rechaza. Otros, en cambio, anuncian noticias venturosas. En todo caso, no sabemos qué implicaciones conlleve todo esto. Es, como se dijo, apresurado aventurar presagios.

            Sin embargo, sí podemos ver las circunstancias en la que este intercambio ocurre. Lo primero que debemos decir es que el presidente de Estados Unidos, como cualquiera otro, posee la potestad de conceder indultos, y sus motivaciones no tienen mucho que ver con nuestras frustraciones e iras, que sin dudas son solo nuestras. Aquellos que se aventuran a asegurar que Joseph Biden violó la separación de poderes solo escupen su encono, el que, ciertamente, siente la nación. No obstante, es su prerrogativa y como se advirtió, responde a intereses de su nación y no a los nuestros.

            Los dos muchachos, reos sentenciados, no son piezas claves en el concierto geopolítico venezolano, como sí lo es, sin dudas, Alex Saab. Si el presidente Biden lo libera o no es un asunto meramente especulativo. No lo sabemos. Por lo tanto, salvo por el reencuentro de los sobrinos con sus familiares, no es su liberación un tema que beneficie en términos pragmáticos al régimen de Nicolás Maduro, como lo sería la del empresario colombiano detenido en Cabo Verde. Los siete estadounidenses, de los cuales cinco fueron emboscados por el régimen venezolano con ardides poco éticos, de acuerdo a la nota de prensa ya citada antes, no representan tampoco para Estados Unidos un éxito. Si se quiere, hubo un intercambio de prisioneros menores, sin mayor importancia para cada uno de los dos gobiernos. Al menos, eso parece.

            Por ello, asegurar, como lo hace la Agencia EFE, que Maduro ganó en este round es, por lo demás, temerario. Cabe destacar que el tono fue curiosamente parco en la misiva oficial del gobierno venezolano sobre el intercambio. Se limitó a señalar la liberación de «dos jóvenes apresados injustamente», sin detallar sus nombres. No ha habido, cuando menos hasta hoy, mayores festejos, salvo los que supongo tendrán en el seno familiar.

            Quizá tenga razón el senador estadounidense Marco Rubio, de quien no soy fanático, lo reconozco, al mencionar el pésimo precedente que ha ofrecido la administración Biden. No dudo que, pese a la aparente victoria por haber liberado a los siete estadounidenses, de los cuales cuatro eran igualmente venezolanos, el precio sea la derrota de su partido en las venideras elecciones del medio término. No olvidemos que Jimmy Carter, presidente entonces, logró la liberación de los diplomáticos estadounidenses secuestrados por el régimen fundamentalista iraní tras el derrocamiento del Sha Mohammad Reza Pahlaví​​​ en 1979, y, sin embargo, fue derrotado en las elecciones de 1980. 

            No me atrevo a especular. Solo confío que esto sea el preámbulo de unas negociaciones serias, y que el intercambio haya sido tan solo un acto de buena voluntad para que el régimen venezolano retorne a la mesa de diálogo con mayor seriedad de la que hasta ahora ha demostrado. Imaginamos, creo yo, algunos, porque por ahora solo eso podemos, que los canales conduzcan a un acuerdo provechoso entre las partes, uno que no prime los intereses y privilegios de unos cuantos, sino a toda la nación. Creo que tanto los agoreros, cuyo encono es, en todo caso, justificable, como igualmente los optimistas, que supongo también tendrán sus propias razones, adelantan juicios, y que es pues, demasiado temprano para digerir del todo lo que está ocurriendo.