sábado, 8 de junio de 2013

Es sólo una tesis

No creo en casualidades y menos aun cuando se trata de política. Los audios mostrados recientemente por opositores parecen evidenciar lo que a ojo de buen pulpero lucía inevitable: el establishment se fastidió de la nomenclatura. Y era de esperarse. La actual catástrofe nacional es el resultado de un proyecto delirante.
Cabe preguntarse por qué ahora y no cuando el dueño del circo estaba vivo y gobernaba este tinglado tan deficientemente como su sucesor. Y la respuesta es muy simple: a él también le hubiese reventado el problema. Esta crisis se fue gestando a lo largo de 14 años de disparates económicos. Si Chávez estuviese al frente del gobierno hoy, estaría frente a la misma crisis que encara Maduro, sólo que contaría con mayor capital político. Y no dudo que el establishment estaría ahora ventilando cuitas para despojarlo del poder.
Hugo Chávez y muchos venezolanos no entendieron – y puede que aún no lo tengan claro - que su acceso al poder se debió al apoyo ofrecido por los grupos de poder, que erróneamente pensaron poder manejarlo. Y puede que también ignoren que esos mismos grupos podían quitárselo, como hicieron con Carlos Andrés Pérez en 1993. Al expresidente Pérez no lo sacó el pueblo, como pretenden hacer creer a los ingenuos. El establishment fue quien articuló el proceso jurídicamente cuestionable para deponerlo, así como fue quien manipuló a la opinión pública para desprestigiarlo. Y lo hizo porque el “Gran Viraje” afectaba sus intereses y las salidas planteadas entonces podían escaparse de su control. 
Chávez ya no está (para su suerte). Su heredero enfrenta una crisis de envergadura para la cual no parece estar ni remotamente preparado. De gobernar Chávez hoy, tan sólo tendría mejor capacidad para maniobrar por su indiscutible popularidad. Maduro sin embargo no la tiene y las dificultades en puertas parecen superar su capacidad. El establishment podría estar maniobrando tras corrales pues, para anticiparse a salidas indeseables que escapen de su control (como pudo haber hecho con Pérez después de los conatos de golpe de Estado de 1992).
Surgen audios y videos que obviamente suministra alguien con acceso a los círculos de poder. Se dice que podrían haber salido de Miraflores, para liberarse del presidente de la Asamblea Nacional y que precisamente por ello no han interrumpido su divulgación con cadenas de radio y TV. No soy tan necio para descartar esta tesis. Sin embargo, me resulta poco creíble. Creo que la alianza entre Maduro y Cabello es vital para la supervivencia de ambos, por lo que resulta improbable que uno desee atentar contra el otro. Se necesitan. Y lo creo porque de querer Cabello el poder, tuvo una oportunidad única en enero de este mismo año. Pero en cambio, si el establishment desea en efecto poner fin a este proyecto, debe deshacerse primero del verdadero hombre fuerte del régimen. Y ése no parece ser Nicolás Maduro.
Recuerdo mucho estos días el final de la era Fujimori. El régimen del expresidente peruano maniobró cuanto pudo para mantenerse. No lo logró y los videos de Vladimiro Montesinos socavaron las bases de un gobierno que de no haberse engolosinado con el poder, habría trascendido a la historia como el que derrotó al Sendero Luminoso y abatió la hiperinflación en Perú. Chávez también pudo haber hecho mucho, gracias a las ingentes sumas de dinero recibidas en estos 14 años y a su innegable capital político. No lo hizo. Su legado se ha reducido a una crisis que ha puesto al gobierno a hablar de papel sanitario en lugar de los grandes debates que aún siguen pendientes.
El establishment puede haberse aburrido de pajaritos y aparecidos. A estas alturas, a nadie parece interesarle mucho el Comandante. La cotidianidad los ha abofeteado reciamente y como reza el refranero popular español: el muerto al hoyo y el vivo al boyo. La gente sufre la escasez y la carestía de productos de primera necesidad y los grupos de poder comienzan a temer por los giros indeseados que eventualmente puedan presentarse. Y se sabe, nada hay tan cobarde como el dinero. El establishment puede manipular fácilmente a una masa harta de la hostilidad en la que se ha convertido su vida diaria y así poder maniobrar como en efecto hizo para deponer a Carlos Andrés Pérez. Esto, desde luego, es tan sólo una tesis.  

lunes, 22 de abril de 2013

El causahabiente


Hay dudas sobre el triunfo de candidato Nicolás Maduro. La actitud de niño que rompió algo y corre a esconderlo, lejos de ayudar a esclarecer, oscurece más. Su victoria parece espuria. Y no sería ésta la primera victoria puerca de la historia humana. No son ellos tan inéditos como les hacer creer su propia ignorancia. Sólo para citar un ejemplo entre muchos, Alberto Fujimori se aferró al poder más allá de lo sensato, apelando a formas impropias que, una vez perpetradas, le impedían luego corregir su proceder delincuencial y, por ello, le imponían una imperiosa necesidad de conservar la presidencia. Su espiral de mentiras, chantajes y embelecos le complicó su último mandato y, de haber podido pasar a la historia como un gran presidente, que controló la inflación desenfrenada y derrotó al Sendero Luminoso, terminó preso.
El triunfo de Nicolás Maduro es dudoso. Y lo mejor en estos casos es contar otra vez. Nada raro en cualquier régimen democrático, dicho sea de pasada. Así se hizo dos veces en la primera elección de George W. Bush. Sin embargo, de acuerdo a las múltiples fotos colgadas en redes sociales, las cajas con las papeletas de los votos al parecer han ido apareciendo tiradas en caminos y mogotes, o arrojadas por desbarrancaderos plagados de zamuros. Y las autoridades – sobre todo las más interesadas en que el conteo les lave la cara – se resisten tercamente. Si Maduro ganó sin trapisondas, no habría problema alguno con recontar las papeletas. Su triunfo estaría doblemente ratificado. Al parecer, no pueden correr ese riesgo. Ellos sabrán por qué.
Maduro empieza pues, con muy mal pie. Su triunfo es dudoso, oscuro. Hiede a engañifa. Sobre todo porque sus vínculos con el régimen de los hermanos Castro, una tara inmunda que infesta nuestro hemisferio, ensombrecen una victoria que no parece tal. Y no es para menos. A 13 mil millones de dólares no se renuncian tan fácilmente. Por razones inexplicables, Cuba se ha enquistado como un tumor maligno en las instituciones venezolanas y, por lo visto, hay muchos más fieles al rostro de Benjamín Franklin que al Libertador. Triste y duro decir esto, pero no por ello, menos cierto. Por eso, a él más que nadie le conviene el recuento.
La gobernabilidad del actual régimen ya está comprometida. Y lo está en primer lugar, porque el país está claramente dividido. Ninguna de las dos fuerzas es contundente, ninguna de las dos es lo suficientemente vigorosa para darse el lujo de no negociar. Ni siquiera Chávez pudo hacerlo, con todo su capital político en sus arcas. Mucho menos podrá Maduro, que visto ahora en la cruda realidad de gobernar un país inmerso en una profunda crisis, no podrá apelar a los trinos de un pajarito, a la memoria del difunto, que podrá quererlo, y se le respeta su afecto desde luego, pero ahora es él quien debe decidir. No puede asumir una postura intransigente. No hay piso político para ello. En segundo lugar, el gobierno no parece entender su propia fragilidad no sólo por ese triunfo pírrico, sino por la gravedad de una crisis económica que impactará decisivamente la cotidianidad nacional y sobre todo, de esas masas que con una economía precaria bien podrían desencantarse del proyecto chavista.
La crisis económica no tiene miramientos ni condescendencia. Se presenta como un camión cuesta abajo y sin frenos. El país está en bancarrota. Dos campañas presidenciales y una regional de escaso discurso y mucho derroche han dilapidado las arcas públicas. Venezuela adeuda alrededor de 200 mil millones de dólares y su producción petrolera ha caído a unos 3.4 millones de barriles diarios, de los cuales cobramos realmente unos 900 mil. Las misiones sociales cuestan una fortuna y lo peor, son gastos sin otra contraprestación diferente al voto sumiso. Obviamente, PDVSA no puede seguir sufragando tamaño dispendio y ese tema puede ser – y de hecho lo es – sumamente explosivo, peligrosísimo por lo demás. Ellos deberían saberlo, por su propio bien y desde luego, el de la república.
Venezuela ha apostado a la ingobernabilidad. El gobierno carece de seriedad y sensatez para afrontar la realidad por venir. Se limita a emular un proyecto inviable, propuesto por un caudillo incapaz para ofrecer soluciones estructurales a problemas muy graves. Se limita a vocear lemas y estribillos, mayormente racistas, segregacionistas y violentos. Y este gobierno, que, de acuerdo al CNE, ganó por una minúscula diferencia de votos, pende de un hilo y no parece comprenderlo. No puede darse el lujo de radicalizarse, de actuar despóticamente, porque el presidente ya no es Chávez y los problemas no se van a solventar invocando la memoria del difunto. 

lunes, 1 de abril de 2013

Abriendo los ojos



Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi
(Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie)
Dicho siciliano

Miles de personas hacían fila para despedir al caudillo. No mostraban agobio por el calor sofocante o la sed o el cansancio. El país estaba consternado. Nadie se atrevía siquiera a criticar su gestión de gobierno, que, luego de 14 años, legó una profunda crisis económica y política. Nadie se atrevía a sugerir su indudable talante autoritario y su comportamiento atávico. Su proceder intolerante, arbitrario y violento. Sus formas inaceptables para un líder que se precie de ser un verdadero demócrata. Y es que sus conmilitones comparaban – y comparan - cualquier crítica al caudillo como un sacrilegio imperdonable, como si de Dios se tratase, aunque precisamente ellos hayan hecho del difunto presidente un producto comercial y de sus exequias, un circo grotesco para prolongar la presencia del único líder en las filas del PSUV. Chávez murió, finalmente, derrotado por una enfermedad de la que poco se sabe, una tarde de marzo, si creemos la historia oficial. Hoy, yace solo, como muchas veces se sintió, en ese museo donde empezó, no su gesta sino su tránsito desde el anonimato hasta la deidad que una sociedad pueril construyó en torno suyo, al amparo, por supuesto, de quienes buen provecho supieron explotarle a ese fenómeno político.
El ungido, Nicolás Maduro, hombre al parecer gris, resguardado en su bajo perfil mediático, según dicen algunos, formado por Cuba mucho antes de la llegada de la revolución al poder, heredó todos los problemas engendrados por un gobierno económicamente irresponsable, pero no heredó, en cambio, el inmenso carisma del presidente Chávez. Eso, lamentablemente para Maduro, no se transmite como si se tratara de un bien. Se beneficiará por supuesto, el ahora presidente con una e minúscula entre paréntesis, del voto fiel y acrítico de las masas embrutecidas por el discurso prevaricador del caudillo, pero, incluso ganando las próximas elecciones, esas masas ciegas jamás serán la mayoría. Y puede que, por la fuerza de los hechos, terminen por abrir los ojos, como ocurre tan a menudo.
No puede afirmarse seriamente que el presidente encargado, causahabiente del poder exagerado que ostentó su causante, vaya a perder las elecciones, no sólo por el efecto del alud emocional hacia el caudillo fallecido, que ciertamente le favorece electoralmente, sino porque no dudo que, de nuevo, harán uso de todas las triquiñuelas imaginables para ganar votos. Sin embargo, parece una obviedad y por lo mismo, deviene en una certeza contundente: Nicolás Maduro no es Hugo Chávez. Hemos visto como aquél se afana para imitar a éste, pero las patanerías que a Chávez le reían sin pudor ni recato ni miedo al ridículo, a Maduro se las escuchan como ofensas y bobadas insoportables, como necedades de un majadero. Y no porque Maduro sea menos que Chávez, sino porque resuena a mala copia. Recuerda tal vez a esos comediantes mediocres que de querer imitar a Charlot o Cantinflas, terminan siendo un mal chiste, una bufonada repetida que no causa risa. Tal vez sería menos lamentable si se pareciera más a él y menos al difunto. Sin embargo, puede ganar, no hay duda de ello. Pero, hay que decirlo, precisamente por ello, ganando Maduro, podría perder – y mucho – él y el PSUV, y desde luego, toda Venezuela.
La crisis económica venezolana es muy grave. Algunos comparan su magnitud con la griega. Puede que sea semejante a la recibida por Carlos Andrés Pérez al inicio de su segundo mandato. Y es que entonces, tanto como hoy, no se trataba de si las cuentas dinerarias rendían o no para pagar los gastos, por lo demás dispendiosos, sino del agotamiento del modelo rentista-redistributivo, justificable durante el mandato del general López Contreras pero no hoy. Ese modelo, sin lugar a dudas, colapsó el 18 de febrero de 1983, si queremos endilgarle alguna fecha. Cabe preguntarse pues, si Maduro hará lo que requiere hacerse para superar la crisis, que empieza por supuesto con el recorte de ayudas harto onerosas al gobierno cubano. Y cabe preguntarse igualmente, ¿se lo permitirán los hermanos Castro, que se benefician con una ayuda de 13 mil millones de dólares al año, el doble de lo que recibían en el mejor momento del apoyo soviético[1]?
El modelo económico bolivariano jamás funcionó más allá de la inmensa renta petrolera recibida estos 14 años. Ni Chávez ni su mentor, Fidel Castro, quisieron entender algo tan elemental. Resulta más que obvio afirmar que no puede gastarse más de lo que se recibe, aunque se reciban inmensas cantidades de dinero. Era impensable que el petróleo pudiese costear semejante derroche, sobre todo si se ha administrado PDVSA con criterios tan escasamente productivos, obligándola a importar la gasolina que hoy en día consumimos. La crisis actual no desnuda sin embargo la plausible utopía delirante del proyecto revolucionario, sino la inviabilidad del modelo rentista-redistributivo imperante desde 1936, y, aún más grave, su fuerte raigambre en la idiosincrasia de los venezolanos.
Un artículo de Milagros Socorro aseguraba recién que estábamos madurando. Puede que sí pero también puede que no, que aún sigamos aferrados a proyectos pueriles. Crecer, como bien se sabe, duele, y, las más de las veces, mucho. No podemos aplazar más la toma de decisiones serias, ciertamente dolorosas, pero necesarias e impostergables. El establishment prefirió posponer ese necesario crecimiento y, por ello, depuso a Carlos Andrés Pérez en 1993. Creyó además que un militar autoritario serviría bien a sus intereses, que pueden resumirse hoy en la conservación del statu quo. No entendió entonces, esa elite dirigente, que no se trataba del sistema político, sino del sistema económico, de esa visión rentista de la economía. La democracia venezolana no estaba agotada ni mucho menos era el cajón de estiércol que el establishment la hizo parecer a fines del siglo pasado. Estaba agotado el modelo económico, ese modelo rentista-redistributivo. Las arcas estaban exhaustas y el país endeudado más allá de su capacidad de pago. Hoy por hoy, estamos en la misma situación pero los números son aún más catastróficos. Cabe preguntarse si hoy el establishment está dispuesto a madurar. Aunque a veces no se madura porque se quiera sino porque no queda de otra. Y es en esas ocasiones como más duele. Venezuela adeuda cerca de 200 mil millones de dólares[2]. La deuda para 1989 no superaba los 30 mil millones de dólares[3]. Intentar corregir las fallas económicas entonces costó además del estallido del Caracazo, el gobierno a Carlos Andrés Pérez y la democracia a los venezolanos. No hubo entonces voluntad política para hacer lo que debía hacerse y por ello, el establishment prefirió impulsar la candidatura de Hugo Chávez y demoler la credibilidad de nuestro sistema político. Creyeron que así cuidaban sus intereses. Desde los partidos hasta las cúpulas empresariales conspiraron para mantener el statu quo que, probadamente, era ya impagable. Ganó Chávez en 1998 y algunas veces más. Y ganó no porque ciertamente atrajese a las masas depauperadas que en 1988 amaban a Pérez. Ganó y se mantuvo porque al establishment le convenía económicamente. Aunque apoyar a Chávez era venderle al verdugo la soga con la que iban a ahorcarlos. El problema ahora es que se agotó el dinero para mantener el statu quo y, de paso, el ungido carece del liderazgo que en efecto tuvo su predecesor, aunque fuese, ese liderazgo, el síntoma de una enfermedad social.
El escenario se avizora complicado, como lo advierten hombres de la talla intelectual de Mario Vargas Llosa. Puede que gane Maduro, puede que no. En todo caso, no es éste el verdadero issue. Lo es éste, sin lugar a dudas, la gravedad de la crisis y las consecuencias que un gobierno pusilánime, torpe y anacrónico pueda acarrear. Pueden augurarse serios dolores de cabeza si no se toman correctivos responsables y se liberaliza la economía. Los venezolanos podemos aprovechar los recursos de todo tipo (que siguen estando disponibles), para avanzar con paso firme hacia el primer mundo. Claro, con criterio racional y evidentemente productivo. Pero no podemos seguir dilapidando fortunas en una idea que decididamente no nos llevará al primer mundo ni nos liberará de la pobreza. Todo lo contrario, nos aleja cada vez más.
Podemos salir de la crisis y aún más, podemos enfilar esta nación hacia el primer mundo, porque ciertamente tenemos recursos para ello. Sin embargo, no habrá solución posible si como pueblo no nos enseriamos y asumimos con responsabilidad la construcción de un país mejor desde el esfuerzo propio, protegido y aupado desde el gobierno.



[2] Fuente: http://www.empresate.org/analisis/alfredo-rincon-donde-va-la-economia-venezolana/
[3] Fuente: http://www.ildis.org.ve/website/administrador/uploads/PresentacionPODEMOSGUERRA.pdf

lunes, 25 de marzo de 2013

Imagine


Imagine una muchedumbre congregada en la Piazza Venezia de Roma. Decenas de miles de italianos vociferando frenéticamente a favor del Duce, Benito Mussolini. Le ríen las gracias, le complacen sus caprichos y en nombre del pueblo, al que representan en ese tinglado, deciden las políticas públicas. Visualice también a las masas en filas, bien organizadas, las antorchas encendidas y los estandartes con la esvástica. Imagine las arengas del Führer, al que esas masas idolatran como a un dios. Y al unísono gritan Heil Hitler, mientras alzan sus brazos en un saludo abiertamente castrense. Por último, recuerde las masas de adoradores de Chávez aplaudiendo las arengas incoherentes del caudillo en la avenida Bolívar o en el balcón del pueblo.
Cabe preguntarse qué hace de un persona semejante fenómeno político, sea un cabo cualquiera con un bigotico cursi o un teniente coronel sin mayores calificaciones y con una gestión de gobierno deplorable.
Estas anomalías políticas no son más que la evidencia de una enfermedad social. Por eso, surgirá irremediablemente un iluminado de éstos, si es lo suficientemente astuto para detectar esos temas que la gente desea escuchar y machacarlos cansonamente, sobre todo si sirven para culpar a otros de las desgracias propias, sean reales o no, como la pobreza causada en la Alemania entre guerras por los judíos o, en nuestras tierras, por una clase dominante perversa y meritoria de los peores castigos. El discurso antisistema caló hondo en la Venezuela finisecular como lo hizo el discurso nazi en su época (aún fronteras afuera). Y siempre se trató, allá y en estas tierras, de mentiras y medias verdades, de una ilusión que la gente deseaba comprar desesperadamente.
Hitler, Mussolini y nuestro comandante-presidente hicieron uso de una herramienta muy vieja pero no por ello, menos efectiva: la retórica prevaricadora. Un discurso falso, que incita al odio, a la división y a la guerra con el único propósito de asegurarle el poder al gobierno, encarnado en un caudillo iluminado. Un discurso que crea culpables externos para los males que son propios, que des-responsabiliza de a la gente de su destino, normalmente lamentable y por ello, seguido por miríadas de desdichados, ávidos por culpar a alguien más de sus propias miserias. Es un juego perverso que crea enemigos no para solucionar problemas, sino para adueñarse del poder. Sin pudor alguno, estos gobiernos incitan a la violencia y la promueven a través de grupos paramilitares, como la juventud hitleriana o los círculos bolivarianos, pero acusan de violentos a las víctimas de sus huestes. Enarbolan impúdicamente la bandera en pro de los más necesitados pero cimientan su permanencia en el poder en la pobreza que compra su discurso embustero. Crean enemigos, como el distópico gobierno en la novela “1984”, de George Orwell. Y aún más, inventan amenazas para reunir a las masas alrededor de una defensa nacional que ni siquiera está amenazada. Y eso somos los adversarios de este proyecto inviable y distópico, enemigos que bien sirven al gobierno para reagrupar a las masas en torno suyo, no para protegerlas sino para usarlas en beneficio propio. Y lo peor, lo más indignante, son muchos los que, para dar sustento al discurso prevaricador, padecen en carne propia esta desgraciada forma de gobernar.
Se crea una mitología particular, hecha a la medida del gobierno, inventando héroes e incluso, atribuyendo ideologías a personajes históricos, como el supuesto socialismo de Bolívar, impensable en un hombre que no sólo se forjó y creyó en las enseñanzas de la Ilustración sino que además murió 18 años antes del “Manifiesto comunista”. Se mezclan en un crisol evidentemente político las enseñanzas de Cristo, con los postulados de un ateo irremediable como lo fue Carlos Marx y la obra militar del Libertador, así como pasajes del Dr. King, de Mahatma Gandhi o Su Santidad el Dalai Lama si es que resultan convenientes para la retórica prevaricadora. Y poco les importa meter en un mismo saco a Su Santidad Francisco con el hijo de puta de Bashir Al Assad o un enemigo de la fe católica como lo es Mahmud Ahmadineyad. Se descontextualiza el pensamiento de los prohombres de la humanidad sólo para favorecer un sincretismo forzado, que ciertamente beneficie al discurso prevaricador y por ende, la permanencia en el poder del caudillo. Y lo más importante, no hay, por supuesto, un ápice de convicción ideológica en esas palabras más allá de la necesaria conservación del poder para forjar al hombre nuevo, aún si ese nuevo hombre es una piltrafa como lo eran los personajes adormecidos y tristes de la novela “1984”.  
Este discurso, desgraciadamente, trasciende a la mera palabra escrita o dicha. Se traduce en acciones que afectan nocivamente la institucionalidad republicana y aún más importante, la vida cotidiana de las personas. Se hace uso del aparato judicial y policial para amedrentar y perseguir adversarios, que son vendidos a las masas delirantes como enemigos y responsables de los problemas que su gobierno disfuncional ha ido creando, no por casualidad sino para impedir que las masas se civilicen y, una vez aburguesadas, dejen de comprar el discurso de odio, de resentimiento, de secesión y violencia. Y eso es lo que hace el socialismo, sea aquél propugnado en la desaparecida URSS, aquel engendro nacido del socialismo que alguna vez profesó el Duce, Benito Mussolini, creador del fascismo, o éste, bolivariano del “Siglo XXI”, que recoge fórmulas de todas las formas autoritarias imaginables.
Imagine entonces a las masas apáticas, acríticas, reducidas a una vida mendicante y a la condición de borregos, expectante de la dádiva y de la limosna que, de volverse el instrumento de dominación por parte del gobierno, sobreviven como espectros de lo que alguna vez fue una promesa de ciudadano, de persona proactiva y capaz de criticar el mundo que le rodea. Imagine su vida así. Pobre, sin la esperanza de salir de esa pobreza en la que le han condenado, sólo porque resulta mucho más importante imponer desde el poder – con las prebendas que comporta a quienes lo ejercen – un modelo anacrónico y plausiblemente fracasado.  
Yo, desde luego, me resisto a ser parte de esa masa acrítica y mendaz. ¿Y usted? 

lunes, 4 de febrero de 2013

La política del espectáculo


La frivolidad actual, plausible en casi todos los aspectos de la civilización contemporánea, ha desnudado síntomas de una enfermedad que aqueja gravemente a la humanidad hoy por hoy: la propensión cada vez más arraigada y generalizada a confundir bienestar con placer. La gente rinde culto al hedonismo, al extremo de parecer pecaminoso, y, por ende, proclive a despreocuparse sobre los temas profundos y a zanganear en la superficie. Gracias a ello, la resonancia de los intelectuales en el quehacer político es mínima en nuestros días y se pierde en la apatía de una sociedad egoísta al extremo de resultar irresponsable.
Nuestra civilización está definida por el espectáculo, como si se tratase un reality show. Por ello, los publicistas, anónimos creativos de las agencias publicitarias, ejercen un magisterio decisivo en las creencias y gustos populares y, sobre todo, en las preferencias electorales. Hemos visto pues, al menos los venezolanos, como las vocerías de las encuestadoras han ido definiendo el discurso político y son ellos voceros de la política como debería serlo, en lugar de ellos, el liderazgo. Los grandes temas se han ido dejando de lado, como un fardo indeseable, para detenerse cada vez con menos pudor en su espectacularidad. Por ello, no caben dudas, la frivolidad imperante ha empobrecido la calidad del discurso. Y por esa misma razón, el liderazgo se ha desdibujado hasta convertirse en simples stars, cuyo atractivo puede ser efímero, tanto como una moda. Se dice, incluso, que algunas de esas stars políticas hacen exigencias propias de las estrellas del rock o del cine, como exigir agua Perrier y, diariamente, una docena de rosas blancas en la habitación.
Si algo puede decirse de los humanos de hoy, quizá por  la presencia cada vez más débil de las religiones formales, es que rinden culto a Dionisio, aunque sin lugar a dudas son muchos los que obviamente ignoran quién es este dios de la mitología griega. Y tanto como las mujeres de algún relato mitológico, que olvidaron aún el amor por sus hijos para rendirse a los placeres ofrecidos por esta deidad del panteón griego; la humanidad se ha perdido en esta orgía que viene siendo el mundo actual. Nuestra civilización se ha vuelto superficial en extremo y su capacidad de análisis ha sido mermada por esa liviandad para entender y protagonizar su propio destino. Y no cabe dudad de ello, esa superficialidad imperdonable ha desdibujado este país hasta degradarlo al extremo de ser sólo un terreno habitado.
El mundo de hoy, tecnológicamente súper-desarrollado y globalizado debido al progreso de las telecomunicaciones, es un mundo de imágenes, no de palabras. El texto está subestimado y son pocos los que se aventuran a leer, mucho menos a pensar críticamente. Medio mundo se desvive y discute por una supuesta imagen del presidente Chávez entubado (probablemente falsa), aparecida en El País de España. No obstante, apenas unos cuantos escuchan los escasos voceros que exponen la gravedad de problemas verdaderos y ciertamente profundos, como la actual explosiva situación política y social venezolana. Claro, la fotografía de El País es con creces más espectacular – y no lo neguemos, terriblemente amarillista y de mal gusto - que las consecuencias políticas del eventual deceso del presidente, aunque sea éste el tema en verdad importante, debido a la marcada impronta caudillista de su régimen. Importa más lo que puede verse, retratarse, grabarse en video y subirse a YouTube, que el análisis serio de los sucesos que ocurren y están por ocurrir, los cuales se dejan de lado irresponsablemente. El debate, por ello, no versa sobre los temas trascendentes, sino los que pueden colmar – y de hecho, colman – los medios de comunicación. Y es que así no sólo ganan votos (y prebendas) los líderes políticos, sino también ingentes sumas de dinero los dueños de los medios. Porque si a ver vamos, las masas depauperadas y la apaleada clase media jamás han importado más allá de las fechas electorales.
A la gente común se le avasalla con imágenes que ni siquiera quiere cuestionar. Y esas imágenes han sustituido el debate, el discurso, aún las ideologías. No se busca convencer a un electorado juicioso, crítico, analítico. Eso ni siquiera se desea. Se busca conmover, aunque para ello se apelen a recursos poco éticos. Las elecciones no las gana el mejor candidato, las gana el que cale mejor en las emociones populares. Y es que en este mundo de espectáculos, de reality shows, de verdades a medias y de mentiras descaradas, la política también forma parte del espectáculo, de ese tinglado de cartón que de los asuntos serios e importantes ha hecho esta frivolidad sacralizada. Por supuesto, Venezuela no está ajena a ese triste circo contemporáneo.
La frivolidad reinante, aún entre los líderes políticos, no sólo ha embobecido el debate sino que además, ha abultado los egos. Al menos en este país, el debate importa muy poco, importa el personaje, el caudillo. Se le sigue al líder, a la star, como si fuese Madonna o Iker Casillas. El intelectual ha quedado relegado a una minoría poco influyente, elitesca e inescuchada. Mientras, la gente se deleita con personajes superfluos, bulliciosos pero superfluos. Los intelectuales van siendo animales solitarios, aislados en las aulas de clase, en sus bibliotecas, en su torre de marfil. Y es que ahora el liderazgo sólo busca protagonizar, ser la star de algún espectáculo, y no cabe la menor duda de ello, algunos logran el estatus de superstar. Pero no son ellos líderes comprometidos. Su frivolidad los amarra a clichés y a esa abominación que es el discurso políticamente correcto.
Lo ocurrido en Venezuela a partir de 1989 forma parte de esa desestructuración intelectual y de la imperdonable frivolidad de nuestros días. La suma de egos ensanchados, la inmediatez para comprender la realidad mundial entonces, las apetencias de caudillos, las rencillas y un sinfín de causas vinculadas a la superficialidad generalizada dieron al traste con un proyecto realmente modernizador y en verdad revolucionario, el de Carlos Andrés Pérez para llevar a Venezuela a las puertas del primer mundo. El liderazgo fue degradándose hasta acabar deformándose como simples peones de los verdaderos decisores. Perdidos en esa necedad mayúscula que fue el discurso en contra de los políticos, se perdió también la deseable generación de relevo y desde luego, la república con ella. Hubo un intento necesariamente fallido de algunos líderes ya envejecidos de imponerse frente a sus causahabientes naturales, reemplazados, violentamente, por un liderazgo inédito, ciertamente inmaduro, atorrante e impositivo. El resultado fue el deficiente segundo mandato de un Caldera anciano y la aparición de esta revolución que no llega a serlo.
No es pues Hugo Chávez la causa de los males nacionales, como se suele creer. No es tampoco esta revolución el origen de la ruindad venezolana. Lo es, desde luego, la obtusa frivolidad con la que se ha ido infamando desde hace largo tiempo el ejercicio político, no sólo por parte del liderazgo, sino por las masas votantes, y, como era de esperarse, se ha pervertido el destino de la democracia venezolana. La actual crisis ni siquiera puede atribuírsele al devenir político, que, al fin de cuentas, es y será siempre espejo de la sociedad que le da forma y lo sustenta. La política es una manifestación más de la cultura humana y si esa cultura se ha frivolizado, no resulta extraño que la política también se haya banalizado. Deviene esta crisis, por lo tanto, de una menesterosa comprensión del alma humana. Dimana de la superficialidad generalizada que poco ahonda en las complejidades del hombre, imposibles de simplificar. Se origina pues, en ese festín dionisíaco que es hoy la civilización occidental y que a través de variopintas ceremonias mágico-hedonistas, huye de los grandes retos y de la intelectualidad requerida para afrontarlos. Y a los intelectuales de verdad los ha ido relegando al armario de los cachivaches.
La crisis en ciernes va más allá del eventual colapso económico, causado por vicios muy arraigados en el ideario venezolano, vicios que trascienden a esta revolución. La fragilidad del sistema democrático, después de 20 años de martillazos y cinceladas inclementes, ha resquebrajado la institucionalidad al extremo de ser, por los momentos, hielo quebradizo sobre la superficie de un lago profundo y helado. No hay fundamentos sobre las cuales edificar instituciones robustas porque sus pilares están carcomidos, tal como si las termitas hubiesen hecho de ellas su alimento. No hay voluntad política ni en el liderazgo ni en las masas manipuladas por los decisores para encausar la nación hacia un verdadero desarrollo. Uno que asegure en primer lugar, la solidez de los pilares del sistema democrático, y genuina prosperidad en segundo lugar.
Desarmados como estamos por los momentos, esa prosperidad luce lejana. No estamos siquiera preparados para la crisis en ciernes. No hay por ahora capacidad política para estructurar soluciones. No estamos preparados para enfrentar las dificultades por venir. Y no se trata de que la actual dirigencia gubernamental sea incapaz. Se trata de la visión superficial que de la realidad tenemos los venezolanos y de cómo afrontarla y que esa incapacidad no es exclusiva del actual gobierno. No podemos permanecer sojuzgados por un pobre y ruinoso discurso políticamente correcto. Vivimos inmersos en una sociedad compleja en la que las definiciones no son precisas, no resultan tan diáfanas y simplistas, como si se tratase de una película de cowboys. Sólo si enseriamos el discurso, el debate y las ideas planteadas, la nación podrá encausarse por otro itinerario, uno seguramente más escarpado pero sin lugar a dudas, mucho más firme y por ende, derrotero a un destino perdurable. 

viernes, 12 de octubre de 2012

¿Una fractura incurable?


A este país lo han regido 26 Constituciones. No es un elogio. Todo lo contrario. Sólo unas pocas han sido en verdad instrumentos ideados para crear una república. La mayoría han sido meras reformas para justificar la permanencia en el poder y por ello, la génesis de un sinfín de montoneras que durante la segunda mitad del siglo XIX por poco desintegran a la nación.
La historia republicana venezolana ha estado signada por una trágica sucesión de rupturas que si bien han democratizando a la sociedad, también es cierto – y muy grave – que no han favorecido la robustez de las instituciones. Por ello, lamentablemente, vemos con buenos ojos esos llamados a refundar la república y toda esa retórica guerrerista que muy poco ha aportado a nuestro desarrollo.
Hablar de oligarquía en Venezuela – ésa que pudo desear El Libertador – resulta necio. La forma como se llevó a cabo la guerra de independencia determinó una ruptura total con el orden colonial. Y si bien la idea de los fundadores de la república fue una nación similar a la que Thomas Jefferson y los demás padres fundadores de la unión americana pensaran para Estados Unidos, no tuvo de hecho mayor vigencia. La capitulación de Miranda tras el desembarco de Monteverde en febrero de 1812 puso fin al orden constitucional establecido en la Constitución de 1811 y estableció de hecho – por la guerra de independencia – jefaturas surgidas como respuesta de la propia confrontación armada y de los constantes brotes de anarquía.  
La guerra nos independizó de los españoles pero por su magnitud y duración – únicas en los procesos emancipadores latinoamericanos – no permitió que los ideales republicanos de los Constituyentes de 1811 se hicieran práctica ordinaria. En su lugar sobrevino el desbordamiento de viejos resentimientos heredados de la época colonial y la desaparición de todas las estructuras sociales, para caer un largo proceso de anarquía y guerra que se prolongó cerca de un siglo.
Venezuela finalmente alcanzó la paz en 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez – entonces vicepresidente – derrotó al general Nicolás Rolando en Ciudad Bolívar. Sin embargo, fue esa paz imperante desde 1899, año de la llegada de los andinos al poder, hasta 1935, cuando falleció el general Gómez, una paz lóbrega. Una basada en el terror y la hegemonía de un tirano. Y es por ello que, pese a las tentativas de López Contreras y Medina Angarita por legar un modelo democrático robusto, se sucedieron nuevas rupturas en 1945, 1948, 1958 y por último, a pesar del esfuerzo realizado por los líderes democráticos a partir de 1958, ésta que viene llevando a cabo el gobierno revolucionario desde 1999.
Hemos sido víctimas de la fragilidad de nuestro sistema republicano y de nuestras instituciones, en muchos casos tutelados por caudillos y en otros, por la bota militar, pero todos ellos incapaces de crear un genuino y robusto orden republicano democrático. Sólo entre 1958 y 1998 hubo un esfuerzo verdadero por hacerlo, pero vicios heredados de nuestro pasado político – sobre todo ese desdén por la institucionalidad – condujo a que por una parte los partidos del status perdieran el norte y por otra, propiciar aún entre los intelectuales y generadores de opinión un discurso antisistema.
La consecuencia de esa fragilidad institucional ha tenido en este gobierno revolucionario su más claro – y deleznable – ejemplo. Cada día más, se robustece la figura mesiánica del caudillo y se debilitan y sojuzgan las instituciones ideadas precisamente para imponer el Estado de Derecho más allá de las apetencias de un hombre o un grupo. No es nuevo, ni aquí ni en otros países que ya lo han ensayado con resultados trágicos para sus pueblos. La Alemania nacionalsocialista o la Rusia comunista. No obstante, siempre podemos bregar cada día más para imponer la única y verdadera revolución: la de constituir una sociedad libre, pensante y severamente crítica.
Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado

jueves, 11 de octubre de 2012

Y dale con el socialismo


Otra vez vuelven a decir que el socialismo es democrático. Y eso es falso. Uno y otro se excluyen. El socialismo democrático del que hablan muchos no es en esencia un socialismo. Existe, sí, una democracia "socialiizada" que comúnmente se le conoce como socialdemocracia y democracia cristiana (corrientes de centro-izquierda), pero es esencialmente una democracia regida por los postulados básicos de la democracia (separación clásica de poderes, alternabilidad en el poder, respeto por la propiedad privada  y  las minorías disidentes, consenso, etc.). Las naciones europeas que por lo general tildan de socialistas no lo son realmente. Son democracias y si somos más precisos, son en muchos casos monarquías constitucionales, porque los reyes no son compatibles con los principios básicos de la democracia (aunque se comporten de hecho más democráticamente que otras repúblicas que se precian de serlo). En esas naciones alternan en el poder partidos de centro izquierda y de centro derecha porque son fundamentalmente democráticos y ni una ni otra cambian las reglas básicas del sistema (y menos para justificar la permanencia ad-perpetuam de un mandatario en el poder).
El socialismo no puede ser democrático. Menos aún éste que por lo visto plantea el gobierno revolucionario, cuya filiación ideológica es el Socialismo del Siglo XXI que sin lugar a dudas propone la ELIMINACIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA al menos de los medios de producción. El socialismo propuesto por el gobierno revolucionario plantea en primer lugar, la abolición gradual de la propiedad privada y, en segundo lugar, la sustitución del sistema descentralizado tradicional (reparto del poder político verticalmente en poderes nacional, regional y local) por un sistema de comunas. Y por esa razón a la URSS se le conocía como Unión de Repúblicas SOCIALISTAS SOVIÉTICAS (Soviet significa comuna).
Hay que tener presente que el modelo propuesto para Venezuela desde el gobierno revolucionario es COMUNISTA (ese comunismo retrógrado que hundió en la pobreza a todas las naciones que lo ensayaron). Estoy seguro que el 55% de los venezolanos que votó por la opción revolucionaria ignora lo que realmente significa vivir en socialismo. Si queremos en verdad impedir que éste se instituya en nuestro país, expliquemos pues la incompatibilidad del socialismo (también conocido como Socialismo de Estado) hasta el hartazgo.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado