Chávez ha anunciado, una vez más, su deseo de avanzar hacia el socialismo. No obstante, su oferta dista mucho de ser socialista. La forma de gobierno que propone no es otra cosa que el populismo atávico, ése que se advierte en las dictaduras africanas y que en tiempos pasados, empobreció a América Latina. Por eso, apela al pueblo como expresión de voluntad única y sentimientos iguales. Sin embargo, esa fuerza natural que encarna la moral y la historia – ese pueblo al que recurre Chávez - no existe.
El gobierno se dice democrático, el más democrático de todos, pero no lo es realmente. Y no lo es porque en una democracia existen ciudadanos con ideas diferentes y se gobierna gracias al consenso de la mayoría, respetando a las minorías. Apelar al pueblo significa entonces crear una ficción de la voluntad popular a través de un circo: Se reúne a un número importante de personas en un lugar público para que aclamen al líder y, ejerciendo el rol de actores en un tinglado, esas personas desempeñen el papel de “pueblo”, aunque en verdad sean sólo una parte de éste. De ese modo, Chávez, arengando a una masa aun considerable (aunque a veces trasteada a juro), identifica sus proyectos personales con la voluntad del pueblo y, luego, transforma a esa masa que pudiera estar fascinada por su carisma en la encarnación de ese pueblo que se ha inventado. Se trata pues de un sofisma.
Este gobierno es populista y militarista. Esto último porque abundan los jefes militares y porque el comportamiento de éstos hace del país un cuartel y del caudillo, su comandante. Pero es, sobre todo, populista; porque en vez de gobernar a través de las instituciones, lo hace de un modo plebiscitario, estableciendo una relación directa entre el líder carismático y las masas, aunque ésta termine siendo un ente virtual. Pero además un populismo mediático, porque esa masa acaba existiendo únicamente en los medios y gracias a éstos, en la mente de las personas.
Chávez ha recurrido siempre a la técnica del vendedor. En sus discursos arenga de todo, despreocupado de que luzca coherente. Le preocupa no obstante que en medio de su listado de promesas y ofertas, la gente oiga ésas que les interesan particularmente y, entonces, hacerlos reaccionar ante los estímulos que les sensibiliza y, una vez que se han fijado en éstos, olvidan el resto de la perorata. Claro, él no vende autos, sino un supuesto consenso. Sabe que en su tránsito hacia el socialismo, debe vérselas forzosamente con la opinión pública no sólo interna – que ya parece importarle muy poco -, sino también internacional (que es hipócrita pero, por eso mismo, puede echarle vaina). También con los medios de comunicación domésticos y extranjeros, que bien se sabe construyen matices de opinión. Por eso, usa la crítica en beneficio propio.
Ésa es la razón de sus provocaciones constantes.
A diario provoca a la oposición. Y mejor si sus desafíos son inaceptables. Esto le permite ocupar las primeras páginas de los periódicos, encabezar los noticieros y ser el centro de toda la atención nacional. Además, la desfachatez de sus lances obliga a la oposición a responderle, aunque con ello caiga – aun a sabiendas - en la trampa que se le tiende constantemente, porque, provocando a diario, consigue hacerse la víctima. Una vez que se ha transformado en la víctima de sus adversarios, puede prevaricar. Y eso lo hace a diario, junto con sus bravatas, para crear una verdad tan virtual como ese pueblo que se ha inventado.
La provocación surge de inventos y propuestas más allá de lo razonable y, por supuesto, lo aceptable. La técnica obliga pues a provocar primero, para luego desmentir, y, entonces, volver a provocar, renovando el interés de la opinión pública sobre lo que se quiere y no sobre lo que importa. Todos olvidan rápidamente que la provocación anterior fue tan sólo flatus vocis.
El carácter inaceptable de las provocaciones le permite además alcanzar otros dos objetivos: a) ensayar la aceptación/rechazo de la oferta usada para provocar y b) crear potes de humo. En el primer caso, la respuesta general hacia la provocación le permite avanzar, por lo que la oposición está necesariamente obligada a reaccionar para cercenar otros intentos que avanzarían de comportarse la oposición apáticamente. En el segundo, ayuda bien a pasar otras propuestas sin cobertura mediática y minimizar todo aquello que pueda hacer fuerte a la oposición.
A Chávez le urge por ello dominar a los medios. Su gobierno se cimienta sobre los “mass media”. No es casual que abuse de las cadenas, lleve diez años al frente de un show, semejante a “Sábado Sensacional”, y ahora aburra a tantos con clases televisadas de socialismo. Chávez está al tanto de que CNN convence más que una disertación de Umberto Eco, cuya voz parece reservada a un selecto grupo.
La oposición por ahora se encuentra entrampada en el juego del gobierno. Si no actúa, Chávez avanza en su (des)propósito; si en cambio lo hace, le fortalece. Cabe la pregunta: ¿Qué puede hacer entonces la oposición?
Chávez no sólo controla el juego en estos momentos, sino que de paso, impone las reglas y la oposición debe seguirlas. Los sectores opositores fueron descabezados por un caudillo que es eficiente sólo en eso de ser caudillo. Por ello – y otras razones que le son propias - ha degenerado en un club, al cual pertenecen quienes ya están de acuerdo en sus críticas al gobierno. Su crítica parece entonces orientada únicamente a los que no necesitan escucharla.
La democracia venezolana comenzó a morir cuando la política degeneró en un show, en el mero – e irresponsable hecho – de ganar votos sólo porque se es simpático.
Cabe preguntarse, ¿estamos fritos? Creo que no.
La oposición – me refiero al liderazgo organizado que representa al creciente número de personas que rechazan este gobierno – debe asumir inteligentemente la única estrategia que por ahora luce posible: De un modo positivo, adoptar las mismas técnicas que Chávez usa. Un sector de la oposición debe dedicarse a tiempo completo a provocar al gobierno en esas áreas que no quiere o no puede discutir. Otro sector debe invadir los medios con provocaciones propias, ésas que no sean meras reacciones a las lanzadas desde el gobierno, sino que ofrezcan propuestas a las que sea sensible la opinión pública y sobre todo, la base popular, que sostiene al gobierno de Chávez y, por ende, a su proyecto revolucionario, aunque, encuestas en mano, mucho más de la mitad del país lo rechace.
Supone esto lanzar propuestas alternativas que le hagan a la opinión pública comprender y aceptar otra forma de gobernar y, de ese modo, forzar el debate en esos temas que el gobierno no desea discutir, porque lleva las de perder. Si la oposición dice que el gobierno se ha equivocado, puede que la gente ignore si tiene razón o no. En cambio, si la oposición propone lo que quiere hacer sobre temas específicos, la idea podría interesar en la gente y suscitar la pregunta de por qué no se hace.
Si Chávez juega al olvido, a decir y desdecirse, porque lo que dice hoy borra lo dicho ayer, la oposición debe entonces pegar primero, por aquello de que aquél que pega primero, lo hace dos veces. Los artículos de opinión los leen unos pocos, muy pocos si se comparan con los que sólo ven – y creen a pie juntillas – todo aquello que la televisión dice.
La oposición debe recordar a diario que el electorado no tiene nada que ver con la “voluntad popular” a la que apela Chávez. Su gobierno populista invoca a ese pueblo virtual desde arriba mientras que la oposición expresa en las calles, muchas veces bajo la represión implacable, la opinión de grupos, partidos y asociaciones, sobre las que han caído toda clase de infamias, precisamente para descalificarlas frente a una masa que en verdad no existe. Pero en las urnas, no ganan los medios, por brutales que puedan ser éstos, sino los votos del electorado.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado
[1] Estas ideas surgen como respuesta a la similitud entre las apreciaciones de Umberto Eco respecto del gobierno de Berlusconi y este proceso revolucionario venezolano. Por eso, tomo prestado el título de esas disertaciones.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Castrarse para desairar a la mujer
Esta frase se la leí a Umberto Eco. Hablaba el filósofo italiano de las razones por las que ganaría – como en efecto ganó – el Polo y su candidato, el empresario Silvio Berlusconi. Pero, por eso de que la política es igual en Caracas que en Roma y Ulan Bator, las mismas razones que animan su crítica sobre el electorado italiano, animan la mía sobre los votantes venezolanos.
Datanalisis y otras encuestadoras aseguran que Chávez goza de una popularidad que, en el peor de los casos, ronda el 40%. No importa que los hospitales no funcionen y que la seguridad personal sea una utopía. Importa la revolución de Chávez. Importa pues, el circo que en realidad es este proyecto revolucionario. Y cuando digo circo, me refiero al discurso mediático – mediático, sí – organizado desde las altas instancias del poder para mitificar. Desde la negación de la crisis del Estado, incapaz de solucionar los problemas reales de los venezolanos, hasta la desnaturalización de los principios democráticos.
Al populacho, no obstante, parece importarle poco que este gobierno cercene sus libertades, sólo porque hay que castigar a los adecos y a los copeyanos. Porque los idiotas, que también los hay ilustrados, olvidan que ellos, ayer, también votaron por AD y COPEI. Olvidan que, en 1988, con el mismo furor que hoy expresan por Chávez, gritaban a voz en cuello que con los adecos se vivía mejor.
El show sigue. Chávez abre el telón cada mañana y divierte a tiros y troyanos con su circo. Mientras tanto, nos castramos sólo para desairar a la mujer.
Datanalisis y otras encuestadoras aseguran que Chávez goza de una popularidad que, en el peor de los casos, ronda el 40%. No importa que los hospitales no funcionen y que la seguridad personal sea una utopía. Importa la revolución de Chávez. Importa pues, el circo que en realidad es este proyecto revolucionario. Y cuando digo circo, me refiero al discurso mediático – mediático, sí – organizado desde las altas instancias del poder para mitificar. Desde la negación de la crisis del Estado, incapaz de solucionar los problemas reales de los venezolanos, hasta la desnaturalización de los principios democráticos.
Al populacho, no obstante, parece importarle poco que este gobierno cercene sus libertades, sólo porque hay que castigar a los adecos y a los copeyanos. Porque los idiotas, que también los hay ilustrados, olvidan que ellos, ayer, también votaron por AD y COPEI. Olvidan que, en 1988, con el mismo furor que hoy expresan por Chávez, gritaban a voz en cuello que con los adecos se vivía mejor.
El show sigue. Chávez abre el telón cada mañana y divierte a tiros y troyanos con su circo. Mientras tanto, nos castramos sólo para desairar a la mujer.
Hacer lo correcto
Se habla mucho de la popularidad de Chávez. Luis Vicente León declaró en una entrevista que el presidente se perfilaba como un titán y que se requería de un héroe para sustituirlo. En primer lugar, le recuerdo al presidente de Datanálisis que los titanes existen en la mitología para aparentar ser poderosos, pero en todo caso, su poder está fatalmente vinculado al fracaso. Pero no entremos en estas discusiones jungianas y centrémonos en lo verdaderamente importante: el problema no estriba en la popularidad de Chávez (o de otro), sino en la oferta que se le está haciendo a los venezolanos.
El gobierno, a cuenta de una popularidad que consta únicamente en actas de votación cuya credibilidad puede cuestionarse, viene sustituyendo la democracia por un modelo socialista a espaldas de la inmensa mayoría de los venezolanos, si asumimos como ciertas las encuestas. Ése es el pivote de la discusión. En tiempos del Tercer Reich la mayoría apoyaba las medidas del führer. ¿Se justificaba entonces el holocausto judío?
A veces no se trata de popularidad sino de hacer lo correcto. La población de los Estados Unidos no deseaba ir a la guerra pero el presidente Franklin Roosevelt bien sabía que su nación mal podía mantenerse al margen de la guerra. Los ingleses tampoco deseaban ir a la guerra pero Winston Churchill tuvo el coraje de ofrecerles sólo sangre, sudor y lágrimas, porque eso era lo correcto.
Excusarse en la popularidad resulta fatuo. Sobre todo cuando urgen medidas para salvaguardar la democracia venezolana. Se trata de contener las aspiraciones del caudillo barinés de erigir a Venezuela como el nuevo cónclave del atraso. No insinúo fórmulas violentas, como un golpe de Estado, que puede traer tan sólo una situación peor a ésta. Me refiero a hacer uso de todos los mecanismos legales posibles, dentro y fuera del territorio, para impedir que el gobierno continúe absorbiendo todo el poder posible.
Para ello urge desmontar el discurso, de un lado propagandístico, del otro, políticamente correcto, para sustituirlo por uno coherente, constructivo, que en vez de avivar la división de bandos, reúna a los venezolanos alrededor de los temas verdaderamente importantes, y, sobre todo, que desenmascare frente a los millones de ilusos, ciertamente enamorados por la idea de otro país, este tinglado comunista que, disfrazado de propuesta vanguardista, nos retrotrae a épocas ya superadas por la humanidad.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
El gobierno, a cuenta de una popularidad que consta únicamente en actas de votación cuya credibilidad puede cuestionarse, viene sustituyendo la democracia por un modelo socialista a espaldas de la inmensa mayoría de los venezolanos, si asumimos como ciertas las encuestas. Ése es el pivote de la discusión. En tiempos del Tercer Reich la mayoría apoyaba las medidas del führer. ¿Se justificaba entonces el holocausto judío?
A veces no se trata de popularidad sino de hacer lo correcto. La población de los Estados Unidos no deseaba ir a la guerra pero el presidente Franklin Roosevelt bien sabía que su nación mal podía mantenerse al margen de la guerra. Los ingleses tampoco deseaban ir a la guerra pero Winston Churchill tuvo el coraje de ofrecerles sólo sangre, sudor y lágrimas, porque eso era lo correcto.
Excusarse en la popularidad resulta fatuo. Sobre todo cuando urgen medidas para salvaguardar la democracia venezolana. Se trata de contener las aspiraciones del caudillo barinés de erigir a Venezuela como el nuevo cónclave del atraso. No insinúo fórmulas violentas, como un golpe de Estado, que puede traer tan sólo una situación peor a ésta. Me refiero a hacer uso de todos los mecanismos legales posibles, dentro y fuera del territorio, para impedir que el gobierno continúe absorbiendo todo el poder posible.
Para ello urge desmontar el discurso, de un lado propagandístico, del otro, políticamente correcto, para sustituirlo por uno coherente, constructivo, que en vez de avivar la división de bandos, reúna a los venezolanos alrededor de los temas verdaderamente importantes, y, sobre todo, que desenmascare frente a los millones de ilusos, ciertamente enamorados por la idea de otro país, este tinglado comunista que, disfrazado de propuesta vanguardista, nos retrotrae a épocas ya superadas por la humanidad.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
miércoles, 1 de julio de 2009
La soledad de América Latina
Un artículo de Xavier Sala I Martín manifestaba la soledad en que hoy se encuentra Venezuela (Venezuela está sola. La Vanguardia. España. 17/06/2009). Sus palabras truenan ahora que la OEA rechaza apriorísticamente los sucesos ocurridos en Honduras.
La OEA se ha transformado en un club de gobiernos, que, al parecer, buscan defenderse ellos y no los intereses reales de los Estados que rigen. Da asco ver como, en vez de detenerse un instante a analizar concienzudamente el caso hondureño, apoyaron precipitadamente al presidente Manuel Zelaya, obviando los acontecimientos que dieron origen a los hechos conocidos por todos a través de los medios. Omitió pues, el ente panamericano, que el poder judicial hondureño ordenó restablecer el estado de derecho, quebrantado por él apenas horas antes.
Los gobiernos de los Estados miembros dejaron a un lado valores democráticos con esta decisión precipitada. En vez de fortalecer las democracias del hemisferio, las debilitan, hipertrofiando el presidencialismo. Y bien se sabe que el exagerado presidencialismo en estas regiones siempre conduce a tiempos pretéritos, como ocurre hoy en Venezuela.
Con su fallo, la OEA desdibuja la figura presidencial. A caudillos mesiánicos como Chávez los erige en reyezuelos, cuyo único interés en el órgano interamericano se centra en la conformación de un club de amigotes, dispuestos a defenderse todos a la hora de burlar las leyes. Siendo victimarios, la OEA los inviste como víctimas.
La historia oficial relata que contra Chávez se perpetró “un golpe de Estado” en abril de 2002, cuando en realidad se le imputaban 19 muertos y más de un centenar de heridos, hecho éste que aceptó, como lo dijo en esa oportunidad el único protagonista de esa tragedia que nunca fue investigado: el general en jefe Lucas Rincón Romero. Ahora es Zelaya, quien burlándose de la ley hondureña y de los demás poderes constituidos, acusa a los militares de perpetrar un “golpe de Estado” y, con éstos, al Congreso y Tribunal Supremo hondureños.
La actitud de la OEA sugiere que el único delito de Hitler fue perder la guerra. Todas las atrocidades cometidas por el régimen nazi se ajustaban al estado de derecho imperante en Alemania entonces, incluyendo las leyes de Nuremberg, que “legalizaron” la “solución final”. El organismo panamericano parece preocuparse sólo por el origen democrático de los presidentes y muy poco por su comportamiento posterior. Su conducta durante los sucesos de abril del 2002 y ahora con el caso hondureño lo confirma.
Preocupa el destino de los venezolanos, los hondureños, los bolivianos, los ecuatorianos, los nicaragüenses y quién sabe cuántos otros más, gobernados por reyezuelos a quienes la OEA les garantiza su estabilidad en el poder, aunque violen sistemáticamente la ley, como lo han hecho Chávez y Zelaya. Razón tiene pues Xavier Sala I Martín: Venezuela está sola… ¡América Latina está sola!
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
C.I. 9.120.281
Abogado
La OEA se ha transformado en un club de gobiernos, que, al parecer, buscan defenderse ellos y no los intereses reales de los Estados que rigen. Da asco ver como, en vez de detenerse un instante a analizar concienzudamente el caso hondureño, apoyaron precipitadamente al presidente Manuel Zelaya, obviando los acontecimientos que dieron origen a los hechos conocidos por todos a través de los medios. Omitió pues, el ente panamericano, que el poder judicial hondureño ordenó restablecer el estado de derecho, quebrantado por él apenas horas antes.
Los gobiernos de los Estados miembros dejaron a un lado valores democráticos con esta decisión precipitada. En vez de fortalecer las democracias del hemisferio, las debilitan, hipertrofiando el presidencialismo. Y bien se sabe que el exagerado presidencialismo en estas regiones siempre conduce a tiempos pretéritos, como ocurre hoy en Venezuela.
Con su fallo, la OEA desdibuja la figura presidencial. A caudillos mesiánicos como Chávez los erige en reyezuelos, cuyo único interés en el órgano interamericano se centra en la conformación de un club de amigotes, dispuestos a defenderse todos a la hora de burlar las leyes. Siendo victimarios, la OEA los inviste como víctimas.
La historia oficial relata que contra Chávez se perpetró “un golpe de Estado” en abril de 2002, cuando en realidad se le imputaban 19 muertos y más de un centenar de heridos, hecho éste que aceptó, como lo dijo en esa oportunidad el único protagonista de esa tragedia que nunca fue investigado: el general en jefe Lucas Rincón Romero. Ahora es Zelaya, quien burlándose de la ley hondureña y de los demás poderes constituidos, acusa a los militares de perpetrar un “golpe de Estado” y, con éstos, al Congreso y Tribunal Supremo hondureños.
La actitud de la OEA sugiere que el único delito de Hitler fue perder la guerra. Todas las atrocidades cometidas por el régimen nazi se ajustaban al estado de derecho imperante en Alemania entonces, incluyendo las leyes de Nuremberg, que “legalizaron” la “solución final”. El organismo panamericano parece preocuparse sólo por el origen democrático de los presidentes y muy poco por su comportamiento posterior. Su conducta durante los sucesos de abril del 2002 y ahora con el caso hondureño lo confirma.
Preocupa el destino de los venezolanos, los hondureños, los bolivianos, los ecuatorianos, los nicaragüenses y quién sabe cuántos otros más, gobernados por reyezuelos a quienes la OEA les garantiza su estabilidad en el poder, aunque violen sistemáticamente la ley, como lo han hecho Chávez y Zelaya. Razón tiene pues Xavier Sala I Martín: Venezuela está sola… ¡América Latina está sola!
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
C.I. 9.120.281
Abogado
martes, 21 de abril de 2009
La verdadera tarea
Se dice que el 3 de abril de 2009 se instauró una dictadura en Venezuela. Tal cosa no es verdad. La dictadura se instituyó en 1999, gracias al voto irresponsable de millones de venezolanos que escogieron para presidente a un reo de delito contra la democracia. El Viernes de Concilio pasado se desenmascaró el régimen y sentenció a 30 años de cárcel a quienes pueden desnaturalizar la cobarde sumisión del caudillo a las autoridades militares, verdaderos solicitantes de su renuncia por su participación en los sucesos del Silencio el día 11 de abril de 2002.
Hoy, inmersos en este marasmo, causado en gran medida por la cobertura en medios de voceros con escaso bagaje político, que apenas si recitan teorías que bien pueden investigarse en los libros, pero que en modo alguno ofrecen soluciones a la terrible crisis que vive el país, la ciudadanía se limita a balbucear estribillos repetidos hasta la saciedad. Se omiten pues, temas vitales, como un análisis serio, objetivo, de los problemas nacionales, los cuales gravitan desde luego sobre la dictadura del señor Chávez.
No supone esto, por supuesto, que la solución se limite a la salida del caudillo de Miraflores. Nada más necio. Nada más fatuo. Chávez habrá de asumir la culpa que recae sobre sus hombros, como lo es, fundamentalmente, destruir una economía para erigir un modelo rechazado por la mayoría de los venezolanos, encuestas dixit. El problema pues, no es Chávez. El problema es la dictadura comunista que pretende vendernos y la pusilanimidad general para comprar cuanta necedad nos venden por los medios.
De esta distorsión de la realidad surgen pues, diversos problemas, además de los que ya soportábamos antes de instaurarse esta dictadura. Por esa vista anacrónica del mundo aparecen temas grotescos, como la propaganda divulgada con cierto éxito a través de todos los medios de comunicación social. Y otros, no menos graves, no menos delincuenciales, como el desconocimiento de las instituciones democráticas, el abuso del poder y el uso impúdico de la mentira como instrumento del poder.
Sin embargo, trascienden a estas calamidades, las cuestiones para rescatar la república de este estado previo a lo que parece un suicidio colectivo. Los diversos sectores que componen la sociedad venezolana – que son más de dos – adolecen de una idiotez penetrante, aun insolente. Sus argumentos flotan en la superficie, sin que afloren planteamientos de peso, capaces de desvestir esta caricatura de gobierno, signada por la desvergüenza y el abuso, propios, dicho sea de paso, del venezolano.
El verdadero tema a tratarse, cuanto antes, es el rescate de la democracia a través de la unidad nacional. Ésta comprende, por supuesto, la verdadera unidad y no tan sólo la de uno u otro bando, alrededor de éste u otro caudillo, desconociendo el derecho a las otras a existir y participar en la cotidianidad política.
Sé que el gobierno no lo hará. No puede esperarse del tirano otra conducta como del olmo no se esperan peras. Al caudillo ni le interesa ni va a permitir que otros personajes, en la oposición o dentro del movimiento, descuellen. Por eso, urge la movilización de voluntades hacia la unidad de todos los venezolanos, más allá de las ideologías, en verdad inútiles en el mundo contemporáneo, para desarrollar ideas y programas que ayuden a construir de nuevo un orden democrático.
La tarea no es fácil. Sin embargo, hay que hacerla. Y cuanto antes, mejor.
Hoy, inmersos en este marasmo, causado en gran medida por la cobertura en medios de voceros con escaso bagaje político, que apenas si recitan teorías que bien pueden investigarse en los libros, pero que en modo alguno ofrecen soluciones a la terrible crisis que vive el país, la ciudadanía se limita a balbucear estribillos repetidos hasta la saciedad. Se omiten pues, temas vitales, como un análisis serio, objetivo, de los problemas nacionales, los cuales gravitan desde luego sobre la dictadura del señor Chávez.
No supone esto, por supuesto, que la solución se limite a la salida del caudillo de Miraflores. Nada más necio. Nada más fatuo. Chávez habrá de asumir la culpa que recae sobre sus hombros, como lo es, fundamentalmente, destruir una economía para erigir un modelo rechazado por la mayoría de los venezolanos, encuestas dixit. El problema pues, no es Chávez. El problema es la dictadura comunista que pretende vendernos y la pusilanimidad general para comprar cuanta necedad nos venden por los medios.
De esta distorsión de la realidad surgen pues, diversos problemas, además de los que ya soportábamos antes de instaurarse esta dictadura. Por esa vista anacrónica del mundo aparecen temas grotescos, como la propaganda divulgada con cierto éxito a través de todos los medios de comunicación social. Y otros, no menos graves, no menos delincuenciales, como el desconocimiento de las instituciones democráticas, el abuso del poder y el uso impúdico de la mentira como instrumento del poder.
Sin embargo, trascienden a estas calamidades, las cuestiones para rescatar la república de este estado previo a lo que parece un suicidio colectivo. Los diversos sectores que componen la sociedad venezolana – que son más de dos – adolecen de una idiotez penetrante, aun insolente. Sus argumentos flotan en la superficie, sin que afloren planteamientos de peso, capaces de desvestir esta caricatura de gobierno, signada por la desvergüenza y el abuso, propios, dicho sea de paso, del venezolano.
El verdadero tema a tratarse, cuanto antes, es el rescate de la democracia a través de la unidad nacional. Ésta comprende, por supuesto, la verdadera unidad y no tan sólo la de uno u otro bando, alrededor de éste u otro caudillo, desconociendo el derecho a las otras a existir y participar en la cotidianidad política.
Sé que el gobierno no lo hará. No puede esperarse del tirano otra conducta como del olmo no se esperan peras. Al caudillo ni le interesa ni va a permitir que otros personajes, en la oposición o dentro del movimiento, descuellen. Por eso, urge la movilización de voluntades hacia la unidad de todos los venezolanos, más allá de las ideologías, en verdad inútiles en el mundo contemporáneo, para desarrollar ideas y programas que ayuden a construir de nuevo un orden democrático.
La tarea no es fácil. Sin embargo, hay que hacerla. Y cuanto antes, mejor.
jueves, 16 de abril de 2009
Hacer lo correcto
Se habla mucho de la popularidad de Chávez. Luis Vicente León declaró en una entrevista que el presidente se perfilaba como un titán y que se requería de un héroe para sustituirlo. En primer lugar, le recuerdo al presidente de Datanálisis que los titanes existen en la mitología para aparentar ser poderosos, pero en todo caso, su poder está fatalmente vinculado al fracaso. Pero no entremos en estas discusiones jungianas y centrémonos en lo verdaderamente importante: el problema no estriba en la popularidad de Chávez (o de otro), sino en la oferta que se le está haciendo a los venezolanos.
El gobierno, a cuenta de una popularidad que consta únicamente en actas de votación cuya credibilidad puede cuestionarse, viene sustituyendo la democracia por un modelo socialista a espaldas de la inmensa mayoría de los venezolanos, si asumimos como ciertas las encuestas. Ése es el pivote de la discusión. En tiempos del Tercer Reich la mayoría apoyaba las medidas del führer. ¿Se justificaba entonces el holocausto judío?
A veces no se trata de popularidad sino de hacer lo correcto. La población de los Estados Unidos no deseaba ir a la guerra pero el presidente Franklin Roosevelt bien sabía que su nación mal podía mantenerse al margen de la guerra. Los ingleses tampoco deseaban ir a la guerra pero Winston Churchill tuvo el coraje de ofrecerles sólo sangre, sudor y lágrimas, porque eso era lo correcto.
Excusarse en la popularidad resulta fatuo. Sobre todo cuando urgen medidas para salvaguardar la democracia venezolana. Se trata de contener las aspiraciones del caudillo barinés de erigir a Venezuela como el nuevo cónclave del atraso. No insinúo fórmulas violentas, como un golpe de Estado, que puede traer tan sólo una situación peor a ésta. Me refiero a hacer uso de todos los mecanismos legales posibles, dentro y fuera del territorio, para impedir que el gobierno continúe absorbiendo todo el poder posible.
Para ello urge desmontar el discurso, de un lado, propagandístico, del otro, políticamente correcto, para sustituirlo por uno coherente, constructivo, que en vez de avivar la división de bandos, reúna a los venezolanos alrededor de los temas verdaderamente importantes, y, sobre todo, que desenmascare frente a los millones de ilusos, ciertamente enamorados por la idea de otro país, este tinglado comunista que, disfrazado de propuesta vanguardista, nos retrotrae a épocas ya superadas por la humanidad.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
El gobierno, a cuenta de una popularidad que consta únicamente en actas de votación cuya credibilidad puede cuestionarse, viene sustituyendo la democracia por un modelo socialista a espaldas de la inmensa mayoría de los venezolanos, si asumimos como ciertas las encuestas. Ése es el pivote de la discusión. En tiempos del Tercer Reich la mayoría apoyaba las medidas del führer. ¿Se justificaba entonces el holocausto judío?
A veces no se trata de popularidad sino de hacer lo correcto. La población de los Estados Unidos no deseaba ir a la guerra pero el presidente Franklin Roosevelt bien sabía que su nación mal podía mantenerse al margen de la guerra. Los ingleses tampoco deseaban ir a la guerra pero Winston Churchill tuvo el coraje de ofrecerles sólo sangre, sudor y lágrimas, porque eso era lo correcto.
Excusarse en la popularidad resulta fatuo. Sobre todo cuando urgen medidas para salvaguardar la democracia venezolana. Se trata de contener las aspiraciones del caudillo barinés de erigir a Venezuela como el nuevo cónclave del atraso. No insinúo fórmulas violentas, como un golpe de Estado, que puede traer tan sólo una situación peor a ésta. Me refiero a hacer uso de todos los mecanismos legales posibles, dentro y fuera del territorio, para impedir que el gobierno continúe absorbiendo todo el poder posible.
Para ello urge desmontar el discurso, de un lado, propagandístico, del otro, políticamente correcto, para sustituirlo por uno coherente, constructivo, que en vez de avivar la división de bandos, reúna a los venezolanos alrededor de los temas verdaderamente importantes, y, sobre todo, que desenmascare frente a los millones de ilusos, ciertamente enamorados por la idea de otro país, este tinglado comunista que, disfrazado de propuesta vanguardista, nos retrotrae a épocas ya superadas por la humanidad.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Revolución y contrarrevolución
Chávez habla de revolución y contrarrevolución en vez de gobierno y oposición y, aun más importante, del diálogo entre ambos. Por el contrario, ordenó “arrollar” a la contrarrevolución. Así mismo, niega toda posibilidad de diálogo porque el ya no es el rey de los “pendejos”. Primero acusa de subversivos a quienes critiquen la sentencia recaída sobre los comisarios y los agentes de las Policía Metropolitana pero luego lamenta sólo la muerte de dos manifestantes pro-oficialismo. Y aun así se hace llamar presidente de todos los venezolanos.
Me pregunto entonces, ¿quién alienta la violencia?
Venezuela no desea debatir entre un gobierno socialista y otro democrático. Sobre ese particular ya nos pronunciamos el 2 de diciembre de 2007, aunque sabemos que al caudillo le irritó sobremanera ese triunfo de “mierda”. Arremete pues contra toda posibilidad disidente y para ello los sátrapas bien se prestan a su servicio infame. Con absoluto desdén por las instituciones establecidas e incluso de la voluntad popular manifestada a favor de quienes no le son abyectos, ejerce toda la violencia que su cargo le permite.
Sin embargo, se acusa a la oposición de ser la causante de la violencia y de erigirse en contrarrevolucionaria. Puede que haya un sector opositor violento. Sin embargo, no sólo es ciertamente minoritario, sino que además, el resto lo rechaza. Su posición contrarrevolucionaria es un derecho y el gobierno mal puede criminalizar ese derecho.
Puede que finalmente estalle la violencia. Pero no será culpa del humillado, que ha soportado cuanto arrebato de ira arranque ímpetus de gran caudillo en un hombre que en los momentos difíciles, arrugó, como dicen los muchachos de hoy en día.
Si Chávez cree que presionando más puede subyugar al país, puede que pronto se estrelle contra un muro. Bien dice el resabio popular, la violencia sólo engendra más violencia.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Me pregunto entonces, ¿quién alienta la violencia?
Venezuela no desea debatir entre un gobierno socialista y otro democrático. Sobre ese particular ya nos pronunciamos el 2 de diciembre de 2007, aunque sabemos que al caudillo le irritó sobremanera ese triunfo de “mierda”. Arremete pues contra toda posibilidad disidente y para ello los sátrapas bien se prestan a su servicio infame. Con absoluto desdén por las instituciones establecidas e incluso de la voluntad popular manifestada a favor de quienes no le son abyectos, ejerce toda la violencia que su cargo le permite.
Sin embargo, se acusa a la oposición de ser la causante de la violencia y de erigirse en contrarrevolucionaria. Puede que haya un sector opositor violento. Sin embargo, no sólo es ciertamente minoritario, sino que además, el resto lo rechaza. Su posición contrarrevolucionaria es un derecho y el gobierno mal puede criminalizar ese derecho.
Puede que finalmente estalle la violencia. Pero no será culpa del humillado, que ha soportado cuanto arrebato de ira arranque ímpetus de gran caudillo en un hombre que en los momentos difíciles, arrugó, como dicen los muchachos de hoy en día.
Si Chávez cree que presionando más puede subyugar al país, puede que pronto se estrelle contra un muro. Bien dice el resabio popular, la violencia sólo engendra más violencia.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
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