viernes, 16 de agosto de 2013

¡Seamos serios!

Los peligros que entraña la República no son pocos ni despreciables. Este proyecto delirante ha deformado las concepciones del Estado y del Gobierno, las cuales ha reducido a discusiones mostrencas. La realidad se nos ha plantado de frente con su rostro inamistoso. Después de 14 años ensayando un modelo económico desgastado y probadamente inservible, como lo es el socialismo, la inflación y la escasez se han apoderado de la cotidianidad de los ciudadanos. Este (des)propósito, liderado por un hombre con una formación académica pobre como lo fue Chávez, simplemente fracasó, como lo podía prever cualquier persona con dos dedos de frente y una mínima noción de los eventos históricos recientes.
El gobierno de Maduro se encuentra arrinconado. La ambición de Chávez por reelegirse, a pesar de su precaria salud y su incapacidad manifiesta para hacerle frente a un tercer mandato, desoló las arcas públicas y demolió finalmente las pocas instituciones que permanecían de pie. Hay un sinfín de ataques a la constitucionalidad y a la ley que ciertamente han minado las instituciones hasta reducirlas a apéndices del PSUV. Eso es del todo inaceptable. Hoy por hoy, el gobierno está políticamente debilitado – las elecciones del 14 de abril pasado arrojaron una migración de casi un millón de votos del chavismo a la oposición a pocos meses del deceso del caudillo – y las arcas exhaustas, mientras una población expectante por las dádivas que ayer concediera el comandante ve como sus ingresos cada vez valen menos.
La oposición por su parte, parece perdida y torpe. Sus metas han sido en estos años cortoplacistas, por lo que, derrotada en las urnas, sea con o sin trampas, genera desconfianza y desmoraliza a las personas de a pie, que, acosadas por los graves problemas, siente al liderazgo opositor incapaz para enfrentar eficazmente las políticas erradas de un gobierno ideológicamente obsoleto. La visión meramente electoral de los grupos opositores los ha enfocado en los comicios y ha obviado el arduo trabajo de construir una ciudadanía reflexiva que no se limite a votar, sino que analice, que indague y que exija respuestas serias y viables a sus problemas. Claro, un país de caudillos como éste no desea un electorado realmente activo y crítico.
Las otras expresiones de la sociedad han sido mudas. Las academias no han realizado pronunciamientos institucionales que desnuden la gravedad de las violaciones a la Constitución y las leyes – más de 1500, según alguno que lleva la cuenta – o la inviabilidad de medidas económicas probadamente fallidas. Las universidades se han limitado a discusiones de índole salarial y han obviado la desmejora substancial de la calidad educativa. La Iglesia ha silenciado su voz ante la innegable inmoralidad que hoy nos corrompe, a tirios y troyanos. Somos una sociedad adormecida e inmersa en una peligrosa anomia. 
El peligro repica sus trompetas a las puertas. Las desgracias no ocurren porque algunas personas se atrevan a presagiarlas. Ocurren porque nadie hace nada para impedirlo. Un rayo – fenómeno natural muy común – causó un incendio en una refinería venezolana. No hubo el incendio porque algunos expertos auguraran la tragedia ante la evidente falta de mantenimiento de las instalaciones, sino por la negligencia para tomar las medidas preventivas. Asimismo, el caos y el desorden suelen traer consecuencias desagradables e indeseables, como los detestables “pone orden” que hemos padecido durante nuestra historia republicana.
Estamos obligados, por nosotros y nuestros hijos, a responsabilizarnos y exigir de unos y otros seriedad. Las leyes no están al servicio de unos gobernantes, como no somos tampoco soldados en un matacán. Basta de loar una conducta castrense que ofende la civilidad democrática. Basta de esperar del gobierno las soluciones que nos competen a cada uno respecto de nuestro propio entorno. La propaganda y el discurso maniqueo no van a resolver los problemas. Negar la crisis, tampoco. Mucho menos, plegarse automáticamente a un líder, sin ninguna capacidad de crítica y ajenos a nuestra obligación con nosotros mismos. Hemos llegado al extremo de la banalización y si no asumimos una actitud mucho más seria y responsable frente a nosotros mismos, no vamos a solucionar a largo plazo nuestros problemas, que son muy graves.   

martes, 6 de agosto de 2013

¿Un mal sin cura?

No me culpen por echarles este cuento, que sólo sé del mismo lo que la lógica me ha narrado. El 20 de mayo de 1993, el señor Carlos Andrés Pérez salió de Miraflores, botado, como una sirvienta a la que han pillado con unas prendas de la señora. Su salida no obstante, no se debió al surgimiento de un caudillo cuartelero, que, según uno que otro que sobre él ha escrito, ni siquiera entró al ejército por una verdadera vocación castrense. Se debió a la inconformidad de un grupo, suerte de festín que reunía a intelectuales, líderes políticos, aún los de su propio partido, y desde luego, a los empresarios. Y su pecado no fue cogerse unos cuantos reales que hoy no compran un carro usado, lo que a la final también resultó ser falso. Su pecado fue tratar de cambiar el statu quo.
El caudillo, fallecido en marzo de este año, contó con el espaldarazo de dueños de medios, periodistas reconocidos, intelectuales y uno que otro coleado, que haciéndose llamar los notables, impulsaron primero la presidencia de un anciano decrépito y luego, la de un desconocido, cuya carta de presentación fue un golpe de Estado fracasado del que después se ha tratado de construir una falsa mitología. No fue el pueblo pues, que puso al caudillo barinés en Miraflores, sino una clase política compuesta por gente de variadas procedencias y que, en los corros políticos, se les suele llamar establishment.
El amor del caudillo por su pueblo, el proyecto de salvación nacional que propuso, sin dudas con ingenuidad pasmosa, una constituyente regeneradora y sanadora no era lo que realmente tenía en mente el establishment. A ellos les bastaba mantener el statu quo, que resguardase sus buenos negocios de una genuina competencia con productos y servicios importados del exterior e infinitamente superiores. Claro, por algo se dice, a veces con razón, que mal paga el diablo al que bien le sirve. Y a éste, que fue consentido por los ricos y los pobres, tampoco le importaban los pobres, necesarios siempre para vender su mercadería ideológica devaluada y de ese modo, apropiarse del Estado, del gobierno y del poder para confundirlos todos con su ego engrandecido.   

Al final del cuento, todo ha cambiado y nada ha cambiado. Muchos de los que ayer apoyaron y aplaudieron al caudillo, hoy están quebrados. Otros se han plegado al discurso y, acompañados de una nueva casta política, se han enriquecido aún más. Nada nuevo en estas tierras calenturientas, que han visto pasar por sus campos, la más de las veces desolados por ese culto al líder mesiánico, huestes que nunca han sembrado algo distinto a la miseria y la muerte. Lo triste es que a estas alturas, ya deberíamos estar curados. 

domingo, 21 de julio de 2013

El mítico Samuel Goldstein

Hay un legendario Samuel Goldstein en oposición a otro mito, un Gran Hermano, omnipresentes ambos en la vida de los ciudadanos de un imaginario país, Oceanía. Hablo, por supuesto, de uno de los ensayos novelados mejor acabados sobre el totalitarismo de la literatura mundial: 1984. Su autor, George Orwell, fue un miliciano voluntario que luchó del lado de los comunistas durante la Guerra Civil Española (1936-1939). Desde las trincheras pudo atestiguar la farsa comunista desde sus entrañas y, sobre todo, el horror de los regímenes totalitarios.
Los ciudadanos de esa distópica sociedad futurista viven siempre bajo la amenaza de un enemigo, siempre al asecho. Ése es el rol que en la obra juega el mítico enemigo público, Samuel Goldstein. En Venezuela lo llamamos vulgarmente paga peo. Y de eso va este personaje, de ficción en la novela y de ficción en la realidad de las naciones socialistas y por ende, totalitaristas. Se necesita de un enemigo a quien endilgarle todas las culpas, como lo ha sido, desde que hay pendejos que creen las necias monsergas socialistas, los Estados Unidos, y, por supuesto, a quienes identifican con esa nación. Pero no se confunda. El verdadero enemigo es todo aquél que disienta.
He leído en la prensa venezolana que el gobierno compra armamento militar, mientras la población está exhausta de hurgar por un rollo de papel higiénico, por unas pechugas de pollo, un saquito de harina de maíz o de trigo, e incluso, cosa increíble, por gasolina. He leído que quien ejerce la presidencia – con serios cuestionamientos sobre su legitimidad de origen – asegura que ahora la patria es inexpugnable, mientras los empresarios suplican por los escasos dólares que, al parecer, adjudican caprichosamente las autoridades cambiarias. Claro, todo el gasto militar se justifica a las vistas de este régimen totalitario, porque hay un enemigo, un supuesto Samuel Goldstein criollo asechando no a los venezolanos, sino a los chinos, los bielorrusos, los iraníes y los rusos que con la indulgencia del gobierno nos han despojado de nuestros recursos.

Chávez no inventó nada. Maduro, menos. Esta revolución solo sigue un manual obsoleto, entregado por los líderes de una isla estacionada en el tiempo, hambreada por su gobierno, que aún hoy, veinte años después de la caída del socialismo, sigue aferrada a ese modelo inservible. Esta revolución – como lo hiciera también la cubana – apenas repite estribillos de otros modelos horrendos, como el nacionalsocialista alemán o el fascista italiano, que, dicho sea de paso, tampoco difieren mucho de las barbaridades del totalitarismo soviético, cuyos vicios, formas y usos fueron desnudadas hace 65 años por George Orwell en su obra “1984”. 

martes, 9 de julio de 2013

Tenemos patria

No tenemos papel higiénico, pero, Chávez de por medio, tenemos patria. Palabras más, palabras menos, eso fue lo que dijo el canciller Elías Jaua. Pero, luego de releer unos textos de Umberto Eco, no deja de molestarme el mal sabor que deja la retórica prevaricadora. Cabe preguntarse pues, inmersa como está la mayoría de la gente en la cotidianidad de sus vidas, qué significa tener patria.
No le encuentro sentido a una patria en la que la inflación se comió en tan sólo un mes, 6% del ingreso familiar. Ni hablar de cómo ha mermado la capacidad adquisitiva durante los últimos 14 años. Una en la que el 91% de los asesinatos quedan impunes, mientras los gobernantes se desquician los sesos buscando acusaciones en contra de los opositores. No le encuentro sentido a una patria incapaz de generar prosperidad y seguridad para sus ciudadanos. Una que ha sido entregada impúdicamente al gobierno de los hermanos Castro. Una patria que se llama socialismo, no Venezuela.
El caudillo, el gigante, el amo de vida y hacienda que fue Chávez durante su estancia en el poder, degradó la patria que sí teníamos a esto, a este tinglado infeliz y triste que recuerda los circos malos, que en vez de traer alegría a los pueblos, sólo causan pena y tristeza. Y el canciller Jaua nos dice, nos regaña y nos reclama nuestras quejas, porque no hay papel higiénico, o harina, o carne, o un sinfín de productos que en otros días había de sobra y de variadas marcas. Nos acusa porque nos quejamos por cosas tan banales y no agradecemos al mentor de este mal chiste revolucionario que ahora tengamos patria.
La patria es una realidad cotidiana a la que se accede a diario, en la que tienen lugar todas esas anécdotas que construyen la vida de las personas. No hay patria porque ahora seamos prácticamente un protectorado cubano, independientes de la beneficiosa asociación comercial con los Estados Unidos y el resto de occidente, carentes de lo más básico para los seres humanos, pero, por sobre todas las cosas, libres, al decir de ellos, claro. Por tan pobre argumento, no puedo apartar de mi memoria la novela de George Orwell, “Rebelión en la granja”. Una patria no esclaviza a sus ciudadanos y eso es lo que precisamente ha hecho esta revolución socialista.
La patria se hace a diario, no con obras intangibles, sino con pequeños actos, con logros, que podrán ser pequeños, pero concretos. Cada uno haciendo lo suyo, modestamente, sin pretensiones de ser salvador del mundo, sino siendo tan sólo un buen ciudadano, que se ocupa de su trabajo, de su familia, como Dios manda. Y esto aplica a los más humildes trabajadores tanto como al presidente de la República. La patria no es un discurso retórico, es, en cambio, una cotidianidad que se dibuja en las pequeñas cosas más que en las grandes.

Por esto no tenemos patria hoy, sino un mal chiste, una grotesca idea de lo que un grupo anacrónico y desentendido de la contemporaneidad cree que debe ser una nación. La patria puede ser una idea, claro, una idea en los corazones de los ciudadanos; pero se manifiesta a través de una miríada de realizaciones, unas más simples que otras, como, por ejemplo, la variedad de productos en el supermercado, un trabajo estable, un salario decente, la posibilidad de acceder a un crédito, unas calles seguras, una educación de calidad que abra las puertas al desarrollo individual y, desde luego, una economía sana que permita todo eso. La retórica utópica – y prevaricadora - no va a construir patria alguna. Todo lo contrario. Si algo demostró el siglo pasado es que las utopías son eso, sueños delirantes, imposibles de materializarse, que lejos de liberar al ciudadano, lo han sojuzgado y esclavizado. 

El camino del Gran Hermano

    No recuerdo qué día de la semana fue. Hubiese podido buscarlo en Google, por supuesto, pero realmente no importa. Nos atañe, en cambio, que ese 20 de mayo de 1993 se produjo un quiebre de la institucionalidad que hoy, veinte años después, se siente en nuestra cotidianidad cada vez con mayor crudeza. Y aunque algunos aún crean que llevaron a cabo una gesta heroica al despojar a Carlos Andrés Pérez del poder, no lo fue, sin lugar a dudas. Por el contrario, el daño causado a la estabilidad republicana fue grave, profundo. Repararlo no será fácil después de dos décadas de retórica prevaricadora para justificarlo.
     La historia es un círculo, que, como los viciosos, vuelve sobre sus pasos, para repetirse, muchas veces fatalmente. Y lo ocurrido en Venezuela los últimos 30 años no difiere mucho, al menos esencialmente, de los procesos totalitarios llevados a cabo en la Italia fascista (1922-1945) y la Alemania nazi (1934-1945), y por su indiscutible parecido, en la extinta URSS, sobre todo durante la regencia del padrecito Stalin (1922-1952). La decadencia partidista venezolana ayudó a arrasar la credibilidad no sólo de los partidos políticos, que no hubiese importado tanto, sino del propio sistema democrático; tal como ocurrió en Italia y Alemania durante el período entre las dos guerras mundiales, gracias a la pusilanimidad de las potencias democráticas, incapaces para contener el auge de las ideas totalitarias.
     Hay trazas de algunas obras que, en efecto, han posicionado al PSUV en la provincia profunda, depauperada y en gran medida, olvidada, gracias a esa creencia de que Venezuela sólo existe en las ciudades de la zona costera. Hay también un país inmerso en las extensas tierras más allá de las carreteras, olvidado por todos, en el que, sin dudas, el PSUV ha hecho proselitismo exitosamente. Sin embargo, y esto es necesario destacarlo, también hizo importantes logros el NSDAP (el partido Nazi) a favor de los obreros alemanes, empobrecidos por las duras medidas impuestas por el acuerdo de Versalles al término de la Primera Guerra Mundial, así como por las consecuencias de la crisis durante la República de Weimar. Las buenas obras que haya podido hacer el PSUV, tanto como las del NSDAP, no desnaturalizan no obstante lo que significa una verdadera amenaza para la democracia venezolana (como lo fueron los órdenes fascista y nazi en su momento): la idea totalitaria de devastar todo pensamiento disidente, crear una “verdad” oficial e imponer un criterio único, dirigido desde el gobierno, que sería una suerte de Gran Hermano y, por ende, la oposición, una réplica del mítico Samuel Goldstein. Quien haya leído “1984” sabrá de lo que estoy hablando.
     Las críticas y, en todo caso, las razones para exigir un cambio en la política oficial no se basan en la pésima gestión de gobierno, de éste y también del de su causante, que desdichadamente no son una novedad en este país. Se fundamentan esas críticas y esas razones en el secuestro que se ha hecho del Estado y sus instituciones, para ponerlo al servicio de un partido, el PSUV, y de ese modo, dominar a la sociedad desde la cúpula partidista. La idea es, ante todo, desarticular las expresiones sociales, en especial las de protesta. Por ello, ese afán desmesurado por adueñarse de la opinión pública hegemonizando los medios. También por ello, ese desmedido empeño para apropiarse sindicatos, gremios profesionales, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos, grupos de electores, asociaciones de vecinos, juntas comunales y si se quiere, hasta de los delegados de curso en los kindergártenes, porque la idea es concentrar todas las expresiones de la sociedad bajo la tutela del Estado que, secuestrado por el partido, supone la subordinación de todas esas manifestaciones a las líneas partidistas. Y es por esto que tenemos razón quienes nos oponemos a este tinglado, aunque hayamos sido minoría en algún momento.  
     Las reglas democráticas fueron vulneradas hace rato, no por este causahabiente, sino por el propio caudillo. Sin pudor alguno, birlando los principios democráticos, se fue adueñando del Estado, al que llegó a someter como lo hicieran en su momento, el líder fascista italiano Benito Mussolini y el führer alemán Adolfo Hitler, quienes, distinto de lo que puedan creer algunos, gozaban de popularidad a pesar de la monstruosidad implícita en sus ofertas políticas. Chávez además se adueñó de Venezuela con la venia de la comunidad internacional, preocupada más por nuestro petróleo que por la salubridad institucional de este país y consecuentemente, de la región. Olvidaron que estas ofertas, como la de Chávez, son como un cáncer, que si no se detienen a tiempo, se van diseminando como la enfermedad maligna.

     Quizás nos hayan visto a los opositores de este desgobierno como malcriados en el pasado, que no deseábamos a Chávez porque era zambo, destemplado y maleducado. Y puede que lo pensaran, en parte,  gracias al verbo prevaricador del gobierno chavista y, por qué negarlo, también en parte por la estupidez de no pocas voces opositoras, sobre todo entre una clase media frivolizada y terriblemente superficial. Pero olvidan que si algo ha caracterizado a la sociedad venezolana ha sido la movilidad. La oligarquía venezolana ha sido siempre temporal y dependiente para su formación de la detentación del poder político. Ayer fueron unos, hoy, éstos, y mañana, serán otros, sin lugar a dudas. Olvidaron los líderes de otras naciones, y he aquí lo más grave, que abusando de las reglas democráticas, Chávez les trazó el camino a esta nueva ralea de dictadores que pretende entronizarse en una de las zonas económicas emergentes del planeta: América Latina. Y olvidan todos, allá y acá, que sin libertades, la economía siempre acaba de por derrumbarse. 

martes, 25 de junio de 2013

La verdad en el medio de los dos

Una concentración de 200 mil personas, reunida en la Piazza Venezia de Roma, aplaude al Duce, Benito Mussolini. Vocifera con vigor, haciendo bien su rol de pueblo, para que, a la luz de los ingenuos, acepten como verdades la retórica prevaricadora que desde su púlpito pregona. Miles, entretanto, son perseguidos, porque al Duce, como a todos los líderes totalitarios, la disidencia le incomoda y, por ello, la entiende como un delito.
Hoy, después de varias décadas desde su muerte, se tiende a creer que siempre fue repudiado. Eso, no obstante, es incierto. Como tampoco lo fueron su par alemán, Adolfo Hitler, o en días más recientes, Augusto Pinochet. La clase obrera alemana apoyó al führer con la misma devoción que las masas chavistas al caudillo bolivariano. Del nazismo devino otro juicio luego del hallazgo de los horrores que significaron Auschwitz y Treblinka para la humanidad.
No faltaron desde luego, voces tanto en la Alemania nazi como en la Italia fascista opuestas a los regímenes imperantes, como no faltan hoy voces que aplaudan la labor de Pinochet en Chile. Y es que resulta muy superficial y poco inteligente simplificar las circunstancias históricas como si fuera una película de cowboys, donde unos son buenos y otros, malos. La realidad no puede ser vista con tanta simpleza. Hubo no obstante, en estos regímenes, una conducta perversa que los sitúa en la picota con sobradas razones.
Chile ciertamente le debe a Pinochet la rectificación del desastre económico legado por el gobierno socialista de Salvador Allende, que fue caótico, empobrecedor y si se quiere, génesis del horror que supuso la posterior dictadura militar, a pesar de lo que pueda decirse desde las tribunas izquierdistas, que han hecho de Allende un mártir que sin dudas no fue. La Alemania nacionalsocialista prosperó económicamente y las clases obreras ganaron suficiente para mantener dignamente a sus familias, hasta que el dispendio causado por la guerra los arruinó como país. Otro tanto puede decirse del impulso económico alcanzado por la desaparecida URSS, durante el horrendo gobierno del “padrecito” Stalin.
Hubo pues, en todas esas circunstancias, verdades ocultas, razones que pensaron justificaban esos regímenes. La humillación impuesta por Clemenceau al gobierno alemán después de la Primera Guerra Mundial depauperó moral y materialmente al orgulloso pueblo germano, que vio en el führer una esperanza de recuperación económica y sobre todo, moral. La sociedad chilena vio en Pinochet el orden necesario, perdido durante el pésimo gobierno socialista de Allende. Quiso el padrecito Stalin crear una Rusia industrial y poderosa. Hubo pues, en todos esos regímenes, buena intención. No obstante, bien dice el refrán popular, de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno.
Hay verdades como mentes existen. Sin embargo, objetivamente, la falla de los regímenes autoritarios, sean de izquierda o de derecha, reside realmente en la inmoralidad de sus actos. El estribillo de “La canción del elegido”, que justifica las masacres ejecutadas por el Ché (iba matando canallas con su cañón de futuro), reluce hoy como una inmoralidad injustificable. Y lo es porque atribuye a un hombre o grupo de hombres, el derecho de ser a la vez juez, jurado y verdugo en nombre de una ideología. Los asesinatos de La Cabaña fueron eso, unos asesinatos, semejantes, si se quiere, a la masacre en el estadio de Santiago de Chile después del golpe del ‘73. No importa si en La Cabaña fueron unos cuantos y en el estadio muchos, la inmoralidad subyace en las razones de esas matanzas.
Francis Fukuyama lo dijo: el liberalismo triunfó definitivamente gracias a la victoria francesa en Jena, octubre de 1806. El liberalismo se impuso entonces, no con la caída de la URSS en 1991. Y la única razón que justifica este triunfo es la ética implícita en el modelo liberal que no se advierte en los demás modelos políticos. En los días de las revueltas de 1848, cuando surgió “El manifiesto comunista”, quizás la violencia haya sido vista como un vehículo para corregir fallas sociales derivadas de la Revolución Industrial. Hoy, en cambio, hablar de luchas, de muerte, de guerras ideológicas, como lo pregonan los voceros del chavismo radical, resulta inmoral. Sobre todo porque, distinto de los innegables logros políticos, sociales y económicos del liberalismo; el socialismo resultó ser, a la final, una tontería que costó vidas, así como la miseria espiritual y material de millones de personas.
La verdad, que siempre es relativa, pero hay rasgos que entendemos y reconocemos colectivamente como correcto, de acuerdo a cánones morales generalmente aceptados. Y privilegiar a las clases más pobres sólo por el hecho de ser pobres no sólo es un acto inmoral y ofensivo para quienes han prosperado gracias al esfuerzo propio, sino una terrible injusticia basada en una idea tonta. El socialismo privilegia la flojera y castiga el trabajo, que ha sido considerado, desde tiempos bíblicos, una virtud.
No discuto las intenciones que el gobierno de Chávez pudo tener antes y el de Nicolás Mauro, ahora. Rechazo no obstante la inmoralidad glorificada por el liderazgo revolucionario, que, al parecer, como consecuencia de sus resentimientos restañados, propicia una indecente lucha de clases, injustificable en el mundo contemporáneo; aúpa la revancha del holgazán contra el trabajador y promueve la envidia del mediocre hacia la persona exitosa. La pobreza, que ciertamente es un problema doloroso, no se combate con bobadas y discursos melosos, sino con políticas serias, pensadas cuidadosamente, que incluyan realmente a todos los actores, que, hoy por hoy, son muchos más que patronos y obreros.
La contemporaneidad ha demostrado que la revolución bolivariana es una tontería inmoral e injusta y, por ello, sin armas, sin sangre, pero con la justicia objetiva sobre su proceder indecente, debe terminar, aunque Nicolás Maduro permanezca al frente del gobierno. 

martes, 11 de junio de 2013

A buen entendedor...

Se cree, y tal vez con alguna justificación, que ejercer el gobierno supone detentar el poder. Sin embargo, eso no es cierto. AD, partido que en 1945 asumió la conducción del país por la vía de hecho, comprendió durante los amargos años de la dictadura militar, que se puede estar al frente del gobierno, como lo estuvo, y carecer del poder, así como pasar a la oposición y ejercer el poder. La noche del 19 de octubre de 1945, el entonces joven Rómulo Betancourt advirtió la debilidad del partido frente a sus socios militares. Apenas tres años después, el 24 de noviembre de 1948, perdían el poder sin que los militares echasen un tiro y sin que la sociedad reaccionase violentamente en defensa del presidente Rómulo Gallegos. A partir del 23 de enero de 1958, AD entendió que no necesitaba ser gobierno para ejercer el poder. AD, sin dudas, llegó a ser el partido más importante entre 1958 y 1998.
Chávez llegó al poder en diciembre de 1998, amparado por una clase dominante, temerosa del Gran Viraje de Carlos Andrés Pérez así como por el reciente rechazo al orden instituido desde 1958 que se vendía al populacho desde las bibliotecas de los intelectuales. Claro, con la idea de mantener el statu quo, por eso de cambiar para que todo permanezca igual. La revolución bolivariana llegó al poder porque factores ajenos a ella le allanaron el camino. Haría que ver si el PSUV, expresión política del movimiento revolucionario, entiende lo que AD comprendió después de 1948, precisamente por la forma como se produjo el golpe de Estado y la persecución que de los adecos se hizo entre 1948 y 1958.
Nadie puede discutir el enorme capital político de Chávez. Su legado no obstante deja mucho que desear, aunque afanen tanto por elogiar una obra paupérrima. Y, tal vez como le ocurrió al maestro Rómulo Gallegos los meses siguientes a su elección, el PSUV pierda el poder porque Nicolás Maduro es el punto más débil de la cuerda. No malinterpreten mis palabras, que estoy seguro que esta sociedad terriblemente frivolizada y superficial lo va a hacer sin pudor alguno. La única semejanza entre don Rómulo Gallegos y Nicolás Maduro es la patente fragilidad de sus gobiernos. Y así como el autor de "Doña Bárbara" dependía de la robustez política ofrecida por Rómulo Betancourt, quien hoy ejerce la presidencia debe apoyarse en el hombre fuerte del régimen.
Hoy por hoy, gracias al legado del Comandante Supremo, el debate político se ha degradado a discusiones sobre la escasez de papel higiénico, prueba elocuente del fracaso absoluto de las políticas económicas ideadas por el monje Giordani al amparo del caudillo, cuyo objetivo siempre fue emular un modelo semejante al cubano, aceptando los condicionantes de nuestros tiempos, desde luego. El resultado es un país económicamente al borde del colapso. El aparato productor está depauperado, dependiente cada vez más de las importaciones pero sin dólares para satisfacer sus compromisos con los proveedores extranjeros. Supongo que Nicolás Maduro está al tanto de esto, aunque la pugna interna en el seno del PSUV por dominar el poder lo distraiga de los problemas que, me figuro, le señalan sus asesores.
La crisis ha menguado el poder del PSUV, que borrándose rápidamente la figura del caudillo, como en efecto parece estar ocurriendo, ve mermada su otrora enorme popularidad. A pesar del innegable trabajo proselitista en la provincia profunda, no es el portento de unos años atrás y la migración de 900 mil votos hacia la opción opositora el pasado 14 de abril es una prueba de ello. Al parecer, sin Chávez como portaviones, la fortaleza del PSUV puede volverse sal y agua. Sobre todo porque el caudillo no permitió que surgieran liderazgos emergentes capaces de recogerle el testigo más allá de la designación de Maduro, a última hora y posiblemente con la esperanza de que no se materializara. Para Maduro eso es muy grave. La economía está muy mal y no dudo que pronto se le plantee al gobierno la necesidad de girar la ideología oficial. Eso supone apartarse del camino trazado por el Comandante y por la insolente intervención del gobierno cubano, entrometido en los asuntos internos gracias a la beligerancia que les permitió el caudillo fallecido. Y ello puede causar rechazo en las bases chavistas, con lo cual agudizaría su fragilidad política.
Maduro no obstante está obligado a rectificar económicamente. La crisis no le ofrece muchas alternativas. Y puede que el reciente acercamiento al gobierno estadounidense se deba a esa urgente necesidad de cambios. Si no lo hace, el establishment podría perder demasiado, y ciertamente, dudo que esté dispuesto a sacrificarse por la memoria del caudillo y menos aún por un presidente cuya legitimidad está seriamente cuestionada.