miércoles, 18 de mayo de 2011

Más de lo mismo

            Nadie discute que el presidente Chávez haya ganado numerosas elecciones en el pasado, pero, lo sabemos todos, perdió una que, para su proyecto, era trascendente. Más que trascendente, vital. En diciembre del 2007, con un triunfo que, sin pudor, en cadena nacional de radio y TV, él mismo calificó como una mierda, la sociedad venezolana dijo no al proyecto socialista (si este enredijo militarista y populista puede calificarse como tal) propuesto desde altas instancias del gobierno, al amparo de una supuesta reforma constitucional. No obstante, a pesar del rechazo popular, consultado el electorado vía referendo aprobatorio y anunciado, entonces y ahora, hasta el hartazgo, por encuestas variopintas, se ha venido imponiendo, ilegalmente claro. Habría que ver, sin embargo, cuándo esa disociación entre el discurso oficialista y las demandas populares se tornará explosivo.
            Esta derrota de Chávez – la primera desde que ganó en 1998 - desnudó variadas explicaciones, vinculadas muchas de ellas a esa forma tan particular de ver las cosas que tenemos los venezolanos. Sobre todo porque luego, sus números mejoraron y cuando se planteó, ilegal e inconstitucionalmente, la enmienda para la reelección indefinida de los cargos de elección popular, especialmente la del presidente, triunfó de nuevo (cosa ésta que, dicho sea de paso, no exime la nulidad e ilegalidad de la fulana enmienda). Resulta obvio, como una primera lectura de este fenómeno, que la ciudadanía rechazó – y aún rechaza - el modelo desarrollado en la que sería la primera reforma de la constitución aprobada en 1999, para adecuarla a los postulados socialistas, que, se sabe, disienten conceptualmente de los principios democráticos. Podrán imponerla entonces por ley, a juro, por las malas, la reforma rechazada popularmente, birlando la legalidad y el Estado de derecho, pero el soberano, consultado concretamente sobre ese particular, expresó su rechazo, y esa brecha entre lo que el gobierno pretende imponer y lo que la gente común y corriente quiere se ampliará lo suficiente, de no rectificar el liderazgo regente, hasta causar, eventualmente, el colapso. Esta es una verdad de Perogrullo y, como diría la sabia conseja popular, allá el necio que no quiera verla.
            Otra lectura sería la base mágico religiosa del liderazgo de Chávez. A pesar de las ventajas abusivas que le ha concedido el poder, no hay duda posible acerca de todas las veces que este caudillo ha logrado derrotar a la oposición en unas elecciones, salvo aquéllas que  no contemplaron una consulta sobre su liderazgo, sino que involucraron un modelo mayoritariamente rechazado por la gente, o, en el caso de las pasadas elecciones parlamentarias, que no cuestionaban el liderazgo del caudillo, sino del poder legislativo, relegado a un segundo plano en un país sobradamente presidencialista como éste. Sí revelaron al oficialismo, no obstante, una peligrosa mayoría opositora (52% de los electores votaron por los candidatos de la MUD, aunque, por manejos poco claros, el oficialismo se haya hecho de una mayoría en la AN), pero fueron éstas elecciones, ya se ha dicho, sobre candidatos distintos al presidente, aunque éste les hubiese alzado la mano.
            Podrá haber muchas lecturas, y las hay, en efecto. Todas pivotan no obstante sobre una visión mágico-religiosa de la realidad por parte de la gente, disfrazada tal vez de tesis de variada índole pero, a la postre, pruebas todas irrefutables de un mesianismo reciamente arraigado en la mentalidad del pueblo venezolano, causa de muchos de sus incontables males y desventuras. Ése es, a juicio de este humilde servidor, el verdadero enemigo a vencer, que derrotada esa des-responsabilidad de la gente hacia sí mismo, su desarrollo individual y su bienestar, no habrá caudillo que pueda venderles fantasías y, como ellos mismos critican de los colonizadores españoles, cambiarles espejitos por oro, ahora ése bituminoso. Este socialismo quimérico puede venderse bien entre los que se abandonan y entregan su vida y sus decisiones a un caudillo. Sin embargo, a pesar de la crudeza de esas verdades que ciertamente deben ser dichas, no deben interpretarse estas palabras como alcahueteo de una eventual insensibilidad del liderazgo emergente hacia las urgencias de la gente, que se sabe, sobradamente, son muchas las carencias creadas por este (des)gobierno, o agravadas, que algunas, no puede negarse, las heredó.
            El reto del liderazgo emergente será ése, crear una sociedad no de masas, sino de ciudadanos, responsables de sus propias vidas, pero que no olvide a los que, víctimas del embeleco desvergonzado, del maniqueo inmundo, ahora ven cuesta arriba salir del atolladero. Sobre todo hoy, que el mundo se ha hecho mucho más competitivo y, por qué negarlo, en cierto sentido, más cruento., No serán sin embargo las dádivas de un gobierno irresponsable, derrochador impúdico del dinero público, las que asistirán a la creación de una nación verdaderamente próspera. El reto está por lo tanto, en esa ayuda inaplazable que pueda dársele a gente para revalorizarse, para conectarlas con su lado creativo, para que entonces, cada quien explote lo mejor de sí para sí mismo, que con eso ya es suficiente para que el país todo gane. 

martes, 17 de mayo de 2011

Los gobernantes no son marcianos

           Oscar Schemel aseguró, en un programa nocturno, que Chávez es derrotable, lo cual es una verdad de Perogrullo, por supuesto. Pero, y esto es lo grave, que aún no está derrotado, que, eventualmente, podría ganar de nuevo. Luis Vicente León ha dicho algo parecido. Sus números, los del caudillo, ciertamente pueden variar hasta la celebración de las elecciones en diciembre del 2012. Sin embargo, qué trasfondo hay para que este mandatario, ciertamente uno de los más ineficientes de cuantos haya tenido este país, aún convenza a miles de seguidores.
            Hay sólo una respuesta imaginable: la ignorancia. Sé que es doloroso para muchos que no han tenido acceso a una educación mejor, e incluso, mal visto por los defensores de lo políticamente correctos. Pero la verdad es que en este país, sin lugar a dudas desventurado, en vez de ciudadanos, infortunadamente, existe eso que los políticos - ¿o politiqueros? - llaman pueblo. Una masa ingente, cegada por esperanzas mágico-religiosas, por las falsas promesas del taita de turno, que se cree ungido y que bien puede llamarse Juan Vicente Gómez o Cipriano Castro, pero también Hugo Chávez. No hay pues, ente la gente corriente, consciencia clara de la realidad y mucho menos de la contemporaneidad. Y no puede tenerla porque de tiempo en tiempo, bien se ha ocupado el gobernante de turno de desdibujarla a su favor, para presentarse a sí mismo como un héroe, comparable con los próceres de la independencia. No advierte este pueblo, ciertamente aturdido por infinidad de ofertas incumplidas, el enorme espejo que le han plantado en las narices, para que no mire al futuro, desde luego, sino al pasado, constantemente, a un pasado que, además, muestra más atisbos de fábula que de historia.
            No habrá modo de derrotar, no a Chávez o al chavismo, que serían en todo caso temporales, sino a este comportamiento irresponsable del venezolano, si no se derrota primero la ignorancia fomentada desde siempre por el liderazgo y, como corolario, a las respuestas simplistas que de aquélla dimanan.  Luego de décadas de rupturas abruptas del orden instituido, el venezolano se ha desinteresado en su porvenir, para dejarlo en manos de caudillos, de iluminados y ungidos que desde hace mucho sólo han sembrado la desgracia en esta tierra de Dios, que de país, ya va degenerando en poco más que un terreno habitado, al que, de paso, le cayó bachaco.
            Debe decirse, como explicación posible al triunfo sistemático de la clase política imperante, que los gobernantes no son alienígenas venidos de otros mundos, marcianos pues, si prefiere la moda del cine Sci-Fi de los ‘50. Son ellos, gente corriente, tanto como cualquier elector, que, al igual que éstos, en mayor o menor medida responde a la idiosincrasia nacional. Así ocurre por igual en el mundo postindustrial y en éste, en vías de desarrollo o subdesarrollado. Ahí se puede hallar también la diferencia entre unos y otros países. De esto habló el Dr. Uslar y nadie quiso escucharle. Por eso, cuando se habla de temas ontológicos, los gobernantes venezolanos no entienden las instituciones muy distinto de cómo las comprende Juan Bimba (personaje denigrante de nuestro gentilicio, inventado por los adecos durante el trienio que, en principio, representa al venezolano ordinario y con ese fin se usa en este texto). El irrespeto por las leyes, por los principios y las instituciones, ese afán renovador que impide la consolidación y maduración de los fundamentos democráticos se repite por igual en los electores y en los líderes. Eso hay que cambiarlo, si se desea una nación próspera. 
            Este discurso pseudosocialista pregonado desde el alto gobierno responde en parte a una visión panfletaria y dogmática de un modelo agotado, propuesto por una minoría que nunca aceptó una verdad que bien lo comprendió Betancourt a principios de los ’30 y que explica el fracaso ad-initium de la guerra prolongada de guerrillas en las áreas rurales del país entre 1964 y 1967, que, dicho también sea de paso, fue lo que tardó la jefatura comunista venezolana para admitir que estaban derrotados, militar y políticamente, y que este país, este pueblo, jamás ha congeniado con el socialismo. Por otra parte, y es esto mucho más grave, responde asimismo, ese falso afán socialista de buena parte del liderazgo, no a creencias ideológicas, que podrían justificarse, y, desde luego, deberían respetarse, sino a ese oportunismo delincuente que se ha repetido en Venezuela desde los días de las guerras federales. No en balde, salvo uno que otro viejo reducto de la izquierda insurgente, sacado de algún armario atiborrado de cachivaches, la mayoría de quienes hoy se rasgan las vestiduras por el socialismo y el caudillo, que dicen ser socialistas, rodilla en tierra y comprometidos con esa ideología hasta la muerte, militaron en AD y COPEI hasta recién. Son sólo oportunistas que buscan medrar, hacerse de dinero fácilmente y con éste, al igual que otros antes, comprar su status social. Al final de cuentas, como lo decía Duverger, no es más que el cambio de una burguesía (en el sentido socialista) por otra y el disfrute por unos de las prebendas de otros.
            El mundo postindustrial y superdesarrollado no lo es porque sus ciudadanos hayan sido suertudos, porque alguna causa providencial les hizo ser primer mundo. Son ellos potencias desarrolladas porque se han esforzado para ello. Japón va a reponerse del tsunami (como lo hizo de los dos ataques atómicos de 1945) no porque sea un país superdesarrollado, sino por su gente, que es la que, precisamente, ha hecho del Japón la superpotencia postindustrial que es. Por argumento en contrario, estos países en vías de desarrollo (o subdesarrollados, que lo primero no es más que un eufemismo) no son lo que son por su mala suerte, ni porque Estados Unidos sea maligno, sino porque su gente no asume responsablemente su propio destino. Siempre, como el muchacho flojo, mal estudiante, espera salir airoso como por arte de magia y cuando no ocurre, le endilga sus pecados y culpas a otros, al maestro que lo aplazó, al jefe que le ve con malos ojos, pero jamás a ellos mismos, que, sin lugar a dudas, son los verdaderos y únicos responsables del deterioro de sus propias naciones y, desde luego, de su miseria personal. Esa verdad hay que asumirla y digerirla para avanzar hacia el futuro y no seguir regodeándose en el pasado, aunque lo primero sea mucho más difícil.
            Los problemas venezolanos son sumamente serios, complejos, que ciertamente no van a resolverse mágicamente, ni gracias al caudillo de turno, que por lo general sólo los agrava. Para que este país funcione, no basta que se arengue, que se prometan infinidad de cosas, de milagros que no van a cumplirse, sino que, verdaderamente, se hagan las cosas necesarias. Urge pues, la voluntad de hacer de este país uno en verdad próspero, aunque resulte azaroso, porque sin lugar a dudas, será azaroso. Y hacer esas tareas, por lo demás impostergables, no sólo costará dinero, mucho dinero, requerirá además de tiempo, sobre todo porque luego de doce años, este gobierno ha destruido lo que había y en su lugar, nada ha edificado sobre la tierra arrasada. Debe decirse, para esperanzar, ahí hay, no obstante, posibilidades notables para generar empleo, que, con la aplicación de políticas coherentes, ayude a crear prosperidad y bienestar, que es lo único que realmente puede y debe ofrecer un Estado. El tema no obstante, más que hacerlo, es convencer a la gente de que ése es el derrotero, como lo demostraron Perú y Colombia. 
            No será fácil. Claro. Como aquél que acude al augur, los venezolanos esperan soluciones mágicas y cuando no las obtiene, se aferran a ilusiones, simplemente porque es mucho más fácil y, quizás, menos doloroso. Decirle a la gente que este hombre, este caudillo, sólo ofrece castillos de naipes, propaganda que nunca solucionará realmente sus problemas, no será fácil. Sobre todo, será espinoso y cuesta arriba convencerlos de que no hay soluciones mágicas. No van a querer escuchar una voz que les diga que ése no es el camino, que amodorrado en un chinchorro bebiendo aguardiente y jugando a los caballos, no se progresa. Pido desde ya disculpas por ser tan rudo, pero la situación no está para andar con guantes de seda.
            El primer reto es, precisamente, quebrar la resistencia popular a admitir que este gobierno es ineficiente, incapaz de ofrecerle soluciones. Que su oferta nunca ha dejado de ser ni será jamás más que propaganda. Una ficción anunciada costosamente a través de los medios. Para ello, sin embargo, no basta decirlo, que por decir, se puede oficiar un tedéum en la Catedral de Caracas, hay que ofrecer, además, sin lugar a dudas, un programa alterno, coherente, y, por supuesto, comunicarlo ampliamente a las masas, con un lenguaje llano, sencillo. Hay que ofrecerle a la gente, un proyecto, uno que enganche, desterrando de las primeras planas la sandia verborrea oficial. Pero ese proyecto, no sólo debe enganchar, debe proveer soluciones viables, factibles, fácilmente digeribles, sin que genere falsas expectativas, que las promesas son con el boomerang, de la habilidad del lanzador dependerá que no golpee el rostro a su regreso.
            Hay que construir un nuevo liderazgo, rápidamente, pero eso sólo se logrará si se reconocen los errores y se enmienda. Si la sociedad está dispuesta a asumir otro modo de comprender la política y a seguir un nuevo modelo de liderazgo. Una nueva sociedad engendrará necesariamente un nuevo liderazgo. La tarea del liderazgo emergente es ser el faro, la luz que guíe. 

jueves, 12 de mayo de 2011

Un país de ciudadanos

         Hay temas profundos, conceptuales, tal vez reservados a eruditos, que, por su área particular de conocimiento, son llamados expertos, y que por esa misma razón no son tema del cuento del día. Son éstos temas filosóficos, ésos sobre los cuales pivotan las transformaciones del pensamiento y que por lo general no resultan atractivas a las masas, seguramente cautivadas por temas menos densos (y ése, no hay dudas, es su derecho, como lo es indagar, de aquél que siente avidez por las interrogantes). Son los temas tratados por los pensadores, celebridades que han dejado su huella en ese lodazal que fue la historia hasta recién y que, tristemente, en algunos lugares ajenos al desarrollo, todavía lo es. Personajes como Thomas Jefferson o René Descartes, Jean Jacob Rousseau o John Locke, personas a las que debemos la composición de un mundo mejor, uno liberal y, como sólo puede serlo si por tal término se le define, garante de las libertades, que al fin de cuentas son las que interesan a la gente común y corriente.
           Hoy por hoy, en el mundo urgen pensadores que trasciendan esta trivialidad tan propia de nuestros tiempos, ésa responsable, al parecer, de la incapacidad mundial para aminorar las tragedias de muchos pueblos. La complejidad del mundo contemporáneo va más allá del discurso políticamente correcto, para definirse, como corresponde, como los temas ontológicos, ésos que demandan de los eruditos un análisis escrupuloso, afianzado sobre aspectos éticos, sobre esa disertación entre lo correcto y lo incorrecto, lo que es ética y moralmente aceptable y lo que no lo es, más allá de las obviedades, de la moral frívola, tan propia de nuestros días, de esas frases manidas que la gente quiere escuchar pero que muchas veces distan de la realidad y de exigencias verdaderamente trascendentes.
            Los grandes retos no pueden ser vistos con la miopía de quienes sólo aprovechan el momento, de quienes persiguen metas personales y, por ello, aún al mismo demonio le venderían el alma. O, todavía más simple, de quienes no quieren o no pueden ver en perspectiva los problemas actuales, complejos y exigentes de seriedad. Se limitan pues, estos mercachifles de las ideologías, a defender ideas vagas o, incluso menos, meros esbozos de proyectos que no vislumbran la contemporaneidad con objetividad. Mal puede encararse aquélla pues, con pensamientos obsoletos, hediondos a naftalina y que sin lugar a dudas, son incapaces de ofrendar respuestas coherentes a este mundo inédito.
            Sin obviar la complejidad del mundo y de los retos por venir, el caso venezolano merece especial atención precisamente por esta actualidad compleja. Venezuela es el país de la región con la economía más comprometida por la falta de políticas adecuadas y cuya inflación se ubica entre las más altas del mundo. El afán desmedido y testarudo de la actual dirigencia por aplicar un modelo caduco ha ido rezagando a este país, otrora próspero, a una posición en verdad amenazante del futuro, no de esta generación que ya empieza a envejecer, sino de ésa otra que empieza a figurar por su propia cuenta.
            La última década ha sido vergonzosa para este país petrolero. Unos y otros han olvidado que poco importa de qué lado de la política se esté, la idea es construir, no embotellarse en una pelea sandia de la cual no hay salida fácil posible. Una pugna estéril que se cimienta sobre opiniones, en su mayoría dogmáticas, y que, como tales, no son verdaderas o falsas. Pero, hay que decirlo, no son escasos, sin embargo, quienes creen que sus ideas, sus opiniones, son una verdad irrefutable, como las demostraciones científicas o, para el creyente, la existencia de Dios. La consecuencia de juzgar las opiniones como hechos salta a la vista del más memo, pese a que esta idiotez sea más común de lo que parece y aunque muchos deseen obviarla.
            El estado de ruindad y deterioro del país, no obstante, difiere de ser una opinión particular que no pueda verificarse. Descuella a todas luces como un contexto, plausible en hechos concretos. Citar ejemplos resultaría irrelevante. Sería muy fácil obviar temas irresolutos que sin lugar a dudas, podría ofender a algunos sectores, pero, sobre todo, porque lo realmente relevante en toda esta tragedia es esa incapacidad manifiesta para dialogar, para consensuar un país verdaderamente para todos, no sólo para una parte, sea ésa que hoy gobierna o ésa que aspira a hacerlo.
            La salida de esta crisis, más allá de las medidas puntuales que puedan adoptar los líderes para atender las necesidades más urgentes, comienza por el consenso, por esa impostergable tarea de sentarse en una mesa para definir reglas claras y preexistentes para todas las partes, que no sean birladas por el capricho de algún gobernante de turno y aún más importante, para inculcar eficientemente esas reglas – que a la postre, no son más que la expresión de los grandes principios democráticos – en la gente, para que en vez de pueblo, sean ciudadanos. 

jueves, 5 de mayo de 2011

Tanto nadar para morir ahogado en la horilla

Las leyes no son tales sólo porque un cuerpo legislativo formalmente electo las sancione, requieren además de un mínimo de principios, de fundamentos filosóficos sobre los cuales cimentarse, bases ontológicas que las justifiquen éticamente. Algún diputado de esta AN ha argumentado que todas las reformas negadas en el referendo aprobatorio del 2 de diciembre del 2007 pueden hacerse por ley, lo cual no sería falso, si no se hubiese consultado al pueblo sobre el particular, incluida la reelección indefinida del presidente de la república.
            En derecho, ese argumento, el del diputado pro-gobierno, se conoce como fraude a la ley, porque, con argucias, al parecer legales, se pretende legitimar lo que no es legal (ni puede serlo). Puede ser, por así decirlo, como blanquear capitales, que, mediante maniobras legales, se lava dinero procedente de actividades criminales. De igual modo, sobre temas negados a través del voto popular, éstos han sido impuestos por medio de leyes, que, amparadas en una legalidad aparente, sin lugar a dudas violan el espíritu de la carta magna y del proceso referendario mismo, e incluso, la tesis del poder originario, que en esa oportunidad fue convocado y consultado.
            Desde la posterior enmienda para permitir la reelección indefinida de Chávez (causa de infinidad de montoneras en el pasado, dicho sea de paso) hasta las leyes aprobadas recientemente en el marco de la Ley Habilitante, todas estas decisiones del gobierno vulneran el Estado de derecho, violan la Constitución y por ende, deberían ser nulas de nulidad absoluta. Sin embargo, la falta de coraje y de voluntad para hacer algo más que lo “políticamente correcto” han dado al traste con la ley y, como ocurre con el dinero lavado, sirve tan infausta conducta para revestir de legal lo que conceptualmente no puede serlo. La culpa recae por igual pues, entre quienes alzan sus brazos sin pudor, irresponsablemente, y los que se limitan a vociferar airosamente las palabras que la gente desea escuchar.
            La gobernabilidad de Venezuela está en juego, parece posible el riesgo de caer nuevamente en una indeseable sucesión de convites a la guerra y de montoneras, como ésas que por poco desintegran a la nación en manos de caudillos, de desconocimiento de las instituciones y principios (sobre todo ésos que sirven de base para la Constitución y las leyes) que en el pasado, nada bueno trajeron. Y por ello, los temas del gobierno, del ejercicio del poder, de la actuación de los sectores opositores no pueden ser tomados con la banalidad que hemos demostrado los últimos años. No se trata pues, de una sexta  república (o el número que quiera darle). Se trata de que ésta funcione, que ha sido la misma desde 1811, con sus aciertos y desaciertos. No se trata de hablar bonito, de decir lo que la gente quiere escuchar, sino de consensuar un país para todos, uno que funcione realmente, y para ello, algunas veces, no es suficiente escuchar a las mayorías, sino a todas las partes.
            Un país no podrá existir jamás si no se establecen consensualmente reglas claras y, muy importante, previas. Un acuerdo nacional que defina un mínimo de condiciones preexistentes, reguladoras de la relación entre gobernantes y gobernados. No basta crear una nueva Constitución (ni un millón de leyes) si no hay voluntad de cumplirla. Un país no puede pivotar en torno a los caprichos del caudillo de turno o de un sector, amparado en una pseudo-legalidad desarrollada por alabarderos oficiosos para favorecer intereses particulares de la nueva clase gobernante (particularmente ése de perpetuarse en el poder), que, citando a Duverger, se aburguesa para mostrar los mismos vicios de la clase dirigente depuesta.
            Urge pues, aunque no les guste a las mayorías idiotizadas por un discurso memo e ignorante, un nuevo pacto de Puntofijo (podemos darle otro nombre, si con ello se hieren menos susceptibilidades), que trace las normas de convivencia mínimas para todos y que derive del consenso, porque un tema como ése, mal puede dejarse en manos de los electores, que, obviamente, no están al tanto de todas las complejidades implícitas en un acuerdo de esta naturaleza ni de los principios y valores subyacentes para que un orden republicano y democrático funcione adecuadamente. Se requiere además, un programa mínimo, para la atención de las necesidades más urgentes, con el propósito de enfrentar las carestías de la gente, pero esto es tema de otro artículo.
            Al fin de cuentas, tanto hablar mal del pacto de Puntofijo, sobre todo de parte de quienes hicieron de ello un discurso prevaricador, para tener que reeditarlo, aunque a tantos les dé escozor. Diría mi abuelo, tanto nadar para morir ahogado en la horilla.

jueves, 10 de febrero de 2011

La retórica prevaricadora

Sabemos que muchos de ellos participaron en la guerrilla de los años ’60 (y algunos en esos resabios que de aquélla sobrevivieron hasta los ’80). Al tanto estamos de que por ello, sin pudor alguno defienden actuaciones inaceptables y difunden mitos y fábulas urbanas que por muy arraigadas que estén en el colectivo venezolano, los voceros de las instituciones – que hablan en nombre de ellas – mal pueden validarlas como ciertas si carecen de las pruebas para ello.


En su interpelación ante la AN, el vicepresidente Jaua dijo que a ellos les gustaba la historia y que a pesar de que a la bancada opositora no, él hablaría de historia. Y su clase de historia se limitó a los cuentos de los guerrilleros arrojados desde helicópteros y la “masacre de Cantaura”. Voy a iniciar estas palabras con lo primero, con los hombres supuestamente arrojados desde los helicópteros. Sé muy bien que esos cuentos forman parte del ideario colectivo pero no hay evidencias reales de que eso haya ocurrido. No hay casos formalmente denunciados ni juicios celebrados en contra de oficiales de las Fuerzas Armadas por esos crímenes (de haberse cometido, no niego que sea criminal). Sólo hay relatos, chismes aquí y acullá… y si bien pueden ser ciertos, no hay todavía las probanzas formales que arrojen respuestas plausibles sobre el tema. Le digo yo a los voceros del gobierno, ellos como personas son libres de contar y decir que eso fue cierto, pero cuando hablan en nombre de las instituciones, no. Así de simple.

Sobre la “masacre de Cantaura” debo decir que no celebro la muerte de los miembros del Frente Américo Silva fallecidos en el bombardeo Changurriales del Morocho Evans el 4 de octubre de 1982. Pero debo decir que ese frente guerrillero perpetraba actos de guerra (que no iban a conducir a nada pero que sin lugar a dudas cobraban las vidas de soldados venezolanos) y por ello fueron atacados como lo sería cualquier objetivo militar (si hubo violaciones de los DDHH también lo repudio pero eso no está probado oficialmente). No dudo que este gobierno revolucionario haría lo mismo de encontrarse en la misma situación (y su proceder estaría justificado siempre que no se violen los DDHH).

Eso es retórica prevaricadora. Un golpe de Estado contra este gobierno sería criminal (y lo sería en efecto) pero los intentos fallidos del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992 no lo eran. La ayuda militar estadounidense era traición pero no lo es la cooperación de los milicianos cubanos en áreas altamente sensibles para la seguridad de la nación. Son muchos los ejemplos pero todos se concentran sobre un mismo pivote: los delitos perpetrados por la izquierda están plenamente justificados (obviamente no lo estarían los de la derecha). Y la razón subyacente en todo este asunto se centra en la sujeción de los hechos a las ideologías. Aclaremos algo. Las ideologías son opiniones que no son ni verdaderas ni falsas. Los hechos son objetivos. Y en el caso de los delitos, se subsumen o no en los presupuestos de ley para configurarse como tipos penales. La ley penal no exime al militante de la izquierda de sus fechorías sólo porque lo hace en la búsqueda de su meta política.

Nada es casual. Este discurso prevaricador tiene una razón: descontextualizar la historia – que se expresa en hechos - para vender otra diferente que sirva bien a los intereses revolucionarios. No han inventado la pólvora estos señores y tan sólo repiten modelos manidos que de paso, fracasaron contundentemente en el pasado (y no es esto una opinión sino un hecho concreto patentizado con la caída de casi todas los Estados socialistas a partir de 1989). Pretende este gobierno desmentir la realidad con una propaganda avasallante. Y sí es cierto, puede que una mentira dicha mil veces acabe por tenerse por cierta (porque esencialmente una mentira jamás podrá ser cierta), también lo es que a veces la realidad se afana por demostrar lo contrario. Toda la propaganda del mundo no puede ocultar la terrible cotidianidad venezolana.

De eso trata todo. De ocultar verdades presentes que agobian a los ciudadanos hoy, que pesan mucho más que historias – reales o no y ciertamente lamentables – ocurridas hace 50 años. No justifico atrocidades del pasado pero quedarnos retozando en la amargura y el resentimiento no hará de Venezuela una nación próspera.

martes, 8 de febrero de 2011

De tempore ad perpetuam

Vaya usted por las calles del centro caraqueño, empápese del tufo a fritangas, a jugos rancios, a mingitorio de mendigos. Vaya y escuche los altavoces, todos sonando al unísono pero cada uno con su fiesta particular. Unas notas de Alí Primera por ahí y más allá otras de un reguetón infame, de ésos que denigran a la mujer. Pero no basta ese festín de malos olores, de ruido, de músicas estridentes, de escapes de motocicletas y groserías de algún peatón aburrido. A todo ese carnaval insoportable, como lo es cualquier sarao en honor al Rey Momo, se le suma el deterioro pasmoso de las edificaciones.


Digamos que va usted al Centro Simón Bolívar, a gestionar algo en las oficinas públicas que ahí hay. Inauguradas en 1954, como una obra insigne, y conste que no soy yo defensor de Marcos Pérez Jiménez, hoy muestran un estado lamentable. La ruindad del edificio es pasmosa. Las barandas de bronce ya no existen y el mármol del piso, en la mayoría de los casos está resquebrajado y no hay un metro cuadrado que no muestre un pegoste inmundo. El cableado desnudo se aprecia en el cemento desportillado. Igual ocurre con las cabillas. La hediondez es asombrosa y sus parqueaderos, en vez de cumplir su propósito, sirven de guarida a mal vivientes o de basurero. El hedor es ofensivo. Sus plazas y áreas libres fungen hoy como mercado de una mil cosas, desde sahumerios en los días santos hasta misiones y operativos para cedular, para sacar licencias de conducir y pare uno de contar, que hasta par vender comida barata durante las fiestas navideñas se organizan operativos.

Lo temporal va haciéndose perpetuo. Las pequeñas roturas propias de la vetustez, van acopiándose impúdicamente hasta mostrar la ruindad en su estado más obsceno. Uno se pregunta cómo degenera el uso de las cosas a un estado tal de abandono. Desde el ascensor dañado hace años hasta el operativo, que termina siendo un apéndice de las oficinas públicas, cuando no, la oficina en sí. Eso sucede por la desidia y la falta de voluntad para hacer lo que debe hacerse. Esta desidia y esta ruindad alcanzan también a las instituciones. Y cuando esto ocurre, las cosas van muy mal.

Sólo para citar un ejemplo, el que debe ocuparse de expedir cédulas de identidad no hace su trabajo, porque la oficina en la que debe hacerlo es una pocilga inmunda. Así ocurre en todas las oficinas públicas. Las condiciones físicas del lugar imponen medidas temporales que en virtud de la falta de voluntad para mejorarlas, terminan por volverse permanentes. Ésa es – y me perdonan la crudeza – la mentalidad del rancho. Y no lo digo por esas personas que decidieron abandonar el rancho, sino por la actitud mendicante, por el conformismo, por la actitud pasiva y mucho peor, permisiva.

viernes, 28 de enero de 2011

Vivir en socialismo o vivir bien

Lo que verdaderamente importa es la calidad de vida de las personas, no si vivimos en socialismo (que no sirve) o en democracia (que pese a lo que puedan decir muchos, no es compatible con el socialismo). Lo que realmente interesa es que la gente (sin distingos) tenga un mínimo de calidad de vida aceptable, que su cotidianidad no sea una pugna constante con un sistema colapsado, inútil para satisfacer las necesidades básicas de las personas.
Se vendió la idea de que un nuevo texto constitucional solucionaría muchos de los problemas pasados. Con éste, ya sumamos 26, y los problemas siguen siendo más o menos los mismos. Con constituciones y leyes nuevas no se resuelven las contingencias causadas por la falta de voluntad para hacer lo correcto. Sobre todo cuando, de paso, las normas son usadas a capricho para satisfacer apetencias personales.
Si de verdad queremos salir de esta crisis, urge hacer muchas cosas, todas muy importantes y perentorias, pero creo que, entre tantas, alguna podría ser la creación de puentes para reunir a los venezolanos alrededor de unas mínimas condiciones fácticas, ideadas (no ideologizadas) con el propósito de crear un clima político favorable, que a su vez permita generar prosperidad de modo tal que la mayoría de los ciudadanos gocen de una calidad de vida razonablemente aceptable. Eso es posible, si entre otras medidas, se aceptan de antemano reglas mínimas de convivencia política y reducimos el Estado a magnitudes viables.

Un mínimo de normas


Un orden democrático robusto requiere de unas normas aceptadas por la mayoría como valores irrenunciables. Esas normas, inspiradas por lo que académicamente se reconoce como democracia (separación efectiva de poderes, control de los poderes por los otros poderes y por los ciudadanos, libertades públicas, libertades económicas, etc.), deben ser previas al orden a estatuirse y bajo ningún concepto deberían ser susceptibles de reformas, mucho menos para birlar la voluntad de las personas e imponer, en franco fraude a la ley, un modelo mayoritariamente rechazado o alterar las reglas referentes al ejercicio del poder. Todas las normas atinentes al ejercicio del poder deben ser consideradas siempre previamente, jamás sobre la marcha.
Debemos comprender nosotros pues, lo que significa la convivencia democrática (incluyendo, desde luego, las reglas) para que, en el futuro, esa cultura se impregne en el liderazgo político, que, como se sabe, responde más a la idiosincrasia que a la ideología. Por eso cobra sentido la frase de que los pueblos tienen los gobernantes que merecen (sean estrellas rutilantes o pelmazos), porque son los líderes el espejo en el que los pueblos pueden verse. Si somos demócratas, verdaderos demócratas, si creemos en las reglas democráticas no como normas relajables sino como principios inherentes a la convivencia e irrenunciables, el liderazgo acabará siendo demócrata (por identificación con el cuerpo social e incluso, por la insustancialidad del discurso no democrático para un colectivo comprometido con los principios democráticos). Sólo entonces habremos robustecido nuestra democracia. Eso, desde luego, no se hace de la noche a la mañana.

Redimensionar el Estado

La crisis requiere acciones inmediatas para poder esperanzar con bases sólidas a una población harta de promesas incumplidas. Una fórmula más o menos inmediata para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos parte del despeje de su bolsillo y para ello, el Estado puede enfocar el gasto en aquellas necesidades esenciales del ciudadano, ésas que requiere, tenga o no capacidad adquisitiva para ello, como los son la educación y la salud (ofrecidas gratuitamente y con la calidad suficiente para que el ciudadano común pueda contar eficazmente con ellas), seguridad pública (que obviamente, debe ser monopolizada por el Estado) y, paralelamente, para reimpulsar la economía y de ese modo, el trabajo y el empleo, mediante medidas políticas, crear las condiciones para que la economía sanee y, de ese modo, favorecer las condiciones para que la gente mejore su capacidad de pago, incluido el crédito. Adicionalmente, a través de reglas claras, se favorecería al sector privado (sin sacrificar a los trabajadores) para que ofrezca bienes y servicios (con un mínimo de calidad aceptable) a la ciudadanía. Se tata de un juego para ganar todos.
El Estado (a través del gobierno, que es esencialmente temporal) debe dejar de lado la pesada carga financiera de ser el único ente generador de dinero, la cual se les debe endilgar a los particulares, y ser tan sólo un mediador, un garante y, sobre todo, el promotor de una economía saludable. De este modo, los recursos pueden ser orientados adecuadamente a atender las necesidades cardinales de la gente, mientras éstos, con los bolsillos despejados, puedan mejorar su capacidad de pago, que al fin de cuentas, de eso versa principalmente el tema gubernamental.

No son estas medidas la panacea a todos los males nacionales, pero son unas que en el corto plazo podrían ofrecer esas respuestas que la gente espera del gobierno, que en lugar de propugnar obstinadamente modelos arcaicos, se preocupe realmente por la calidad de vida de las personas.