sábado, 3 de enero de 2015

Se acabó el mantel

Nicolás Maduro habló. No dijo nada. O muy poco. Tomando como fuente la nota de EFE, se puede argumentar en primer lugar, que en su alocución dijo que “hay un conjunto de elementos de lo que ya va conformando el programa económico de recuperación de corto plazo, de seis meses que impacte sobre las variables crecimiento, la inflación inducida, (…) sobre la caída del precio del petróleo”. Si lo analizamos, no dijo nada. Prometió, promete, pero no explica… y queremos – exigimos – explicaciones.
            Habló de un nuevo estado mayor, otro más; que entrará en funcionamiento el venidero 3 de enero y que lo dirigirá él personalmente. De nuevo, no obstante, omitió decir cómo y se limitó a ofrecer un programa – que no explicó – desarrollado en tres fases: seis meses, dos años y cuatro años. A mi juicio, pide tiempo, corre la arruga.
            Adelantó, eso sí, un nuevo esquema cambiario, que tampoco definió (y que la empresa privada esperas ansiosamente para organizar sus finanzas). Anunció asimismo la optimización del gasto público, que ya arrancó muy mal con un nuevo mamotreto burocrático como lo es otro estado mayor, que suponemos servirá lo mismo que los otros. También indicó una “reforma fiscal”, cuyos lineamientos tampoco fueron definidos, para saber a qué atenerse, aunque, vista la escasez de dinero, suponemos que será meternos las manos en los bolsillos para sacarnos las cuatro lochas que nos van quedando.
            Anunció “el perfeccionamiento del modelo económico social de distribución de la riqueza y la inversión en programas sociales del modelo socialista”, y que para ello cuenta con los recursos necesarios “en bolívares”, lo que nos lleva a pensar que imprimirán más billetes para repartir dinero con una insana irresponsabilidad. Y lo peor, dijo, sin pudor, que se buscaba “optimizar los recursos para el funcionamiento de la economía real (…) Esto está dirigido fundamentalmente a las divisas”. Reconoce pues que la economía real – es decir, la que motoriza los resortes productivos – depende de divisas, para las cuales no puede prender la maquinita de imprimir billetes.
            Esta última razón motivó el desenlace de unos anuncios que como antes, crearon mucha expectativa para resumirse en más de lo mismo, que no es ausencia de políticas, sino repetición terca de las que han destruido al país, al machacar, tozudamente, que para enfrentar la crisis, “el programa contempla ajustar la eficiencia de las políticas, acciones e instituciones para neutralizar el contrabando, el acaparamiento, la especulación y asegurar el abastecimiento y los precios justos de los productos”, o lo que es lo mismo, más controles y fiscalizaciones, con la consecuente catástrofe económica anunciada por los expertos.  
            Juega con fuego, Nicolás Maduro. Al parecer, atrapado entre dos aguas, posterga decisiones, a la vez que insiste con unas causas bobas para justificar una crisis monumental creada por este (des)gobierno, responsabilizando de ella a otros, llámese Estados Unidos, Barak Obama o una oposición apátrida. Todo indica que se encuentra en medio del fuego cruzado. Por un lado, los pragmáticos prefieren desplazarse al centro, asumiendo reformas que intenten recuperar la credibilidad en la economía del país (totalmente perdida por las políticas adoptadas desde hace tres lustros). Por otro, los dogmáticos insisten con un modelo que sin dudas, ha dejado expuesta su ineficiencia y que fue rechazado, al preguntársele al pueblo al respecto el 6 de diciembre de 2007.  

            Chávez jugó a correr la arruga muchas veces. Tuvo suerte. A Nicolás Maduro simplemente se le acabó el mantel. Como otras veces, Venezuela llega a una encrucijada. La MUD, el PSUV, la oposición no inscrita en la MUD, el sector empresarial y los sindicatos, así como la ciudadanía organizada, están forzados a un gran entendimiento nacional. De otro modo, la crisis los (o nos) arrollará a todos, sin remilgos ni distingos. 

jueves, 18 de diciembre de 2014

¿Mirando hacia al ALCA?

           Aún es temprano para análisis. Por ahora solo hay, gracias a la intervención de Su Santidad Francisco, un acuerdo entre Cuba y EEUU para mejorar las relaciones. Será necesario ver qué ocurre después. Sin embargo, hay lecturas interesantes en un anuncio histórico. Por una parte, Barak Obama hace del levantamiento de un fallido intento por desmoronar los cimientos de la revolución – el bloqueo – una victoria. Le lava el rostro a su país frente a  América Latina y otros necios que han creído la justificación que del bloqueo ha hecho Cuba para lavarse las manos por el fracaso del modelo comunista. Cuba por su parte, a sabiendas de la precariedad económica de Venezuela y la imposibilidad real de seguir disponiendo del dinero venezolano a su antojo, reconoce que no puede encarar otro periodo especial. Busca ayuda en el país que por ahora es el más poderoso del mundo, les guste o no.  
            Algunos analistas han comparado este anuncio con la caída del muro de Berlín. El fin del muro caribeño y de una visión distorsionada de EEUU por parte de los demás países latinoamericanos. Cuba cae, ciertamente, por las mismas razones que lo hiciera hace más de 20 años la URSS: se encuentra económicamente asfixiada frente a la inevitable bancarrota de Venezuela. El gobierno de Washington solo empuja al borracho, para que su borrachera le tire al suelo. Los otros países “aliados” de ese delirio llamado ALBA son incapaces – o las fuerzas internas se lo impiden – de mantener a Cuba como Venezuela lo ha venido haciendo. Creo, de hecho, que de no haber aparecido Chávez en el horizonte, regalando nuestro dinero a cambio de apoyo político, Cuba hubiese transitado este mal trago hace 15 años.
            Con la caída del comunismo en Cuba (o la apertura hacia un modelo semejante al de China y Vietnam) se plantea un nuevo escenario en las relaciones de EEUU con sus hermanos americanos. Abandonar un esquema indudablemente fallido, el bloqueo, lava el rostro estadounidense frente a una región que, quiéranlo o no, necesita unirse frente a los retos del presente, en el que los mercados se definen por bloques regionales. Creo que EEUU no desea ceder a los chinos o incluso, a la UE, los mercados emergentes latinoamericanos. América Latina por su parte, puede encontrar en EEUU un aliado muy poderoso. Y puede que sea ésa la visión a largo plazo del presidente Obama: reconstruir la obra inconclusa del expresidente Clinton: el ALCA. Obviamente, habrá que ver si en efecto lo logra.
            ¿Y nosotros? Eso es tema para otro análisis.

            

martes, 14 de octubre de 2014

Comunismo fascista

         Nicolás Maduro no parece comprender la similitud de su discurso con el corporativismo fascista. Recientemente arengó, impúdicamente, que en el capitalismo la gente estudia lo que le viene en gana sin detenerse a considerar las necesidades del país. No puedo obviar por ello, aquel estribillo que tanto repetía Benito Mussolini (y que constituye la base del totalitarismo): para el fascismo, todo está dentro del estado y nada humano o espiritual existe ni tiene valor fuera del estado.
             Maduro desnuda sin ninguna clase de tapujo su talante autoritario cada vez que imita a su taita político, arengando en alocuciones radiadas y televisadas. Pensar que la gente no debe seguir su vocación y estudiar aquello que el Estado requiere niega de hecho el más grande bien ganado por la humanidad estos últimos dos siglos y medios: la libertad individual. De otro modo, ¿para qué carajos vale la pena vivir? No venimos a ser meros engranes de una maquinaria llamada Estado, como Charlot en “Tiempos modernos” o Winston Smith en “1984”. La vida en los Estados totalitarios es siempre deprimente, sin importar si se trata de una sociedad fascista o comunista.
               Hannah Arendt unificó bajo el totalitarismo a dos modelos que de paso, coinciden más de lo que disienten: el nazismo y el estalinismo. En ambos casos – que hoy trascienden tanto a la dictadura nazi como al horrendo régimen de Stalin – se suprime la actividad de los ciudadanos libres para interactuar en el mundo y en su lugar, se instituye como un derecho del Estado, el desprecio absoluto por los individuos, que dejan de ser ciudadanos para devenir en objetos prescindibles.
              Nicolás Maduro no comprende que el mundo libre no lo es por el capitalismo, que como en el caso chino puede mostrar un rostro espantoso, sino porque es libre. En ese mundo libre, que Maurice Duverger distingue como “occidental”, el ciudadano común goza de liberad para desarrollarse como mejor le parezca. En ese mundo, que coincide con las sociedades desarrolladas, la libertad no es retórica de caudillos, sino un principio esencial que define las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. Y es por ello que una ley, aun un ordenamiento jurídico, puede resultar ilegítimo, aunque haya sido aprobado por los entes encargados para ello, como lo hizo el Reichstag con la Leyes de Núremberg.
      Maduro, como toda la camarilla de conmilitones comunistas que acopió el gobierno revolucionario en estos 15 años, desconoce y aún más, desdeña la libertad individual y el poder ciudadano de hacer lo que mejor crea conveniente para sí mismo. Desprecia la libertad y por ello, su modelo, el comunismo obsoleto y retrógrado, justifica incluso el uso de la violencia contra la gente, que por disentir de sus ideas recibe ataques que llegan aun al asesinato y el encarcelamiento, la persecución y, de permitírselos, la más infame de las conductas políticas, la tortura y el confinamiento a campos de exterminio (como los gulags en la desaparecida URSS, los campos de reeducación cultural en China y Camboya y el horror de los campos para disidentes existentes en Corea del Norte).

            Yo no deseo una sociedad de autómatas que cumplen una función dentro del Estado como si fueran engranes que eventualmente se reemplazan por otros. Deseo una sociedad de hombres libres, como lo deseaba el Libertador Simón Bolívar y toda la intelectualidad ilustrada de su tiempo, y como, ciertamente, lo han deseado las grandes personalidades desde entonces hasta hoy.  

jueves, 11 de septiembre de 2014

La hora del juicio


No es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar

Sé bien que da rabia. Estoy al tanto de las muchas situaciones injustas creadas por este gobierno. Desde la detención arbitraria y encarcelamiento de jóvenes por manifestar su descontento – que de paso, impulsa a miles de ellos a emigrar – hasta las interminables colas para comprar productos cotidianos, como harina de maíz o papel higiénico, sin obviar por supuesto a los presos políticos. No ignoro ni soy ajeno al sufrimiento impuesto por esta revolución al pueblo venezolano.
Como millones también yo me desespero. Sin embargo, no podemos darnos el lujo de perder la razón. Y cuando digo razón no me refiero a esa posición tan soberbia de creer que unos detentan la verdad y otros, no. Me refiero a la capacidad de analizar fríamente la realidad y como reavivar una democracia agónica. Empieza esta tarea comprendiendo que la oposición va más allá de unas elecciones, que ciertamente pueden ganarse o perderse, en sana lid o con trampas. La oposición es el contrapeso necesario en todo orden democrático para que quienes detentan el poder temporalmente no pretendan hacerlo a perpetuidad y sin escuchar a las voces disidentes.
Sabemos que esta gente, desde Chávez hasta Maduro, no negocia. Proceden ellos de grupúsculos – grupúsculos, sí – extremistas que jamás aceptaron la pacificación y que nunca dejaron de soñar con la conquista violenta del poder, emulando a los milicianos cubanos que en 1959 entraron triunfantes en La Habana (para luego depauperar a la nación antillana). Para el chavismo, negociar es una herejía imperdonable. No obstante, también sabemos que, como bien reza el proverbio castizo, la necesidad tiene cara de perro.
El ciudadano común está agobiado por una cotidianidad hostil. El dinero no le alcanza y las pocas horas de ocio, debe destinarlas a aburrirse en interminables colas para comprar productos esenciales o tramitar algún documento, soportando en uno y otro caso las impertinencias de quien cree que la nación toda es un matacán. No hay que ser un taumaturgo o nigromante experimentado para intuir que en efecto, la desesperanza y el hastío popular pueden estallar, con las consecuencias trágicas que ello supone. Imagino que en nuestras Fuerzas Armadas, en las que militan personas inteligentes y bien formadas, ese riesgo es bien conocido. Sobre todo porque de suceder, les tocaría a ellos la infame tarea de contener el caos.
En las filas del PSUV, o del GPP, ocurrirá algo semejante. Hay, de hecho, artículos muy críticos en medios abiertamente afectos al proyecto revolucionario, como Aporrea. En días recientes, una periodista de Últimas Noticias renunciaba al diario con una elocuente descripción de su desencanto. Sé, porque gente razonable la hay en ambos bandos, que, pese a lo pecaminoso que pueda resultarles negociar, para algunos ésa es la única salida posible, ante la irremediable tozudez de otros.
La oposición – la MUD – está obligada a acercarse a esos personajes - que podrán ser aun desagradables - para conciliar una salida incluyente, que acerque a los actores de modo que, en primer lugar, se acuerde detener el proceso totalitarista de un sector, el más radical ciertamente, muy cercano al régimen cubano; se abra en segundo lugar, un genuino proceso de diálogo que permita recomponer el daño político y económico causado durante estos 15 años de gobierno revolucionario, y, por último, se asegure la participación más o menos igualitaria en el venidero proceso electoral del 2015.
No es una tarea fácil. Nadie dijo que lo sería. Sin embargo, llegó para los líderes, la hora de ser juzgados. Como ciudadano no solo tengo ese derecho, sino además el deber de hacerlo. Venezuela no necesita una campaña electoral (que de plantearse en los mismo términos de las anteriores, ganará el PSUV, con consecuencias desastrosas aun para ellos mismos). El país necesita ahora de un gran pacto, uno que, como el difamado Pacto de Puntofijo en su momento, asegure la viabilidad política de la nación. Y para ello urge negociar acuerdos políticos y encarar con seriedad la profunda crisis económica.
Sé que muchos ven con horror una salida negociada con quienes destruyeron al país y se han enriquecido con la depauperación del pueblo. Sé igualmente que la verdadera paz se construye sobre la justicia. Pero, si no negociamos todos, opositores y chavistas, el futuro puede ser muy malo, para ellos… y también para nosotros.


Sin editar

Escuché hoy temprano en Actualidad 90.3 FM a Rafael Simón Jiménez. Fue muy crítico de la gestión de la MUD, de la cual confesó ser parte integrante. Hombre procedente de la izquierda y otrora militante del chavismo y del pensamiento revolucionario, como lo dijo él mismo, aporta al debate político elementos interesantes. Uno de ellos, a mi juicio uno muy relevante, fue que, palabras más, palabras menos, ni Chávez ni Maduro ni ninguno de quienes hoy detentar el poder estaban ni están dispuestos a negociar. Entonces, no queda otra que construir una fuerza que se pare de frente a las aspiraciones totalitarias del régimen y le diga que no a su proyecto, y que, con el carácter suficiente, le imponga una agenda distinta a la que pretenden llevar a cabo, pese a la negativa popular expresada en las urnas el 6 de diciembre de 2007.
Planteó este abogado barinés y quien conoció a Chávez desde que militaban en la Juventud Comunista de Barinas, que la tesis de apostar a unas elecciones parlamentarias debe ir acompañada necesariamente de un trabajo masivo de calle, porque, de otro modo, el gobierno echará dinero a manos rotas, aunque deba endeudarse para ello, de modo que, tal como ocurrió con el “Dakazo” en las pasadas elecciones, recupere votos perdidos que, y es muy importante recalcar esto, no ha capitalizado la oposición. Creer, como lo dijo Jiménez, que el mero descontento mina las bases del chavismo y arrastra votos hasta la MUD es una pendejada mayúscula. Esto sin mencionar el proyecto comunista – palabra que procede de las comunas – que busca crear un parlamento comunal dominado por el partido, como ocurría en las naciones comunistas.
No creo sin embargo, que el tema se centre exclusivamente en los pobres, como lo plantea Jiménez. Ésa ha sido una de las causas fundamentales del fracaso político-económico venezolano. Esta crisis no solo requiere un discurso, una oferta diría yo, viable y que se gane la confianza de la gente; urge además de una gran mesa de diálogo para pactar un proyecto a corto, mediano y largo plazo, en la que el desarrollo sea impulsado no por un sector, sea el trabajador o el empresariado, sino por todos; planteando cada uno sus necesidades y expectativas. Obviamente, el trabajador desea mejores sueldos y el empresario mayores ganancias. Si bien en principio parecen opuestas, estas apetencias pueden bien hallar un punto de concilio en una mesa de negociaciones.
El país necesita primero sanear esta economía maltrecha y luego, robustecerla para crear prosperidad. Eso solo se logra con políticas coherentes y consensuadas que permitan una relación armoniosa de ganar-ganar entre los factores involucrados. El trabajador necesita un salario que le permita afrontar sus gastos decentemente, de acuerdo a parámetros aceptados internacionalmente (capacidad de pago y endeudamiento para adquirir vivienda y sufragar los gastos cotidianos, incluyendo las necesidades de diversión y ocio); el empresario debe ganar dinero para poder pagar esos salarios (que redundarán en su propio beneficio porque la gente gastaría ese dinero generalmente dentro del país) y obtener un beneficio legítimo por su inversión. Se necesita que el dinero circule, que no se represe en pocas manos (como ocurre, que el capital se acumula en el Estado – y por ende lo usufructúan quienes lo administran – sin que la gente tenga realmente acceso a éste más allá de una limosna disfrazada de misión y que sin dudas hace del ciudadano un lacayo). El Estado debe reducir su exagerado protagonismo y fungir más como un mediador, que, teniendo sus propias necesidades, es lógico que cobre impuestos a unos y otros.

El tema verdadero es llegar a esa economía saludable, en la que todos ganen y no solo un sector, sea el Estado, los empresarios o los pobres. Con un discurso socialista – y del más reaccionario – no va a lograrse. Por el contrario, va a empeorar la crisis (porque el socialismo es su génesis). Por ello, la MUD no solo debe ganarse a las clases más necesitadas, como lo planteaba Jiménez (y muchos más), sino también a la depauperada y descreída clase media y, desde luego, a las clases altas en los sectores económicos y políticos, porque solo así se construiría esa gran fuerza que sirva de muro de contención a las aspiraciones de la revolución mientras se logra el cambio de fuerzas en la Asamblea Nacional. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

A paso de Cangrejo

Da asco. Sencillamente repugna escuchar voceros – los mismos de siempre – repetir sus puntos de vista. Por un lado, la arrogancia de una intelectualidad socialista – que pese a su sapiencia sigue anclada en un modelo caduco e inservible -, inundando las entrevistas con frases rebuscadas y derroches de conocimiento, de libros, de cursos… aunque todo eso sirva de muy poco, mientras sigan creyendo que Cuba es un modelo a seguir. Por otro, la igualmente arrogante actitud de los intelectuales demócratas, que formados en grandes universidades y autores de destacados trabajos, desdeñan – porque no ignoran – la realidad que sufrimos los ciudadanos comunes, que a diario salimos a batallar contra una vida hostilizada.
Estoy harto de zoquetes. El país está muy mal. El presidente y su equipo de gobierno se burla de la gente, anunciando un sacudón que solo agigantó aún más la burocracia sin asomos de rectificaciones, como si el país estuviese de maravillas. La MUD, que hoy debía convocar una alocución y desde luego, reunirse para preparar un manifiesto; se limita a decir bobadas, a plantear la solución de la crisis en unas elecciones que ni siquiera estamos muy seguros que vayan a celebrarse ¿Para qué carajos creen que designaron a Elías Jaua como ministro para la “construcción del Estado comunal”?
La situación para mí es muy clara. El ala radical pro-cubana se impuso sobre los pragmáticos. A Ramírez lo mandaron a la mierda (con refinada designación como canciller pero a la mierda). Y con el otrora zar de las finanzas criollas se van quienes planteaban un mínimo refrescamiento de la economía. Anoche, nos guste o no, se planteó sin tapujos la constitución de un Estado comunista (con socialismo y comunas), a pesar de que el país le dijo que no a ese desatino (el 6/12/2007).
Ahora viene la confiscación de la propiedad privada de los bienes de producción (como lo anunció el ahora ministro de las Comunas días atrás). Viene la cartilla de racionamiento (con un sofisticado sistema que hará inmensamente rico a algún boliburgués) y la miseria que el comunismo trae consigo. Señores, este gobierno está transitando desde la democracia (coja y maltrecha que teníamos) a un Estado comunista. Y yo, que al fin de cuentas soy solo un güebón más que debe salir a diario a partirse el culo para ganar cuatro lochas, le pregunto a la MUD: ¿cuándo van a darse cuenta?

Como un simple opinador, porque carezco de las cualidades académicas de quienes desde la comodidad de sus despachos – públicos o privados – se han ocupado de hacer de Maiquetía la única salida imaginable, veo claramente un futuro negro. O bien se alza algún gorila e impone orden por las malas, como ya ha ocurrido infinidad de veces; o la pasividad arrogante de quienes asumieron el liderazgo político permite la instauración del comunismo en Venezuela. Y cuando estemos jodidos, nos daremos cuenta que a la ruina que es Cuba se llega de a poco.    

lunes, 18 de agosto de 2014

El mito socialista

Los ’90 parecían ser la década del fin de la historia y del último hombre, como lo refiere el filósofo estadounidense Francis Fukuyama. El infame muro de Berlín había caído en noviembre de 1989. Años más tarde, en diciembre de 1991, se desplomaba la capital del socialismo: la URSS. China había abandonado los postulados socialistas de la mano de Den Xiaoping, desde principios de la década anterior. América Latina parecía encausarse finalmente hacia la instauración de democracias más o menos robustas. El 2 de febrero de 1992 irrumpió, no obstante, un espanto que, desdichadamente, la región no ha conseguido ahuyentar: el populismo.
Hugo Chávez intentó deponer al presidente (legítimo) Carlos Andrés Pérez. No lo logró en ese momento. Las condiciones sin embargo eran favorables para que, aupado desde cómodas posiciones en sus oficinas de lujo, se iniciase un demoledor discurso no contra adecos o copeyanos, que era lo de menos; sino en contra del sistema democrático que venía instituyéndose desde 1958. Desde aquellos notables, los (autodenominados) intelectuales y muchos políticos (oportunistas) hasta los dueños de medios, no hubo quien no hiciese de Pérez objeto de críticas y señalamientos. Se sabe, no obstante, más que en contra de Pérez y su malhadado gobierno; esas críticas lo fueron contra el modelo democrático, que en esos años (finales de los ’80 y principios de los ’90) evolucionaban a un estado de modernidad que sin dudas afectaron demasiados intereses.  
Pérez cayó en mayo de 1993. Un juicio penal amañado y con escasos fundamentos jurídicos dio al traste con su proyecto modernizador, que, como lo reseña Mirtha Rivero en su obra “La rebelión de los náufragos”, fue la verdadera causa de su defenestración. Nadie deseaba esas reformas en Venezuela. Y por lo visto, en la región existía entonces – y aún existe – una significativa resistencia a esas (aún impostergables) reformas liberales.
El 6 de diciembre de 1998 se inició un proceso de atraso e involución en Venezuela y la región con el triunfo de Hugo Chávez. El líder populista se embarcó en una cruzada antiimperialista (contra E.E.U.U.) de la mano de Fidel Castro. Hoy por hoy, gracias a la participación infausta de los cubanos, de ser objeto de una tutela (al parecer necesaria) por parte de los gringos, pasamos a ser colonia del moderno imperialismo chino.
Han transcurrido 15 años desde la toma de posesión de Chávez. Si no fuese por su muerte como consecuencia del cáncer, seguiría mandando no solo en estas tierras sino además influyendo en el resto de la región (gracias a la chequera aparentemente inagotable de PDVSA). Y su verdadero legado es la crisis económica que corrompe los cimientos de una democracia que fuese ejemplo durante muchos años: la venezolana. Y, acaso en una suerte de efecto péndulo, este caudillo embotado de delirios determinó el paso de los gobiernos sur y centroamericanos hacia un modelo fallido, modelo éste que disfrazado con nuevos epítetos por una propaganda abusiva que en nada envidia a la nazi, no deja de ser el mismo populismo impuesto por Perón y Velazco Alvarado en otras épocas. Basta leer las declaraciones de Chávez celebrando el Libro Azul de Velazco Alvarado en la luenga entrevista que le realizara Agustín Blanco Muñoz y recogida en la obra “Habla el comandante”.
América Latina ha fracasado una vez más. Su obstinación en la búsqueda de una identidad en medio de tantos complejos le ha hecho perderse en un sinfín de majaderías que lejos de contribuir al mejoramiento efectivo de la calidad de vida de sus habitantes, los ha depauperado espiritual y materialmente.