lunes, 25 de junio de 2012

Una visión de las instituciones latinoamericanas


El presidente Lugo resultó destituido de su cargo a través de un juicio político, que si bien pudo ser polémico, no por ello faltó a las normas constitucionales paraguayas ni a los principios más sagrados del Estado de derecho. La actitud de sus colegas en esta parte del continente, incluido el presidente Santos, sí ha sido contraria a la más elemental práctica política y a los valores sobre los cuales se fundamenta la democracia.
Se dice que al presidente Lugo lo eligió el pueblo paraguayo en las urnas y que la decisión popular es la base de la democracia representativa. Y eso es cierto. Como lo es también que a Hitler y a Mussolini los eligieron los pueblos alemán e italiano. Creer que sólo por ello que sus acciones no acarrarían consecuencias es una falta de respeto a los derechos humanos. Entre las consecuencias por esas acciones no están únicamente la aprobación popular de sus gestiones, sino también la posibilidad cierta de terminar anticipadamente el mandato popular.
Los congresos son igualmente electos por el pueblo en las urnas e incluso hay regímenes en los que el Congreso elige al presidente de la República. Así era en Venezuela hasta 1945. Si bien ésta es una fórmula indeseable para la designación presidencial, nos dice que de los tres poderes públicos, sólo el legislativo recoge una representación proporcional del pueblo (que obviamente incluye a todos los habitantes de un país y no sólo a los menos favorecidos económicamente).
La insistencia de los mandatarios regionales puede degenerar en una crisis mayor de la que originó la decisión parlamentaria de terminar prematuramente el mandato del presidente Lugo. Podrá ser inconveniente, pero no ha sido nunca un golpe de Estado contra los poderes constituidos porque está previsto en la legislación paraguaya. Las defensas de los presidente suramericanos son sólo una demostración del pánico que les causa verse en una situación semejante.
Al parecer, la elección electoral del presidente degenera en una patente de corso o una eximente de todas sus actuaciones y, como los reyes absolutistas del siglo XVII y XVIII, son irresponsables de sus actos. Me permito recordar que en el pasado hubo situaciones similares: Fernando Color de Melo en Brasil, Abdallah Bucaram en Ecuador, Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Richard Nixon en Estados Unidos y si bien no le costó el cargo, también el presidente Bill Clinton, por un asunto doméstico que en atañía únicamente a la señora Hillary Clinton.
No es pues, la primera vez que a un presidente se le compele a abandonar el cargo por haberse apartado de sus deberes reales. No es, tampoco, como lo pretenden vender algunos, un golpe de Estado contra las instituciones (que es contra quien se perpetran los golpes de Estados), sencillamente porque a) se hizo conforme a derecho, b) no hubo ruptura del orden constitucional (el vicepresidente Franco quedó encargado como lo establece la Constitución del Paraguay), y c) siguen incólumes los otros dos poderes legal y legítimamente constituidos.
La conducta de quienes pretenden imponerse desde el extranjero contra las instituciones paraguayas es del todo inaceptable y de imponerse, en efecto, la voluntad de presidentes en lugar de las instituciones, se estaría sentando un pésimo precedente.


Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado 

viernes, 15 de junio de 2012

Aprender la lección


     No quiero hacer pronósticos. Puede que sean más las veces que he errado que acertado. Sin embargo, no encuentro razones para suponer que la situación electoral de septiembre pasado haya cambiado. Hoy por hoy, quienes nos oponemos a este gobierno seguimos siendo mayoría. Y esta vez no pueden hacer trucos con los circuitos electorales como hicieron en las pasadas elecciones parlamentarias. Creo que la oposición (dispuesta a votar por Henrique Capriles) ronda el 52%.
     No hay duda de la capacidad de convocatoria de Chávez. Él es un portento político y un fenómeno social (en muchos aspectos indeseable). Pero ya su gobierno luce exhausto, moribundo si se quiere. Después de trece años de desgobierno, la ineficiencia lo ha arropado y la corrupción de muchos funcionarios ensucia su gestión y por qué negarlo, también su liderazgo. Así mismo, a pesar del esfuerzo, más o menos eficaz hasta recién, ahora que ha padecido una recurrencia del cáncer, no logra convencer sobre su salud y cada vez más creen las afirmaciones de periodistas como Nelson Bocaranda y Berenice Gómez.
     Hace unos meses, a principios de este año, agobiado por las encuestas, hablé con un periodista de larga y muy bien reputada trayectoria y me dijo sin tapujos, olvídate de la enfermedad del presidente, Chávez pierde por la paupérrima calidad de vida que ha ocasionado para millones de personas. La crisis del sector eléctrico, la inseguridad campante, la catástrofe carcelaria y desde luego, la inflación que roba los salarios de millones de venezolanos comienzan a mermar fatalmente la popularidad del caudillo. Las marchas del domingo 10 y del lunes 11 dicen mucho sobre eso. Negarlo es una idiotez.
     Se sabe, el gobierno tratará de maniobrar como sea (tal como lo hizo el de Alberto Fujimori a pesar de que era inminente la debacle). Bien dicen los más viejos, no hay peor consejero que la desesperación. Sobre todo de aquéllos, ciertamente minoritarios dentro del gobierno pero sin lugar a dudas los más ruidosos, que embarrados en crímenes muy graves (Aponte dixit) temen perder el poder y por ello, se aferran a él desesperadamente. Sabrán bien que la vida se les va en ello. Su desesperación salta a la vista diariamente en los medios de comunicación.
     No sé y no quiero aventurarme en augurios. No obstante, si vemos las cosas a la luz de la naturaleza humana, no dudo que del chavismo emerja una fuerza reconciliadora que dejando de lado a los más radicales sin ninguna misericordia, tienda puentes hacia la oposición. Creo que ellos, tanto como los demás, también están hartos de la pugnacidad y la segregación. No dudo pues, para decirlo de un modo más coloquial, que no pocos aprovechen que la talanquera aún está bajita para saltarla.
     Sí se huele un tufillo a hartazgo y por ello, un bálsamo refrescante que augura cambios. Ojalá y hayamos aprendido la lección.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado
16 de junio de 2012 

martes, 12 de junio de 2012

La corte del mandamás


    La Central Bolivariana de Trabajadores prepara salida de Venezuela de la OIT. Chávez propuso retirarnos de la CIDH. ¿Qué creen que buscan? ¿Mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos?
     Salirnos de la OIT supone quedar en manos de una patronal sujeta al capricho de un gobernante, que hará de nuestro esfuerzo propio lo que le venga en ganas. Y por eso la Ley Orgánica de los Trabajadores, las Trabajadoras y del Trabajo (vaya nombre) califica al trabajo como un hecho social. Su único fin es confiscar el trabajo de cada quien y reducir al individuo a una mera ficha más de un engranaje inhumano (muy humanista si se me permite el sarcasmo). Una vez que el gobierno controle todos los sindicatos, todos seremos esclavos de un tirano.
     Mucho más grave aún – y ya es bastante decir – sería abandonar la CIDH como propuso Chávez. Sin los organismos internacionales que tutelen los derechos humanos y el debido comportamiento de las autoridades, los venezolanos estaríamos a merced de un esbirro como gobernante, tal cual ocurre en Siria y Cuba y ocurrió en Libia y Egipto.
     Y es que eso es lo que persigue el régimen: destruir todas las instancias posibles para permitirle a un caudillo adueñarse de un país que nos pertenece a todos. Y no crean quienes lo aplauden que están exentos ellos de ese trance. Basta ver lo ocurrido con infinidad de antiguos camaradas caídos en desgracia por aspirar a ser más que un bufón en la corte del mandamás.
     Los tiranos suelen escudarse en la soberanía nacional sólo para pisotearla. Se dicen adalides en la defensa de la gente y de ella sólo exige un servilismo indigno e inaceptable. Y para ello hacen esas bufonadas trágicas, como retirarse de la CIDH y de la OIT, en una franca huida hacia adelante, para evitar intromisiones molestas una vez pisoteen los derechos humanos. Y lo peor, de no verlo a tiempo, podrá ser muy tarde para los ciudadanos, tirios y troyanos, que sin lugar a dudas serán rebajados a la infame condición de vasallos.
     ¿Tú quieres eso?

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado
Caracas, 12 de junio de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

¿Oscurantismo?


             ¿Qué derecho tiene la pseudo-izquierda a arrogarse el amor al prójimo como si los demás mortales fuésemos unos coñosdemadre? ¿Acaso la derecha no presta atención al tema de la pobreza? Quienes hoy se dicen hombres y mujeres de izquierda – ufanándose por ser ellos mejores – ignoran que de hecho tanto monta Isabel como Fernando, si es que se permite decirlo así. Esa visión que de la derecha han hecho los izquierdistas es falsa y sobre todo, pueril. Es una visión que divide al mundo en buenos (los izquierdistas) y malos (la derecha). Y la verdad es que esa distinción es anacrónica. Pero eso ya lo he dicho en este blog infinidad de veces.
            Hoy por hoy, si vemos los niveles de desarrollo entre los países que se rigen por principios democráticos-representativos versus los de aquellas naciones que han seguido modelos socialistas, encontramos que la vida en éstas es pobre y harto menos cómoda que en las otras. Se podría decir que es dura. Y es que el socialismo – no ése que propugnan los partidos de izquierda europeos, sino el verdadero, ése que confisca la propiedad privada de los bienes de producción – no ha solventado las grandes necesidades humanas. Por el contrario, las ha agravado.
            El socialismo ofende la esencia humana y si bien se dice “humanista”, no hay modelo menos consistente con la humanidad que el socialismo. Para este modelo, la gente no es gente, es sólo parte de una maquinaria. ¡Eso es horrendo! Y por ello, esa hermosa parodia de Charles Chaplin en “Tiempos modernos”. En la Europa liberal y demócrata de hoy, la gente trabaja para vivir, en la Cuba socialista de los hermanos Castro, la gente apenas sobrevive. Me permito comparar pues, el socialismo viene a ser como esa era oscura que en español llamamos oscurantismo, donde las personas apenas sobrevivían trabajando de más y descansando de menos.
            No hay nada más inhumano que el socialismo, cuyos principios básicos niegan el derecho a la individualidad y a la superación por el esfuerzo. Niegan el derecho a ser el dueño del fruto del esfuerzo personal. En el socialismo, la gente termina esclavizada por un Estado negrero. Eso no ocurre en las democracias representativas, aunque los izquierdistas se paren de cabeza.
            El socialismo pues, niega una verdad humana desde tiempos ancestrales: cada quien trabaja para sí y su prole y por ese esfuerzo individual se beneficia el resto del grupo social.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado

Mea culpa


          “Caracas, ciudad de despedida” ha sido uno de esos fenómenos que de vez en cuando surgen en los medios. Con un lenguaje llano, sin la pulcritud académica, aún con un vocabulario ofensivo al buen castellano, así como argumentos pobres e incluso banales para exponer sus ideas, estos muchachos reclaman una queja válida: no hay un futuro prometedor para ellos. Y si a ellos los culpan por decir que de querer irse, se “irían demasiado”, recordemos que la culpa no es de ellos, que en su mayoría sólo han visto este desgobierno desatinado que la mayoría de nosotros, responsables de legarles un país mejor, elegimos, no una sino repetidas veces.
            Muchos inmigrantes han venido a esta tierra a dar lo mejor de ellos. Y muchos de ellos, venidos de Europa, han contribuido a engrandecer estos países del Nuevo Mundo. Incluso aquellos que han llegado de naciones hermanas, como Cuba, Argentina y Chile han hecho de éste, su país. Y yo les pregunto, ¿eran ellos cobardes o sólo huían de los horrores del nazismo-fascismo, de las tragedias que imponen las dictaduras, sean de derecha o izquierda? Esos inmigrantes eran apenas hombres y mujeres desesperados por la ceguera - ¿o idiotez? – colectiva en sus países de origen. Hoy por hoy, nuestros hijos salen de las universidades y escuelas tecnológicas, graduados no para forjarse ellos un destino y por aditamento, contribuir al desarrollo de la nación, sino para vender un falso triunfo político, y, por ello, en vez de trabajar en eso para lo cual se prepararon, deben granjearse el pan de cada día con cualquier empleo mal pagado. Cabe preguntarse entonces, ¿podemos culparlos por legarles este país depauperado? ¿Podemos exigirles que se queden cuando les negamos el futuro que se merecían?
            No culpemos al que culpa no tiene. Ése ha sido una de los defectos que como sociedad más daño nos ha causado. Ese mal hábito de desentendernos de lo que nos atañe para endilgárselo a otros y luego, cuando no obtenemos nada, quejarnos como un camión de cochinos. Somos responsables nosotros, la generación sándwich, que imbecilizados por un discurso antipartido y por aquello de que todos son responsables de nuestros errores menos nosotros mismos, empoderamos a un tirano hasta darle la soga con la cual nos ahorca.
            Y para quienes se burlan del lenguaje pobre, pues les digo, no hagan chistes que eso también es culpa nuestra.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
Abogado


jueves, 10 de mayo de 2012

¿De qué derecha hablan?


Hablar hoy de izquierda y derecha es un anacronismo, pero eso es Chávez y su movimiento, un anacronismo

            Escucho hablar a los voceros del oficialismo sobre la derecha y siento pena. Ésa que mi abuelo tildaba de ajena. Y siento pena porque quienes nos gobiernan hoy, que son los conductores de nuestras vidas al progreso y al desarrollo, demuestran ignorancia acerca de la historia política de este país y del desarrollo de los partidos políticos a lo largo del curso del siglo veinte, que bien puede decirse, empezó para este país con la muerte del general Juan Vicente Gómez. Muestran ignorancia también porque hace rato ya que los términos derecha e izquierda están en desuso.
            El partido venezolano más longevo ha sido, sin lugar a dudas, el PCV, fundado por los opositores a la dictadura del general Gómez y legalizado durante el gobierno del general Isaías Medina Angarita. Y el comunismo venezolano – haya militado o no en el PCV – procede de dos corrientes. Los que se formaron en el extranjero, con lecturas metódicas acerca del ideario de Marx, y los que recibieron una instrucción panfletaria y simplista de la mano de don Pío Tamayo, durante sus estancias en el Castillo de Puerto Cabello, una de las prisiones más horrendas del gomecismo. De estas dos corrientes de jóvenes comunistas surgieron los variopintos partidos que hoy hacen del tarjetón electoral un auténtico carnaval. Y es por ello que en estas tierras venezolanas, tropicales y calenturientas, no ha crecido un genuino movimiento de derecha como lo hay en el Cono Sur.
            Antes de proseguir, aclaro que nunca fui adeco. Siempre fui y me considero hoy, un fiel copeyano, uno que comprende que otras corrientes políticas han insurgido en la tómbola política nacional y que siguiendo el refranero popular siciliano, todo tiene que cambiar para que permanezca igual. Sin embargo, desde su fundación en 1941, AD fue el partido de mayor ascendencia popular, reuniendo en su seno a gente de todas las raleas. Y fue justamente eso lo que hizo de AD un partido grande, uno que, de paso, trascendió a su fundador, don Rómulo Betancourt. Y fue AD, desde sus inicios, un partido de izquierda. Pero no esa izquierda subversiva e irreductible, que no aceptó los términos propuestos por la pacificación de 1969, ni siquiera la del viejo maestro Luís Beltrán Prieto Figueroa (retardataria y sectaria), sino una izquierda moderada. AD se inspiró en la vanguardia escindida del marxismo-leninismo, defendida por Karl Kautzky y Eduard Bernstein. AD es eso que hoy, de tiempo en tiempo, gobierna en las naciones de Europa (a veces, acertadamente): la socialdemocracia.
            Y si bien puede decirse que los partidos europeos se definen entre la izquierda y la derecha (el PP y el PSOE españoles, por ejemplo), a pesar de ser un anacronismo, comparar las izquierdas europeas (francesa o sueca) con este tinglado comunistoide que propone el chavismo es una demostración de ignorancia tal que sólo puede equipararse con la estupidez. Suecia no es socialista. Es una monarquía constitucional que, por eso mismo, por tener un rey, ni siquiera intenta proclamarse como una genuina democracia al estilo americano (quienes, muy a pesar de los izquierdistas extremistas, dieron forma a las ideas de La Ilustración francesa). Y bien sabemos, los principios democráticos se respetan mucho más en esas sociedades “monárquicas” que en éstas de por estos lares, que se ufanan – inmerecidamente – de ser valuartes democráticos.
            El socialismo de Chávez (ése, llamado por Alexander Buzgalin (aunque se le endilgue este término al filósofo germano-mexicano Heinz Dieterich)  como del siglo XXI) execra de la vida social la propiedad privada de los bienes de producción (esto es lo que precisamente define en esencia un auténtico modelo socialista). En Suecia no existe esa confiscación abusiva de la propiedad privada para beneficio de unos pocos burócratas. Ésa es pues, la diferencia. Suecia aplica – con más rigor, posiblemente – lo que se conoce como socialdemocracia. Y es esa “izquierda” moderada la que desde siempre ha regido en el ideario político venezolano, sin importar si se era adeco (representantes nacionales de la socialdemocracia), copeyano (social-cristianismo) o cualquiera de las corrientes surgidas precisamente de los incipientes partidos que comenzaron a hacer vida pública en la década de los ‘40, porque, quiérase o no, todos las organizaciones políticas de este país proceden de cuatro grandes vertientes: el PCV, AD, COPEI y, por la escasa trascendencia que pudo tener durante la dictadura militar, URD (que a pesar de ello y de ser su abanderado el presidente de la Junta de Gobierno, no logró la victoria electoral de 1958). Y no lo dude, unos con más énfasis que otros, todos militaron en la izquierda del espectro político.
            Entonces, ¿de qué derecha hablan? ¡Por Dios! La Cruzada Cívica Nacionalista (partido perezjimenista) era un dinosaurio extinto, que, junto con el minúsculo Partido Laboral Venezolano (PLV), no pueden siquiera considerarse una fuerza política real.
            Podremos ser opositores, aún viscerales, de este desaguisado revolucionario (lo somos precisamente por esa razón) y podremos defender valores liberales (que los chavistas tildan de burgueses y elitescos), pero salvo contadas excepciones – sin menoscabo de su derecho a serlo – eso que llama ultraderecha no ha existido en el ideario político venezolano los últimos cien años.

Francisco de Asís Martínez Pocaterra
10 de mayo de 2012

martes, 10 de abril de 2012

Ya vamos tarde para entrar al siglo XXI


La contemporaneidad se aleja de nosotros vertiginosamente. A pesar del esfuerzo de algunos, deseosos de demostrar que, en efecto, el futuro ya llegó; el gobierno, inmerso y perdido en el boscaje de su propio anacronismo, nos mantiene de pie, no frente a una gran pantalla desde la cual nos vigila el inefable Big Brother, sino ante un espejo, uno que sin vigilarnos y sin preocuparse por las voces disidentes, nos mantiene siempre de espaldas al porvenir y al desarrollo que éste ofrece. Nos mantiene pues, atrasados en el subdesarrollo, ése que explica y justifica la tiranía. Y justamente, ésa es una de las peores facetas del totalitarismo.
Chávez y su gente, al menos ésos, los más radicales, no parecen comprender la realidad del mundo contemporáneo. Aferrados como están a paradigmas superados hace tiempo, suficiente para haberlo masticado y digerido, no aceptan una modernidad en la que sus ideas, quiéranlo o no,  no tienen cabida. Y puede que en efecto sea duro de tragar, eso de encontrarse de súbito en un medio que nos resulta totalmente ajeno. Pero, nos guste o no, a esta realidad hemos llegado como la especie inteligente que somos y, sin asegurar que estamos ante el fin de la historia y del último hombre, se puede afirmar que de todos los modelos políticos ensayados, sólo la democracia ha sido eficaz para resolver las necesidades humanas. Y lo ha sido, justamente, porque es el único que propone una sociedad libre y por ello, necesariamente responsable.
Hablar de Marx hoy por hoy, como lo hace obscenamente el caudillo de este tinglado revolucionario demodé, resulta cuando menos, un anacronismo imperdonable, cuando no una abominación académica. Aún más, desnuda ignorancia sobre estos tiempos que vivimos. Los condicionantes históricos que dieron lugar al socialismo ofrecido por Marx y Engels dejaron de existir. La economía industrial de los siglos XVIII y XIX dio paso a la actual economía post-industrial. Y ésta es, precisamente, la que desconocen y no comprenden los líderes del movimiento bolivariano (que se define como socialista del Siglo XXI). Ellos siguen creyendo en una economía basada sobre paradigmas claramente superados, como la tenencia de extensas áreas para el cultivo y las grandes industrias mecanizadas (que ciertamente significaron en su momento, una tragedia para las clases obreras que no conseguían adaptarse al nuevo modelo económico industrial). Esa sociedad (o el término más apropiado, civilización) no obstante, no es, ni de lejos, ésta que conocemos en la actualidad. Y no soy quien lo asegura. Lo hizo Alvin Toffler hace más de 40 años (“El shock del futuro”. Plaza & Janés. 1970).
Los socialistas del siglo XXI siguen aferrados a la idea de una sociedad formada por un grupúsculo de grandes industriales y masas obreras depauperadas (aunque no lo digan expresamente), sin darse cuenta que hace años, esas corporaciones democratizaron sus capitales a través de colocaciones en bolsas de valores, diluyendo la propiedad en una riada de accionistas dentro y fuera de sus naciones, cuyo interés difiere mucho de participar en la toma de decisiones y la gestión del negocio (que dejan en manos de CEO’s contratados para ello). Se centra ese interés en el lucro que puedan obtener con la tenencia temporal de las acciones Y lo hacen porque, repitiendo las palabras del líder comunista chino Den Xiaoping, enriquecerse es algo glorioso y, sin lugar a dudas, si se hace éticamente, nada tiene de malo y en cambio, muchas cosas beneficiosas puede, en efecto, ofrecer. Es por esa razón que China ha conseguido rescatar a 300 millones de personas de una pobreza infame (con chinos que hoy son inmensamente ricos). Y es que el gran secreto, que ciertamente no lo es, radica en la construcción de una clase media fuerte, como la inventó Ford en la década de los ’20 del siglo pasado y la que China se ha empeñado crear, a cómo dé lugar (y que, probablemente, termine por desbancar a la clase política china heredera de la revolución del camarada Mao).
No son pues, esos millones de accionistas, muchos de ellos ancianos retirados, hombres y mujeres pertenecientes a esa clase media fortalecida por estar consciente de su rol en el desarrollo, que han colocado sus ahorros en bancas de inversión (que colocan los capitales en títulos diversos, como lo son efectivamente, los bonos y las acciones, para obtener un rédito financiero), quienes tienen algún interés por explotar al obrero, que de paso, en las sociedades desarrolladas también forman parte de esa clase media y no de las más pobres. Y carecen de ese interés explotador porque no por ello van a ganar más o menos dinero. Su lucro, legítimo y generador de desarrollo, procede, en cambio, de un valor intangible pero tan real como el aire que respiramos: la información y el dominio de las nuevas tecnologías, que impactan directamente el valor bursátil de las acciones y demás papeles negociables. La lucha de clases que proponía Marx ya no existe como tampoco las condiciones para que ésta tenga lugar, cuando obreros y dueños del capital muchas veces se confunden y cuando nuevos paradigmas fundamentan el valor económico de las empresas sobre elementos menos tangibles que las maquinarias o las tierras cultivables, aunque no por ello menos reales.
Hoy, con el descomunal desarrollo tecnológico y el impacto de éste en la cotidianidad de las personas, hablar de proletariado es una ridiculez. Y no lo es sólo porque en las potencias democráticas – que justamente por eso son primer mundo – aquel proletariado depauperado fue sustituido por esa clase media fuerte y, por lo mismo, determinante de los procesos sociales; sino porque además, el elemento determinante del poder en la actualidad es la información y no las tierras de los supuestos latifundistas o las grandes industrias mecanizadas. No en balde, hoy en día las empresas más grandes del mundo no son industrias… ¡son Google, Facebook, Microsoft! Empresas cuyo principal activo es intangible. Y tampoco es casual que ahora valga mucho más la biotecnología detrás de la agroindustria que las tierras y los insumos mecánicos para cultivar, que valga mucho más la información – conocimiento – detrás de la industria pesada que las maquinarias e incluso, la mano de obra obrera, que en muchos casos ha sido robotizada.
En un mundo como éste, con una clase media fuerte, consciente de su propio valor, las personas no se comportan como imbéciles, débiles mentales que urgen de un padrecito para que les solucione los problemas como él cree que debe hacerse. La libertad que los nuevos paradigmas tecnológico-económico-políticos les confieren a las personas les ha enseñado a ser responsables de su presente y de su futuro. Y es por ello que a la gente se le exige ser más conscientes de su propio destino. Que éste es sólo suyo y que ningún iluminado mesiánico tiene el derecho de imponerle como debe ser. Y puede que, por ello, los electorados ya no persigan como tontos a caudillos sino a líderes que ofrezcan verdaderas soluciones a sus problemas. Buscan guías en el liderazgo político, a los que podrá seguir o no, siempre que así lo desee.
Venezuela entró tardíamente al siglo XX porque una mentalidad obtusa y desfasada de la contemporaneidad se impuso no sólo en el gobierno, regido entonces por un liderazgo atávico, sino también en una minúscula intelectualidad que prefirió hacer negocios con los tiranos y olvidarse de una ingente masa depauperada y analfabeta. Hoy por hoy, ya vamos tarde para entrar al XXI. No dejemos que las utopías delirantes de un grupúsculo hediondo a rinconera de cachivaches inservibles nos rezaguen del desarrollo galopante que pueden ofrecer estos nuevos paradigmas, característicos de este nuevo siglo.