lunes, 24 de noviembre de 2025

                                                                                                      

                                                                                                          

                                  
De guerras y genocidios

        

La paz no es un slogan. La paz es un esfuerzo cotidiano que se traduce en la tolerancia debida al que disiente, aunque no nos guste, aunque no aceptemos sus ideas.

Los asesinatos perpetrados por Hamás durante el cautiverio de los judíos secuestrados solo difieren en la cantidad con respecto a los ocurridos en Auschwitz. La crueldad y la motivación es la misma.

Portar una hiyab o una shayla en un evento público, como los premios de la Academia o los Golden Globe, no va a fomentar la paz. Eso solo ofende a las víctimas de una tragedia que ya demora demasiado.

 


Mona Juul y su esposo, Terje Rød-Larsen, lograron lo que para muchos parecía imposible. Aun, impensable. No hablo solo del acuerdo de paz entre la OLP e Israel (que fracasó por la intolerancia de unos y otros), sino de un hecho trascendental en la historia de un conflicto que pronto cumplirá ochenta años: el reconocimiento recíproco. Finalmente, un grupo con la legitimidad para hablar en nombre del pueblo palestino, la OLP, por medio de Yasser Arafat, aceptó que Israel tiene derecho a existir. Por su parte, en voz de su presidente, Israel igualmente aceptaba que el pueblo palestino merece un hogar al que puedan llamar su nación.

El asesinato de Yitzhak Rabin el 4 de noviembre de 1995 por un fundamentalista israelí (que los hay, desde luego, y que rechazan la tesis de los dos Estados), así como las fracturas internas entre los grupos palestinos (cuyo clímax fue la expulsión de Fatah de Gaza por Hamás) dieron al traste con un acuerdo que alcanzó hitos impensables. Sin embargo, esa semilla sigue ahí.

Ese acuerdo creó la Autoridad Nacional Palestina (ANP), suerte de gobierno provisional, encargada de administrar los asuntos civiles y la seguridad interna en las áreas palestinas de Cisjordania y la Franja de Gaza. Históricamente, la OLP, ente reconocido por Israel como vocero legítimo de Palestina, y la ANP han sido dominadas por el partido laico Fatah (cuyo líder es Mahmud Abás, en sustitución de Yaser Arafat). A pesar de ser Gaza la sede del Consejo Legislativo Palestino (CLP), este no ha funcionado con normalidad. No ha podido. No porque Israel lo impide, sino porque Hamás expulsó a Fatah y ejerce de facto la autoridad sobre Gaza.

El territorio palestino y la autoridad regente están divididos. Cisjordania (antes conocida como West Bank) y la franja de Gaza. Políticamente, en diversas facciones que se disputan el poder. Como se dijo, Hamás expulsó a Fatah de Gaza en 2007, y, por ello, la ANP ya no ejerce control en la región. Radicalizado, el grupo Hamás rechaza los acuerdos de Oslo y postula como principio fundamental la aniquilación del Estado judío.

El 7 de octubre de 2023 llevó a cabo un ataque contra Israel. Asesinó a 1219 personas y secuestró a otras más. Se coordinaron desde la franja de Gaza (que, como ya se dijo, la organización terrorista controla desde 2007). Obviamente, Israel respondió.

En 1933, Paul Hindenburg nombró canciller a Adolfo Hitler. Esperaba el viejo militar prusiano, usar la popularidad del cabo austriaco (que por una ley alemana le permitía postularse a cargos políticos) para fortalecer un gobierno autoritario que lograra recomponer la crisis generada durante la República de Weimar. Quien luego fuese llamado mein Führer (mi líder) se valió de la crisis económica heredada de un proyecto político fallido, la propaganda violenta y la inestabilidad para consolidar su poder, culminando en una dictadura totalitaria con la aprobación de la Ley de Habilitación en marzo de 1933 y la posterior abolición de los derechos civiles.

El 1 de septiembre de 1939, tras una escalada diplomática muy agresiva, destinada a ocupar territorios, amparados en una deformación geopolítica del principio, originalmente geográfico y biológico, conocido como espacio vital (Lebensraum), propuesto por el geógrafo Friedrich Ratzel a fines del siglo antepasado y que sirvió de excusa para la agresión japonesa en Asia e italiana en Abisinia (ahora Etiopía), comenzó oficialmente la Segunda Guerra Mundial. Berlín debió soportar por ello bombardeos constantes, primero del Reino Unido y luego, de los aliados. Al momento de entrar los rusos (y dos meses después, los estadounidenses y británicos), la ciudad estaba asolada. Destruida.

El 6 de diciembre de 1941, el Imperio Nipón atacó a la base estadounidense de Pearl Harbor en Hawái. El 6 de agosto de 1945, Hiroshima fue arrasada por un bombardeo atómico, seguido en Nagasaki (tres días después). El 15 de agosto siguiente, el emperador Hirohito proclamó la rendición incondicional. El 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri, Japón suscribió el correspondiente instrumento. Tokio estaba destruida. Tal vez tanto como Hiroshima y Nagasaki.

¿A dónde quiero llegar? Veamos…

No lo dudo, la respuesta israelí tras el ataque del 7 de octubre de 2023 pudo ser brutal. Despiadada. No obstante, la autoridad que de facto controla la zona – y ejerce el papel de gobierno – atacó a Israel. Se entiende que desde el punto de vista del derecho que rige la guerra (si es que tal cosa es creíble y, sobre todo, ejecutable), ese ataque justificó la respuesta militar israelí (casus bellis). Insisto, de parte de Israel hubo una réplica cruenta e incluso, exagerada. Sin embargo, hablar de genocidio sería reconocer que en el curso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los aliados también perpetraron genocidio. Y bien sabemos, no fue así. Cabe decir, en ese conflicto, en esos seis difíciles años, murieron 55 millones de personas, entre ellas, más de seis millones de judíos asesinados sistemáticamente solo por su raza (incluyendo a Santa Edith Stein (o por su nombre religioso, Santa Teresa Benedicta de la Cruz), nacida judía y una vez que acogió el catolicismo y tomados los hábitos, fue canonizada en el seno de la Iglesia Católica por San Juan Pablo II). Envenenada con Zyclon B en una de las cámaras de gas de Auschwitz, murió en parte por ser judía (de raza) y en parte, por su fe católica, el 9 de agosto de 1942, y por ello se le reconoce como mártir.  

El ataque del 7 de octubre se fundamenta en razones que, sin dudas, parecen nacer del ideario nazi. No olvidemos, esa agresión ocurrió dentro de un contexto esencialmente xenófobo: Más que la construcción de un Estado palestino, como lo pretendieron Rabin y Arafat tras los acuerdos de Oslo, Hamás persigue la destrucción del Estado judío, y, como lo han manifestado voceros islamistas y a pesar de que en Occidente muchos se rasguen las vestiduras (cuyo significado bíblico, incurso en las ancestrales tradiciones judías, es una manifestación externa y exagerada de dolor, duelo, pena o indignación), también el de esta civilización.

En lo particular, considero a Benjamín Netanyahu un radical. Su partido, Likud (de derecha, sí, pero no estriba en este hecho su obstinación), se opone a la solución de dos Estados, como se propuso en 1947, y que los ya citados acuerdos de Oslo respetaban y, sobre todo, reconocían. Sin embargo, aunque repudie al personaje, acusarlo de genocida sería tan absurdo como acusar a los aliados por los bombardeos sobre ciudades alemanas y japonesas o, incluso, a Putin por la agresión rusa a Ucrania (que es, de hecho, una disputa territorial y, por lo tanto, una guerra convencional).  

Brutal y despiadada, aun cruenta, pero mal puede decirse que sea un genocidio. Sí hubo crímenes de guerra y violaciones al derecho internacional humanitario, y los hubo en ambos bandos. Hamás dista mucho de ser víctima y a juicio de muchos, es el causante de la desgracia de miles de palestinos, que, no lo dudo, tanto como los judíos, solo desean vivir sus vidas tranquilamente. Y sí, lo sé, tristemente, bien viene al caso recordar las palabras de Oriana Falacci sobre ese conflicto: mal puede haber paz si ambos bandos – en realidad sus líderes - se odian a muerte («Entrevista con la historia». 1976). 

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