La paz no es un slogan. La paz es un
esfuerzo cotidiano que se traduce en la tolerancia debida al que disiente,
aunque no nos guste, aunque no aceptemos sus ideas.
Los asesinatos perpetrados por Hamás
durante el cautiverio de los judíos secuestrados solo difieren en la cantidad
con respecto a los ocurridos en Auschwitz. La crueldad y la motivación es la
misma.
Portar una hiyab o una shayla en un
evento público, como los premios de la Academia o los Golden Globe, no va a
fomentar la paz. Eso solo ofende a las víctimas de una tragedia que ya demora
demasiado.
Mona Juul y su esposo, Terje
Rød-Larsen, lograron lo que para muchos parecía imposible. Aun, impensable. No
hablo solo del acuerdo de paz entre la OLP e Israel (que fracasó por la
intolerancia de unos y otros), sino de un hecho trascendental en la historia de
un conflicto que pronto cumplirá ochenta años: el reconocimiento recíproco. Finalmente,
un grupo con la legitimidad para hablar en nombre del pueblo palestino, la OLP,
por medio de Yasser Arafat, aceptó que Israel tiene derecho a existir. Por su
parte, en voz de su presidente, Israel igualmente aceptaba que el pueblo
palestino merece un hogar al que puedan llamar su nación.
El asesinato de Yitzhak Rabin el 4 de noviembre de 1995 por
un fundamentalista israelí (que los hay, desde luego, y que rechazan la tesis
de los dos Estados), así como las fracturas internas entre los grupos
palestinos (cuyo clímax fue la expulsión de Fatah de Gaza por Hamás) dieron al
traste con un acuerdo que alcanzó hitos impensables. Sin embargo, esa semilla
sigue ahí.
Ese acuerdo creó la Autoridad
Nacional Palestina (ANP), suerte de gobierno provisional, encargada de
administrar los asuntos civiles y la seguridad interna en las áreas palestinas
de Cisjordania y la Franja de Gaza. Históricamente, la OLP, ente reconocido por
Israel como vocero legítimo de Palestina, y la ANP han sido dominadas por el
partido laico Fatah (cuyo líder es Mahmud Abás, en sustitución de Yaser Arafat).
A pesar de ser Gaza la sede del Consejo Legislativo Palestino (CLP), este no ha
funcionado con normalidad. No ha podido. No porque Israel lo impide, sino
porque Hamás expulsó a Fatah y ejerce de facto la autoridad sobre Gaza.
El territorio palestino y la
autoridad regente están divididos. Cisjordania (antes conocida como West Bank)
y la franja de Gaza. Políticamente, en diversas facciones que se disputan el
poder. Como se dijo, Hamás expulsó a Fatah de Gaza en 2007, y, por ello, la ANP
ya no ejerce control en la región. Radicalizado, el grupo Hamás rechaza los
acuerdos de Oslo y postula como principio fundamental la aniquilación del
Estado judío.
El 7 de octubre de 2023 llevó a cabo
un ataque contra Israel. Asesinó a 1219 personas y secuestró a otras más. Se
coordinaron desde la franja de Gaza (que, como ya se dijo, la organización
terrorista controla desde 2007). Obviamente, Israel respondió.
En 1933, Paul Hindenburg nombró
canciller a Adolfo Hitler. Esperaba el viejo militar prusiano, usar la
popularidad del cabo austriaco (que por una ley alemana le permitía postularse
a cargos políticos) para fortalecer un gobierno autoritario que lograra
recomponer la crisis generada durante la República de Weimar. Quien luego fuese
llamado mein Führer (mi líder) se
valió de la crisis económica heredada de un proyecto político fallido, la
propaganda violenta y la inestabilidad para consolidar su poder, culminando en
una dictadura totalitaria con la aprobación de la Ley de Habilitación en marzo
de 1933 y la posterior abolición de los derechos civiles.
El 1 de septiembre de 1939, tras una
escalada diplomática muy agresiva, destinada a ocupar territorios, amparados en
una deformación geopolítica del principio, originalmente geográfico y
biológico, conocido como espacio vital (Lebensraum), propuesto por el
geógrafo Friedrich Ratzel a fines del siglo antepasado y que sirvió de excusa
para la agresión japonesa en Asia e italiana en Abisinia (ahora Etiopía),
comenzó oficialmente la Segunda Guerra Mundial. Berlín debió soportar por ello
bombardeos constantes, primero del Reino Unido y luego, de los aliados. Al
momento de entrar los rusos (y dos meses después, los estadounidenses y
británicos), la ciudad estaba asolada. Destruida.
El 6 de diciembre de 1941, el
Imperio Nipón atacó a la base estadounidense de Pearl Harbor en Hawái. El 6 de
agosto de 1945, Hiroshima fue arrasada por un bombardeo atómico, seguido en
Nagasaki (tres días después). El 15 de agosto siguiente, el emperador Hirohito proclamó
la rendición incondicional. El 2 de septiembre, a bordo del USS Missouri, Japón
suscribió el correspondiente instrumento. Tokio estaba destruida. Tal vez tanto
como Hiroshima y Nagasaki.
¿A dónde quiero llegar? Veamos…
No lo dudo, la respuesta israelí
tras el ataque del 7 de octubre de 2023 pudo ser brutal. Despiadada. No obstante,
la autoridad que de facto controla la zona – y ejerce el papel de gobierno –
atacó a Israel. Se entiende que desde el punto de vista del derecho que rige la
guerra (si es que tal cosa es creíble y, sobre todo, ejecutable), ese ataque
justificó la respuesta militar israelí (casus
bellis). Insisto, de parte de Israel hubo una réplica cruenta e incluso,
exagerada. Sin embargo, hablar de genocidio sería reconocer que en el curso de
la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), los aliados también perpetraron
genocidio. Y bien sabemos, no fue así. Cabe decir, en ese conflicto, en esos
seis difíciles años, murieron 55 millones de personas, entre ellas, más de seis
millones de judíos asesinados sistemáticamente solo por su raza (incluyendo a
Santa Edith Stein (o por su nombre religioso, Santa Teresa Benedicta de la
Cruz), nacida judía y una vez que acogió el catolicismo y tomados los hábitos,
fue canonizada en el seno de la Iglesia Católica por San Juan Pablo II). Envenenada
con Zyclon B en una de las cámaras de gas de Auschwitz, murió en parte por ser
judía (de raza) y en parte, por su fe católica, el 9 de agosto de 1942, y por
ello se le reconoce como mártir.
El ataque del 7 de octubre se
fundamenta en razones que, sin dudas, parecen nacer del ideario nazi. No
olvidemos, esa agresión ocurrió dentro de un contexto esencialmente xenófobo: Más
que la construcción de un Estado palestino, como lo pretendieron Rabin y Arafat
tras los acuerdos de Oslo, Hamás persigue la destrucción del Estado judío, y,
como lo han manifestado voceros islamistas y a pesar de que en Occidente muchos
se rasguen las vestiduras (cuyo significado bíblico, incurso en las ancestrales
tradiciones judías, es una manifestación externa y exagerada de dolor, duelo, pena o indignación), también el
de esta civilización.
En lo
particular, considero a Benjamín Netanyahu un radical. Su partido, Likud (de
derecha, sí, pero no estriba en este hecho su obstinación), se opone a la
solución de dos Estados, como se propuso en 1947, y que los ya citados acuerdos
de Oslo respetaban y, sobre todo, reconocían. Sin embargo, aunque repudie al
personaje, acusarlo de genocida sería tan absurdo como acusar a los aliados por
los bombardeos sobre ciudades alemanas y japonesas o, incluso, a Putin por la
agresión rusa a Ucrania (que es, de hecho, una disputa territorial y, por lo
tanto, una guerra convencional).
Brutal y
despiadada, aun cruenta, pero mal puede decirse que sea un genocidio. Sí hubo
crímenes de guerra y violaciones al derecho internacional humanitario, y los
hubo en ambos bandos. Hamás dista mucho de ser víctima y a juicio de muchos, es
el causante de la desgracia de miles de palestinos, que, no lo dudo, tanto como
los judíos, solo desean vivir sus vidas tranquilamente. Y sí, lo sé, tristemente,
bien viene al caso recordar las palabras de Oriana Falacci sobre ese conflicto:
mal puede haber paz si ambos bandos – en realidad sus líderes - se odian a
muerte («Entrevista con la historia». 1976).


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