sábado, 20 de septiembre de 2008

Un después

Estoy asustado. Claro, soy un hombre sensato que intuye pesadez en el ambiente. Una pesadez fétida. La conducta oficial es retadora. Tal vez propia del que busca pelea. Chávez y sus conmilitones parecen fieras agazapadas. Aguardan el momento perfecto para dar el zarpazo.
Al caudillo parece importarle poco que dirán las naciones. Quizás crea que las compró con su petrochequera. Tal vez y sea cierto, incluso. Emulando otras veces, se apresta a crear zozobra y violencia. Se juega a Rosalinda. Tranca el dominó porque en esa jugada es hábil. Y tengo razones para creer que le interesa poco la vida de propios y extraños. A estas alturas, seis años después, nadie ha logrado borrar las primeras palabras del general en jefe Lucas Rincón Romero: por los hechos acaecidos en la ciudad capital el día de ayer. Tampoco la consumación de ese fraseo, confesión de parte: la cual aceptó.
Imagino a Chávez urdiendo un enfrentamiento que le permita decretar un estado de excepción. Porque éste luce como el único camino hacia el principal propósito de su malhadada reforma: reelegirse indefinidamente. Por eso regala lo que ni es suyo ni le pertenece. Busca comprar conciencias. Persigue alquilar amistades. Claro, omite que es de tontos creer en besos de puta. Pero por ahora las meretrices le juran amor eterno. Y quizás sea eso lo único que le interesa… por ahora.
Sanciona leyes inconstitucionales y, sobre todo, propias de un dictador. Como aquéllas que se inventó el Tercer Reich para ejecutar “la solución final”, amprados en la teoría positivista del derecho. Amenaza como guapetón de barrio. Ya sabemos que él desea ser el mandamás. Impone decisiones maniqueas destinadas a cercenarle posibilidades a todo aquél que asemeje una sombra de líder. Abusa del poder. Impone candidaturas contranaturales en las regiones y localidades. Confisca bienes… ¿Y qué es todo esto?
Huelo a pólvora. Sé que las masas opositoras intentan evitar caerle en el juego al guapetón de barrio. Pero, ¿es posible a largo plazo? Creo que no. Chávez tiene a las instituciones domadas y comprados una parte importante de los votos en la OEA. Así es aunque suene feo. Ojalá y los líderes opositores superen sus comportamientos básicos y por un momento antepongan un interés superior y común a sus rencillas personales para construir un “después”.

sábado, 6 de septiembre de 2008

¿Hasta cuándo?

Chávez surgió del reducto douglista. Anacrónico entonces. Hoy, una criatura antediluviana. Ignoro si compró esas ideas antes o después de su ingreso a la Academia Militar. Como suele ocurrir con estos personajes, él y el imaginario popular han inventado fábulas. Pero poco importa esto. Él es de todos modos, comprador de esa baratija ideológica vendida por Douglas Bravo desde el Frente Guerrillero José Leonardo Chirino en las sierras de Falcón. Y la verdad me interesa poco o nada si les agradan estas palabras mías. Esa oferta es probadamente infeliz. Sólo siembra pobreza y cosecha violencia.
Basta leer la entrevista que le hiciera Agustín Blanco Muñoz entre 1994 y 1998 para comprender que pese a llamarle socialismo del siglo veintiuno, este tinglado no es más que una versión del mismo comunismo nacionalista camboyano de Pol Pot. Así de simple. Así de horrendo.
Chávez no ingresó a la Academia Militar por una vocación castrense. Ni sus amigos de entonces le creyeron. Y es comprensible. Su personalidad dista de las cualidades propias del líder verdadero. El 4 de febrero de 1992 se escondió en su otrora escuela mientras sus compañeros de armas hacían lo suyo. Se excusó en la falta de comunicación con sus tropas… aunque desde la Planicie hasta Miraflores no hay más que una carrerita apurada. El 27 de noviembre de ese mismo año, en lugar de apoyar el golpe de los oficiales de mayor rango, fracturó el movimiento y con ello, su posibilidad de triunfo. El 11 de abril de 2002, mientras otros daban la vida por él y su proyecto, se escondió detrás del Cardenal Velasco, y al decir de los deslenguados, enjugó sus lágrimas y limpió sus mocos en la sotana del prelado.
No enfrenta las adversidades. Al contrario, huye. Se amilana. Esas no son cualidades marciales.
Una vez adentro, trató de vender su mercancía. Nadie compró su discurso demodé y sus clichés. Lo intentó, claro. Sólo que sus tentativas fueron pueriles. Cuando mucho, zoquetadas de un teniente, dos sargentos y tres soldados trasnochados, como aquel Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela. Quizás le escuchaban sus arengas, por aquello de que el tuerto es rey entre ciegos. Pero ese movimiento sedicioso mal podía crecer más allá de una habladera de pendejadas.
Se unió luego a conspiradores de oficio. William Izarra y la gente de ARMA. Al grupo de Ramón Guillermo Santeliz. Pero éstos conspiraban por otras causas. Injustificables, desde luego, pero ajenas al credo comunista. Tal vez reivindicaciones castrenses o, lo más probable, el mismo militarismo chorrillero de siempre que desgraciadamente despierta de tiempo en tiempo en los cuarteles venezolanos.
Hubo desencuentros, ¿delaciones?, ¿traiciones? La gente de ARMA con los Bolivarianos. Entre éstos, sobre todo Chávez… con Arias Cárdenas. Al extremo de plantearse el asesinato de ambos. Sin embargo, el golpe se dio. Tal vez voceado, al menos en los pasillos de la UCV. Claro, por culpa de Chávez y su afán – entonces – por involucrar civiles. Pero siempre delatados, ¿por René Gimón Álvarez? Chávez afirma eso.
El golpe no prosperó. Tampoco su réplica. Metieron la pata. Dos veces. El primero, porque estuvo mal planificado. Sobre todo las acciones de Caracas, tal vez porque su comandante prestaba más atención al proselitismo que a las clases. El segundo, porque Chávez fracturó el movimiento. En lugar de oficiales uniformados, vimos por la TV a un patán malhablado, vestido con una franelita rosada. Todos acabaron presos, salvo unos pocos que huyeron al Perú.
Chávez se olvidó de sus camaradas. Otros nuevos amigos se pasearon por las celdas de Yare. Domingo Alberto Rangel y sus anacrónicas posturas abstencionistas. Sus amores fueron breves. Más tarde llegarían José Vicente Rangel y don Luis Miquilena. Ellos sí podían llevarlo a la presidencia. ¡Y lo hicieron! Malhaya. Como otras veces, ¿los usó? Puede ser. Atrás quedaban sus amigos, camaradas, obligados, dadas las circunstancias, a unírsele. Como muchos, hoy se le han apartado antiguos compañeros. Le acompañan sólo los desvergonzados.
Carlos Melo, Jorge Olavarría y Luis Miquilena son sólo tres de los otrora camaradas del comandante. Sus verdaderos propósitos han decantado a los que quizás depositaron alguna esperanza en él. ¿Ingenuos? Tal vez. Pero sin lugar a dudas, estafados. Y eso es Chávez. Un gran estafador. Claro, buen mentor le enseñó las artes de la engañifa y el embeleco. Su moribundo amigo antillano.
Chávez siempre ha jugado su propio juego. Los demás han sido – y serán – monigotes de su tinglado.
Por eso, después de su triunfo, arengó mentiras en las puertas del Ateneo de Caracas. Clamaba por la unidad nacional. Su popularidad se disparó. Juró sembrar la armonía y la paz en Venezuela. Una vez asumió su cargo, sin embargo, fracturó al país en dos bloques: los que estaban con él y, por argumento en contrario, los que estaban contra él. Vinieron los sucesos del 11 de abril. Se acobardó. Renunció. Reconoció su responsabilidad en la masacre del Silencio… ¿O no? ¿Acaso el general en jefe Lucas Rincón Romero no dijo que por los hechos acaecidos en la ciudad de Caracas esa tarde se le solicitó al presidente su renuncia y que él había aceptado? ¿Entonces?
Perdió el poder. Pero, por suerte para él y desgracia de nosotros, Raúl Baduel lo trajo de vuelta. Hoy, este general trisoleado jura enemistad hacia Chávez pero por algún conjuro, nadie le cree.
Aterrorizado, Chávez prometió, de nuevo, paz y amor. Pero vimos donde acabaron sus promesas… 25 mil personas despedidas, millones más segregadas por una lista inmunda que uno de sus acólitos (sumado ahora a la lista de nuevos enemigos) creó para acusar a quienes pedíamos un referendo para revocarle un mandato al que renunció el 12 de abril… Mejor dejamos de contar.

martes, 2 de septiembre de 2008

La salsa del pavo…

No soy amigo del refranero, pero reconozco que en éste hay implícita una sabiduría ancestral. Y ésta bien dice que la salsa del pavo es también buena para la pava. Pero los refranes expresan la sabiduría que emana de la gente llana (me resisto a decir que pueblo es sólo la parte de la población de menores recursos) y esa gente no está ideologizada. Por eso, en el caso de Chávez y sus acólitos, la salsa que bien sirve para unos (nosotros), obviamente no es útil para otros (ellos).
Hoy Patricia Poleo dedica parte de su columna a la cólera del jefe porque se meten con su hija (de la cual sólo se dijo que era preparada para sucederle, lo que no luce ofensivo salvo que existan oscuras intenciones de quien se siente ofendido) mientras Mario Silva y otras cloacas del régimen celebran la murete del hijo de Leopoldo Castillo, por ejemplo.
¿Acaso Leopoldo Castillo no merece el mismo respeto ante algo tan desgarrador como la muerte de un hijo? O, ¿no les conmueve el dolor de Mohamed Merhi? O… ¿será que la vida del bedel de VTV, asesinado a mansalva por las tropas de Jesse Chacón durante el 27 de noviembre, importa un rábano?
No traje ese caso, deleznable, por casualidad. El ministro Izarra ha dicho sin pudor alguno que en este país no hay presos políticos sino reos de delito por el golpe de Estado del 11 de abril. Cito, nuevamente, al refranero popular: por la boca muere el pez.
Si mal no recuerdo, el TSJ, éste TSJ, dictaminó que el 11 de abril no hubo un golpe de Estado. Recuérdese la manifestación oficialista de rigor, liderada por Juan Barreto, cuya figura no puede ocultarse bajo chamarras y capuchas propias de los ñángraras ucevistas (de décadas pasadas). Si no hubo el acto sedicioso, ¿cómo puede haber reos por un delito que no se perpetró? Lo digo de un modo llano: si no hay asesinado, no puede haber asesinato y por lo tanto, tampoco asesino, ¿no? Sin embargo, el jefe de este tinglado triste e infeliz sí cometió ese delito, el de sedición y, como resultado de éste, también el de asesinato. ¿O no? ¿O los 15 muertos que hubo por la toma de VTV no cuentan?
Digamos que a ellos se les sobreseyó la causa (por amenazas militares que en vez de hacer su trabajo, están husmeando en los asuntos civiles). Y que sobre ellos sólo gravita la sanción moral que deberíamos haberles impuesto en su momento… o lo que es lo mismo, haberse abstenido de votar por Chávez y su oferta engañosa.
Pero, a los fines de este artículo, el asunto, visto desde la óptica del gobierno (régimen), funciona así: la salsa del pavo es buena sólo para éste y para la pava será aquélla que el “líder” decida.
Chávez es un ignorante dogmatizado. Lamento tener que ser tan diáfano pero a la edad de nosotros, las sutilezas son excusables. Su visión del mundo pasa primero por el cristal de su anacronismo (sin mencionar la estrechez de su formación académica). Su idea de la realidad se basa en que él es amo de la verdad y, fuera de ésta, todo lo demás es falso. La sinrazón por la que se empeñó tanta majadería para cambiarle el nombre al república estriba precisamente en esto. Chávez es el oráculo del bolivarianismo y lo que él diga que es, es. Así de simple. Aunque sea una idiotez mayúscula (huelga decir que normalmente lo es).
Su alzamiento, injustificado (y prueba de ello es que luego accedió al poder por medios democráticos que quienes hoy son objeto de su ira respetaron cabalmente), fue bueno y, de tiempo en tiempo, no deja de ensalzarlo durante sus arengas. En cambio, uno contra él es sinónimo de traición al pueblo. Claro, porque su idea ególatra de la realidad le hace confundir al pueblo (o sea todos, aun los ricos y poderosos y todos los que le son adversos) consigo mismo.
Por eso su hija es más importante que los hijos muertos, asesinados por la violencia de su discurso. Como lo fue Keyla Guerra en la Plaza Francia de Altamira. Por eso, los muertos de VTV durante la toma el 27 de noviembre de 1992 son excusables… Pero marchar con pitos y banderas, pidiendo dentro del marco legal la renuncia del presidente es un hecho imperdonable. O acudir a la plaza Francia de Altamira a saludar unos militares que actuaban pacíficamente fue motivo de ejecución sumaria. Jesse Chacón rogó por la presencia de un fiscal del Ministerio Público en las instalaciones de VTV, para entregarse el 27 de noviembre (y en efecto, su captura se hizo conforme al procedimiento), pero el 11 de abril por la tarde, Chávez ordenó activar el Plan Ávila contra una muchedumbre indefensa. Chacón (y los demás responsables de las muertes en VTV) pagó un par de años en Yare. Sin embargo, 25 mil familias fueron echadas de sus casas y los niños de sus colegios por una maniobra política que, según el propio presidente, fue pensada con antelación con un objetivo político.
Claro, todo lo que Chávez haga es correcto. Él es el líder infalible. Todo lo que la oposición haga es delito (porque somos una banda apátrida que preferimos ser maltratados y dar la lucha que irnos a cobrar el supuesto cheque que la CIA paga a no sé cuantos). Desde luego, sus amistades (de Chávez) van reduciéndose a Mugabe, Evo, Correa y alguno que otro pichón de dictador que la pusilanimidad mundial ha permitido florecer.
No crea usted que la salsa que guarnece al pavo opositor es la misma que ensalza a la pava gobiernera…

Del contrato del mandato…

El vocablo mandatario, del que procede el término “primer mandatario”, pertenece al léxico jurídico. Refiere al que obra por cuenta y en nombre de otro. Basta una lectura fugaz sobre el concepto de ese contrato para comprender que el “mandatario” no es jefe. No manda. Éste obra por cuenta y en nombre de otro que le manda (el mandante). El jefe del Estado y del gobierno venezolanos no es un mandamás (al menos, constitucionalmente). Es un mandatario del pueblo. Ése y no otro es el que manda. Chávez debe en consecuencia obedecerle, aunque no le guste como pensamos y aunque crea que merecemos lo peor.
Pueblo, no obstante, somos todos. No sólo aquéllos que confiaron su voto en el actual presidente. Aunque al caudillo le cause cólicos, yo y toda la oposición también somos pueblo. Ergo, parte de sus mandantes. Y de antemano lo digo, yo no me siento representado por el presidente. Creo además que la mayoría siente lo mismo. El 2 de diciembre pasado, el pueblo fue diáfano acerca de este tema. ¿O no?
Hugo Chávez cree que ser presidente equivale a ser el mandamás de un matacán. Cree que Venezuela es un cuartel y los venezolanos, un montón de soldados rasos, obligados a obedecerle sus majaderías. Muy a su pesar, así no son las cosas y su militarismo me importa un bledo. Soy civil y por lo tanto, no me subordino ante ningún sargento.
El presidente está obligado por la ley a cumplir un mandato popular que, dicho sea de paso, es por tiempo limitado. El presidente no manda, ¡obedece! Al pueblo y a la ley. Aquél ya le dijo que su propuesta socialista de diciembre no va. Y no va. Fin de la discusión. Si no le gusta la decisión del jefe, pues es libre de renunciar al cargo. De hecho, de haber tenido dignidad y compromiso verdadero, el 3 de diciembre hubiese renunciado, como lo hizo Vicente de Emparan aquel Jueves Santo.

¡Basta de ofensas!

Chávez amenazó con otra Ley Habilitante para meternos 26 leyes más y que dejemos de ser ridículos. En primer lugar, debo recordarle al señor Chávez que mientras ejerza el cargo, yo también soy su jefe. Puede que me considere un apátrida (aunque yo no les he regalado el país a los Castro, a Evo Morales, a los esposos Kirchner y cuánto adulón se le acerca para sacarle nuestro dinero), que me tilde de pitiyanqui (aunque él es quien insulta a diario al “Imperio” pero puede hacer las barbaridades que hace gracias a la factura petrolera gringa que ronda el 80% de la producción), que me considere incluso, un traidor (que no lo soy, porque sigo dando la lucha en ésta y por esta tierra). Pero yo soy un ciudadano y él se debe a personas como yo, opositoras, que demandan del presidente una actitud responsable. Y aunque así lo desee, no puede borrarme. Por eso, ¡ridícula su pretensión de imponer un modelo rechazado por el 80% de los venezolanos! ¡Ridículo su afán por quedarse en el poder a perpetuidad!
Basta de ofensas. Chávez usa una vieja conseja de Hollywood: Que la gente hable, aunque sea mal… pero que hablen. No le demos el gusto. Seamos serios y constriñamos al presidente a hacer su trabajo. El trabajo por el cual le pagamos su sueldo. Porque así es. Él no es mi jefe. Yo lo soy suyo. Él es el primer SERVIDOR PÚBLICO. Y como tal se debe a sus funciones. El país ya fue bastante claro. El 2 de diciembre pasado el electorado le negó su reforma y, pese a que la calificó de excremento, nuestra victoria logró su cometido: contener las barbaridades planteadas en la reforma (aunque Carlos Escarrá se afane por decir que eso era “bueno”). A diferencia de él y sus acólitos, la oposición no apostaba por su popularidad. Apostaba por lo que era mejor para el país. O, incluso más, por lo que quiere como país. Y ciertamente, no se parece a lo que Chávez quiere. En otro país, el “líder” habría dimitido al cargo, siguiendo el ejemplo de Vicente de Emparan… ¿no?
Cada lunes, el país amanece conmocionado. Un hombre que no está sano mentalmente vocifera cuanta idea descabellada se le antoja mientras alivia alguno que otro cólico (¿quizás por eso que alguna vez supe: meterse unos frijoles con frescolita a las dos de la mañana?). ¿Tal desatino de hombre puede gobernar un país? (y no lo digo por sus hábitos alimenticios, mientras tenga el decoro de guardarse los temas escatológicos). Por Dios, dejemos de lado tanta frivolidad y veamos la gravedad del problema: Venezuela se nos va por el caño y de ser una de las naciones más prósperas, va camino de cubanizarse. Y ello, aunque les duela a muchos, equivale a decir que en el futuro inmediato, nos habremos prostituido para sobrevivir. De eso se trata esta lucha incansable. De salvar a Venezuela del desbarrancadero por el cual nos pretende arrojar este espécimen anacrónico que desgraciadamente ocupa la casona de la esquina de Bolero.

Así actúan los cobardes

Los expertos aseguran que la economía venezolana está muy mal. La escasez de productos básicos no puede ocultarse y la tensión sobre la moneda nueva es tal que ya ha perdido 15%. La balanza de pagos es negativa. El Banco Central de Venezuela está técnicamente quebrado… y paremos de contar. Se cree que el año venidero, la crisis será semejante a la de 1989.
Sin embargo, Chávez no inaugura un gobierno, como sí Pérez entonces, ni el barril se encuentra por debajo de los 10 dólares. Al contrario, Chávez lleva dos períodos de los anteriores y el barril supera con creces lo presupuestado por el gobierno. La gente ha de preguntarse pues, ¿qué pasó? La razón es muy simple, Chávez arruinó al país.
Él lo sabe. Está al tanto de las medidas impopulares que deberá adoptar en enero próximo, con o sin gobernadores compinches. O acepta adoptar un paquete – al estilo Miguelito Rodríguez – o enfrenta el estallido del colapso de la economía. Vaya paradoja.
Nadie ignora la falta de coraje del comandante, que en dos oportunidades, que sepamos, se ha acobardado. Por eso, respondiendo a su talante poco corajudo, creo que prefiere ser víctima de un golpe de Estado que decirle al país que la nación está en bancarrota a pesar de que el precio del barril se ha mantenido exorbitantemente caro.
¿Cómo le explica al país que las arcas están exhaustas? Si nos han dicho que todo está boyante. ¿Cómo le pide (más) sacrificios al pueblo si ha regalado lo que no es suyo? Tiene miedo, desde luego, a ese monstruo enfurecido, una vez que se corra el velo. Prefiere por ello, que otro asuma esa responsabilidad mientras él espera quieto detrás de las talanqueras, a ver si él sale y se lleva los laureles ajenos.
Chávez no es valiente. Como el empleado mediocre que esconde el error y corre la arruga a ver si “algo” le salva el pellejo, prefiere perder el poder “por ahora” que enfrentar la ira del pueblo. Así actúan los cobardes.

martes, 26 de agosto de 2008

La fiesta del Ateneo

Caracas estalló. Una embriaguez colectiva empujaba incrédulos hasta los alrededores del Ateneo. La noche prometía fiestas callejeras. Aunque una buena parte de la ciudadanía comenzaba a inquietarse. Como muchos estafadores, ése que ayer se alzaba en armas contra un Estado democrático, arengaba promesas de paz y armonía y de respeto por los valores democráticos. Muchos le creyeron. ¿Por qué no? Habían confiado en ese mesías todas sus apuestas.
Quizás como ocurre con otros eventos históricos, éste determinó un giro en el proceso político venezolano, uno ciertamente infausto.
Una masa ignorante, aupada por un charanguero de ideas trasnochadas, le aupó en su lucha desenfrenada por adueñarse de las instituciones y, por qué negarlo, del país. Ofreció una constituyente y, pese a la ilegalidad de su origen político, todos la avalaron. Creyeron que de ese modo, calmarían la inquietud despertada desde los sucesos del Caracazo. Grave error. Ése fue el primero de sus pasos hacia el absolutismo.
Este caudillo voraz surgió de las últimas trincheras de la izquierda revolucionaria de los ’60, todavía enquistada en la UCV y otras universidades nacionales. Después de la decisión del VII Pleno del Comité Central del PCV, reunido en abril de 1967, de replegar las guerrillas y acogerse a la ley, los grupos revolucionarios fueron fragmentándose cada vez más hasta reducirse a grupúsculos. Quizás el líder más conspicuo de esta horda anacrónica y terca fue Douglas Bravo. Expulsado del PCV en mayo de 1966, asumió el liderazgo del Frente Guerrillero José Leonardo Chirino y, una vez pacificadas las guerrillas, el reducto paupérrimo de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional.
Douglas Bravo se reunió a mediados de 1957 con Eloy Torres, Teodoro Petkoff y el coronel Rafael Arráez Morles para crear un frente comunista dentro de las Fuerzas Armadas con el objeto de tomar el poder. Entonces gobernaba el general Pérez Jiménez y todas las fuerzas políticas conspiraban para deponerlo. El PCV iba tarde a las reuniones con los jefes militares. A principios de los ’70, con las guerrillas política y militarmente derrotadas, Bravo retoma la idea del ’57, a pesar de la continua e insistente negativa nacional de aceptar el socialismo como modelo político.
De ahí surgió Chávez. Su hermano Adán era militante del douglismo en la ULA. A través suyo, Hugo Chávez y Douglas Bravo conversan. Sin embargo, para este momento, aquél ya se ha enrolado en el ejército, inspirado por una vocación inconfesable, aunque su mercadería ideológica haya carecido de acogida entre los compañeros de arma. Quienes se unieron a las distintas logias sediciosas dentro de las FAN después de los ’70 respondían más al militarismo latente en la política nacional que a convicciones socialistas.
Conspiró durante, ¿10 años?, y perpetró el golpe de Estado. Fracasó. Al decir de muchos, por su incompetencia castrense. Según sus propias palabras, porque fueron delatados tempranamente.
Pagó una condena corta para la gravedad de su felonía. Estando preso en Yare olvidó a sus viejos camaradas y de ser el fracasado, pasó a ser el dueño del circo. Ése al que asistieron personajes olvidados de la izquierda y, por qué voy a negarlo, uno que otro resentido, gente enemistada por variopintas causas con los partidos del estatus. Antiguos de estos personajes le relacionaron con ideólogos del extranjero, como el fallecido neofascista Norberto Ceresole, y con el caudillo de la izquierda radical mundial: Fidel Alejandro Castro Rus. Ése al que llama padre y que pretende imponernos.
Aquel festín del Ateneo es hoy, una desgracia nacional. A pesar de más de 40 años de contundente negativa al socialismo, Chávez propugna que este país va hacia el socialismo, opóngase quien se oponga. Y da la casualidad que es la nación – o un 80%, para ser más preciso – la que se opone. A mi juicio, uno u otro está de más. Creo que definir cuál es una obviedad.
¿Qué parte del mensaje del 2 de diciembre pasado no entendió?
Vocea sin pudor que la gente votó por él y que su proyecto de gobierno era el socialismo, como excusa inaceptable para imponernos su socialismo de mierda (si, de mierda). Intuyo quien está detrás de un argumento jurídico tan pobre pero lo que realmente importa es que la consulta popular de diciembre no dejó lugar a dudas. Cualquier argumento distinto es sólo estirar la liga. Me pregunto entonces, ¿quién traiciona a quién? ¿Quién es el sedicioso? Mal puede serlo una oposición que le exige respeto por las leyes, la institucionalidad y la civilidad republicana hasta que culmine su mandato. Son él y sus acólitos con su pretendida reforma socialista quienes están al margen de la legalidad.
No acusen al pueblo por defender la constitución (aunque sea un bodrio sin precedentes) y sus creencias y valores tradicionales. Es él quien se opone a la ley, la viola y se transforma pues en reo de delito por un nuevo golpe de Estado, perpetrado esta vez en forma gradual.
El país enfrenta además, problemas económicos muy graves que van a conducir al pueblo a la exasperación. Y eso puede ocurrir pronto. La generosidad irresponsable del comandante ha puesto las finanzas públicas en una posición más que delicada. Es, simplemente, catastrófica. Y no apelo a este vocablo con ligereza ni irresponsabilidad. Repito lo que conocedores del tema vienen alertando. A pesar de la bonanza petrolera de los últimos años, Hugo Chávez ha gastado más de lo que ganamos. La nación está en bancarrota. Chávez la quebró. Por eso, la gente puede arrebatarse y rebelarse violenta y espontáneamente en su contra.
Caracas puede estallar. Pero esta vez puede que la fiesta no sea alegre y esperanzada en las afueras del Ateneo. Seguramente será cruenta. En lugar de pitos y banderas, habrá tiros y gritos. Mucho dolor. Obviamente nadie desea tal tragedia. Pero, ¿bastan las buenas intenciones para impedirlo? Ciertamente creo que no.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra