martes, 27 de septiembre de 2011


Al enemigo, ni agua

Los socialistas parten de un axioma: la lucha de clases. Ellos dividen al mundo en clases opresoras y oprimidas. Sin embargo, nada hay más falso. Pudo ser cierta en los tiempos de Carlos Marx y el auge de la revolución industrial pero ya no, cuando existen normas que regulan los derechos de unos y otros. Al menos, en los países capitalistas que ellos tanto critican.
Las leyes socialistas, sobre todo las de Costos y Precios Justos y de Arrendamientos inmobiliarios, se basan en la idea del bueno y del malo, división ésta de la humanidad bastante pueril. Y por ello, hay un especulador, un opresor, un individuo que, como los villanos de las comiquitas, parecen deleitarse con el dolor ajeno. En el caso de la Ley de Costos y Precios Justos, los vendedores, sea el dueño de una gran cadena de almacenes o el bodeguero del barrio, son perversos, bellacos que buscan lucrarse a expensas del más pobre, lo cual no sólo es incierto, sino estúpido. Me perdonan el léxico, pero nadie caga en el plato en el que come.
La especulación – que es real – no dimana de la voluntad maligna de quienes necesitan vender sus productos para pagar alquileres, salarios, nuevas mercancías, impuestos, sino de las distorsiones económicas creadas por malas políticas. Desde siempre, las leyes que han perseguido beneficiar a un sector, acaban por perjudicarlo. Lo que resulta en verdad maligno es ese socialismo trasnochado, que despoja al diligente trabajador para premiar al holgazán negligente.
Regular la estructura de costos es un disparate de magnitudes colosales. Así se castiga al eficiente y se premia al ineficiente, pero ya se sabe, así es el socialismo. El resultado no se hará esperar: escasez y carestía de productos y servicios. Ignorantes como son de las verdades humanas, no sólo pretenden regular todas las estructuras de costos, sino que de paso, aspiran a hacerlo previamente, porque, si se está en el lado opuesto, se es culpable aunque demuestre lo contrario.
Obviemos los ejemplos y destaquemos lo esencial. Mal puede progresar una sociedad que se construye sobre bases tan despreciables, como lo son el odio de unos hacia otros y el resentimiento de quienes poseen menos contra aquéllos que poseen más. Nada más peligroso hay para la paz que fomentar la enemistad entre hermanos. Y el socialismo ha sido eso, desde siempre, la enemistad y el resentimiento hacia otros, porque no hay otro modo de comprender la lucha de clases. 

lunes, 12 de septiembre de 2011


            Realismo mágico

            Todos los días hay dos o tres protestas, me dijo un hombre serio que conozco y que de estos asuntos sabe bastante, y añadió, este hombre, con la calma de quien conversa apaciblemente en un convite, no hay modo que el gobierno gane, y dijo, para concluir, tal vez lapidariamente – si es que meritoria resulta esta palabra –, así que poco importa si la enfermedad es grave o no, aunque leo, hoy, que Manuel Felipe Sierra dice lo contrario, y es también un hombre serio, Manuel Felipe Sierra. Un cronista reseñó hace poco, citando como fuente a la firma Datanalisis, que de ser las elecciones el domingo venidero y Capriles fuese su contendor, las ganaría el presidente. Hinterlaces ha dicho algo parecido.
            ¿Quién tiene la razón? Nadie discute, Oscar Schemel y Luis Vicente León son también hombres serios, conocedores de su oficio. Y no dudo yo, que de encuestas ignoro, que sus razones han de tener, los directores de Datanalisis y de Hinterlaces, para afirmar lo que afirman. Pero, si bien no sé de encuestas, sí tengo ojos y advierto a diario como este país parece irse por el caño como las aguas residuales. No son mis palabras una opinión de este escribidor, que mal puedo endilgarme yo un título más notable que éste, el de escribidor. Se trata en todo caso, de hechos que, como ciudadano puedo notar, porque sí es cierto, a diario hay dos y tres protestas e incluso peor, sólo durante este mes de agosto se han contado más de 500 muertos a manos del hampa desbordada.
            No es sólo el hampa impúdica por impune. Hay además, carestía y escasez de productos básicos, así como un pésimo servicio eléctrico, hospitales y escuelas públicas en estado deplorable, una grotesca e innecesaria dependencia de las importaciones y, por ende, de las divisas, cada vez más difíciles de obtener, desempleo y el resultante incremento de la buhonería y, desde luego, del hampa. Ciertamente, nada en este país parece funcionar, sin que pueda advertirse de los voceros del régimen algo más tangible que la propaganda oficial.
            Me pregunto yo, ciudadano de a pie, cómo puede seguir con una popularidad tan elevada la cabeza indiscutible – por decisión propia – de este gobierno. Y, leyendo aquí y acullá puede uno imaginarse que se trata de una conexión mágico-religiosa o de un enlace emocional. Que supo este caudillo descubrir los resentimientos restañados de una población que, infelizmente, no pide soluciones sino venganza. Pero, como resulta obvio, los problemas en algún momento estallarán. Y ése parece ser éste, que, por razones conocidas, resulta el peor para el líder de un movimiento construido totalmente en torno a su figura mesiánica. Debo decir, que humano soy y he amado, así como se ama hoy, a una mujer, a un caudillo, que ambos por igual pueden decepcionar, en un solo instante puede llegar a odiarse. Creo, humildemente, que está a punto de ocurrir ese momento fatal. Y devastadoras pueden ser las consecuencias de ese súbito odio, que las muchedumbres desbocadas son como el encierro de San Fermín.  
            Dios quiera que todo llegue a buen puerto, que Chávez – o quien le releve en la tarea si ése fuera el caso – compita en las elecciones del 2012 y que este pueblo, de una vez por todas le diga NO al socialismo empobrecedor y mentor de todas estas miserias que hoy apenan la vida de los venezolanos. Pero eso sí, ¡en paz! Que de caudillos e iluminados, con ésta ya es suficiente. 

            Miente, que tal vez alguien te crea

            Todo por y para la revolución. Nada más importa. Ni siquiera la suprema ley de la República: la Constitución Nacional. Por ello, los delitos, aún los graves, cometidos por los revolucionarios, son siempre excusables. Los errores de los opositores, y todavía peor, su derecho a disentir, constituyen el más horrendo de los crímenes. Sabemos, por supuesto, inmerso como estamos los venezolanos en una revolución, no hay peor delito que oponerse a ella. Ésa es la lógica del buen revolucionario. Ya se han visto casos similares antes. Y lo más triste, tantos muertos y tantas penas para que nadie aprenda.
            Escuché al conductor del programa “La hojilla”, que transmite VTV, leer ante las cámaras, un comunicado, suscrito por un grupo “N33”, alegando no sólo la autoría de un delito, como lo es, en efecto, hackear, sino además, las razones por las cuales consumaron su felonía en contra de periodistas reconocidamente opositores al régimen bolivariano. Y obran ellos, los hackers bolivarianos, con tamaño descaro porque para ellos, la revolución lo permite todo. Aún más, creen que sus acciones se corresponden con las de un genuino revolucionario, un auténtico combatiente, que si no logra vencer, arrebata la victoria. La revolución se impone, aunque sea por las malas y a juro.
            Se está al tanto del fracaso del gobierno. Poco importan las opiniones de uno que otro extraviado, que no ven sencillamente porque no quieren ver, incluso si son ellos mayoría. Saltan a la vista las carencias de toda índole que la gente común y corriente sufre diariamente. Sin embargo, para el buen revolucionario, el caos y la ineficiencia no son culpa de los gobernantes que, en efecto, mal hacen su trabajo, sino de los opositores - especie de engendro maligno, según la mitología de la revolución -, que no halagan las grandes obras del gobierno, como si ése fuese un deber patrio, que ciertamente no lo es, y pese a que, de hecho, no halla en verdad nada que enaltecer. Se enfurecen pues, todos estos fieles revolucionarios, porque su discurso, esa monserga ideológica, no cala en la gente, ésa que mientan de a pie.
            No digo que sea el caso venezolano, que cale hondo el discurso opositor, pero no puede negarse, la desesperación de algunos voceros del régimen y las acciones de unos grupos afectos al proyecto bolivariano resultan sospechosas. Y por ello, apelando al apotegma del revolucionario, según el cual la violencia es también un vehículo válido para imponer su proyecto, violan la ley, hackean cuentas en redes sociales y se rasgan las vestiduras porque todos los medios dedicados a la propaganda del gobierno apenas si comen un trozo miserable de esa torta que es la audiencia. Así las cosas, tanto como despojan al ciudadano trabajador para mitigar su ineficiente gestión de gobierno, esperan que los opositores, contrarios al régimen justamente por oponerse a la ideología de éste, celebren las obras – sin dudas, inexistentes – de éste o cualquiera otro gobierno que en vez de atender los reclamos de la gente, empeñe todo su esfuerzo para imponer un modelo ciertamente anacrónico. Mundo bizarro gritarían los angloparlantes, para quienes el vocablo connota un significado totalmente distinto al del español.
            Trata pues de eso, esta acción “subversiva” de ese tal grupo “N33”, acallar las voces que le recuerdan a la gente lo que no es necesario recordar, porque a diario sufre la inseguridad en las calles, el alto costo de la vida y el desempleo, la infame prestación de servicios hospitalarios y educativos… y pare uno de contar, que la lista es larga y sobre todo, deprimente. 

            Los juristas del horror

            Las tropas soviéticas sintieron escalofrío cuando hallaron el campamento de extermino Auschwitz en Polonia. Y eran las tropas al servicio del padrecito Stalin (que ya es decir mucho). Seis millones de judíos fueron sistemáticamente exterminados por las tropas de la SS. Desde 1934, con la sanción de las leyes de Nuremberg, fueron segregados cada vez más, al extremo de prohibirse el matrimonio con judíos, se les despojó de su nacionalidad alemana hasta relegarlos a una condición disminuida y, por último, se les llegó a considerar una peste meritoria de exterminio, como si fuesen sólo alimañas. Digo esto para los que creen que basta sancionar una ley, sobre todo porque entonces no faltaron juristas – muchos de ellos notables juristas – que, en nombre del nacionalismo, engendraron el infausto aparato legal para una monstruosidad como ésa. Y por ello, fueron juzgados posteriormente.
            Si alguna guerra se justificó, y no es fácil esa tarea de justificar guerras, fue la Segunda Guerra Mundial. Muchos europeos vieron con horror lo que Churchill veía con idéntico horror, pero a sabiendas de que era inevitable: la necesidad de contener a un modelo totalitario y hegemónico como el que pretendía imponer Hitler, no sólo en esa tierra que asumió como suya – Alemania -, sino en todo el mundo, de ser posible. Quizá la guerra habría sido menos cruenta si detenían tempranamente al führer. No se hizo y por ello, las hostilidades se prolongaron durante seis años, causando la muerte de 55 millones de personas. Muchos hombres y mujeres murieron para defender la democracia y derrotar al totalitarismo. Aún más, dos bombas horrendas se necesitaron para rendir al último bastión totalitario: el Japón del general Hideki Tojo.
            Se aprendió y de la guerra heredamos todos, aún quienes no la vivimos, un orden internacional nuevo, basado en reglas con contenido mucho más ético, para evitar la sanción de leyes inhumanas, adefesios como ésas, las leyes de Nuremberg. Se aprendió y hoy por hoy, que la OTAN bombardea Libia para ayudar a los rebeldes de ese país a deponer una dictadura de cuatro décadas, cobran vigencia las razones que motivaron el ataque de la OTAN a Yugoslavia: hacer lo que en efecto, era moralmente correcto, si civilizados nos llamamos, ante las atrocidades del régimen de Milosevic. Si queremos decir que hemos progresado política y, sobre todo, moralmente, tenemos que reconocer que esos ataques han sido y son éticamente aceptables e incluso más, exigidos por una sociedad mundial atenta a esas violaciones infames. Son dolorosos. Desgarradores. Pero no imputen delitos a la OTAN por hacer lo que hacer debe, porque sería echar por tierra el sacrificio de 55 millones de personas para detener al totalitarismo.
            Se han escuchado a lo largo de estos doce años de gobierno revolucionario un sinfín de excusas para justificar el uso político de la justicia y la ley. Todas han sido y serán siempre grotescas e infames. Con un discurso prevaricador, se vende como justo lo que mal puede serlo, si tanto como aquel régimen del führer viola leyes e incluso más, principios por los que 55 millones de personas perdieron sus vidas. Se comportan estos juristas revolucionarios como aquéllos que hicieron del régimen nazi una de las más dantescas tragedias humanas. Suena duro y sin duda lo es. Pero no podemos cerrar los ojos ante un régimen cuyo único propósito es confundir al pueblo y al Estado con un caudillo y su visión particular de la realidad.
            Todo parece indicar que más temprano que tarde, este gobierno caerá por su propio peso. No sólo porque pueda verse impedido el caudillo de seguir al frente de este proyecto, seguido más por mercenarios que por verdaderos creyentes, sino porque mal puede triunfar un líder y un equipo que perdieron el control del país y han causado una de las más nefastas etapas de nuestra historia. Habrá elecciones, Dios mediante, pero no parece probable una victoria de este equipo, de esta gente, que, mermada la capacidad de convocatoria del líder, por su ineficiencia más que por la terrible enfermedad que dice padecer, comenzarán a saltar la talanquera sin pudor alguno. Bien sabe el sabio, por la plata baila el mono y por la plata besa la puta.
            Una vez que esta pesadilla acabe, no lo dudo, sin que importe realmente si lo deseo o no, no serán pocos nuestros juristas del horror, que, al igual que sus homólogos nazis, terminen sentados en el estrado de una corte internacional… y puede que algunos de ellos se derrumben al verse condenados, no por los venezolanos, sino por la moral y la ética. 

lunes, 29 de agosto de 2011

Del socialismo y otras mentiras


         
           Mienten Alexander V. Buzgalin y Heinz Dieterich - voceros principales del fulano Socialismo del siglo XXI – cuando atribuyen a este modelo, probadamente anacrónico, virtudes de las cuales carece conceptualmente. Hoy por hoy, se escuchan defensores del socialismo, después de su estrepitosa caída hace veinte años, alegando la justicia y el humanismo de éste, que, por supuesto, ha enamorado a jóvenes incautos, ávidos por comerse el mundo sin pensarse mucho el por qué de las cosas. Sin embargo, el socialismo dista mucho de ser justo y humanista.
        Una cosa es que los defensores del socialismo crean y anhelen un mundo mejor para las clases más débiles. Pero, repitiendo la conseja popular, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. No basta desearlo y decirse adalid de los más necesitados. Hay que ofrecer soluciones reales y, sobre todo, justas. Y por ello, resulta lógico afirmar que mal puede ser justo un modelo que despoja al hombre trabajador y alcahuetea al holgazán.
            El gobierno bolivariano (y supuestamente humanista) viene aplicando políticas que, sin ser necesario conocer a profundidad las ciencias económicas, han ido, de a poco pero con esmero, desarticulando el aparato productor, de modo que en unos pocos años sea todo propiedad del Estado, como lo arenga el Proyecto Nacional Simón Bolívar, al decir, como en efecto lo dice, que se hará – o al menos, se pretende hacer - la transición de un modelo productivo capitalista a otro socialista. Pero, decir esto y decir aquello es lo mismo. No hay otro modelo productivo socialista distinto de ése que concentra todos los bienes de producción en manos del Estado. Basta indagar de qué va el Socialismo del Siglo XXI para constatar que, salvo uno que otro retoque, más que todo cosmético, éste del siglo veintiuno no difiere de aquél socialismo anacrónico del siglo veinte, plausiblemente superado.
            En principio, analizado desde la superficie, como jamás deben ser apreciadas las realidades humanas, suena muy loable, que el adinerado ayude al pobre. Y lo es, hasta un límite, desde luego. Se habla mucho de “justicia social”, pero, cabe preguntarse, qué es la cacareada justicia social. Ulpiano, un jurista romano del siglo I d.C., definió la justicia como “darle a cada quien lo que es suyo y le pertenece”. Nadie, desde entonces, ha conseguido mejorar la definición. Si nos detenemos y ahondamos en los matices del socialismo, se avizoran entonces las aristas injustas del socialismo. Una cosa es la renta progresiva (paga más quien más posee) pero otra muy diferente, quitarles a unos para regalarles a otros. Claro, ya dirán ellos, los socialistas, que el mundo se divide en opresores y oprimidos y que hay, como decía Marx, una lucha de clases, aunque hoy por hoy, esa lucha no sea más que un prejuicio.
            Puede que en 1848, cuando se publicó “El manifiesto comunista”, existiese en cierta medida esa pugna de clases. La industrialización desarrollada desde mediados del siglo XVIII pudo acentuar las diferencias económicas y por supuesto, propiciar abusos de un sector hacia otro, fundado más en las herencias políticas de un modelo basado en castas y privilegios que por motivaciones meramente económicas. Sin embargo, esas diferencias, origen de la lucha de clases, desaparecieron en la medida que las economías liberales adoptaban medidas para corregirlas. Hoy, a Dios gracias, esas diferencias son menores, al menos en sociedades desarrolladas primermundistas. Hay, se sabe, grandes brechas no sólo entre personas, sino, aún más grave, entre países. Tema éste que desde luego, dará qué pensar a muchos teóricos. Una economía socializada sin embargo, no va a solucionar esas diferencias mejor de lo que puede hacerlo  - y ha hecho - el liberalismo. Todo lo contrario, tan sólo podrá empeorarlas. Cuba es un ejemplo de esa imposibilidad real del socialismo para satisfacer las demandas de la gente.
            El liberalismo sigue en pie, con sus imperfecciones. El socialismo en cambio, se derrumbó por sus notorias injusticias, a pesar de sus buenas intenciones. No bastan los buenos deseos, hay que concretarlos en obras plausibles más allá de la propaganda y del manejo prevaricador de los medios y el discurso. El socialismo es incapaz de ofrecer más que retórica y atisbos de buenas intenciones. Y lo es precisamente porque castiga el trabajo y fomenta la flojera. Ninguna sociedad prospera en manos de mediocres.
            Nada hay más injusto que despojar al que se ha esforzado y ha hecho sacrificios para asegurarse una vejez cómoda y una vida mejor a sus herederos, con el propósito perverso de satisfacer las necesidades que otro no ha sabido proveerse. Puede que halla algún elemento fortuito en las diferencias socio-económicas, pero no son escasos los casos de personas salidas de las barriadas populares que hoy son profesionales exitosos y prósperos. Quitarle al rico lo suyo para regalarle al pobre no sólo es demagógico, es una abominación que demuele las peanas económicas de cualquier sociedad. Las naciones mediocres no progresan y quedan rezagadas, rumiando sus miserias y culpando de sus desgracias a las que sí han sabido hacer de sus ciudadanos, gente trabajadora y sobre todo, responsable de sí misma. Pero, no hay duda de ello, los discursos populistas saben sacar provecho de esos resentimientos. Así ocurrió en Italia y Alemania antes del auge de los movimientos fascistas. Así lo hicieron en este país los liberales del siglo XIX y los adecos, en el siglo pasado y hoy, estos revolucionarios.
            La justicia y el humanismo van de la mano. Aunque, si leemos a autores como José Saramago, el humanismo es crudo y despiadado, tanto como la naturaleza salvaje del mundo animal. Sin embargo, digamos que la ilustración francesa del siglo XVIII fue un momento luminoso en la historia. Sobre todo por el trato ofrecido por los hombres hacia sus semejantes. Que lo fue igualmente, la constitución de las Naciones Unidas en 1945. Y por ello, afirmemos entonces que el hombre se ha civilizado y que el término humanista engloba un pensamiento de hermandad (más importante y profundo que de solidaridad). Así las cosas, podemos colegir que no puede ser humanista un modelo que ciertamente atenta contra esencias arraigadas en el hombre, como lo es el sentido de pertenencia (instinto territorialista), sobre productos y bienes que ha trabajado y por ende, ganado en buena lid para sí mismo, para aprovecharlos lo mejor posible.
            Desde un punto de vista sociológico, un grupo aborigen del Estado Amazonas puede regirse por un modelo comunitario. No son muchos en el chabono y todo alcanza para todos. Hasta ahí vamos bien. Una vez crece el grupo, la convivencia comunitaria se complica y la pertenencia colectiva de los bienes se hace imposible. En primer lugar, se advierte que no es un asunto de llevar una vida de éste o aquel modo, sino de la falta de bienes para satisfacer las demandas crecientes del grupo. Suponga que los habitantes de la tribu encuentran una piedra con características particulares que sirve para muchas cosas, es sumamente útil. Pero sólo encuentran una. Al principio, la usarán de acuerdo a ciertas reglas acordadas o incluso, impuestas. No tardará sin embargo, en transformarse esa piedra en un artículo de discordia. Todos la van a desear para sí.
            Hay otro ejemplo. Supongamos que en un salón de clases se socializan las notas de los alumnos. Se suman todos los puntos obtenidos por los alumnos y ese número se divide luego entre el número de alumnos y la nota resultante sería la de todos. Poco importa si estudió mucho o poco. Ya imaginará los resultados del segundo examen. El alumno aplicado se verá perjudicado por la conducta negligente del que no lo es. El resultado de este ensayo salta la vista del más intransigente: termina perjudicado todo el grupo de alumnos. Eso es, esencialmente, el socialismo. Algo tan aberrante no puede llamarse humanista.
            Las sociedades tienden a crecer y hacerse más complejas. Por ello, no se limitan las necesidades, sino que se crean oportunidades. Vale decir, si el grupo crece, éste debe crear, para generar bienes en beneficio del grupo, pero cada cual es dueño de lo que produce y por ello, merece un pago. Relegar esta responsabilidad al Estado supone acabar, como en el caso cubano, repartiendo miseria. Vale decir, ya no alcanzan los productos para todos y, entonces, hay que racionar lo que hay, que cada vez alcanza para menos. Nadie cuida tanto algo como lo suyo y la propiedad colectiva acaba por ser de nadie. Por ello, urge el concurso de los particulares, que, cada uno experto en su negocio, generen bienes y servicios suficientes para satisfacer una demanda que siempre crece, bien por mejora de la capacidad adquisitiva o bien porque demográficamente crece el grupo. Se puede decir que la economía privada fue una consecuencia natural del sedentarismo, al igual que la política. Lo que se siembra o cría es propio, y por ello, hay que pagar. Obviamente, esa misma complejidad económica requirió de nuevas formas de gobierno.
            El ser humano es un animal gregario, vive en sociedad. Y las sociedades se han hecho cada vez más complejas. No en balde, Alvin Toffler ha dicho que estamos ante una época inédita. Una era sin precedentes, que, junto a las otras dos eras anteriores[1], se define como un hito en el curso de la civilización. Hoy por hoy resulta necio analizar y juzgar los fenómenos sociales a la luz de valores anacrónicos. Pretender encontrar en el socialismo respuesta a los problemas actuales es una necedad sin precedentes. Equivale a juzgar la civilización romana con los valores y principios judeo-cristianos.
            Suponer, como estos teóricos socialistas, que la estructura socio-económica contemporánea sigue regida por los mismos principios, valores y circunstancias de la época de Carlos Marx resulta un anacronismo, un empeño terco y pueril por mantenerse en un esquema ideológico ajeno a la realidad actual. El liberalismo, éste evolucionado que rige al mundo hoy, triunfó, y los otros modelos, desde la monarquía absolutista hasta el socialismo son sólo piezas de museo.


[1] Según Toffler, la civilización ha experimentado tres hitos revolucionarios, uno agrícola que se prolongó por 10 mil años, otro industrial que se extendió desde mediados del siglo XVIII hasta nuestros días, que experimentamos la revolución de la información.  

Sobre el totalitarismo y otras aberraciones humanas


El adoctrinamiento es peligroso porque tiene su origen en una perversión no del conocimiento, sino de la comprensión que los seres humanos damos a nuestras vidas[1]. A pesar de ello, aún hoy, existen hombres que pretenden adoctrinar y refundar los valores de una sociedad sobre principios que podrían – y generalmente son – ajenos a ese grupo social. Los nazis y los fascistas en su momento desearon eso, a pesar del innegable fanatismo despertado en las masas por sus líderes. También los bolcheviques. Aspiraban crear un hombre nuevo, pero olvidaron los teóricos de esas corrientes políticas que la libertad es una condición innata del ser humano y que ningún hombre nuevo podría emerger de las cadenas del totalitarismo. No se trata sólo de un mero derecho enunciado por los enciclopedistas, hablamos de un derecho considerado fundamental e inherente a la persona humana. Se trata de un hecho.
            Si uno ve en perspectiva las obras de este gobierno, destaca mucho que entre sus primeras medidas estuvo la de acaparar la mayor cantidad de medios posibles. Si algo ha sido constante en estos últimos doce años han sido, precisamente, las interminables alocuciones oficiales. Y, se sabe, tanto el régimen nacionalsocialista como el modelo soviético, sin excluir, desde luego, al fascismo, se han apoyado no sólo en la exaltación del líder y del monopolio ideológico, sino en el control de los medios de poder, que hoy por hoy , sin obviar otros, como el aparato represor, se confunden con los medios de comunicación social y, por supuesto, la propaganda. Y, paradójicamente, subyace en ese aparente discurso nacionalista la intención de desdibujar la identidad nacional.
            No es casual que el gobierno dedique infinidad de horas al acaparamiento de los medios. Carece de obras que enseñar, más allá de la propaganda. Pero es que su objetivo jamás ha sido la solución de problemas concretos, como el saneamiento económico o la construcción de obras de infraestructura para impulsar el desarrollo. Su propósito ha sido – y es – la concentración de poder en manos del caudillo, para que éste, refugiado en una corte de acólitos de su liderazgo y exégetas de su discurso, despinte los valores tradicionales de una nación que aspira a vivir al amparo de las reglas democráticas. 
            La pluralidad humana es más que un hecho, sin lugar a dudas. No se puede negar hoy por hoy la diversidad de credos y pareceres, de puntos de vista e ideologías, a pesar de la globalización y de la aparente homogenización del pensamiento humano. Aspirar a una sociedad uniforme, creyente en un único credo, luce como una aberración contraria a la naturaleza humana. Y esta pluralidad abarca a toda la actividad humana. Desde las artes hasta la política. Creer que todos pueden pensar y actuar uniformemente no sólo es utópico, sino que es, sobre todas las cosas, una abominación.
            Ésa es la causa fundamental del fracaso del socialismo (así como de otras formas totalitarias de ejercer el poder político). El triunfo del liberalismo, que era ya un hecho consumado mucho antes de surgir el marxismo[2], se basa justamente sobre la idea de la libertad del individuo, idea ésta que se opone plenamente al modelo socialista. Distinto de lo presumido comúnmente, no son antagónicos el fascismo y el socialismo, lo son éstos de la democracia liberal. De hecho, los orígenes del fascismo – el partido de las haces - pueden hallarse en el socialismo, ideología con la cual congenió inicialmente Benito Mussolini.
            El discurso oficialista y, sobre todo, el del propio presidente, se ha nutrido, en principio, de tres vertientes ideológicas: Douglas Bravo y su comunismo panfletario subversivo, agotado desde siempre en este país. El neocomunismo de Heinz Dieterich y su nada novedoso socialismo del Siglo XXI. Y por último, el neofascismo de Norberto Ceresole. De ellos tomó lo que creyó conveniente para su proyecto, que podrá estar claro para quienes como él pretenden atribuir a ideas vagas sobre política y Estado el carácter de un proyecto político, que, sin lugar a dudas, no deja de ser más que una quimera. Y todas estas ideas pivotan sobre el totalitarismo, sobre el desconocimiento de la libertad individual y del derecho santo a ser único. Por eso, después del golpe fracasado, se reunieron en torno al caudillo militar, además de los ingenuos y los sinvergüenzas de siempre, reductos de una guerra de guerrillas derrotada ad-initium y seguidores del general Pérez Jiménez. Gente que, a claras vistas, no congeniaba con los valores democráticos.
            Hoy, de Dieterich ya no queda la amistad del principio y, en su lugar, el filósofo mexicano-alemán ha levantado su voz crítica desde su página www.kaosenlared.com en contra del régimen militar de Hugo Chávez. El neofascista argentino Norberto Ceresole ya descansa en la paz del Señor y si limitamos estos cismas al ámbito doméstico, hace rato ya que Douglas Bravo se deslindó del gobierno y del caudillo. De su modelo, ahora sólo parece restar un mamotreto militarista, con vagos carices socialistas y notorios visos totalitarios. Ya se ha dicho en este texto. Todo régimen totalitarista se cimienta sobre la exaltación de la figura del líder, el monopolio ideológico y, muy importante, el control de los medios de persuasión y represión. Quién no vea elementos como éstos en el gobierno bolivariano, sencillamente no quiere ver la realidad.
            El fracaso actual ya estaba previsto. No puede llegarse a la utopía porque por eso se le conoce como una quimera. Las frases retóricas, muchas de ellas prevaricadoras, no solucionarán jamás los problemas verdaderos de la gente. Pero, trágicamente, dada la inmediatez de los análisis de toda índole que caracterizan al mundo contemporáneo, esa verborrea mema e insustancial ha ido calando y, por ello, la ciudadanía ha degenerado en una masa amorfa y sin identidad que obedece al caudillo. Podría decirse, para emular al Libertador, que el pueblo se acostumbró a obedecer al caudillo, y que, así mismo, éste se acostumbró a mandar. Ha ocurrido en otras latitudes, aún en países más desarrollados políticamente, no serán pues, los venezolanos la excepción a la regla.
            Se corre el riesgo, no obstante, de que Chávez triunfe en diciembre de 2012. No parece probable, en virtud de la magnitud de la crisis que le ha estallado en el peor de los momentos, ahora que padece una enfermedad grave, cuyo tratamiento y síntomas lo debilitarán enormemente (cosa ésta sabida por todo aquél que haya tenido un paciente de cáncer cercano). Sin embargo, imposible, su triunfo, desde luego, no es. Por ello, los líderes opositores, que representan esa diversidad maravillosa de la que hablaba Hannah Arendt, están obligados a responsabilizarse por su verbo y por su acción. No basta ser el candidato, hay que llegar a la gente, comunicarle la gravedad de la crisis y ofrecerle una solución visiblemente viable.
            Razón tenía el doctor Uslar, urge sembrar el petróleo y no hay mejor cimiente que una ciudadanía educada y consciente, capaz de criticar, capaz de distinguir el verbo atrabiliario de un encantador de serpientes de las soluciones y programas realmente factibles. La verdadera revolución será ésa que transforme al pueblo en ciudadanía.
           


[1] Rodolfo García Cuevas. Hannah Arendt. La libertad: condición humana.
[2] El triunfo del liberalismo puede decirse que tuvo lugar con la victoria de Napoleón sobre las tropas prusianas en la batalla de Jena (14 de octubre de 1806). 

martes, 12 de julio de 2011

Romeo y Julieta socialistas

            Siempre se ha dicho, y creo yo, justamente, que no tiene corazón quien de muchacho no haya congeniado con el socialismo, pero, del mismo modo, quien sigue aviniendo con esa ideología después de viejo, carece de cerebro. Y esta frase, más bien máxima popular, encierra una verdad irrefutable, como muchos refranes, el socialismo es muy bonito, y bonito es sólo si lo vemos, claro, como Shakespeare describe el amor de Romeo y Julieta. Vale decir, inmaduro, pueril.  
            Puede que resulte loable vender la idea de justicia e igualdad. Pero nada hay en este mundo más injusto que el socialismo, que, conceptualmente, reparte lo que ni es suyo ni le pertenece, y, de paso, desconoce la individualidad de la persona humana. No hay pues, injusticia mayor que hacer del ser humano sólo una pieza más de un proceso económico, como aquel personaje de “Tiempos modernos”, que, además, es sumamente ineficiente, porque, emulando a los socialistas, que se afincan en la historia para justificar sus patrañas, desde un punto de vista histórico, ese modelo ha fracasado contundentemente. Nadie puede discutir, al menos con la seriedad debida, que se vive mucho mejor en Miami o Londres, desde una perspectiva socio-económica, claro, que al fin de cuentas, el Estado nos debe proveer confort pero la felicidad nos la tenemos que procurar nosotros mismos. Y ése es uno de los grandes embustes de este socialismo, la venta de una felicidad que no puede ofrendar.  
            ¿Qué ha sido de Cuba después de 52 años de socialismo? La isla antillana mira con horror la muerte de la revolución bolivariana tanto como el granjero arruinado ve espantado la enfermedad de la única vaca que le resta en el establo. ¿Puede llamarse logro a eso, a vivir, como las putas viejas, de algún ingenuo al que despojan de lo suyo con caricias baratas? Uno ve esa hermosísima película francesa “El concierto” y descubre, con un dejo de tristeza sin lugar a duda, la miseria que legó el socialismo a los rusos. Ver a un pueblo que ha heredado una tradición cultural tan importante, sobreviviendo, me luce triste y lamentable. En oposición a esta desgracia, que por tal debemos tener la miseria en la que viven millones de seres humanos, en los países, mal llamados imperialistas, se vive inmensamente mejor, a pesar de las crisis, aún graves, que puedan experimentar de vez en cuando. 
            He leído, con horror, en “The telegraph” (edición del 12 de julio de 2011), como en Corea del Norte, la gente está arrancando raíces y grama para saciar el hambre, mientras su presidente, hijo del presidente eterno, mentor del socialismo juche, gasta fortunas en un necio programa nuclear, al parecer, para defenderse de una agresión de su vecino del sur, que, como se sabe, cuenta con el apoyo estratégico de Estados Unidos (razón por la cual ese programa resulta necio). Y yo pregunto, ¿en qué país, de esos calificados como capitalistas, un gobernante puede hacer eso sin que lo echen a patadas? Sólo en países donde no hay gobiernos, sino caudillos (en el sentido nazi), esas miserias ocurren impunemente.
            Sé que hay ingenuos, personas que todavía creen posible el sueño socialista. Sin embargo, lamento decirlo, pero no sirve un modelo económico cuya escasa viabilidad se basa en el uso de la fuerza y la violencia contra los ciudadanos, uno que castiga la disidencia y prohíbe al individuo atestiguar la vida cotidiana más allá de sus fronteras y sus embustes, para evitar comparaciones odiosas. Hoy por hoy, norcoreanos huyen a China, a pesar de que el régimen chino dista mucho de ser democrático, pero al menos hay una promesa de no pasar hambre. Miles de cubanos se han ahogado o deshidratado (una muerte horrenda) tratando de huir a la Yuma.
            Nadie duda de la ayuda que algunos puedan necesitar y de medidas tendentes a aminorar sus carencias, pero la erradicación de la pobreza no puede fundarse sobre la extirpación de la prosperidad y la riqueza como pretende el socialismo, tanto aquél del siglo veinte como éste, novedoso y supuestamente inédito, del siglo veintiuno. Una cosa es ayudar, crear condiciones favorables para que la persona busque su destino como mejor le parezca y otra muy diferente, fomentar la mendicidad y la holgazanería. Quien crea que el socialismo es humanitario, ignora la suprema miseria y la indignante esclavitud a la que fueron sometidos los ciudadanos de las naciones que siguieron ese modelo.